<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863</id><updated>2011-07-30T16:59:49.427+01:00</updated><category term='crónicas'/><category term='éxodo'/><category term='laberinto'/><category term='señales'/><title type='text'>El ovillo de Nadna</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://ovinadna.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>52</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-260469486634341532</id><published>2009-04-28T07:19:00.002+01:00</published><updated>2009-04-28T07:30:22.945+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Ante la puerta del laberinto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Ya no tengo cuarenta años, ni volveré a tener esa edad jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo que ha hilado este ovillo no ha visto grandes aventuras ni ningún viaje (más que al pasado, quizás). Sí una gran experiencia: una mudanza de vida (y seguir viviendo, con todo). El amor sigue acompañándome cada ínfimo momento. Mi hija ya no es tan pequeña. Continúo disfrutando de esa extraña tregua (que ya dura tanto) con el dolor y agradezco esa fortuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cae la hora baja. Nenna se ha quedado dormida sobre el sofá que trajimos de la casa vieja, el trazo de un mechón cobrizo le cruza la frente. Mimianna en el terrado se ha ensimismado en el cielo violeta de esta hora, con la partitura del Stabat Mater de Pergolesi esperándola en el regazo. En el ordenador, mientras escribo, suenan las mínimas notas del “&lt;em&gt;Tears in rain&lt;/em&gt;” que compuso Vangelis para la banda sonora de “&lt;em&gt;Blade Runner&lt;/em&gt;”. Alzo la vista y hallo, tras el ventanal, más allá de la silueta de Mimianna, otra silueta que empieza a serme familiar: la de la serranía cercana, que nos encaja contra el mar, de la que ya conozco el nombre de algunos montes… Parecemos un cuadro de Rockwell, me digo. Y me parece bien. Hemos vuelto al hogar. De alguna manera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alzo la vista y contemplo el laberinto que hemos recorrido y el que se extiende frente a mí. Infinito y eterno como mi propia existencia. Casi incoherente recuerdo que todo lo que empieza debe acabar. Casi obsesivo se repite en mi memoria el sonido de las palabras de un poema de Salvador Espriu de título imposible: “&lt;em&gt;Final del laberint&lt;/em&gt;”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La travesía en la que me embarqué cuando extendí el ovillo ha acabado; recojo por tanto ésta su última hebra. Mi esperanza es que del silencio que ahora sobreviene nazca y me reconozca justificado y libre. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-260469486634341532?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/260469486634341532'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/260469486634341532'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/ante-la-puerta-del-laberinto.html' title='Ante la puerta del laberinto'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1349560713690992513</id><published>2009-04-23T11:11:00.002+01:00</published><updated>2009-04-27T18:44:05.771+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Borges como laberinto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Yo era tan joven como inocente cuando lo conocí a Borges y cuando, más tarde, lo visité por primera vez. Aquel año yo tenía doce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No miento cuando afirmo que recuerdo perfectamente la tarde invernal en la que leí “La casa de Asterión”, el texto que ejemplificaba el tema de la literatura hispanoamericana contemporánea, en el libro de Lengua y Literatura de séptimo. Mi escritorio de madera obscura. El flexo con la bombilla azul. El asombro del descubrimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No creo en las casualidades (o cada vez creo menos que sean casualidades) y no dejaba de ser un texto (bien) escogido como muestra de su obra, pero lo cierto es que aquella primera lectura me deparó una basta visión de Borges, o de uno de los Borges posibles, al menos. Allí su (uso del) español inconfundible (y chocante al principio); la maestría de la narración; la genialidad de la anécdota y el desenlace. Pero, además y sobre todo, alguno de sus temas: el infinito (ya en la tercera frase), el yo y el yo como otro, el Universo caótico creado por un dios menor igualmente caótico, la mitología, la soledad intrínseca del individuo. Y el laberinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No creo en las casualidades y no fue casual que conociera a Borges con doce años, joven e inocente. Porque así aquel relato breve se me hizo inmenso. Y su lectura me produjo dos sensaciones antagónicas: por una parte la impresión de no haber llegado al fondo del asunto, de haberme perdido una parte fundamental pero oculta, reservada a ojos más avisados que los míos y, por otra, un cierto orgullo por haber comprendido, con todo, el misterio básico, la historia propuesta por el autor. Y todo ello, ese texto y aquella mi edad, prefiguraron mi relación con Borges.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no sé si fue por casualidad o porque me hubiese oído comentar mi admiración por el (para mí hasta ese entonces) desconocido escritor, pero fue MG quien, unos meses después, en mitad del verano, por mi santo me regaló “Ficciones”. Y aquella fue mi primera visita a Borges. Hay lecturas que arrasan, libros de los que emergemos diferentes, sabiendo que nunca volveremos a leer de la misma manera que antes. Largas, dificultosas, casi ininteligibles en muchas ocasiones, pero gigantescas, abismales, magnéticas, las historias de “Ficciones” se alzaron frente a mí como un templo extraño, precioso e inabarcable, que ocultara en su sancta sanctorum antiguos arcanos de sabiduría y belleza. Como una Petra con fábrica de palabras. “Las ruinas circulares”, “El jardín de los senderos que se bifurcan” o (especialmente) “La biblioteca de Babel” se encuentran todavía entre los relatos que más quiero entre todo lo que he leído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No seguí un orden cronológico en el descubrimiento progresivo de la obra de Borges. A “Ficciones” siguió el “El informe de Brodie” y luego una selección de relatos que, a cargo de Emir Rodríguez Monegal y bajo el breve título de “Prosa”, publicó Círculo de Lectores. Fue este último libro el que me brindó la oportunidad de descubrir otros Borges. Junto al autor de relatos fantásticos, que usaba una erudición enjundiosa, que planteaba problemas insolubles, apareció el costumbrista, el de los relatos de pulpería, gauchos y cuchillos. Fue este último libro el que me decidió, el que me entregó a Borges (aunque no por lo costumbrista, sino a pesar de ello, más bien). Y llegaron después el Borges ensayista o el Borges poeta. O la yuxtaposición de los unos en los otros: relatos que son ensayos; poemas que son reflexiones filosóficas o estudios históricos o filológicos; conferencias novelescas… Las Mil y Una Noches junto a las &lt;em&gt;kenningar&lt;/em&gt;, el budismo y Nietzsche, Buenos Aires con Ginebra, Dante, Colleridge, Lugones…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Borges es probablemente del único autor del que puedo preciarme de haber leído (casi) la totalidad de su obra (junto con Juan Rulfo, pero en este último caso no tiene tanto mérito). Tanto la propia como la producida en colaboración. Puede que, con ello, haya cometido pecado de redundancia si creemos la opinión de Rodríguez Monegal quien, a modo de justificación de la arbitrariedad de su selección (olvidando, al parecer, que toda selección es necesariamente arbitraria y no necesita, por tanto, justificación) afirma que cualquier corte de Borges, cualquier cata de su obra, contiene en sí mismo la totalidad de Borges. Parece recordar una de las imágenes de dios que recoge el propio Borges: una esfera infinita en la que cualquiera de sus puntos es su propio centro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero existe una imagen mejor de Borges, o su obra, en la propia obra de Borges: el monstruoso libro que es el objeto del relato “El libro de arena”. Un libro de infinitas hojas, sin principio ni fin, en el que es imposible volver a ojear la misma página una vez volteada. Tan vasto y tan profundo me parece su mundo, tantas las lecturas y sentidos que permite, que ningún texto es nunca el mismo que leí ayer (como yo tampoco soy exactamente la misma persona que fui ayer). Tampoco se agotarán, por tanto, las posibles lecturas futuras, distintas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leer Borges es como escuchar Bach. Hubo un tiempo en que me sorprendió las escasísimas referencias musicales que se pueden hallar en sus escritos. La música es la gran ausente para Borges. Una explicación borgianamente plausible sería especular con que el uno sería, en realidad, el trasunto del otro. Todo lo que es Bach para la música, lo es Borges para la literatura. La &lt;em&gt;raepetitio ad infinitum &lt;/em&gt;del compositor, su búsqueda de dios en el orden perfecto de las notas, en las sutiles variaciones de las melodías, en el ritmo, el silencio, me recuerdan poderosamente la persistencia de los temas fundamentales de Borges a lo largo de sus libros, la elección de la palabra precisa forzando sutilmente su sentido más habitual… Borges no escribió sobre música, ni se interesó personalmente por ese arte jamás, porque sabía que Otro ya había colmado ese misterio insondable con el sonido. Bach no escribió nunca porque quizás intuyó que el Otro se encargaría de plasmarlo con palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También el Borges lector. El ex libris de Ossip es circular y sus límites los marca una cita de Borges: “Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”. Borges afirmó en muchas ocasiones que prefería ser recordado como lector, no como escritor (aunque yo mantengo que se permitía caer en una impostura soberbia con ello: ¿Aspirar a ser recordado?). Umberto Eco confesó en una entrevista (que yo vi en una televisión en blanco y negro, un sábado por la mañana de hace veintiséis años) que pensaba en Borges cuando creó a Jorge, el monje ciego y psicópata de “El nombre de la Rosa”. No era necesaria esa sinceridad: una historia de libros, un texto repleto de citas auténticas y espurias, una biblioteca laberíntica… Al final del relato, Adso de Melk revisita, siendo ya un hombre maduro, las ruinas de la abadía que vio arder en su juventud y se encarama a los escombros que restan de la que fue su biblioteca. Allí, con peligro para su propia integridad, se dedica a recolectar folios sueltos, jirones, los fragmentos que el azar había conservado de aquellos libros. Después, a lo largo de su vida, cuando encuentra copias de esos libros, las atesora hasta llegar a conformar una pequeña biblioteca, imagen menor de la magnífica devastada, que sirvió, finalmente, de guía. Borges ha sido para mí, en muchas ocasiones, como esos restos, una indicación, un rastro que seguir hacia otros autores, otras lecturas. Lecturas contaminadas, en todo caso. ¿Cuántas veces me he sorprendido diciéndome “esto lo dice Borges” antes de caer en la cuenta que, en realidad, Borges citaba el texto que ahora leía yo, que leía, además, por indicación suya?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas más palabras se pueden gastar para intentar aprehender qué es Borges (y muchas se han gastado, de hecho). Yo, en cambio, puedo reducir qué es Borges para mí en una sola: un laberinto. Ya no soy joven ni (espero) demasiado inocente, pero, cuando vuelvo a leerlo, me visitan de nuevo aquellas sensaciones que acompañaron mi primer encuentro con él. Aún en los pasajes más familiares y más queridos no puedo tener la seguridad de no hallar sorpresas inadvertidas hasta ese momento. No puedo evitar recordar al viejo Asterión, que jugaba a las visitas e iba mostrando su hogar a un huésped imposible y no siempre hallaba tras el recodo el lugar que esperaba y había anunciado. Como él, yo descubro cada vez nuevos rincones, vericuetos ocultos, luces y sombras diferentes. Transito por Borges después de tantos años y, después de tantos años, no me abandona aquella primera impresión esquiva. Algo se escapa. Mis ojos no son lo suficientemente avisados todavía. Los corredores y las salas, las escaleras de caracol y los sótanos de Borges siguen guardando y aguardando. Mío es el placer de calzar las sandalias y agotarlos de nuevo. Y sé que así seguirá siendo siempre en esa breve eternidad quimérica que es el futuro.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1349560713690992513?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1349560713690992513'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1349560713690992513'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/borges-como-laberinto.html' title='Borges como laberinto'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2754566771470241182</id><published>2009-04-20T15:22:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:08:15.137+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Mimianna canta</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Ya todo es silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subrayado, que no roto por alguna tos esporádica. Cesaron los aplausos de bienvenida y la bella cacofonía de la orquesta afinando. He cumplido la explicación para Nenna y se ha calmado su impaciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado la búsqueda atroz de la sala y los problemas de logística; sus largos días de trabajo, de estudio, los ensayos, los disgustos. Atrás quedan los miedos y los nervios y el cansancio y las dudas y esa tristeza por un pasado que no fue, por la duda de que el futuro sea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fuera quedan también mi propio cansancio, los problemas, el trabajo, mis dudas. El mundo y la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya todo es silencio y en la obscuridad radiante su figura y sus ojos. La sonrisa al director.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y todo se detiene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mimianna canta.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2754566771470241182?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2754566771470241182'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2754566771470241182'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/mimianna-canta.html' title='Mimianna canta'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4826145330876234913</id><published>2009-04-07T14:46:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:59.179+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>¿Hojas secas en primavera?</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;“¡Que te compre quien te entienda!” es una exhortación que suelo dirigirme in pectore con una cierta asiduidad. Concretamente cada vez que sorprendo en mí una reacción, un estado de ánimo o unos pensamientos discordantes con los que se supondría lógicos en un momento dado. En mi descargo, debo añadir que, en la mayoría de los casos supone el inicio de una más o menos detenida consideración del asunto por mi parte y que, en muchas de las ocasiones, descubro que tales discordancias obedecen, en realidad, a otras razones quizás ocultas en primera instancia, pero tan lógicas en el fondo como las que más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo explico, porque llevaba unos cuantos días en venta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que lo peor del maremagnum ha pasado, que la mayoría de las cajas han desaparecido y su contenido empieza a ocupar el que probablemente será su lugar en la nueva casa, me sorprendía sufriendo un fenómeno de sinestesia (gracias te sean dadas, Ossip, por iluminarnos). Evoco (o, mejor, invoco) un paseo flanqueado por castaños de Indias enormes. El sendero se adivina de tierra bajo las hojas rojas que lo cubren. Es otoño. Y esa imagen va unida a una sensación de final, de despedida, que siempre he asociado a esa estación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no deja de ser paradójico. Ahora que (por fin) estamos iniciando un nuevo proyecto, que tenemos la prueba fehaciente de ello en estas estancias que nos acogen y empiezan a sernos familiares, en las pequeñas rutinas que vamos instaurando. Ahora que es primavera. No deja de extrañar (en cualquiera de las acepciones del verbo) que no sea una sensación de renacimiento la que me acompañe. O no siempre. Ahora que nuestros libros y nuestros discos, nuestros cuadros, algunos muebles nos vuelven a acompañar…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O quizás sea eso. Porque esos son los libros, los cuadros y los muebles que nos acompañaban en la vieja casa. Y mientras estuvieron ocultos, mientras vivimos de prestado, como entre dos aguas, permanecieron callados. Pero ahora (re)ubicados en este nuevo espacio parecen expresar, hacer patente lo que sé, pero no sentía: que el éxodo ha acabado. Una de las sentencias que me temo que Nenna recordará de mí reza así: todo lo que empieza debe acabar (aunque espero que no sea lo único ni principal que recuerde de mí). Todo debe acabar para que empiece algo nuevo, añado. Cada objeto, cada costumbre retomada no hacen más que señalar que la casa vieja realmente se acabó. Ahora es obvio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no hay nostalgia (o no mucha), solo constato un hecho. Y, de paso, me vuelvo a (auto)comprar, que no es poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque, además, queda mucho por hacer, mucho que vivir para llenar esta casa que todavía llamo nueva y que (probablemente) será la primera que recordará mi hija. Para que ella la llegue a llamar simple y llanamente la casa.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4826145330876234913?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4826145330876234913'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4826145330876234913'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/04/hojas-secas-en-primavera.html' title='¿Hojas secas en primavera?'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6609689175464797935</id><published>2009-03-23T18:34:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:43.666+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>La raza de los felices</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;De él tan solo conozco su nombre, una vaga noticia de su vida y su muerte temprana y un poema. Es, desde luego, poca cosa, un bagaje muy parco. Normalmente debería haber caído en mi olvido, sepultado por otras muchas lecturas (y por mi cada vez peor memoria). No fue así. Al contrario: una osada afirmación a caballo entre dos versos del poema “A los neuróticos”, de Jorge Folch, me acompaña desde que lo leí por primera vez:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“&lt;strong&gt;Superviviente soy de la patricia&lt;br /&gt;raza de los felices; …&lt;/strong&gt;”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era y es una declaración osada. Porque osadía parece que alguien se atreva a proclamarse feliz. Y no solo en nuestra época, en la que posmodernismos mal entendidos y estéticas de malditismos idolatrados irrogan un halo de atracción e incluso de belleza, de inteligencia, a la desdicha, a la tristeza, mientras que parece equiparar la felicidad a la estulticia. Ya Montaigne, tan pronto como en su segundo ensayo, denuncia la sobrevaloración del posado triste, de ese sentimiento, frente al alegre, que se toma por frívolo y poco adecuado para caballeros de noble cuna y altas miras y, con todo, él se quiere tan ajeno como sea posible a la tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, como Folch y Montaigne, quiero cometer la osadía no solo de declararme feliz, sino de intentar serlo con todas mis fuerzas, con toda mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camus considera que el hombre moderno se engaña al atribuirse a sí mismo el mérito de su felicidad. “&lt;strong&gt;El corazón humano tiene una enojosa tendencia a llamar destino solamente a lo que lo aplasta. Pero también la felicidad, a su manera, carece de razón, pues es inevitable&lt;/strong&gt;”, afirma. Es una visión trágica y determinista de la existencia, marcada por el devenir de los acontecimientos, sobre el que no podemos influir en ningún sentido. Y nada podemos hacer, aparentemente, para provocarlos o evitarlos. Lo que haya de suceder, sucederá. La felicidad o infelicidad es, si mantenemos el argumento, una consecuencia objetiva de los hechos externos a nosotros, que acontecen a nuestro alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no comparto su parecer (y lo siento, con lo mucho que me gusta su literatura, su independencia, su honestidad). Indiscutiblemente no está en nuestras manos que las circunstancias que envuelven nuestras vidas sean exactamente las que consideramos ideales para ser felices o, por el contrario, nos acontezcan hechos penosos. De hecho, la vida no solo es una sucesión de hechos afortunados y tristes, sino que normalmente es una mezcla continuada de unos y otros. En mayor o menor grado, en diferente proporción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí nos pertenece, en cambio, la capacidad de modular nuestra vivencia, nuestra experiencia, cómo afrontamos los acontecimientos que nos acometen. Y ahí es donde disiento de mi querido francés. La felicidad y la tristeza son sensaciones. Son, por definición, impresiones subjetivas, una interpretación de la realidad externa. Pertenecen a esa otra realidad que es nuestra consciencia, la única realidad que existe para cada cual. A excepción de situaciones de extremo dolor (la muerte de un ser querido, no se me ocurre ninguna peor) en que nadie (en su sano juicio) puede encontrar ningún motivo de alegría, siempre es posible encontrar esas trazas, el rastro de la felicidad. Si lo que nos va ocurriendo es una mezcla desigual de hechos “objetivamente” positivos y negativos, de nosotros puede depender el esfuerzo de ahondar en lo que de positivo haya, de relativizar lo que de negativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juan Villoro cita a Claudio Magris quien, al comentar un personaje de una novela de Italo Svevo afirma que “&lt;strong&gt;el dolor más intenso no es la infelicidad, sino la incapacidad de tender a la felicidad&lt;/strong&gt;”. Somos, pues y en cierta medida, responsables de nuestra felicidad: es nuestro el mérito de ser felices o el demérito de la tristeza. Y así lo vivo, como una tarea vital. Vivir es, para mí, buscar la felicidad, pero no en un futuro quimérico, sino en ese presente tozudo que nos envuelve siempre. Es una actitud consciente, casi una tarea que me he de imponer en ocasiones, ésa de tender a la felicidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, en ocasiones, las circunstancias nos relevan de la responsabilidad de ser felices.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como estos días en que mis libros vuelven a saludarme desde un orden que recuerda (pero modifica) aquel de la vieja librería; en que Nenna vigila el nacimiento de los brotes del pequeño rosal que le hemos comprado, para la terraza. Estos días en que Mimianna y yo volvemos a dormir bajo un techo nuevo y nuestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es fácil ser feliz ahora, que hemos vuelto a un nuevo hogar.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6609689175464797935?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6609689175464797935'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6609689175464797935'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/03/la-raza-de-los-felices.html' title='La raza de los felices'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4623321829738841197</id><published>2009-03-15T22:22:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:28.116+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>That is the question</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;¡Qué ser ni que dejar de ser! ¡Qué, el tiempo, su paso o la memoria! ¡Qué melancolías, coincidencias, poemas desaparecidos, soñados u olvidados! ¡Qué variaciones ni suites ni canciones! ¡Qué Bach, Marías, Cortázar o el mismísimo Borges bendito! ¡Qué laberintos ni éxodos ni hebras ni zarandajas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo realmente importante, lo vital, lo primero primerísimo de cualquier lista de prioridades es averiguar cómo conseguir subir al segundo piso un sofá de (exactamente) doscientos treinta y dos centímetros, de largo, cuarenta y ocho, de alto, y setenta y uno con cinco, de ancho, por una escalera de caracol de apenas metro y medio de diámetro, impenetrabilidad de la materia mediante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(O peor: cómo conseguir desencajar el maldito sofá del maldito tercer peldaño de la maldita escalera y permitir que Mimianna baje aquí a pegarme por cabezota).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4623321829738841197?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4623321829738841197'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4623321829738841197'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/03/that-is-question.html' title='That is the question'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6721192169526929612</id><published>2009-03-02T13:25:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:07:08.973+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Ser y querer seguir siendo</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;No recuerdo porqué, pero sé que estoy debiéndole una elección a Vagalume desde hace meses. Desde nuestros principios prácticamente. No recuerdo porqué (y sería tan farragoso como inútil averiguarlo) me comprometí a decirle cuál de los sonetos de Quevedo era mi favorito. A escoger, por tanto, uno como favorito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado los meses y no he cumplido ese compromiso, pero me he ocupado de ello. Sé que la Real Academia de la Lengua no incluye “revisitar” entre las miríadas de verbos que recoge su diccionario. Sé que es un anglicismo probablemente inútil e innecesario. Pero a mí me es querido y lo uso porque añade un matiz importante a otras palabras equiparables: recordar, rememorar, revivir, evocar… Revisitar, para mí, suma a la memoria, a la evocación, un viso de lejanía, de ausencia, de lo que podríamos considerar “estar de visita” en el pasado. Aunque sea el propio pasado. Ése es el sentido que otorgo al título de uno de mis libros más releídos: “&lt;em&gt;Brideshead Revisited, the Sacred and Profane Memories of Captain Charles Ryder&lt;/em&gt;”, de Evelyn Waugh.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, el cumplimiento de mi deuda con Vagalume me ha obligado, a lo largo de todo este tiempo, a dos placeres: revisitar los sonetos quevedianos y el invierno y la primavera de mis quince años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el segundo curso de bachillerato, Ossip, ‘Daam y yo coincidimos con un espécimen de profesor algo común en aquella institución de enseñanza: de los que se pasaban el programa por el arco del triunfo. No recuerdo su nombre, pero sí sus clases de literatura. Y toda la materia que estudiamos aquel año. Las “Coplas a la muerte de su padre”, de Manrique, durante el primer trimestre. Los sonetos de Quevedo, durante el segundo y tercero. Nada más (ni nada menos). El procedimiento era el siguiente: el primer día de clase de la semana nos encargaba el ejemplar que debía ser diseccionado. El siguiente hablaba de generalidades, reflexionaba en voz alta, divagaba sobre cualquier cosa o jugábamos a las etimologías: dado el sentido de las palabras de origen, explicitar el significado de la actual (antológica la respuesta de Olga: “antipirético”, del latín &lt;em&gt;anti&lt;/em&gt;, contra, y el griego &lt;em&gt;piros&lt;/em&gt;, fuego: bombero). El tercero y último día de la semana, procedía a valorar los resultados de nuestras disecciones (también conocidas como comentarios de texto) en una especie de foro en el que todos participábamos (y que, milagrosamente, no recuerdo como un guirigay).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El curso fue largo e ignoro si llegamos a estudiar todos los sonetos (porque ignoro cuántos escribió), pero seguro que cerca le anduvimos. Cualquiera consideraría aquel método como el ideal para echar a perder a toda una generación de futuros lectores de Quevedo. Creo que era Dámaso Alonso quien afirmaba que a los clásicos hay que llegar a una edad madura, con un cierto bagaje vital a la espalda para no agostarlos. Lo más lógico es que mis compañeros y yo hubiéramos quedado hastiados del maldito escritor. Pero mi profesor era mucho profesor e introdujo un elemento imprevisto, un acicate: la competencia. No entre los alumnos, sino con el autor. Se trataba de extraer el máximo de figuras retóricas del texto, el mayor número de sentidos, de lecturas… Entre nosotros manteníamos (y mantenemos) la convicción de que el de las antiparras no era consciente de haber depositado la mitad de los hallazgos que realizábamos entre sus palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Quevedo se nos hizo nuestro. O sus sonetos, al menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me ha sorprendido la dificultad de elegir uno, por tanto. De hecho, no creo en esas listas de los más mejores, del uno al cien, por orden… No es realmente necesario, ni real. A mí me gustan muchos de los sonetos de Quevedo, muchos de los libros que he leído, muchos de los días que he vivido. Solo me comprometería a definirme en una lista que pudiese incluir un solo elemento. Es Nenna la hija que más quiero (solo tengo una, claro).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero debo elegir uno. (¿Debo? Sí, porque a Vagalume se lo debo, que diría un alejandrino con epanadiplosis incluida (y que no es un egipcio con una enfermedad rara, conste)).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué criterio seguir? El meramente estético, tratándose de quien se trata me parece pobre. Por el tema, quizás. Pero no satíricos (que no son los que más me gustan). No de Carpe diem (tan banalizado como el pobre Walt Whitman, gracias a aquella terrible película, que tanto me gustó, que titularon aquí “El Club de los Poetas Muertos”). ¿De amor? ¿Políticos?.. Subjetivo, en cualquier caso, como cualquier elección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subjetivo. Por eso “¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?”. Aunque sea un poema triste y desesperanzado. O porque es triste y desesperanzado. Por su primer terceto. Por el último de los versos de ese terceto. Porque describe magistralmente el cansancio de vivir, de ser: “&lt;strong&gt;soy un fue, y un será y un es cansado&lt;/strong&gt;”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque es la antítesis perfecta, el negativo, de lo que deseo que me ocurra a mí. Se alza como un faro que marca bajíos peligrosos, una señal de atención para que no olvide el peligro, lo que quiero evitar. Ya que, por mucho que viva (y espero vivir mucho) no quiero llegar a cansarme de ser, de seguir siendo. Ni que me gane la tristeza y la desesperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;“¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?&lt;br /&gt;¡Aquí de los antaños que he vivido!&lt;br /&gt;La Fortuna mis tiempos ha mordido;&lt;br /&gt;Las Horas mi locura esconde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Que sin poder saber cómo ni adónde,&lt;br /&gt;La salud y la edad hayan huido!&lt;br /&gt;Falta la vida, asiste lo vivido,&lt;br /&gt;Y no hay calamidad que no me ronde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer se fue; mañana no ha llegado;&lt;br /&gt;Hoy se está yendo sin parar un punto;&lt;br /&gt;Soy un fue, y un será y un es cansado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el hoy y mañana y ayer, junto&lt;br /&gt;Pañales y mortaja, y he quedado&lt;br /&gt;Presentes sucesiones de difuntos.”&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6721192169526929612?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6721192169526929612'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6721192169526929612'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/03/ser-y-querer-seguir-siendo.html' title='Ser y querer seguir siendo'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-3909828900340428662</id><published>2009-02-23T20:07:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:50.026+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Un mono</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Yo tengo mis cosas. Es tan sabido como indiscutible. Hay quien, en el colmo de la desfachatez, no duda en incluirme en el selecto grupo de los raritos. Siempre he tenido esas opiniones como simplemente espurias, propias de correveidiles rastreros, de almas desagradecidas (de esas de las que está el mundo lleno, vamos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una llamada de una (casi) desconocida. Y mi reacción a sus palabras. Y ese espíritu mío introspectivo tan alerta siempre, que tanto me caracteriza, que tanto me empuja (maleducadamente en las más de las ocasiones) al análisis, a la pregunta, al que no se le pasa una. Y la alarma. &lt;em&gt;Achtung!, Warning!&lt;/em&gt; ¡Ojo! Que las palabras y la reacción, así a primeras, no concuerdan. Ni a segundas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A no ser, claro está, que los embustes sobre mis cosas conserven un poso de algo parecido a la verdad. Tenue, quizás, pero turbio. A no ser que sea cierto que algo de rareza empañe mis actos, mis pensamientos. ¡Ay! (me he dicho).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque, si no ¿Cómo explicar ese sentimiento de libertad, de propia afirmación, de horizontes abiertos ante la noticia de que nos conceden otra hipoteca (la tercera con todo lo que supone y con la que está cayendo)? ¿A qué esa sonrisa? ¿Esa sensación de así-es-como-debe-ser?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una desviación rarita, ya digo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O quizás no tan desviada, no tan rarita y sí algo relacionado con cuidar a uno de mis propios monos. Uno que he elegido, con sus manías y sus consecuencias, pero mío. Aunque cueste un potosí (el condenado).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-3909828900340428662?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3909828900340428662'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3909828900340428662'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/02/un-mono.html' title='Un mono'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-561374902825768410</id><published>2009-02-16T22:20:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:35.223+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Al hilo de las marionetas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Al comienzo de la Schwarzstrasse, a la espalda del Bastiongarten, en Salzburg, se alza un edificio de fachada agrisada por el hollín del tráfico. Los grandes ventanales verticales cegados por carteles publicitando horarios y programas y funciones. El amplio portal protegido por una escalinata y una marquesina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es la sede del Salzburg Marionetten Theatre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar donde Nenna asistió por primera vez a una representación de ópera. Dónde conoció a Pamina y Tamino y la Reina Obscura (que es como llama a la Reina de la Noche). Y a (su) Papageno. Allí dónde lloró desconsolada cuando acabó la música y se hizo la luz y desaparecieron las marionetas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el lugar donde compré la grabación de la Flauta Mágica que acompañó su primerísima infancia (obsesivamente, en muchas ocasiones). Hasta que desapareció en el maremagnum de cajas en que se convirtió nuestra vida cuando abandonamos la que fue nuestra ciudad. Porque, aunque buscamos otras grabaciones y le insistíamos en que aquél también era Sarastro o Monóstatos, no eran los suyos. No aceptaba esos impostores: movían la boca. Y no tenían hilos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha pasado (está pasando) tanto tiempo con nuestras vidas estibadas en cajas obscuras, que Nenna ya ha ido aprendiendo que aquellas eran marionetas, que las versiones que le proponemos también son verdaderas (todo lo que lo puede ser una ópera). Hasta habíamos creído que lo creía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que estamos preparando el traslado definitivo. Que, de alguna manera, la ilusión vuelve a cosquillear. Que, de una caja que creíamos en otra parte ha surgido la carátula con la mueca socarrona de un Papageno de cartón piedra y, en su interior, el disco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta hoy que he llegado antes y me esperaba para darme una sorpresa. Y nos hemos sentado en un sofá que no es nuestro. Nenna desmadejada en mi regazo, mi mano entre las suyas. Y su uñita chascando suavemente el borde de la de mi pulgar. Un gesto que había olvidado. De cuando nos tumbábamos en aquel sí nuestro sofá a disfrutar de nuevo de Mozart y la memoria de Salzburg nos visitaba al hilo de las marionetas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al hilo de las marionetas nos visitará también el recuerdo de aquel hogar pasado. La felicidad del hogar inminente.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-561374902825768410?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/561374902825768410'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/561374902825768410'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/02/al-hilo-de-las-marionetas.html' title='Al hilo de las marionetas'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2849782238184529884</id><published>2009-02-07T09:50:00.004+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:17.513+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Out by the Cape</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Desde hace muchos años, Ossip y yo mantenemos un pequeño ritual para brindar en determinadas ocasiones. Nada aparatoso: sencillamente, quien haya escanciado clava sus ojos en los del otro y alzando su copa exclama: “&lt;em&gt;Out by the Cape!&lt;/em&gt;”, a lo que debe responderse (con la misma intensidad en la mirada y en el tono, eso sí) “&lt;em&gt;Home by the Horne!&lt;/em&gt;”. Acto seguido un pequeño trago, que la fórmula está reservada a espiritosos de tan alta calidad como graduación y ambos somos conscientes de nuestras limitaciones al respecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Out by the Cape, home by the Horne.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí me gusta especialmente este brindis. Por su eufonía que, de cierta manera, me parece tan rudamente adecuada para recrear el espíritu de los marinos que circunnavegaban la Tierra a vela en frágiles navíos de madera; que evoca el crujido de las maromas, el ulular de la galerna, el vaivén de las páginas de Melville, Defoe o Stevenson. También porque indefectiblemente preludia una larga singladura por la conversación de Ossip y eso (junto con los licores que calientan los cuencos de nuestras manos y algún otro privilegio) es uno de los mayores placeres que existen. Y por una pequeña tristeza que quiero adivinar en los ojos de los lobos de mar que debían invocarlo en el pasado. Porque, aun sabiéndolo, expresa un deseo imposible: la vuelta al hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El retorno tras una larga ausencia es una quimera y así lo debían saber aquellos marinos que partían para viajes de varios años. Nada aseguraba que quienes les despedían en los muelles estarían allí para recibirlos de nuevo; que las plazas, los árboles, el paisaje coincidirían con la memoria que de ellos se llevaban. En realidad era seguro que el mundo que conocían, el hogar que abandonaban, habría desaparecido a su regreso. Si sobrevivían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no es solo eso, ni lo más importante. Si por un capricho juguetón de los dioses Ulises, al volver, hubiese pisado exactamente la misma arena de la playa de Itaca desde la que había partido tanto tiempo atrás, si Penélope no hubiese comenzado a tejer el primer tapiz, Telémaco fuese todavía un bebé, los salones ordenados tal y cómo los dejó, si revisitase su pasado, ni aun así Ulises podría volver. Porque ya no sería el joven rey que dejó su isla, porque sobre sus espaldas llevaría el peso de la guerra de los hombres, del canto de las sirenas, el conocimiento, la edad, el recuerdo de la despedida… Su mirada sería distinta. Él sería otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como Ulises, nosotros también partimos continuamente para no volver nunca más. Desde nuestro nacimiento. Cada día. Pero no es hasta que debemos afrontar una separación que reparamos en ello. Es el gesto de la despedida el que rasga el velo. Lo que hasta entonces había sido ya no será nunca más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La maldición de los emigrantes y los exilados no es únicamente la separación de su hogar, de sus seres queridos. El auténtico drama es la desaparición de aquel que fue su mundo, el que permanece en su memoria pero ya no es y cada vez irá siéndolo menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“&lt;em&gt;Valentine Heart&lt;/em&gt;” es una canción de Tanita Tikaram que, como el brindis, me gusta especialmente. El acompañamiento instrumental está a cargo de un piano, chelos y violines, empeñados en un obstinado bajo continuo, que solo rompen las cuerdas para envolver la voz que canta (pero, como diría Borges, esto hay que oirlo):&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;“I want to see you!&lt;br /&gt;It’s so simple and plane&lt;br /&gt;But I’ll come back and see you again”&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;como uno de esos propósitos que nos hacemos sabiendo que nunca cumpliremos, que nunca podremos cumplir. Es una pequeña canción triste y bella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como la mirada de los viejos navegantes, de los náufragos, de los emigrantes, los exilados. Como la de aquellos que, en algún momento, tuvimos que despedirnos, mirar atrás y descubrir que hace mucho que zarpamos hacia el Cabo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2849782238184529884?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2849782238184529884'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2849782238184529884'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/02/gone-by-cape.html' title='Out by the Cape'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-765763663894257858</id><published>2009-01-06T21:04:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:06:03.538+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Newgrange</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Cuando el tiempo ya se cumplía y acababan los días y las distancias, las reuniones, las bienvenidas y las despedidas, los hartazgos, el exceso y las aglomeraciones, Mimianna y yo nos sentábamos en el sofá de casa, descorchábamos una botella y, cada noche de cada cinco de enero escribíamos nuestra carta a los reyes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A solas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era, por supuesto, una carta petitoria, pero evitábamos caer en la ingenuidad. Nada de que nos tocase la lotería o que se solucionasen los problemas por arte de birlibirloque. Nada de cambiar el coche. Nada, en realidad, de deseos, pues no creíamos en su cumplimiento. Sí propósitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tiempo. Más cariño. Que nos comprendamos allá donde disentimos. Mayor esfuerzo. Más risas. Un hogar. Un camino (común pero distinto). Aprender. Conocernos, encontrarnos, ubicarnos (y reconocernos, reencontrarnos, reubicarnos). Seguir amándonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego poníamos nuestros mejores zapatos frente al balcón, con un poco de comida y de bebida. Y la carta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, a solas, nos íbamos a nuestra habitación a descansar. Las luces de Navidad apagadas. Sin adornos la casa. Pero sabiendo que quien despertara a medianoche (esa medianoche) sorprendería una sonrisa esperanzada en la quieta respiración cercana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde tiempos inmemoriales, desde que convivimos, éste ha sido nuestro auténtico rito de inicio del año. Nuestro Newgrange particular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta anoche. Que no tenemos (todavía) sofá, ni copa, ni casa. Ni espacio. Ni tuvimos carta: la dejamos pendiente para ese tiempo imposible que es el futuro. Aunque habría sido breve y, por una vez, con un simple deseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que llegue ese futuro (como lo imaginamos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Tal vez esta hebra y la ilusión de Nenna esta mañana compensen. De alguna manera)&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-765763663894257858?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/765763663894257858'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/765763663894257858'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2009/01/newgrange.html' title='Newgrange'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-5800505982666378134</id><published>2008-12-20T09:07:00.005+01:00</published><updated>2009-04-25T09:05:39.718+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Una aproximación a la Navidad (que se aproxima)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;A Chales Dickens indudablemente le gustaba la Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no solo porque llegara a escribir cinco libros y una veintena de cuentos de temática navideña, lo que podría considerarse una (sobre)explotación de un filón editorial que él mismo creó, sino porque su propia visión de la vida estaba impregnada de lo que podríamos calificar de una filosofía navideña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca la llegó a elaborar de manera precisa y orgánica (Dickens era básicamente un novelista (de éxito) y no un filósofo) y consistía más en el deseo de hacer prevalecer el espíritu navideño a lo largo de todo el año, que en un corpus doctrinal. Quería que los sentimientos de bondad, solidaridad, esa cierta ternura que envolvían los últimos días de diciembre, se convirtieran en lo habitual en la humanidad. Este deseo, esta filosofía, aunque quedó reflejada en algunos ensayos y artículos periodísticos, en realidad se percibe más como un bajo continuo a lo largo de su obra de ficción no relacionada directamente con la Navidad. La manera en que trata a los más débiles, la comprensión y el respeto hacia sus propios personajes, la dignidad con que los irroga, más cuanto más humildes…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La infancia de Dickens no fue sencilla. Hijo de una familia pequeño-burguesa caída en bancarrota, se vio obligado a trabajar de niño en la Inglaterra de la primera industrialización, mientras su padre se hallaba en prisión por deudas. Sufrió, por tanto, toda la virulencia de una sociedad injusta, cruel e hipócrita como fue la victoriana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ello sorprende que, según le describe su amigo y primer biógrafo John Forster, fuera un hombre jovial e irónico, dado al requiebro y la risa y que, como señala Marías, tenía tendencia a sentarse en las sillas al revés, de horcajadas, con los codos sobre el respaldo. Y, sobre todo y con todo, sorprende que en su obra se respire una fe en la bondad natural del hombre, tal y como se le aparecía en Navidad, incluso cuando denuncia las injusticias o retrata el dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue el autor de lo que algunos consideran el mito navideño gracias al celebérrimo “&lt;em&gt;A Christmas Carol&lt;/em&gt;” y, dicho está, escribió mucho más sobre la Navidad, pero mi cuento favorito se halla escondido en su libro favorito mío. Cada año por estas fechas busco mi grueso “&lt;em&gt;The Pickwick Papers&lt;/em&gt;” y busco el capítulo 28. Y allí, con auténtico placer, no solo me reencuentro con el entrañable y bonachón Mr. Pickiwck y sus desbaratados compañeros, sino con una auténtica reunión navideña a la antigua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es que a mí me pasa como a Dickens: que me gusta la Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la antigua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como fueron durante muchos años las Nochebuenas de mi infancia. La noche del veinticuatro se reunían todos los hermanos de Abu. Nosotros veníamos de lejos (entre doce y catorce horas de coche, con los coches y las carreteras de entonces) y solíamos llegar algo antes, así que íbamos recibiendo a mis tíos y mis primos conforme iban llegando a la finca. Porque nos reuníamos en El Bosque, que es la heredad de uno de mis tíos: tierras de cultivo sin más árbol que un eucalipto gigantesco entre la era y el aljibe. Y un caserón enorme, capaz de albergar la sesentena larga de familiares que nos reuníamos. Recuerdo las mesas tendidas en dos salones contiguos, el alboroto, los rollos mojados en café con leche de cabra. Y las canciones. Cape y yo éramos los más pequeños de todos los primos (casi todas primas, todas en colegios de monjas inmediatamente post-conciliares, todas con guitarras), pero, a los postres, nos dejaban participar en una especie de representación teatral que ofrecíamos a los mayores y que, aunque cambiaba cada año, siempre acababa con un largo repaso del repertorio de villancicos. Y al día siguiente esperaba el desayuno de chocolate a la taza y, después, el cocido de pelotas y las mantecadas…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a mí me gusta el olor a té de Navidad de la casa de Tanta y las luces pequeñas y los villancicos de Bing Crosby y desear felicidad a quienes quiero… Y me emociona la ilusión de Nenna cuando descubrió el otro día que ya había llegado el tronco de Navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta época de descreimiento (y soy apóstol de esa fe), a pesar del consumismo, las aglomeraciones, las reuniones (ineludibles) con los cuñados, la exageración o la ñoñería, mantengo que es bueno seguir el ejemplo de Dickens y continuar creyendo en el fondo de la Navidad, en la existencia, en alguna parte, de la bondad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque sea sin bajar la guardia.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-5800505982666378134?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5800505982666378134'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5800505982666378134'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/12/una-aproximacin-la-navidad-que-se.html' title='Una aproximación a la Navidad (que se aproxima)'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-3566685314738454917</id><published>2008-12-05T07:00:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:05:20.521+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Más que un encargo, una joda</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Eso es lo que pensé cuando Ferragutto me propuso el asunto. Demasiado sencillo para buscar a alguien de la reputación y el caché de uno. ¡Miau!, me dije. Pero Ferragutto es un tipo tan serio como un saco de enterrador y no me iba a decir una macana. Además, en aquellos días yo iba debiéndole algo al guapo de la barra de El Quince y, sabido es que los apuros nunca vienen solos, me habían llegado noticias de que el insigne inquisidor Don Isidro Parodi se había encaprichado con un incidente en el que algo había tenido que ver quien suscribe. La solución a la ecuación era sencilla: la plata y la distancia me venían como anillo. Asentí sin separar la bombilla de los labios. Ferragutto gruñó al alargarme el sobre con los billetes y los nombres. Y las tarjetas. Cinco, pequeñas y cuadradas. Con un laberinto redondo pintado en negro, como un ovillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del viaje no recuerdo más nada que las piernas de la mina del avión porque no se dio nada mejor que recordar. Pero, una vez en la metrópoli, me puse a laburar a full. Soy un profesional meticuloso, casi un artista, me atrevería a afirmar sin faltar a la modestia, así que me di unos días de estudio y entrenamiento. En la soledad del cuartucho de la pensión interioricé caras y costumbres hasta hacerlos íntimos a aquellos desconocidos. También me procuré una pelota y recordé los tiempos en que fui el mejor lateral izquierdo sobre el pasto de las canchas de la provincia; tan bueno era, me creerás, que el Independiente me hacía proposiciones y, si no hubiese sido por aquella visita tan forzosa como inoportuna a los Servicios Penitenciarios, aquí estaría ahora explicándote.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pasaron los primeros días, hasta sumar dos semanas, que el tiempo vuela y, si veinte años no es nada, me aliviarás de la obligación de explicar con qué rapidez. El caso, y a lo que voy, es que el siguiente martes pasé a la acción. Había decidido principiar por el capo, que no fuera que, en caso contrario, se las viera venir. Así que lo esperé frente al edificio de la Municipalidad. Hacía ya rato que dieron las once cuando lo vi aparecer caminando desde el estacionamiento. Inconfundible su cara de merluza. De merluza tonta, para mayor redundancia. Y sin un mero acompañante, sin protección, repugnantemente fácil. Lo dejé pasar, sabía que no tendría que esperar demasiado a que terminara la jornada. El tiempo justo para un trabajito manual de sabotaje básico. No daban las doce que ya habíamos terminado. Los dos. No se percató de que lo seguí hasta el auto, ni que esperé a que le fallara el arranque, encendiendo un pucho con lo que quedaba del anterior, ni que me situé a su espalda cuando abrió el capot y se asomó al motor. Separando las piernas, claro. Era la primera vez que empleaba la técnica, tenés que entender, y podría ser que se me fuera la mano. O el pie. El caso es que el tipo hizo un ruido raro, como cuando prensás gofio. ¿Nunca prensaste gofio? Pero sabés qué cosa es el gofio, ¿no? ¡Pues imaginate que lo prensás, che! ¡Si me interrumpís no terminamos más! Hizo ese ruido y se me desinfló encima del zapato, como un títere al que le hubieran cortado los piolines. Boqueaba como una merluza fuera del agua, el señor concejal de urbanismo, cuando le dejé la tarjetita en el bolsillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No permití que se enfriara el ambiente, que luego agarrás los resfríos, y me llegué a la oficina del siguiente de la lista. Otro piantado sin más protección que una secretaria vieja y desagradable, aunque muy adecuada para trabajar en el fisco. No tenía previsto quedarme mucho tiempo en el país, así que me permití una licencia en esa regla sagrada de la profesión que reza: no dejés testigos. ¡Ni medio comentario, pibe, ni medio! La vieja entró justo cuando culminaba, con el interfecto a horcajadas sobre el cuero y los ojos desorbitados, como si tuvieran que dejar espacio a lo que ascendía, y con un gemido sin fuerza. Tuve que salir de corrida y por poco me dejo la tarjeta. Se la tiré a la cara a la momia. La del recaudador no había tocado todavía el piso cuando yo ya llegaba a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve que imponerme un parón de un par de días, los justos para reponerme de la sobrecarga muscular. Uno ya tiene una edad, qué querés. Y eso me complicó algo la operativa. Pocas noticias en la canícula del verano y dos ataques tan singulares llamaron demasiado la atención de los rotativos, tan dados a la hipérbole y el melodrama. Aunque te confesaré que me halagó el apelativo con el que me bautizaron: El Pateador del Laberinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana del tercer día volví, como Cristo. Y el tercero fue el más difícil de localizar. No porque, alertado por la fama que me precedía, temiese mi actuación, no. Lo que pasaba era que el tipo no comparecía en la oficina, ni en las obras que se suponía que dirigía, ni en la sede del colegio profesional. Menudo, el arquitecto. Empezaba a desesperar, te seré sincero, cuando se me ocurrió cambiar totalmente la estrategia. Casi grité eureka, si me entendés. ¿No? No sé, es griego o árabe, creo. ¿Qué querés, que te traduzca? ¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco? Dejate de tocar las pelotas y escuchá, che. El caso, y a lo que voy, es que me fui para el club de golf. Y allí estaba, ‘ta claro, con sus bombachudos a cuadros y un pulóver rosa y amarillo. Casi tuve que cerrar los ojos ante la policromía, cuando me acerqué. Y el hombre todavía me sonrío. Y siguió sonriendo, pero con unas lágrimas como puños cayendo por las mejillas después de mi gesto, cada vez más preciso, que la práctica es lo que da, precisión. Le dejé la tarjetita en la cinta de la visera verde pistacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cambio, el albañil fue el de encuentro más sencillo. No tuve más que esperarlo a la salida del bar de siempre. La ejecución, empero, fue la menos limpia. Ya costó que enfocara la tarjetita que le ofrecí para que se parara y, desde luego, no ayudó en lo más mínimo ese vaivén, esa falta de verticalidad del tipo. Tuve que repetir para que reaccionara, para superar la dosis de anestesiante que cargaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya llegaba al final del trabajo. Solo me quedaba una tarjeta. Preparé la valija y cerré los trámites del retorno. El último objetivo me agarraba de camino. Un local en el centro. No más una pibita. Le pregunté por el tal Álex. Y allí llegó ese momento de desconcierto que, tarde o temprano, siempre nos pierde. ¡Álex era ella! ¡Quedé consternado, che! Lo aprovechó, la condenada, y antes de que supiera qué pasaba tenía encima a aquellos gorilas. Me llevaron preso… Sí, pibe, fallé. Pero decí ¿Cómo hacés para acertar una patada en las pelotas a una decoradora?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-3566685314738454917?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3566685314738454917'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3566685314738454917'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/12/ms-que-un-encargo-una-joda.html' title='Más que un encargo, una joda'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-8407242030656052468</id><published>2008-11-28T09:05:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:05:03.751+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>In memoriam. Contra la melancolía (3)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Iñaki murió dos días después de cumplir veinte años. Había sido mi amigo de la infancia. Durante ese tiempo eterno que abarca de los cuatro a los trece años, nos hicimos cargo mutuamente, sin advertirlo, de parte de nuestras vidas; la que quedaba fuera de casa, de los padres, de la familia. La más dura. La del colegio, los profesores, los otros niños. Él era un niño de acción, atlético, inteligente y risueño. Lo recuerdo siempre sonriendo a Iñaki. Con todo el rostro, generosamente, pero especialmente con los ojos. Sus ojos claros parecían intuir la sonrisa antes de que se dibujara en los labios y en ellos parecía perpetuarse, como un regusto, cuando ya había acabado. Le recuerdo una sonrisa bonita a Iñaki. Y era tal la sucesión de sonrisas y (aun) risas, que sus ojos parecían sonreír siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Excepto cuando enfrentaba una injusticia. Entonces dirigía su mirada acerada al injusto, dispuesto a poner fin a la felonía de que se tratase, sin calcular jamás sus posibilidades de éxito, el tamaño o el poder del contrincante. Porque en eso Iñaki era quijotesco. Se empeñó siempre en proteger a los más débiles de sus compañeros, jamás utilizó su fuerza o inteligencia contra alguien con menos recursos que él. También por eso, quizás, fuimos amigos. Porque él hallaba un cierto encanto galante en protegerme (a mí, que me sabía débil de fuerzas), pero sin subordinaciones. Él gustaba de decir que admiraba en mí mis ideas (y, a qué negarlo, a mí me gustaba oírlo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabó el colegio, pero perseveramos. No era difícil en una ciudad pequeña de provincias. No era difícil con Iñaki. De tanto en tanto nos reencontrábamos con una naturalidad que obviaba los periodos de ausencia cada vez más largos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y luego enfermó y la enfermedad le dio la oportunidad de volver a demostrarnos de qué materia especial estaba hecho cuando cumplió con el compromiso que contrajo consigo mismo: quizás él no podría vencer a la enfermedad, pero la enfermedad no podría vencerlo a él. Y así fue. Durante dos terribles años. Hasta que Iñaki murió justo después de cumplir los veinte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iñaki fue mi amigo de infancia y es mi muerto más querido. También murieron mi abuela y algunos de mis tíos y sentí sus muertes, pero eran previsibles (ley de vida, se afanan a exclamar), no me provocaron el vacío que creó Iñaki. Su muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vacío, eso fue su muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un vacío que me empeñé en llenar apenas volví del servicio fúnebre. No me servía (por unamuniana desgracia) la fe de mis padres, que había sido la mía pero ya no lo era entonces. No creía ya, como no creo ahora, en la cosmogonía de resurrección cristiana. No podía recurrir a la religión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero sí a la literatura. Y encomendé mi desconcierto a las palabras de Cortázar. “Ahí pero dónde, cómo” es un cuento que no es un cuento. En él Cortázar nos relata la presencia de su amigo Paco, muerto treinta y un años antes, en sus sueños. Sólo que no es un sueño, “&lt;strong&gt;cómo decirlo, cómo seguir, hacer trizas la razón repitiendo que no es solamente un sueño, que si lo veo en sueños como a cualquiera de mis muertos, él es otra cosa, está ahí, dentro y fuera, vivo aunque lo que veo de él, lo que oigo de él: la enfermedad lo ciñe, lo fija en esa última apariencia que es mi recuerdo de él hace treinta y un años; así es&lt;/strong&gt;”. Es un cuento que no es un cuento: Cortázar, muchos años después de escribirlo (una vida lo separaba de su amigo Paco) confiesa en una entrevista que lo escrito reflejaba cuidadosamente lo que en realidad experimentaba, lo que seguía experimentando. Yo llegué a aprenderme largos fragmentos de ese relato, con la esperanza de sustituir una fe increíble con una creación literaria (Tusquets señala, con sorna, que estamos dispuestos a creer que determinadas obras ciclópeas de la antigüedad las realizaron extraterrestres, porque no creemos que lo pudieran lograr hombres).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante un tiempo quise creer que, aunque no existiera el cielo o la resurrección o la reencarnación, algo debía quedar de nosotros, tras la muerte. Me cuenta S. un recuerdo (que no sabe si suyo o de su ama) del sur de México, en día de muertos, cuando “&lt;strong&gt;todo se revestía de flores particulares, olía a copal y todos estábamos cerca&lt;/strong&gt;”, los vecinos encienden velas por las aceras: largas filas, que se adentran en los portales para señalar el camino a los muertos que vuelvan a visitar a sus seres queridos, por unas horas. Los romanos adoraban (en realidad) a sus manes, a los espíritus de los seres queridos. Y ésa era mi fabulación: la posibilidad fantástica de mantener un vínculo, de alguna manera, con mis muertos. Con mis vivos, cuando yo muriera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el vacío continuaba presente bajo esa mi voluntad. Más patente, si cabe, cuanto más intentaba ocultarlo. La fábula no resiste (no resistió) que la mire a los ojos. No era cierto, no creía (no creo) en la perdurabilidad de nadie tras la muerte. La muerte es el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y queda el vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los nihilistas, con Sartre a la cabeza, erraron el punto de vista (lo que, en el caso del francés, era anatómicamente lógico), así, lo que nos crea esa nausea existencial no es constatar que tras nuestra muerte no hay otra cosa que la desaparición. No hay miedo (no puede haberlo, es ilógico) a dejar de existir, porque, a la vez dejará de existir nuestra consciencia, nuestro miedo, el mundo. No: lo que aterra es la muerte de los otros, de las personas a las que queremos, si sabemos que su muerte es su final definitivo. Para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dice Marías que la vida nunca ahorra dolor. He tenido una gran fortuna hasta una edad tardía. Sólo me falta Iñaki. Pero sé que, tarde o temprano, tendré que afrontar la muerte de alguien que me sea muy querido y confieso que no sé cómo lograré superarlo. En algún caso (imaginad, que yo no puedo, Mimianna o Nenna) sé que nunca lo superaría. Es esa una melancolía contra la que no tengo herramientas. Y la temo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La memoria, nos queda el recuerdo. Pero el recuerdo de lo perdido siempre es doloroso. La memoria, en este caso, ya no es refugio, sino todo lo contrario. Ossip me explicó que, en los peores momentos, habría deseado olvidar a la persona muerta, sacrificar lo vivido (su memoria, su existencia) si con ello desaparecía el dolor. (Me lo dijo como de pasada, sin darle importancia, como dice las cosas Ossip, que luego me duran años).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si a la respuesta de ahí, pero dónde no es otra que en ningún sitio, si la memoria se torna un país doloroso, si no hay velas para guiarme hasta mis muertos, ¿Qué queda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vacío (por ahora).&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-8407242030656052468?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8407242030656052468'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8407242030656052468'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/in-memoriam-contra-la-melancola-3.html' title='In memoriam. Contra la melancolía (3)'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6522620178782738563</id><published>2008-11-21T19:25:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:04:47.229+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>El ángel bueno</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;En la obscuridad, en el cuarto de Nenna. Con Nenna. Mimianna y yo cumpliendo el voto que nos hemos hecho de ayudarle a vencer eso que creemos miedo, acompañándola hasta que concilie el sueño. A solas con la obscuridad y nuestras presencias. Desde la cama de Nenna me llega la voz de Mimianna. Le susurra historias de cuando ella era pequeña, de los nombres de sus muñecas. De la bondad de Puccinela, el muñeco que la acompañó durante todas las noches de su infancia, que la cuidaba, que nunca permitió que sucediera nada malo. El mismo muñeco que sé que abraza en este momento Nenna, sin acabar de creer, sin dejar de creer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el suelo, donde me he tumbado, suspiro mi propio cansancio, mi sueño. Y el susurro de Mimianna, evocando su propia infancia, le explica ahora a Nenna cuando dormía con la yaya, su bisabuela, y ésta le hacía rezar… Y no, me digo en silencio, no sigas que en eso no creemos, que Nenna no está bautizada, que con nuestro mundo no van los curas, los santos ni las vírgenes, ni los rezos… no sigas… En silencio escucho una pequeña oración que invoca la protección para los infantes, de su sueño, en ese idioma que es el nuestro pero no fue el de mi niñez. Una pequeña y linda oración rimada para saludar al Ángel de la Guarda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, súbitamente, la presión en mi espalda ya no la provocan las baldosas, sino el papel pintado de la que fue mi habitación, la primera que recuerdo, la segunda que dicen que tuve. La pared a la que se arrimaba mi cama, el lugar por donde nada me podía atacar mientras dormía, al que podía dar la espalda. Y las palabras en ese idioma extraño trajeron a mis labios una invocación antigua, olvidada, a mi propio ángel, el que me acompañó toda mi infancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él (porque era él) era un ángel de largas alas blancas y torso atlético (nada de pusilánimes, si tenía que cuidarme). Él siempre me acompañaba y, procurando que yo no lo advirtiera, apartaba de mi camino todos los peligros. Me defendía, cómo no, del mal y de caer en el pecado. Como todos los ángeles. Pero el mío, además, jugaba conmigo. Y conversaba. Y paseaba a mi lado. Y, sobre todo, se sentaba en el cabezal de mi cama toda la noche, siempre en vela, siempre vigilando. Mi ángel no era cualquier ángel. Y tenía nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y me sorprende no recordar cuándo dejó de acompañarme. Cuál fue la última tarde en que le dirigí una mirada, una palabra, me hizo una caricia con sus alas. Cuándo dejé de creer en él. Cuándo, más tarde, lo olvidé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y se me aparece tan largo el camino que he transitado sin él. Sin contar con su ayuda, con su compañía. ¡Qué mayor he sido! ¡Qué valiente! Todo este tiempo, toda esta lejanía, sin creer. Sin recordar que creí. Y lo añoro a mi ángel, que se debió quedar tan solo, en una niñez que dejaba de serlo y que nunca volverá. En el que nunca volveré a creer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no puedo evitar (porque ya soy mayor, porque también soy lo que he leído) recordar la voz quebrada de Alberti en su poemario sobre los ángeles, el que bañó el final de mi adolescencia, la pérdida de las últimas inocencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y acompaño en silencio la pequeña letanía de Mimianna. Porque ya no creo pero creí y fue bueno. Para proteger el sueño de Nenna. Para encomendarla a su cuidado. Para que halle su ángel que, sin lastimarla, cave una ribera de luz dulce en su pecho y le haga el alma navegable.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6522620178782738563?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6522620178782738563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6522620178782738563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/el-ngel-bueno.html' title='El ángel bueno'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6525046484272300817</id><published>2008-11-17T07:54:00.002+01:00</published><updated>2008-11-28T11:51:07.970+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>S.</title><content type='html'>&lt;em&gt;&lt;strong&gt;The pleasure and the privilige are mine&lt;/strong&gt;.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias (en cualquier caso).&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6525046484272300817?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6525046484272300817'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6525046484272300817'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/s.html' title='S.'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1170874646744088644</id><published>2008-11-15T09:23:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:04:22.700+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><title type='text'>Son peligrosas las costumbres</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Ela lo tiene dicho: el hombre es animal de costumbres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es así. Sin más explicación tendemos a repetirnos, a crear determinados moldes. Sin causa aparente que justifique la elección de un modelo determinado y no cualquier otro de todos los posibles. Sin saberlo, sin detenernos a pensarlo. Sin advertirlo, tan siquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son incontables los croasanes con café con leche que he desayunado, en aquel bar y no en otro de los centenares que lo rodean. En aquel rincón de la barra (si es posible). Infinitas las veces que he pisado las baldosas de aquel callejón, para llegarme a la estación, las de la acera umbría (incluso en invierno), aunque había otros recorridos posibles. Era los viernes cuando paseaba con Ossip a pesar de que ambos teníamos habitualmente todo el fin de semana libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco nos rodeamos de conductas que repetimos, de costumbres. Quizás alzándolas como pequeños diques de seguridad en medio del maremágnum, del caos que intuimos que nos acecha. Los límites y las bases de un territorio conocido, seguro. Son, quizás, los hitos de ese nuestro territorio personal, las marcas de nuestro mapa de cada día. Configuran el escenario en el que nos reconocemos. Definen el mundo en que nos vemos capaces, que abarcamos, que creemos que podemos controlar. Me arriesgué a probar un croasán y me gustó: no tomemos más riesgos. Poco a poco (y cada vez más, con la edad) se endurecen, se tornan más rígidas, más excluyentes. Finalmente, manías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son peligrosas las costumbres. Todas. Hasta las más (aparentemente) inocentes, inocuas, las más predecibles e imperceptibles. Ésas especialmente. Y no (solo) porque nos hagan correr el riesgo de maniatizarnos (o maniatarnos), sino porque en esos pequeños ritos íntimos anida el tiempo. Pueden ser hitos, es cierto, pero los hitos del camino se alejan siempre. Irremisiblemente. Y cuando echamos la vista atrás señalan perfectamente la distancia que nos separa de aquello que alguna vez fue nuestro presente. Insalvable. ¿Te acuerdas cuando solíamos? Nos preguntamos a veces, sorprendidos. Sorprendidos porque ni nos dimos cuenta de que dejamos de hacerlo. Menos sorprendidos (cada vez menos sorpresas, eso también es envejecer) del tiempo que hace que perdimos aquella costumbre, de que hayan pasado quince años. Ya. Quince menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Te acuerdas de cuando íbamos al cine?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“&lt;em&gt;The Women&lt;/em&gt;”, de Diane English, con Meg Ryan y Annette Bening no pasará a la historia del cine, desde luego. Apenas un refrito de la película del mismo título dirigida por George Cukor en 1939. Una comedia amable, buenos diálogos y guiños lo suficientemente poco escondidos. Nada especial. Si no fuera porque nos gustó mucho, nos hizo reír a carcajadas hasta el llanto y fue la que el azar eligió para que Mimianna y yo volviéramos a una sala de proyección. Cuarenta y tres meses después.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un regalo por sorpresa de Ela y Abu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque es cierto y Ela lo tiene dicho: somos animales. De costumbres. Y retomar o remedar las que fueron nuestras costumbres también es desandar el camino, salvar lo insalvable. O hacernos esa ilusión. Un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O reencontrarnos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1170874646744088644?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1170874646744088644'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1170874646744088644'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/11/son-peligrosas-las-costumbres.html' title='Son peligrosas las costumbres'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-3512419000465286924</id><published>2008-10-29T07:54:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:03:59.264+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Paradoja</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Guillermo Cabrera Infante es uno de mis escritores favoritos y he leído muy pocos de sus libros. Tan solo tres: “La Habana para un infante difunto”, “Vidas para leerlas” y “Tres tristes tigres”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primero lo leí muy joven, con once o doce años, y lo hice por la emulación del título con el de una pieza musical que ya entonces se encontraba entre mis adoraciones: la “&lt;em&gt;Pavane pour une infante défunte&lt;/em&gt;”, de Ravel. Excesivamente joven. Me superó. Apenas recuerdo otra cosa que la ardua labor en que se tornó la lectura. Nada placentera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El segundo es el último (novedoso) que he leído. Se trata de una serie de retratos literarios de autores cubanos (en la mayoría de los casos), de sus andanzas, de sus problemas con el régimen… No me gustó especialmente. Algo farragoso en algún momento. Pero le debo la primera noticia sobre Reinaldo Arenas y algún relato emocionante, como el de García Lorca en La Habana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tercero, “Tres tristes tigres” explica y justifica mi primera afirmación, ese aparente oxímoron. Cabrera es uno de mis autores favoritos porque uno de sus libros, ése libro, es uno de mis libros amados. Lo he leído tres o cuatro veces por completo e infinidad en fragmentos. He leído pocos de sus libros, pero lo he leído mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vengo afirmando que la memoria está contenida en la música. Mucho mejor que en cualquier otro arte. Eso es habitualmente así. También es lo normal que no seamos conscientes de con qué pieza concreta se asociará, cuáles serán las notas que nos evocarán este momento, cuando sea pasado. Pero toda regla (dicen) tiene su excepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y “Tres tristes tigres” es excepcional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No solo por su factura, por el dominio del idioma, por la trama, por el mundo que logra rememorar (o recrear, en mi caso, que no conocí la Cuba de Batista). No solo por el placer inmenso que proporciona su lectura, cada una de ellas. No por todo ello, sino porque, extrañamente, entre sus páginas hallo parte de mi pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres meses antes de cumplir dieciocho años inicié las clases del primer curso de carrera. En otra ciudad. Una gran ciudad, la que yo ya había elegido como mía, la que pretendí que sería mi ciudad para siempre (y así fue hasta hace unos meses). Fuera, por primera vez, de casa de Ela y Abu. La inteligencia de alguien había propiciado que las obligaciones curriculares de aquel primer curso fueran irrisorias, apenas cuatro asignaturas (lo compensó en cursos posteriores, siempre dando muestras de mayor inteligencia). Yo disponía, por tanto, de mucho tiempo libre (casi todo) y de una ciudad inmensa para ser explorada. Las expediciones comenzaban a media mañana, una vez acabadas las clases, y se dilataban hasta la hora vespertina de la cena temprana. Siempre caminando. Casi siempre con un libro en el zurrón (yo llevaba un zurrón en aquellos tiempos, confieso). Siempre en soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y con una sonrisa bailándome en los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque sabía que aquel momento era un momento de tregua. Y legítima, además, pues no hacía otra cosa que la que se esperaba de mí (que yo esperaba de mí). Realmente contaba con todo ese tiempo. No había nada malo en que lo dedicara a pasear, a entrar gratuitamente en galerías de arte (antológicas las miradas de los galeristas), a admirar las evoluciones de las bandadas de estorninos contra el cielo color terracota (es así como lo recuerdo). O a leer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi siempre un libro, pero el que llevaba lo había acabado. Y quería leer esa tarde. Al pasar frente a un quiosco, un gran cartón, con dos libros pegados, anunciaba la primera entrega de una colección de clásicos contemporáneos de la literatura universal. A precio de lanzamiento, dos ejemplares. Me interesaba uno de ellos. Aun a sabiendas que el dinero que dedicaba a esa compra esfumaba la comida del mediodía del día siguiente, me los llevé. Suelo dejar en el plato el bocado predilecto hasta el final y algo parecido hice en aquella ocasión. Decidí dejar para después el libro que me interesaba. Hallé una plaza recóndita y muy antigua, sin coches. Y un banco de piedra, en una esquina, bajo el único árbol, pero inmenso. Me acomodé (con esa edad, hasta un banco de piedra es cómodo) y me sumergí en la verborrea cubana de una joven que sabía demasiado bien qué esperar de La Habana, años cincuenta. Y me hundí en “Tres tristes tigres”. Cada vez con mayor asombro, con mayor deleite. Con toda la felicidad de ese momento. Y con toda la consciencia de que ése sería el receptáculo de aquellos raros días de libertad, para los venideros, para los que se irían acumulando después, alejándome de aquella mi edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso ese libro es excepcional. Porque al abrirlo sé que encontraré un pequeño oasis, una tregua. O su memoria. Y, en la vida, las treguas son excepcionales.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-3512419000465286924?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3512419000465286924'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/3512419000465286924'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/oxmoron.html' title='Paradoja'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4110368148598875824</id><published>2008-10-15T13:11:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:03:36.769+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>¡Tiempo!</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;'Daam tiene un relato de juventud premonitorio. En él, un niño malcriado y despótico le pide a su padre, como regalo de Navidad, tiempo. Y el padre, cansado y desesperado, se pregunta cómo cumplir con ese deseo. Desgraciadamente para él, descubre que, de alguna manera fantástica, el vampirillo ya ha conseguido que se le conceda el capricho. A costa del tiempo del padre, quien cada vez dispone de menos para sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es de juventud y es premonitorio. Tan de juventud que ni él ni yo teníamos hijos en aquel entonces (ni intención). Su apreciación es, por tanto, fruto de una observación casi etológica de su entorno, de los sujetos que sí tenían entonces. Es premonitorio porque ahora los dos tenemos hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y nos falta tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería injusto que aquí culpase a Nenna del ajetreo de mi vida, de la acumulación de actividad que se agolpa entre mis cortos periodos de sueño (un poco más largos ahora), de la cantidad de cosas que, con todo, hay que hacer y están pendientes pero que hay que hacer. Nenna supone un plus de actividad, únicamente (algo más activo, más cansado, más extemporáneo, el más importante), pero sólo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estoy de acuerdo con Hipócrates, la vida no es (necesariamente) breve, no es el arte prolongado. Son las obligaciones las que son no ya prolongadas sino infinitas. El cúmulo de responsabilidades que vamos echando sobre los hombros, la red de dependencias que creamos al nuestro alrededor, las expectativas, las metas, son las que devoran nuestro tiempo. Las que hacen que, en algún momento de lucidez (o de respiro agotado), alcemos los ojos enrojecidos y lo veamos consumirse a una velocidad realmente increíble. Todavía me sorprende que muchas de las cosas que recuerdo como bastante cercanas en el pasado, una vez echadas las cuentas, me contemplen desde una distancia de veinte o veinticinco años: una cantidad de tiempo que era toda mi vida hace (me parece) apenas unos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo no huye, se gasta. Lo gastamos con cada actividad que realizamos. Las placenteras, las obligadas, las necesarias, las fútiles, todas gastan tiempo. Y el dinero. O su obtención. Ésa es la actividad que más gasta, que más nos ocupa, que más nos obliga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante algún tiempo me pregunté porqué. Fábulas anticonsumistas aparte, ¿Por qué dedicamos tanto esfuerzo y tiempo a ganar dinero? Incluso en los casos más normales y austeros, menos marquistas. Para qué la riqueza, qué aporta, qué es realmente riqueza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta (a la que yo llegué, al menos) es sencilla. Aunque no original: coincidí con la que apuntó algunos años después una campaña publicitaria de la lotería de Navidad, que consistió en ir mostrando, en blanco y negro y con filtros que suavizaban los contornos, a gente ociosa paseando junto al mar, leyendo, jugando con niños… y acabar ofreciendo el premio: tiempo. No el montante del premio rifado, sino lo que permitía su cuantía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es cierto: la riqueza consiste en disponer de tiempo. Sin necesidad de gastarlo en obligaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque para ello necesites ganar dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O que te toque la lotería.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4110368148598875824?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4110368148598875824'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4110368148598875824'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/tiempo.html' title='¡Tiempo!'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6265431684846570660</id><published>2008-10-06T06:10:00.006+01:00</published><updated>2009-04-25T09:03:12.093+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Creo</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Para una de mis amigas lejanas, algunos de sus libros (la traducción concreta, la edición, el ejemplar en sí) son los únicos que realmente contienen la obra. No otros, no otras ediciones o traducciones, no otras interpretaciones. A mí me ocurre lo mismo con determinadas grabaciones. Las Variaciones son de Gould (1981, preferentemente) o no son; no son Tosca ni Scarpia si no Callas y Gobbi, en blanco y negro. Y para elegir cuál es la versión que contiene la obra para mí (y para mi amiga, me consta) nada tiene que ver su calidad u originalidad. Sé que existen mejores ediciones, que la traducción o la interpretación son mejorables, incluso conozco otras excelentes. Pero no son las que se me brindaron para descubrirme esas piezas. No son las mías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ela y Abu me regalaron hace treinta años una colección de discos (de vinilo, de 33) de música clásica, por fascículos. Cada semana, los jueves, aparecía mi padre con el disco y el folleto bajo su brazo. Esa colección, de alguna manera prefiguró (y configuró) mis gustos musicales, mis preferencias. Me mostró pistas a seguir o condenó al ostracismo a autores (Brahms, el pobre, por ejemplo) del que solo después de muchos años, de escuchar mucha más música, he rescatado, por el mero hecho de que las piezas elegidas para representarlos en la colección no me agradaron en su momento. Un día, la segunda cara de uno de los discos, dedicado al chelo, me deparó por primera vez la tercera suite para violonchelo nº 3, en Do mayor, de Bach. La carátula me informó de que existían cinco más. También que quien las había descubierto para el mundo (moderno) había sido el músico Pau Casals. Apunté mentalmente la necesidad de escucharlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la tarea quedó íntimamente pendiente durante diez años. Hasta el día en que sorprendí entre los saldos de un catálogo de venta por correo (al que estaba abonado Cape, mi hermano) un CD con la integral de las suites. Interpretadas por Pau Casals. Y al precio de escándalo que se podía permitir mi economía (siempre tan maltrecha). La espera duró quince interminables días. Pero concluyó un viernes. Esa noche, después de cenar, me encerré en el salón, encendí la lamparita de la bombilla azul y puse (por fin) el disco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y las suites (aquellas) se hicieron mías para siempre. La versión no es la mejor (la supera alguna de Rostropovich, incluso de Yo-Yo Ma, técnicamente (y en aburrimiento)). Las notas no son siempre nítidas, Casals golpea en ocasiones con el arco el instrumento, se le oye respirar (incluso tararear), algún crujido de la silla en la que se halla sentado. Y creo que fue eso lo que obró el milagro. Porque es como si lo tuvieras sentado en una silla de casa, frente a ti, luchando con las notas de Bach, con el chelo, con sus dedos, el sudor. Haciéndoles expresar… ¿Qué? ¿Pasión? ¿Rabia? ¿Desesperación? ¿Desafío? O todo ello. El libreto me informó en los días precisos en que se realizaron las grabaciones en París. No recuerdo las fechas (y no puedo acceder a ese disco), pero sí los años. Entre 1936 y 1939.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el exilio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mucho tiempo después asistí a un pregón pronunciado por Eduardo Mendoza. Más que un pregón fue una conferencia. Más que una conferencia, un diálogo (unilateral, pero no monólogo. Nos hacía participar a cada uno de los asistentes. De alguna manera). En él sostuvo, nos mostró, la fuerza de la cultura, del conocimiento, del arte como bastión de la humanidad, frente a la sinrazón y la barbarie. Soy incapaz de repetir sus palabras, pero recuerdo sus ojos azules, fríos e inteligentes clavándose en los míos (en los de todos) conminándome a buscar para mí y para mis semejantes la belleza y el conocimiento, a afrontar la fealdad, la falsedad. La maldad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y recordé mis suites. Y a mi calvo chelista volcando en ellas toda su indignación y tristeza frente a la maldad que avanzaba, que había asolado su vida (y la de muchos otros). Y, con todo, el desafío que lanzaba a esa maldad por el mero hecho de seguir tocando esas notas, de seguir produciendo belleza, se seguir manteniendo toda su dignidad y, con ella, la de muchos otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El arte, la cultura, desde entonces, devinieron para mí algo más que una acumulación de conocimientos o experiencias. Superaron incluso la connotación de placer hedónico que siempre me habían proporcionado (aunque no la perdieron). Y se convirtieron en una actitud frente a la vida. Su ejercicio, su disfrute, su transmisión, en ese baluarte contra los feos (en palabras de Nenna) y lo malo. En ese rincón en el que refugiarse, cuando la obscuridad crece alrededor, para detenerse, mirarse y reconocerse como el ser humano que cada cual es. Cada vez que leemos un poema, que admiramos una pintura. Cada vez que la orquesta afina antes de un concierto (cómo me gusta ese momento, esa música). Cada vez que mantenemos una conversación inteligente, estamos haciendo más densa esa red (ese ovillo) que nos separa y nos protege de absolutismos, de las dictaduras, los integrismos, la estulticia. Del mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una escena de la película “Cadena perpetua” (“&lt;em&gt;The Shawshank Redemption&lt;/em&gt;”, en su título original) que representa perfectamente cuánto vengo queriendo explicar. En ella, el protagonista interpretado por Tim Robbins, que es un convicto condenado a una doble cadena perpetua (sin esperanza alguna de salir de la prisión. Jamás) y que ha conseguido cierto estatus y privilegios por parte del corrupto director del penal (a quien lleva los libros de contabilidad de sus turbios negocios), se encuentra solo en las oficinas cuando recibe un paquete postal. Al abrirlo, encuentra una serie de vinilos. De música clásica. Y entonces comete lo que parece una locura. Cierra la puerta con el pestillo, coloca uno de los discos en el tocadiscos y conecta el sistema de altavoces de la prisión. Por donde habitualmente suena la voz del alcaide, suenan las primeras notas del dúo &lt;em&gt;Canzonetta sull’aira&lt;/em&gt;, de “Las bodas de Fígaro”. Y el preso de por vida se sienta en un sillón, echa las manos a la nuca y pone los pies sobre una mesa. Y sonríe. Aunque en la puerta ya suenan los golpes de los guardias. Aunque sabe que va a perder sus privilegios, que lo van a golpear, que lo hundirán. Sonríe porque en ese momento vuelve a ser él. El que fue y el que los otros (los feos) quieren que deje de ser. Y sabe que seguirá siéndolo. A pesar de los feos, a pesar de todo, mientras esas notas le sigan emocionando. Mientras pueda rememorarlas. Mientras pueda refugiarse en ellas. Son su dignidad. Yo me emociono siempre con esa escena (y yo no me emociono nunca con películas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ése es el espíritu de revuelta, de resistencia, que otorgo al arte, a la belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque esté condenado a sucumbir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dieciocho de julio de 1936, Pau Casals ultimaba en Barcelona los preparativos para la representación de la Novena Sinfonía de Beethoven, que debía ofrecer su orquesta esa noche, cuando le llegó una nota del Ministro de Cultura, su amigo Ventura Gassol, en el que le anunciaba un levantamiento militar y que se esperaban graves enfrentamientos en aquella ciudad, por lo que recomendaba que se cancelara. Casals reunió a la orquesta y el coro y les leyó la nota. Acto seguido, preguntó si preferían irse inmediatamente o interpretar el cuarto movimiento de la sinfonía, a modo de despedida. Todos optaron por quedarse. En una sala vacía resonaron las notas de Beethoven. Casals, que dirigía, comenzó a llorar cuando oyó al coro entonar las palabras de Schiller. “&lt;em&gt;…Alle Menschen werden Brüder…&lt;/em&gt;” Todos los hombres son hermanos. Fuera, en la calle, sonaban los primeros disparos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque parezca que esté condenado a sucumbir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre habrá quien recoja la batuta. Quien no permita que le hagan callar. Y, en eso, creo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6265431684846570660?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6265431684846570660'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6265431684846570660'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/creo.html' title='Creo'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2639946396548838341</id><published>2008-10-03T18:34:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:02:57.761+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>¿Es aquello luz?</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;En ocasiones, el laberinto tiende a irse estrechando, a abombar las paredes de los pasillos. Hasta que se tocan sobre nuestras cabezas. Tapan la luz. Y se convierte en un túnel. O un tubo. En ocasiones no queda otra que pasar por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El túnel o tubo puede ser más o menos angosto, más o menos largo, sinuoso, en cuesta o en más en cuesta. Y casi siempre obscuro. Todo depende del material de su fábrica. Muchos hay y de muchas clases. Pero los peores, sin lugar a dudas, son los administrativos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mimianna y yo no tuvimos más remedio que adentrarnos en uno de ellos. De lo más administrativo. Hace siete meses. Casi exactos (unos días más, pero qué importa, ahora, ya). Hace siete meses presentamos un grueso legajo de planos y memorias y escritos y justificantes y pólizas e ingresos. Inmediatamente las paredes se abombaron, chocaron sobre nuestras cabezas, el piso se inclinó (hacia arriba) y nuestros ojos se sumieron en la más inextricable obscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a caminar, no obstante. Primero con cierto tiento, con tranquilidad, que suponíamos una cierta longitud al trayecto. Luego con alguna prisa más. Hasta el primer tropiezo (nada, unos papeles que faltaban), y el segundo (nada, unas obras públicas y faraónicas que nos interferían), y los subsiguientes (nada, las vacaciones del funcionario; nada, un trozo de muralla que hemos encontrado; nada, un informe que nos falta del Departamento-de-al-lado; nada, que dicen que no; nada, que se habían equivocado, que sí; nada, que casi, pero falta que paguen otra tasa; nada, solo que firme otro funcionario). Y todo a obscuras. Y lento y farragoso. E inepto. Y vago (de falta de ganas de trabajar). Las nuevas tecnologías han permitido pasar del vuelva usted mañana de Larra, al llame usted la semana que viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero los tubos y los túneles también tienen otra cualidad. Son finitos. Por muy largos y farragosos que lleguen a ser, se acaban. En algún momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy la autoridad nos ha entregado un papel con sellos y timbres, mediante el cual nos permite acondicionar la que será nuestra casa, conforme a nuestros proyectos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Solo nos quedan las obras.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2639946396548838341?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2639946396548838341'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2639946396548838341'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/10/es-aquello-luz.html' title='¿Es aquello luz?'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-5259984664249201988</id><published>2008-09-29T06:49:00.001+01:00</published><updated>2009-04-25T09:02:34.632+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><title type='text'>Sine die</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;No es cierto, no somos los herederos de todo ese tiempo que hemos vivido. No son los pesados años pasados, los ingentes acontecimientos, los que nos hacen despertarnos de la manera que nos despertamos, desbrozar este camino y no otro, sonreír cuando va a llover. Ni siquiera los grandes momentos perduran necesariamente porque ¿Cómo saber? No: es otra la materia que conforma lo que somos, nuestra memoria. Otros los pequeños guijarros del sendero, recuerdos olvidados que duermen en el interior de nuestros párpados: un reflejo apenas adivinado en el horizonte, el sabor de una noche, la suavidad de un pétalo o aquella vez que me acariciaste la nuca. Tales son los elementos de nuestro universo. Seamos, por tanto, indulgentes si alguna vez olvidamos una fecha, porque nuestro amor quizá se asienta en realidad sobre la firme base de nuestras miradas. Y, créeme, ésa es una garantía.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-5259984664249201988?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5259984664249201988'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5259984664249201988'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/09/sine-die.html' title='Sine die'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2773753772683372169</id><published>2008-09-20T16:53:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:02:13.716+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Uno de esos errores que tanto cuentan</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;La tradición cuenta que, en el siglo XVII, un monje benedictino llamado Dom Perignon, utilizó por error un vino endulzado con azúcar –&lt;em&gt;aqua mulsum&lt;/em&gt;- para realizar el habitual &lt;em&gt;coupage&lt;/em&gt; de los caldos de su abadía, en el intento anual de elevar de alguna manera su calidad más bien pobre. Este azúcar adicional provocó una segunda fermentación en la botella y la aparición de anhídrido carbónico, que se disolvió en el líquido. Cuando los monjes intentaron descorchar aquellas botellas hallaron que los tapones salían disparados y el vino se derramaba convertido en espuma. Y su sabor era distinto, mucho mejor que el de antes. Había nacido el champán. Por error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El error es consustancial a la naturaleza humana (como el pecado, según la vieja escolástica: qué poca diferencia hay entre el &lt;em&gt;pecare humanum est &lt;/em&gt;y el &lt;em&gt;errare humanum est&lt;/em&gt; agustinianos). De hecho, la infalibilidad es uno de los atributos (diferenciadores) de la divinidad. Toda actividad, todo pensamiento, proyecto humano está sometido al peligro del error, al del fallo. Es sabido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos nos hemos equivocado alguna vez. En nuestras apreciaciones, en nuestras creencias o en nuestras predicciones. Incluso en nuestros actos. Habitualmente convivimos con la posibilidad del error de una manera razonablemente civilizada. Excepto en casos extremos (y patológicos, por tanto) aceptamos la existencia de un cierto margen de error en nuestra cotidianeidad. No nos parece importante si la dirección que buscamos está en la segunda bocacalle y no en la primera, como creíamos. No lo es si esperábamos tener tiempo para leer el diario y, finalmente, no contamos con ese tiempo. Tampoco si creíamos que Dom Perignon fue el inventor (por error) del champán y, cuando investigamos, descubrimos que no fue así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay ocasiones, empero, en que el peso del error (o de su posibilidad) se nos hace casi insoportable. Cuando debemos adoptar una decisión que sabemos que condicionará el resto de nuestra vida (o buena parte de ella), por ejemplo. Es entonces cuando, en un intento desesperado por minimizar las probabilidades de equivocarnos, atesoramos el máximo de información posible, solicitamos consejos y pareceres, sopesamos pros y contras obsesivamente. Hasta que, al final de todo, llega el momento de tomar una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La edad enseña (también) que en ese momento no se deben olvidar dos cuestiones. A saber: que es imposible controlar todas la variables del problema (y, por tanto, la posibilidad del error sigue ahí) y que ninguna decisión es realmente para toda la vida (o no lo son necesariamente las que consideramos trascendentales a priori y sí quizás una cotidiana sin importancia aparente (ir a tal comida campestre o no)).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace diez años afronté una de esas decisiones trascendentales. Busqué información. Recibí consejos. Valoré convenientes e inconvenientes. Y tomé una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me equivoqué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que debía ser únicamente un cambio de trabajo se fue convirtiendo en mucho más que eso. Lentamente, extendiéndose como una mancha de aceite (lenta, sutil, subrepticiamente y pringosa), esa decisión acabó influyendo en relaciones familiares, en mi profesión (que dejó de ser la que había sido y que me gustaba), en la distribución de mi tiempo, en el cansancio, en el hastío, la claustrofobia, la tristeza. Y en Mimianna. Y en Nenna, después. Para mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace un año, por estas fechas, después de todo un verano desasosegado de zozobras, de conversaciones airadas o desanimadas, Mimianna y yo nos dirigimos a un antiguo pueblo de piedras antiguas, escenario de otros conciliábulos en el pasado. Nada nos dijimos, pero sabíamos qué nos convocaba a aquel paseo entre las ruinas de la civilización y el mar que la había traído, bajo pinos centenarios. Debíamos tomar una decisión. Trascendente. Nuestra realidad se había tornado insoportable y debíamos cambiarla en un sentido u otro. En cualquier caso, debíamos romper con lo que había sido hasta ese momento nuestra vida. Aprovechamos la siesta de Nenna en su cochecito para recorrer arriba y abajo la larga senda costera, una y otra vez. Casi una escenificación de las idas y venidas de nuestras consideraciones. Y, con el sol ya bajo, tomamos una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces, hemos cerrado la que fue nuestra casa y hemos abandonado la que fue nuestra ciudad (amábamos a ambas), vivimos en una provisionalidad incómoda, sufriremos un cierto quebranto económico, revisitamos fantasmas (malos) del pasado…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Nos hemos equivocado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo sé. Pero ahora Mimianna y yo nos vemos en horas de vigilia, puedo contarle cuentos a Nenna cada noche y acompañarla, en ocasiones, al colegio (¡de grandes, ya!), ilusionarme con el proyecto de la nueva casa, continuar paseando junto a un mar antiguo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Nos hemos equivocado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo sé, pero la sonrisa de Nenna, su felicidad, me dice que, quizás en esta ocasión, eludimos el error. O eso espero.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2773753772683372169?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2773753772683372169'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2773753772683372169'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/09/uno-de-esos-errores-que-tanto-cuentan.html' title='Uno de esos errores que tanto cuentan'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-5639508719119424229</id><published>2008-09-08T23:45:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:01:55.965+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Maritere</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Hoy ya es cierto mi vaticinio. Aquella fue nuestra última reunión. Ya no podremos encontrarnos todos de nuevo. Esta tarde hemos enterrado a la hermana mayor de Ela. Teresa. La tía Maritere para nosotros. Su cuerpo murió ayer, mucho después de que el Parkinson la matara a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No voy a mentir (a estas alturas), no voy a simular un gran dolor, una infinita pérdida. No sería cierto. No sería justo. A la tía Maritere la dejé de tratar hará quizás diez años. Incluso más. Naturalmente seguía existiendo en las conversaciones de Ela, que nunca perdió el contacto con ella, su hermana. Se hablaban esporádicamente por teléfono. Se transmitían novedades, acontecimientos, bien directamente, bien por hermana interpuesta, la pequeña. Alguna visita rápida, un viaje corto. Más hacia los últimos años. No sé si alguna carta. Era una presencia lejana en el espacio y (cada vez más) en el tiempo. Pero, cada tanto, me llegaban noticias de ella, de su marido (mi tío, el pintor), de sus hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su hija y su hijo, mis primos, de mi edad (quince días separan las fechas de nacimiento de él y la mía) fueron los que hicieron, en realidad, que la tía Maritere fuese algo más que otro de los personajes legendarios de la familia. Fue esa costumbre gregaria y estival de reunirnos a todos los primos lo que la convirtieron en una persona real de mi infancia. En un recuerdo. En parte de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero hacía ya diez años que no la había visto, ni conversado con ella. No era, por tanto, una presencia en mi cotidianeidad. Ni tan solo en mis recuerdos, en muchas ocasiones. No individualmente, acaso en grupo. Su muerte no añade (no debería añadir) nada a su ausencia ya consumada. Y, sin embargo, no es así. No lo siento así. Su muerte la ha cambiado. Porque ahora (ahora sí) ya no está, ni estará nunca más. Ahora ha desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Javier Marías ha reparado en nuestra aversión a las desapariciones, aún de personas o paisajes detestables pero que han estado ahí desde que se tiene memoria. Eso también nos ocurre, afirma, con personas que no conocimos, pero admiramos (“muertos lejanos” les llama) que &lt;strong&gt;“su falta nos hace sentirnos más solos y desprotegidos”&lt;/strong&gt;. (Cortázar, más grandilocuente en este caso mantiene que &lt;strong&gt;“cuando muere una figura de juventud también morimos nosotros. Un poco”&lt;/strong&gt;). Peor es, por supuesto, la muerte de aquellos que conocimos, que nos fueron queridos. Marías (de nuevo) llega a sostener que &lt;strong&gt;“la vida, en buena medida es ir sufriendo bajas a nuestro alrededor, y en desconcertarse y apenarse un rato, para luego reemprender la marcha con los benditos que nos van quedando, y que aún están”&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De ahí, quizás, esta pequeña tristeza con la que escribo ahora. Pero íntima. Pero honda. La tía Maritere ha muerto y, en esta época de rememoraciones en la que vengo sumergiéndome, su falta me es doblemente penosa. No sólo pierdo (o se me hace patente su pérdida) un referente de mi infancia, también me pesa la consciencia de que con su muerte (como con la muerte de todos) desaparece todo su pasado, su experiencia, su mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué nos queda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La descripción de su carácter, adelantado a su época (la tía nació treinta años antes de lo que le tocaba, siempre he oído decir), que la hizo fumar (para escándalo de la bisabuela Victoria) y doctorarse en Historia y Literatura, con una tesis sobre la Generación del 27, en los últimos cincuenta del siglo pasado (para mayor escándalo de la bisabuela Victoria, tal vez). En una época terriblemente pacata, chata, ignorante; en una sociedad inimaginablemente (para mis coetáneos y más jóvenes) abstrusa y represiva y claustrofóbica, especialmente para una mujer inteligente, ella supo mantener su criterio, imponer su conducta, ser consecuente con su inteligencia. Arrostró, por ello, no pocas incomprensiones. También pagó por ello el precio de algún fracaso, de alguna pérdida, de alguna derrota.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedarán anécdotas. Como la del novio que se mercó durante su estancia estudiantil en Roma y que trajo un verano para que lo conocieran mis abuelos y que, cuando se le pidió que hiciera un nudo (a su servilleta, como es costumbre en mi familia, para diferenciarlas), sólo atinó a preguntar estupefacto: “&lt;em&gt;ma… Qui?.. Adesso?&lt;/em&gt;” porque creyó que le pedían un desnudo ante la familia política como trámite para su aprobación como futuro yerno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la que más me gusta, porque mejor la retrata (aunque sea apócrifa y casi segura su falsedad) es la ocasión en que, siendo directora de un instituto de ultramar, consiguió que María Zambrano, ya octogenaria y a quien había conocido mucho antes en Italia, acudiera para dar una conferencia. Ante la importancia del personaje, los poderes fácticos del centro organizaron una merienda con zumos y bollitos. Afortunadamente, mi tía conocía las costumbres de la escritora y se presentó pertrechada con una buena petaca de buena ginebra. Cuando se llegó a ofrecérsela, en vaso largo y con hielo, la Zambrano clavó sus ojos en los de ella y le espetó “¡Menos mal que hasta en África hay gente civilizada”, justo antes de echárselo al coleto. Ésa, no cabe duda, es una de las frases que toda familia atesora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedarán los recuerdos. La forma en que conducía. Aquel día que mis primos y yo volvimos a nacer varias veces en un trayecto de apenas diez kilómetros, en los que nos esquivaron (milagrosamente) dos camiones, un tractor, tres peatones y un barranco, los cuales pasaron absolutamente desapercibidos a mi tía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la “Odisea” y la “Iliada” (y su lectura), que me regaló. Y “La casa de Bernarda Alba”. Y el nombre de Miguel Hernández y la declamación (la primera en mi vida) de las “Nanas de la cebolla”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y los bocadillos de fuagrás con los que se empeñó en cebarme un largísimo y antiquísimo verano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos ha dejado varios libros de arte y poemas. Y uno último inédito de aforismos, de pensamientos, de dudas, de miedos. Justo antes de perderlos todos (o mientras iban perdiéndose en la enfermedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que la vi, esa enfermedad ya hacía estragos en su físico, no todavía en ella. No pude dedicarle el tiempo que seguro merecía, pues fue un día de múltiples obligaciones con múltiples familiares. De todas formas, no será esa la persona que recordaré, que mencionaré, cuando en adelante hable de la tía Maritere, sino la más joven, la de mi infancia, la que amaba a las palabras, la cultura, el conocimiento, el arte, la del carácter jocoso y rudo, la que me brindó (sin proponérselo jamás) un modelo a seguir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordaré, añoraré, a mi salvajemente civilizada tía Teresa.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-5639508719119424229?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5639508719119424229'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5639508719119424229'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/09/un-modelo-seguir.html' title='Maritere'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1727227492443082481</id><published>2008-08-22T04:56:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:01:24.940+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Vagalume.  (cuento para Nenna)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Cuentan que cuentan que lejos, muy lejos, existe un país en el que los pasillos están sombreados por altos árboles, las plazas son prados de un verde profundo, quietas nubes grises son el techo y las ventanas se abren al océano de pizarra donde se hunde el sol cuando acaba el día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se conoce el camino a ese país. No existen planos. Ni los viajeros más avezados han sabido encontrar una ruta. No hay indicaciones, ni señales. Hay, no obstante, algunos afortunados que lo han visitado. Inesperadamente lo encontraron. Algunos después de muchos días de viaje. Otros en las páginas de un libro. En una canción. Cuando cerraron los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese país, pero no se sabe dónde, hay un torreón. Entre los árboles. O en medio de un prado. O sobre las nubes. Y en el torreón una estancia con un espejo redondo en el que se refleja el océano y los barcos de vela que parten. Y una dama. Joven. Vestida con un largo vestido, rojo de seda roja. Ceñido con una cinta bajo las caderas. El pelo castaño largo y recogido. Los ojos fijos en el horizonte. O en el pasado. Bajo las cejas pobladas, sobre una bacinilla de cristal azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuentan que cuentan que una niña pequeña llegó al país y al torreón y a la estancia y a la dama. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó descarada con la mirada. “Vagalume”, le contestó una sonrisa. “Estás sola, estás triste. ¿por qué estas tan sola y tan triste?”, las cejas alzadas y un mohín. “No es cierto, no estoy sola” contestó con un lento ademán que abrazó los libros, los cuadros y el océano de la ventana. “No es cierto, no estoy triste” respondió con un beso, “tan solo recuerdo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La niña, que era pequeña, tomó asiento con la libertad de que gozan solo los niños pequeños. Vagalume, que era joven, aceptó lo extraordinario con la naturalidad que cultivan solo los jóvenes. Y fue pasando el día. Y Nenna (porque Nenna es la niña pequeña) vio cómo llegaron y salieron multitud de palomas mensajeras blancas del regazo de la dama. Y unas llevaban un suspiro. Un guiño otras. Un poema. Un dibujo. Y fue llegando la tarde. Y Vagalume mostró a la niña cómo cambiaba el color del océano bajo los barcos de vela. Qué bellos los árboles. Qué fina la hierba. Qué fuertes eran las nubes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y llegó la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la niña pequeña tenía todo el sueño en los ojos. El cansancio en la comisura de los labios. “¿No duermes, Nenna?”, preguntó la dama con una caricia. “No me gustan los sueños”, con una lágrima, “me pierdo en los sueños”. El abrazo de Vagalume “sí, ahora estás perdida, pero yo tengo un secreto para ti, para que no te pierdas nunca más, para que no temas perderte”. Y deshizo su tocado y su frente se bañó de luz. Tenue, verde como las manzanas. “Cuando estés perdida, cuando tengas miedo, recuerda esta luz. Te ayudará a encontrar el camino de vuelta a casa y más allá. Yo te acompañaré con ella”, soplando apenas sobre los rizos de Nenna. “¿Por qué tienes tú luz?” justo antes de dormir. “Porque así fui imaginada”, arropándola con un manto de luna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nenna despierta en su cama. Otro mar susurra en su ventana. El cielo es azul e inmenso. Cada día una vida entera. Y cuando llega la noche, justo antes de dormirse, Nenna juega con uno de sus mechones. Mimianna me ha contado que, entonces, parece como si en la habitación naciera una tenue luz. Indefinida. Como verde clarito, manzana. Pero, claro, deben ser imaginaciones.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1727227492443082481?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1727227492443082481'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1727227492443082481'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/08/vagalume-cuento-para-nenna.html' title='Vagalume.  (cuento para Nenna)'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-7765988339863580048</id><published>2008-08-18T08:36:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T09:01:03.061+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Cartas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;El cinco de octubre de 1949, Helene Hanff dirigió su primera carta a la librería Marks &amp;amp; Co., de Londres, solicitando unos libros a los que no tenía acceso en Manhattan. Inició, con esa carta, una correspondencia con Frank Doel, encargado de las ventas de aquella firma, que se prolongó por el resto de la vida de éste, hasta octubre de 1969. Veinte años sin llegar a encontrarse. Íntimos, no obstante. Una selección de esas cartas dio lugar al librito “&lt;em&gt;84, Charing Cross&lt;/em&gt;”. Siento debilidad por él. Porque habla de libros, porque sus personajes son reales y entrañables (todo un personaje la Hanff!). Porque es un libro que no sabía que iba a ser un libro. Y por las cartas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde siempre se ha considerado el acto de intercambiar cartas como un arte. Con sus propias reglas. Un viejo manual de gramática victoriano exhortaba a adoptar un estilo natural y espontáneo pero no gárrulo y vulgar; evitar la sequedad y la pompa declamatoria; no aparecer ni desentendido ni efusivo; expresar emoción sin caer en el sentimentalismo; evitar, por fin, por una parte la pedantería y, por la otra, la vacuidad. Desgraciadamente, cuando las conocí ya las había mancillado. Todas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es que a mí siempre me han gustado las cartas. Escribirlas y (sobre todo) recibirlas. Durante diferentes épocas, he cultivado la noble costumbre de mantener esas conversaciones que no conocen límites de tiempo y espacio. Que nos acercan a pesar de (o gracias a) la distancia y retoman el hilo suspendido, desde hace meses quizás, con la naturalidad del gesto de extender un folio. Con la intimidad más absoluta, como un susurro al oído, como una mirada inteligente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo la alegría de encontrar la caligrafía conocida esperándome, inesperada casi siempre, sobre el trinchante de la sala de mis padres. En la ensaladera de cristal. El sobre siempre intacto. El placer de retrasar un poco la lectura, hasta el momento adecuado. Casi siempre en la cama, antes de dormir. Casi siempre con una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O la deliciosa tarea de contestar (meses después quizás). Imaginar a las reacciones del otro. Cuando lea esto, cuando sepa. Cuando encuentre mi caligrafía esperándole sobre el sobre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la primera persona que mantuve correspondencia fue con Abu. Yo tenía cinco años. El primer gran éxodo de mi vida. Aunque no sabía lo que era (aunque recuerdo perfectamente el momento en que se me anunció que ya era el momento, la noche antes de la partida, yo de pie entre los asientos delanteros del coche nuevo, que mañana nos íbamos, cómo lloré). Abu estuvo unos meses alejado de Ela, Cape y de mí, antes de poderse reunir con nosotros en la nueva ciudad. Venía a vernos cada tres o cuatro semanas. Ela me hacía escribirle. Abu conserva esas cartas. Contienen dibujos. Le explico qué hacemos, que estamos bien y que me porto bien y cuido a mamá. Y (sobre todo) le enumero los regalos que me gustaría que me trajera en su próxima visita. (No era culpa mía si mi referente epistolar no iba más allá de las cartas a los Reyes Magos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero quien realmente fue mi corresponsal (más o menos) asidua durante diez o quince años fue Perve. Yo tengo todas sus cartas. Comenzó como un juego, casi un reto. Si yo te escribo una carta, seguro que no me contestas. No, serás tú quien rompa el hilo. No, tú. Y llegó la primera. Al principio infantiles. Sin pericia, nos explicábamos cosas del colegio, frases hechas (espero que estés bien cuando recibas ésta...). Sin darnos cuenta nos fuimos alejando de la infancia. Las cartas, más extensas, comienzan a hablar poco a poco de pequeños descubrimientos (aquel libro, esa película...), de dudas, de sentimientos. Sin premeditación, naturalmente, se convierten en una larga conversación en la que, sin reservas, vamos desbrozando la intrincada vereda de la primera pubertad. Los primeros enamoramientos (qué profundos, qué importantes, aunque fuesen efímeros). Las primeras decepciones. La frecuencia de las cartas nunca fue regular, se amontonaban después de alguna visita mutua, para irse espaciando después. Hasta la siguiente visita. Sin cálculo, sin pena, los espacios se fueron dilatando. También las visitas. No sé quién perdió el reto, pero un día dejamos de escribirnos. Ya éramos mayores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mayoría de edad nos separó a Ossip y a mí. Mi segundo éxodo (éste sí deseado, escogido). No recuerdo, aunque también conservo sus cartas, quién se presentó un viernes (eran los viernes cuando nos reencontrábamos, solo los viernes) con un sobre abierto y una carta dentro. Quién lo entregó aprovechando la sorpresa. Al viernes siguiente, fueron dos cartas las que se cruzaron, de mano a mano. Y así continuamos durante dos años. Los del paso de la adolescencia a la juventud. Son cartas ingeniosas e irreverentes. Cómplices. Epatantes en algún caso. Contienen nuestras obsesiones de entonces, nuestros gustos. Algún enamoramiento (por mi parte, en eso Ossip era mudo). Ezra Pound, Cortázar, Proust, Cabrera... También a nuestros amigos de entonces. Son cartas felices casi siempre. Una celebración de nuestra amistad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mimianna y yo nos escribimos un año eterno. Sin final. Son cartas bellas, pero tristes. Desesperadas en algún caso. Sobre todo las primeras. Un encaje de bolillos. Expresar la propia tristeza sin entristecer. Cartas de amor cuando ya no se escribían cartas de amor. Sólo hablan de ella y de mí. No de lo que nos ocurre (¿qué importaba lo que ocurría, más allá de nuestra soledad?). Las conservamos y aunque recuerdo algunas realmente hermosas, tiernas, sinceras, no las hemos vuelto a leer. Hay heridas (todas las heridas) que es estéril reabrir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No he remedado, sin embargo, la relación que mantuvieron Helene y Frank. Yo conocía a todos mis corresponsales. De hecho, las cartas nacieron como una manera de mantener un contacto que ya existía por encima de la distancia. No me he escrito con ningún desconocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no espero un sobre esperándome. No hay folio que extender. No me llevo conmigo carta alguna hasta la cama. Pero sorprendo una sonrisa si en la lista de correo entrante del ordenador encuentro un encabezamiento en negrita. En determinada dirección electrónica. Continuo reservando el momento para leer estas nuevas cartas. Antes del amanecer o justo al acabar la jornada, cuando puede ser. Y extiendo la pantalla. Y encuentro a esos desconocidos que empiezo a reconocer. Y hablamos de todo un poco. De libros y música, mayormente. Y del pasado que se nos engancha. De Nenna y sus cuentos. De lo que hemos escrito (que a todos nos gusta siempre, somos amigos), de lo que hicimos ayer, del Earl Grey desteinado, de lo que nos duele en algunos casos, de lo que nos disgusta. Y de la alegría de ser joven (quien lo es) o la tristeza de ser joven (que se pasa cuando dejas de serlo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No nos conocemos. En muchos casos no conocemos ni nuestros nombres. Corremos el riesgo, es cierto, que nos suceda como a aquel personaje de “Obabaoak” que se carteó con alguien inventado, engañado por su padre (no te fíes ni de tu padre...). Cabe la posibilidad, a qué negarlo, de que ninguno de mis nuevos corresponsales exista en realidad. No como los leo. No como los imagino. Pero, en realidad, qué importa si cuento con sus cartas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-7765988339863580048?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7765988339863580048'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7765988339863580048'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/08/cartas.html' title='Cartas'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-7776956660054715374</id><published>2008-08-11T12:07:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:00:35.761+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><title type='text'>El mundo de Sarín</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;“Un mundo para Julius” vino bajo el brazo de Perve uno de esos veranos en que perdíamos la cuenta y el nombre de los días, tan largas eran las vacaciones. En aquel tiempo, Ela y sus hermanas organizaban traslados colectivos de retoños y nos reunían a todos los primos bajo diferentes techos. En manada. Felices. Sin pandillas pues nosotros éramos nuestra pandilla. Uno de esos veranos, Perve me trajo el libro. “Fíjate en la escena del coche del zaguán”, con esa sonrisa de sé que lo entenderás cuando llegues y sé que sabrás porqué te la señalo. Esa sonrisa de conjurado, que tanto utilizábamos entonces cuando tantas cosas nos conjuraban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así llegué (pronto, pues se halla al principio del libro, porque entonces leíamos abandonando el tiempo, por la curiosidad) al momento en que Julius, hijo de una familia limeña de posición, juega de pequeño a indios y vaqueros desde un viejo coche abandonado en un zaguán. Desde allí simula disparar a los indios (reales) del servicio y éstos caen redondos, fulminados por el juego del niño consentido. Y sonreí la sonrisa de entender, de reconocer la indicación de Perve. Bryce no lo sabía, pero había transformado una historia de la familia, no lo suficiente empero para ocultarla a nuestros ojos avisados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finales años veinte del siglo pasado (qué extraño se hace llamar pasado al siglo en el que transcurrió tu juventud). Un niño rubicundo y regordete (como me imaginaba a Julius), al que llamaban Sarín, juega en otro verano tórrido y eterno. Una hacienda enorme en medio de la llanura. Alejada del pueblo. Sola. Salas obscurecidas, pasillos interminables, escaleras, estancias, patios. Sarín, el nieto del amo de la casa, de las tierras. El alcalde del pueblo invisible. El patrón del servicio, casi el dueño de los gañanes. Que quiere jugar a Papa de Roma. Y entonces dos hombrones dejan sus tareas, atraviesan una silla de enea con dos palos de varear y alzan el improvisado trono con el niño sentado bien tieso. Dos camareras de negro (como todas las mujeres) detrás, contritas. Y comienza la procesión. El infante es paseado por las dependencias del servicio. Lentamente. Con la solemnidad que merece el caso. Reparte su bendición a todos aquellos que encuentra a su paso. Y los sirvientes se destocan, bajan la cabeza. Se persignan en la genuflexión las mujeres (de negro, las mujeres, con pañuelo negro, de negro). Y Sarín, pequeño como es, saborea su poder, su tiranía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sarín es como llamaron toda su infancia al hermano mayor de nuestras madres. Su abuelo, nuestro bisabuelo. La casona, el pueblo, las tierras el escenario de las historias antiguas de nuestra familia. La de la procesión. El escenario de algunos de nuestros propios mitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque mítica es siempre la memoria ajena, la vida de los demás. Por cercano que sea ese ser ajeno, lo que le haya sucedido más allá de nuestra propia experiencia, cae dentro del terreno de la fábula. Y en nada tiene que ver la lejanía o cercanía en el tiempo. No nos ha pasado nosotros. No ha existido realmente para nosotros. Lo creemos, claro que lo creemos. También creemos que Julio César murió el idus de marzo, que Quevedo escribió sus sonetos. Que Sarín bendecía a los sirvientes de sus abuelos es tan cierto como que Julius mataba a los de los suyos. El pasado de los demás no existe, en realidad. Aunque deje rastros: El quinqué de cristal y el espejo enorme que preside el recibidor de mis padres. El espejo enorme de marco dorado cuyo azogue ondulado distorsiona las bienvenidas y despedidas en casa de Ela y Abu, el que fue de los padres de la tatarabuela Carmen, y que reflejó la infancia de Sarín. La vida entera de otros. O el recetario con la caligrafía inglesa de la bisabuela Filomena, la redondilla de la abuela Teresa, la más moderna de Ela… La última carta del tío Jesús, guapo y calavera, a quien fusilaron los suyos en el cuarenta y que comienza “&lt;strong&gt;Madre, estoy en capilla. Mañana me matan…&lt;/strong&gt;”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La última vez que nos reunimos todos los tíos y primos (la que habrá sido la última vez para siempre) fue en el pueblo de nuestros antepasados, que muchos de nosotros no habíamos pisado jamás. Para vender las últimas tierras. Para formalizar el desarraigo que hacía lustros que se había producido, con la guerra y todo lo que siguió. Fue en enero. El pueblo achaparrado amaneció límpido, tras la ventisca de nieve que nos había recibido la noche anterior. La nieve fulgente acumulada en los remansos del viento. Las fachadas ocres, siena, blancas. Brillantes de escarcha los adoquines del Paseo de la Estación, el último con adoquines. Y el cielo inmenso. Índigo. Ni una nube. Y el frío quemándonos las narices y las gargantas, despreciando nuestras bufandas, riéndose de nuestros guantes, de las capas de ropa. Cumplimos la visita a la puerta de la farmacia del bisabuelo Baltasar, tapiada, pero con el portón y las vitrinas de madera todavía allí. Comimos en la venta, a medio camino de la finca, todos juntos. Tras los postres nos despedimos largamente. Haciendo votos de reencuentros en los que ninguno de nosotros creíamos. Ela nos señaló dónde había estado el caserón, tras una loma, cuando ya regresábamos solos en el coche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pasado de los demás no existe. Mi propio pasado no existe más que para mí. No será más que un conjunto de historias para Nenna. Un terreno mítico e irreal. Aunque deje rastros. Como este ovillo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-7776956660054715374?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7776956660054715374'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7776956660054715374'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/08/el-mundo-de-sarn.html' title='El mundo de Sarín'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-7909124959769419413</id><published>2008-08-06T21:39:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T09:00:10.901+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Vagula, blandula</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Stefan Zweig escribió la biografía de Montaigne recurriendo a su memoria. En el exilio al que le había expulsado el nazismo. Sin el acceso a su biblioteca, a sus amigos, a las ciudades que habían sido su atlas. Con el mundo que había sido su mundo desaparecido para siempre. Arrasado por la barbarie. No es gratuito suponer que no eligió al autor francés por casualidad. Quizás intentó emular el retiro de aquél, su refugio en el pensamiento y la cultura y la belleza y el arte frente a una realidad abominable, inasumible. No lo logró. “Montaigne” se publicó tras el suicidio de Zweig. Inacabado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Stefan Zweig escribió de memoria y la memoria le traicionó. Hay citas que no corresponden a las palabras de Montaigne. En ocasiones las tergiversaciones son leves. En ocasiones trastocan absolutamente el sentido de las ideas originales. Pero Stefan Zweig, ni en sus peores pesadillas, pudo prever que se vería despojado inopinadamente de sus libros, de la posibilidad de consultarlos, de su ayuda. No tenía necesidad de memorizar. Le bastaba alargar el brazo hasta el anaquel preciso para encontrar la información, el autor, la frase precisa. Le bastaba conocer sus libros, mantener su referencia. Cuando hubo de repetir las palabras perdidas sin tenerlas a la vista, no fue capaz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No necesito imaginar su sensación de desconcierto, de desvalimiento. No lo necesito porque es la mía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No he perdido mis libros. No pretendo equiparar el éxodo que me rodea con el exilio final de Zweig. Pero ellos, mis libros, aguardan ahora en la obscuridad de las cajas obscuras. Tan lejanos de mí como el futuro. Y, de repente, me doy cuenta que éste es otro aspecto de la pérdida. Con el que no contaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a mí también me traiciona la memoria. Mis libros son ahora una amalgama de ideas, de imágenes, que surgen claras y diferenciadas, pero borrosas a la vez. Sé que en tal libro se halla el verso que quiero citar para hablar de la felicidad, pero no recuerdo exactamente el verso. Sé que aquel personaje (que me fue entrañable, a quien quiero homenajear) pertenece a ese otro libro, pero tengo que hacer un esfuerzo para ponerle nombre (más allá del de “el mayordomo”) y no puedo decir sus palabras. En los peores casos he encontrado libros, que me han sido muy gratos, que he leído en más de una ocasión, desaparecidos y solo recordados gracias a laberintos ajenos (“&lt;em&gt;Bonjour Tristesse&lt;/em&gt;”, ¿Cómo pude olvidar a Cécile hasta justo ese momento?). Mi biblioteca se ha tornado un espejismo de mi memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y eso me entristece. Siento nostalgia (esa nostalgia que intento domeñar, que normalmente domino) por los lomos multicolores. Por su orden (mi orden) en los estantes. Por su olor. El tacto. Su presencia. Por el pasado, tan reciente, tan acabado, en que sin mirarlos los sabía donde siempre. Sé que debería imaginar el día del reencuentro, el de la luz de los nuevos anaqueles, prefigurar el nuevo orden, ilusionarme. Pero mis libros están obscuros. Hasta entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me asemejo al joven Adso de Melk (he tenido que consultar este nombre) de “El nombre de la rosa”, recogiendo los despojos de los libros devastados, para configurar un trasunto de la biblioteca devastada. Pero los despojos con los que cuento son de una materia mucho más volátil que los pergaminos chamuscados. Adriano, el emperador, repetía una fórmula para señalar la naturaleza esquiva, equívoca del alma: &lt;em&gt;animula vagula blandula &lt;/em&gt;(lo citan Yourcenar y Cortázar). Yo debo aplicarla dolorosamente a la memoria, aquello que siempre he considerado que nos conforma.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-7909124959769419413?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7909124959769419413'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7909124959769419413'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/08/vagula-blandula.html' title='Vagula, blandula'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4261992610261625554</id><published>2008-07-30T06:49:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T08:59:35.577+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Requiem. Contra la melancolía (2)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Yo dejé de ser joven el jueves 31 de marzo de 1988, cerca de las diez de la noche. Fue en ese momento que comprendí que algún día moriré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Naturalmente, sabía desde mucho antes que todo el mundo ha de morir tarde o temprano. Pero en mi caso contemplaba tal evento solo como una posibilidad teórica, remota, casi quimérica: a la juventud le es inherente la idea de la propia indestructibilidad. En ese instante, como digo, me di cuenta de que la muerte –mi muerte-, en realidad era una certeza. Algún día dejaría –dejaré- inexorablemente de existir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada tuvo que ver que aquellos días estuviera en la doliente cama de un hospital (no era nada nuevo ni traumático para mí). No fue tampoco la lectura de una profunda frase de cualquier místico castellano la que provocó esa epifanía. Ni el acaecimiento de desgracia alguna. De hecho, he de confesar que el heraldo de la verdad no fue otro que Bruce Willis, quien, desde la pequeña pantalla del televisor hospitalario, dio una réplica manida a Cybill Shepherd en una no menos manida serie americana. No pretendo recordar exactamente las palabras. Recuerdo perfectamente su efecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue como un golpe en las costillas. Sentí un ahogo físico. Un instante de incredulidad. Un sentimiento de estafa. Sorprendí a mis ojos buscando una salida, como si hubiera caído en una trampa. Y, casi inmediatamente, esa desagradable sensación: un miedo desconocido hasta entonces. Íntimo, suave, latente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo supe, pero aquel jueves inicié mi particular camino contra la melancolía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recién nacido, aquel miedo habría de acompañarme durante largo tiempo. La primera etapa. Agazapado tras cualquier referencia a la caducidad, se lanzaba como un escalofrío que me apuraba a desviar el pensamiento, a negar, a olvidar. A decirme sí, pero no todavía, no ahora. Un inacabable y estéril juego de fintas. No quería saber que moriré, consciente de la inutilidad de mi deseo. No quería acordarme. Me desagradaba cualquier manifestación en torno a la muerte en general, porque prefiguraba la mía propia, concreta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo no quería morir. Nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me desagradaban, por ejemplo, las Cantigas de Manrique, las Elegías de García Lorca, de Machado o Hernández. Lecturas, todas ellas, que hasta entonces me habían acompañado e incluso consolado (pero solo cuando la muerte era algo ajeno, que pasaba a los otros). Me parecía obsceno ése regodeo en el dolor. Igual me sucedía, o peor, con las misas de Requiem que, hasta aquel momento, había escuchado con deleite. Algunas hasta la saciedad, como la de Mozart. No soportaba el alarde orquestal de la de Verdi su grandilocuencia hueca. Me desquiciaba la aparente (falsa a mis oídos) calma de las misas de difuntos gregorianas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue el rostro de Ophelia flotando leve, ya inútilmente, sobre las aguas del cuadro de Millais el último que me provocó aquella aversión atávica. Era la imagen que ilustraba el disco con el Requiem de Fauré, que me entregó MG (conocida en toda la familia por sus extravagancias a la hora de elegir regalos), por mi cumpleaños. Un cuarto de siglo no se cumple cada día… Me prometí enterrarlo entre los vinilos de recopilaciones veraniegas (años 70) que acumulaban polvo en la discoteca de mis padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé porque no lo hice. Todavía no entiendo qué me movió a obedecer el consejo de MG. Fíjate en el Pie Iesu. Quizás fue Ophelia. Por no acrecentar la mayor injusticia que cometió Shakespeare. Por no abandonarla en las frías aguas (qué frías parecen, tan quietas, tan transparentes). Unos días después, a solas, dirigí la aguja directamente a la sombra de los surcos del fragmento. Y sonó. La voz límpida sobre un acompañamiento apenas audible de la orquesta. No dolorida. No exacerbada. Lenta, suave. Esperé el latigazo del miedo. No llegó. Mientras, Ophelia pedía descanso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descanso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muerte como final de todo. Absolutamente. De la propia consciencia. Del mundo. De todo. Nada que temer del descanso. Nada que temer. Una vez llegue, no sabré que ha llegado. No sabré nada. Todo me será ajeno. Hasta el dolor que pueda dejar mi partida. No conoceré ni siquiera el miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el miedo a mi propia muerte desapareció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No anhelo su llegada. Sigo sin querer morir. Pero cuando la muerte llegue quizás me encuentre triste por lo que dejo, por lo que no haré, por morir. Pero no con miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como siempre, algún tiempo después, descubrí que Borges ya lo había dicho (mejor) en su&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;“Tríada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alivio que habrá sentido César en la batalla de Farsalia, al pensar: Hoy es la batalla.&lt;br /&gt;El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: Hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.&lt;br /&gt;El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.”&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de “Los Conjurados”, el último libro que publicó antes de morir.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4261992610261625554?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4261992610261625554'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4261992610261625554'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/07/requiem-contra-la-melancola-2.html' title='Requiem. Contra la melancolía (2)'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-9020035078017751731</id><published>2008-07-24T06:07:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T08:59:06.002+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Éstas mis noches</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Hay noches en las que Nenna no quiere dormir. Y ése es el verbo, pues es su voluntad (férrea) la que interviene. No importa lo largo y activo que haya sido su día eterno y frenético. No importa lo agotada que llegue a estar. Hay noches que Nenna decide que no quiere dormir. Habitualmente, además, son noches en las que a Mimianna y a mí nos interesa especialmente que se duerma. Aunque solo sea por nuestro propio agotamiento, por acabar nuestro propio día frenético y eterno. Y entonces pide el cuento del pajarito azul obscuro. Y luego agua. Y después el cuento de los pantalones de Peter. Y nos explica que está muy mal decir palabrotas. Canta la canción de la tortuga. Se destapa si queremos que se tape, cambia los pies por la cabeza, tira la almohada, la reclama, pide luz o que cerremos la puerta. Cada maniobra medida en su justo momento, de la duración e intensidad adecuadas para bordear, pero no acabar de rebasar, el límite de nuestra paciencia. Y entonces solo nos queda eso. La paciencia. Sorprende la cantidad de paciencia que puede llegar a atesorar el ser humano si se somete a un entrenamiento adecuado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay noches en que Nenna no puede dormir. Porque le pica el calor. Porque ha soñado con el delfín blanco que no podía nadar y caminaba y tornaba todo blanco y le daba miedo. Porque celebraciones vecinales inundan su habitación de ruidos. O porque tanto es su sueño que le es imposible de conciliar. Y entonces nos toca susurrarle palabras de paz. Mesarle los cabellos muy suavemente. Soplar su nuca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las noches de Nenna provocan largas y sesudas consideraciones entre Mimianna y yo. Que si no debemos dejar que llore. Que si debemos dejar que llore. Que si deberíamos aplicar tal método. No, el otro. Que si provocaremos una excesiva dependencia. Que si una neurosis. Y, finalmente, nos queda la sensación de que, definitivamente, no lo estamos haciendo bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y hay noches, como esta noche. “¡Nadna!”, un hilo de voz tranquila atravesando el pasillo. Quedo. Justo lo suficiente para despertarme. Para guiarme entre golpes por la obscuridad todavía desconocida. Hasta su cama. Y un “Abrázame, Nadna” suave, feliz. Porque en esas noches, Nenna quiere y puede dormir, pero sabiéndose querida y haciéndome saber que me quiere. Y se acurruca en mi regazo. Mi mano desproporcionada entre las suyas. Dormida casi de inmediato. Con un suspiro profundo. Y la sé lindísima, con los mechones de cabello rizado desparramados por la almohada. Su nariz atrevida alzada frente al mundo. Los ojos increíbles (los ojos de Mimianna) bajo los párpados sellados por las largas pestañas. La elegancia de sus piernas espigadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces soy yo quien suspira. Profundamente. Y nada importa más que ese momento. Ni el despertador inminente. Ni los métodos, ni las paciencias. Porque sé que, al final de cuentas, nos queremos. Y eso, me parece, asegura que lo estamos haciendo bien.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-9020035078017751731?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/9020035078017751731'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/9020035078017751731'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/07/stas-mis-noches.html' title='Éstas mis noches'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6424346438955482885</id><published>2008-07-18T12:12:00.005+01:00</published><updated>2009-07-04T10:14:37.583+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>La canción de Sabine</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Harold Bloom mantiene que todo está en Shakespeare. Yo sé que todo está en Bach. Él necesita setecientas treinta y cuatro densas páginas para intentar demostrar la veracidad de su opinión. A mí me basta mi propia arbitrariedad. Y la experiencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya Michael Maier, en su libro (apasionado de magias y arcanos), “La fuga de Atalanta”, recogió la opinión antigua y pacífica de que la música es, de entre todas las artes humanas, el receptáculo ideal del alma y el vehículo más adecuado para transmitir y moldear sus distintos estados. La música, que es invisible e inaprensible, casa perfectamente con la naturaleza del alma y, por ello, no la importuna ni la violenta. No ocurre lo mismo con otras disciplinas: la pintura, la escultura e, incluso, la literatura exigen del individuo un esfuerzo de comprensión de traducción, que acaba contaminándolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, en gran medida, estoy de acuerdo con el viejo alquimista. He leído mucho y muy importantes y presentes me son los libros. Recuerdo cuadros que me han conmovido por su belleza. Puedo repetir diálogos de alguna película. Pero ningún libro (¡ningún libro!), cuadro o película han logrado jamás inculcarse en mis vivencias como lo han hecho algunas músicas. Si releo “Rayuela” (¡Rayuela!) recuerdo la imagen que tengo de mí con dieciséis años. De una manera intelectual. Ajena, casi. El libro lo conocí (profundamente, ubicuamente) entonces, pero no me reencarna en aquel entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, no importa el tiempo que haya transcurrido desde la última vez que escuchamos aquella pieza escogida (o quizás sí importa: mejor si hace mucho que la dejamos de escuchar), las primeras notas nos llevaran a aquella época en que, aunque no lo supiéramos, aquella música fue importante para nosotros. Nos hará revivir, de una manera mucho más íntima, emocional, sincera, nuestro estado de ánimo, nuestra forma de ser, la que era nuestra vida en aquel pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi infancia está en las notas del Aria de las Variaciones; una adolescencia en el oboe del Concierto de Albinoni; un amigo perdido en el “&lt;em&gt;Sposa son disprezzata&lt;/em&gt;”, de Vivaldi, de Caballé; la última juventud en la tercera nota del &lt;em&gt;bocca chiusa&lt;/em&gt; de la Bachiana número 5, de Villalobos, tal y como me la descubrió Fleming.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dice que el olfato es el sentido que más vinculado parece estar con la memoria. De igual manera, es la música el arte que contiene la memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habitualmente es casi imposible saber cuál será la música que vestirá nuestro presente cuando sea recuerdo. Los caminos de la memoria son inescrutables. Eso es lo normal. Sin embargo, en ocasiones el futuro es previsible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ahora que Nenna ha adoptado una canción como propia. Hasta le ha dado nombre: “La canción de Sabine”. Porque Sabine se llamaba la soprano a quién escuchó cantarla por primera vez. Porque se la cantó mirándole a los ojos. Porque es un nombre con poesía. Por azar, “La canción de Sabine” figura entre otras piezas que recopiló Victoria de los Ángeles en un compacto y fue Nenna quién la descubrió en el reproductor del coche pocos días después. Con gran alegría por su parte. Con asombro por la nuestra. Fue pocas semanas antes de nuestra partida. Desde entonces nos acompaña obsesivamente. Cada vez que nos ponemos en marcha nos extorsiona (como sólo los niños pequeños saben hacerlo) para que suene la canción. Una y otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ignoro si finalmente ésta será la música de su infancia o lo será la melodía de una serie de dibujos animados, pero sé que dentro de veinte años (si se da ése tiempo, si se cumplen todos los si) rememoraré estos días que rodean mis cuarenta cuando oiga deslizarse su primera cadencia. No es descabellado que este tiempo de zozobra e incomodidad se vista de las dulces notas de una aria pastoral, sencilla y elegante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace doscientos noventa años Haendel compuso y estreno para el Duque de Chandos la mascarada “&lt;em&gt;Acis and Galatea&lt;/em&gt;” e incluyó en ella la deliciosa aria de soprano “&lt;em&gt;As when the dove&lt;/em&gt;”. No lo podía saber, pero, a la vez, engarzó las notas de lo que, doscientos noventa años después, sería para Nenna y para mí nuestra “&lt;a href="http://miradnas.blogspot.com/2009/04/la-cancion-de-sabine-aunque-otros-la.html"&gt;Canción de Sabine&lt;/a&gt;”.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6424346438955482885?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6424346438955482885'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6424346438955482885'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/07/la-cancin-de-sabine.html' title='La canción de Sabine'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-8873490899827751544</id><published>2008-07-13T03:33:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T08:58:03.638+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Happy birthday</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;“Estas son las mañanitas,&lt;br /&gt;Que cantaba el rey David.&lt;br /&gt;Hoy, por ser el día de tu santo,&lt;br /&gt;Te las cantamos a ti.&lt;br /&gt;Despierta, mi bien,&lt;br /&gt;despierta. Mira,&lt;br /&gt;que ya amaneció,&lt;br /&gt;ya los pajaritos cantan,&lt;br /&gt;la luna ya se meció.”&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Flojito al oído justo al despertar. A Mimianna no le gusta. Nenna rompió a llorar cuando se lo canté el otro día (pero podría ser culpa de mis dotes musicales). Un desastre de tradición esta de remedar a Nat King Cole para despertar a tus seres queridos el día de su cumpleaños. Quizás no sea la mejor de las piezas para expresarles la alegría que siento de que nacieran, de que me acompañen por estos pasillos. Seguro que oculta, más que contiene, toda la ternura que siento. No me cabe duda de que existen miles de piezas más bellas y mejores para desearles felicidad ese día-gozne entre edades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero a mí siempre me han cantado esta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la mañana se me hace linda cuando vamos a saludarlos y estamos tan contentos de felicitarlos. E imagino que es ése el día en que nacen todas las flores y los ruiseñores (ay, los ruiseñores) cantan en el bautizo. Y cuando lo murmuro, flojito al oído justo al despertar, no se me ocurre mejor manera de decirles que les quiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que, Ossip, te guste o no, date por cantado.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-8873490899827751544?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8873490899827751544'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8873490899827751544'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/07/happy-birthday.html' title='Happy birthday'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1116909528730354546</id><published>2008-07-11T18:59:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T08:53:58.309+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Dolce far niente</title><content type='html'>En mi infancia nunca supe hacer el muerto en el mar. Por más que lo intentaba, me era absolutamente imposible mantenerme horizontal, inmóvil sobre la superficie del agua. Ni en los días de calma absoluta. Me asombraba la facilidad con la que Ela echaba la cabeza atrás, se impulsaba suavemente con las caderas, abría los brazos en cruz y hacía emerger los dedos de los pies (con nuestro famoso meñique de familia). Indefectiblemente, la maniobra concluía con Ela buscándome con la mirada y sonriéndome divertida. Justo antes de cerrar los ojos al cielo. Justo antes de transformar la sonrisa, de suavizarla, de dedicársela a sí misma. Y entonces, para mi mayor pasmo, podía permanecer en esa postura todo el tiempo que quisiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo lo intentaba con una tozudez digna de mejor causa, pero mis pies se negaban a permanecer cerca de la superficie, los brazos parecían tener voluntad propia (y rebelde) y las olas se empeñaban en cubrir rítmica y metódicamente mi cara. Con la edad aprendí pequeños trucos: mover un poco los brazos, alguna pequeña patada para recuperar la horizontal, respirar sólo cuando parecía seguro que no vendría una ola traidora. Pero en nada se parecía mi batalla a la ondulante inmovilidad de Ela, al abandono de su postura, a su evidente comodidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacer el muerto era una de esas asignaturas pendientes que por nimias y públicas más me injuriaban. Era un agravio íntimo, personal e intransferible. No me consolaba que Ela nunca hubiera aprendido a ir en bicicleta, como ella se encargaba de recordarme cada vez que surgía la cuestión, en un intento tan loable como inútil de consolarme. Mi disgusto iba dirigido a mi propia torpeza no a la de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego pasaron los años y aprendí otras muchas cosas y, poco a poco, domeñé la frustración infantil. Apenas una anécdota. Y crecí y, casi sin darme cuenta, fui acumulando obligaciones, tareas pendientes, preocupaciones. Como todos. Y perdí los veranos infinitos en los que los días no tenían nombre ni número, tantos eran los de vacaciones…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos años después Mimianna y yo buscamos refugio en una isla antigua en un mar antiguo. Eran días de atribulaciones. Iniciamos el viaje abrumados por el peso de aquella nuestra cotidianidad de entonces. La misma que sabíamos que nos esperaba a la vuelta de muy pocos días. Establecimos un pacto tácito de silencio, de crear un paréntesis ajeno a la vorágine que nos rodeaba, pero cada cual llevaba su propio bagaje de preocupaciones. Otro pacto suscribimos: buscar lugares recónditos, alejarnos de los circuitos marcados. Conocer otra isla en la isla que todos conocían. Y lo cumplimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los pies del acantilado oculto por el bosque y los engaños de los lugareños, una playa de guijarros ovillada en una pequeña cala redonda. Desierta. Nos miramos y nos convencimos mutuamente en silencio. Cargamos la mínima impedimenta con la que contábamos y nos dispusimos a tomar el escarpado camino de cabras que conducía al mar. El sol nos golpeó contra la pared calcárea. El descenso medroso fue arduo y lento. Finalmente llegamos a nuestro destino. El mar transparente cosquilleaba las piedras lucientes. Sobre nuestras cabezas la lejana corona de roca, el verde profundo de los árboles y el más vasto de los cielos. Nada tardamos en desnudarnos y zambullirnos en el agua helada y acogedora. Pero Mimianna pronto buscó el calor del sol y se tumbó en una gran roca. Yo inicié unas brazadas de espaldas. Lentas. Placenteras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizás el cansancio del descenso. Quizás una sensación extraña (y si ahora… después de tanto). Dejé de nadar. La inercia no fue suficiente para hacerme avanzar mucho más. Los brazos se separaron de mi cuerpo. En mis oídos la cadencia de mi propia respiración, la de los guijarros arrastrados por las olas. Luego el calor en la cara. El acre aroma de los pinos y la sal tirando de la piel. Y ése era el secreto: no hacer nada. Dejarse ir, abandonarse. Sorprendí una sonrisa en mis labios (aquella sonrisa). No necesité abrir los ojos para saber que estaba haciendo el muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hacer nada. No tener que hacer nada. Ninguna obligación. Apenas respirar. Disfrutar de una manera puramente sensual. Detenerme en ese punto mientras lo deseara, sin que nada me esperase después. Sin esperar nada después. O tal vez sólo Mimianna salada y adormecida bajo el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien definió el paraíso como un lugar sin gente. Yo creo que el paraíso puede ser algo muy parecido a un verdadero &lt;em&gt;dolce far niente&lt;/em&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1116909528730354546?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1116909528730354546'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1116909528730354546'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/07/dolce-far-niente.html' title='Dolce far niente'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4136554654748045928</id><published>2008-07-05T12:28:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T08:57:25.862+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>El caso del verso soñado</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Hace siete noches soñé con la que fue mi casa. No hubo otra sorpresa que la tardanza del cumplimiento de la cita. Era, lógicamente, un sueño esperado. Tampoco su anécdota sobresalió por la originalidad: simplemente vivía en mi casa. El pasillo dorado en la luz del mediodía; las ondas de la cortina de mi habitación urdiendo lentos juegos estroboscópicos con el campanario enmarcado en el balcón; la mesa redonda de caoba de la sala; los libros de la biblioteca, sobre la cómoda antigua, sobre el pequeño óleo del liquen; la música elegida. Ninguna extravagancia onírica. Tal vez el simple hecho de que vivía en mi casa. Tal vez las palabras que estudiaba con fervor casi hermenéutico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No soy amante de los sueños. No creo que sean la puerta hacia otra vida o que tengan propiedades premonitorias. No les concedo ningún valor filosófico ni estético. Los sueños, conmigo, desaparecen con las legañas y la pasta dentífrica de la mañana (Cortázar lo expresa mucho mejor, pero no puedo acceder a ese libro). Los sueños no son uno de mis temas recurrentes. Por eso me sorprendió seguir recordando, ya con el primer café de la mañana, las palabras que me habían ocupado mientras dormía. Me equivoqué y, justo antes de volver a dormirme tras todo el día, volví a recordarlas. No sé qué soñé la siguiente noche, ni las posteriores. Quizás no volví a soñar, puesto que parte de un sueño se ha enquistado en mi vigilia, puesto que sigo recordándolas. Textualmente. Decían “Nada nos dice adiós. Nada nos deja.” (aunque no debería entrecomillarlas, porque no son una cita).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco, en estos días, estas palabras se han ido convirtiendo en una cierta obsesión incomoda para mí. No puedo evitar que se me aparezcan entremezcladas en mis otros pensamientos, que surjan espontáneas y extemporáneas, nítidas, diferenciadas. Me molesta su origen onírico, su aparente autonomía respecto a mi voluntad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me perturba, también, su significado en el escenario del sueño en que fueron creadas. Esas habitaciones ya no existen. No, al menos, como las soñé. No como eran. Las cortinas ya no penden del cable de acero, de las paredes no restan ni las sombras de nuestros cuadros, la biblioteca está vacía o repleta de búcaros, no lo sé. Sin embargo, las frases dicen lo que dicen: nada nos abandona. Cabe la posibilidad de que, de alguna manera, su presencia en mi sueño (en ese sueño) no sea gratuita. No creo en los sueños. Sí en la memoria. ¿Debo repetir que somos pasado, el recuerdo de lo que hemos vivido, nuestra memoria? Visto así, en realidad nada nos deja ni nos dice adiós mientras se mantiene en nuestro recuerdo. No caeré en la gazmoñería: no creo que el recuerdo sea una forma de pervivencia. Desgraciadamente perdemos lo que desaparece, a quien muere. Deja de existir. La que fue mi casa no volverá a serlo jamás, aunque retornara a ella en un futuro quimérico. Todos seríamos diferentes. Pero lo que recordamos nos acompaña siempre. Lo sucedido no existe, pero no nos abandona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que olvidamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E incluso más allá del olvido. Esta noche, hace una hora, he vuelto a soñar ese sueño y esas palabras. Pero esta vez mi yo soñado se ha dirigido al tercer anaquel de la izquierda y ha sacado uno de mis libros. Casi obvio. De aquél a quien obsesionaban los sueños, que amaba a Coleridge, que fue el otro y él, que ya murió, pero para mí siempre es. Me he despertado y he imitado al sueño. He buscado y abierto uno de los pocos libros que me quedan y, tras un breve repaso lo he encontrado. Lo hice en algún momento del pasado, seguro, pero no recuerdo cuándo leí por primera vez el octavo verso del poema “Para una versión del &lt;em&gt;I King&lt;/em&gt;”, del libro “La moneda de hierro”, ni lo recordaba a él. No es necesario aclarar que dice (ahora sí en negrita, ahora sí entrecomillado):&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;“Nada nos dice adiós. Nada nos deja.”&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo ello no deja de deparar un consuelo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4136554654748045928?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4136554654748045928'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4136554654748045928'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/07/el-caso-del-verso-soado.html' title='El caso del verso soñado'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-8183023056915201758</id><published>2008-06-28T08:52:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T08:57:02.404+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Una gota de Yeats</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Ossip tiene sus cosas. No cualesquiera. Sus aficiones, sus gustos, sus palabras y silencios, algún gesto, le han reportado un cierto aura de singularidad entre quienes lo tratan. Hay quien, en el colmo de la osadía, llega a afirmar que, simple y llanamente, Ossip es rarito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ossip, por ejemplo, colecciona tumbas. No cualesquiera, claro está. Sí la de sus escritores preferidos. Las va visitando siempre que tiene una oportunidad. Agotando una lista imaginaria pero precisa, en la que no cabe cualquiera. Entrar en la nómina de ocupantes de tumba visitable no es sencillo. Primero hay que estar muerto. Luego, alguno de los libros (varios en la mayoría de los casos) que escribiste en vida debe conmover el criterio exigente del lector sibarita y &lt;em&gt;connaisseur&lt;/em&gt; que es mi amigo. Finalmente tu actual última morada debe radicar no excesivamente lejos (pongamos un radio de tres mil kilómetros) de su actual morada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se cumplen todos estos requisitos y se da la ocasión, Ossip formaliza una visita a la tumba. No acelerada ni casual. Nada de ya que pasamos por aquí. La premeditación ha de ser una de las características de la ceremonia. Y el gasto del tiempo necesario ante el túmulo. No se descarta la declamación &lt;em&gt;in pectore &lt;/em&gt;de algún párrafo preferido. Están asegurados el homenaje y el respeto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es esta una colección baladí para él. Yo no me atrevería a decir que organiza sus viajes en función de las tumbas que puede visitar, pero seguro que los condiciona. En cualquier caso, puedo afirmar que condicionó uno de los míos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Irlanda ha sido para mí una querencia. Desde siempre. Durante muchos años me ha atraído lo irlandés. Poco a poco se fue convirtiendo en un territorio mítico. Una especie de tierra prometida hecha de retazos, en la que se iban dando cabida los mas heterogéneos elementos. Mezclados. En ella lo más &lt;em&gt;kitsch&lt;/em&gt;. En ella lo desconocido. La Guinness. Las gaitas y las canciones. “&lt;em&gt;The Quiet Man&lt;/em&gt;” de Ford, Wayne y O’Hara. Los tréboles. San Patricio y &lt;em&gt;Tír na nÓg&lt;/em&gt;. Tara, los celtas, el gaélico. El “&lt;em&gt;Dubliners&lt;/em&gt;” de Joyce y el “Diario Irlandés” de Böll. Bastaba que el personaje de una película o un libro fuese irlandés para que contara con todas mis simpatías. El rugby es mi deporte y la selección de Irlanda mi equipo. Sufro, es evidente, una sobredosis de empatía hacia lo irlandés. Reconozco que me provoca una adhesión acrítica e incondicional. Lo sé y no me importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue Mimianna quien cogió mi mano y un verano ya lejano me llevó finalmente a Irlanda. A la real. A la de las carreteras estrechas y la conducción zurda. La del inglés ininteligible. La del frío en agosto. Fue ella quien me acompañó en el descubrimiento del paraíso. Fue Ossip quien me encomendó una misión en el paraíso. Y fue en el cumplimiento de esa misión que Irlanda se me mostró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final de nuestro largo periplo por la isla, tres días antes del fijado para nuestro regreso, nos llegamos al extremo noroccidental de Irlanda. Bordeamos la Bahía de Donegal y nos adentramos en el condado del mismo nombre. Aunque habíamos disfrutado de buen tiempo hasta ese momento, aquel día se levantó obscuro. El frío desconocido nos obligó a estrenar antes de tiempo las prendas de abrigo que habíamos comprado días antes en Ardara. Al poco de entrar en el condado, cuando enfilábamos hacia el norte, comenzó a llover de forma violenta. A rachas. La carretera se iba estrechando conforme nos alejábamos de la costa y los rastros de población se fueron haciendo cada vez más escasos. Finalmente nos encontramos con un paisaje estremecedor por su belleza. Por su dureza. Nada de suaves colinas tapizadas del verde del césped. Nada de ovejitas blancas contra el azul del océano. Aquí el terreno fracturado y rocoso. En el fondo de los valles agrietados, alargados lagos de aguas negras reflejaban un cielo gris, bajo y plano. La tierra parda cubierta de líquenes. Algún arbusto retorcido al abrigo del granito. Ni un árbol. Y viento. Constante. Sin darnos cuenta, Mimianna y yo fuimos callando. Sólo el zumbido del motor de nuestro pequeño coche de alquiler y el repiquetear de la lluvia sobre el parabrisas. Muy de tanto en tanto una casa al borde del camino en que se había convertido la carretera. Casas achaparradas, de un solo piso bajo, de ventanas pequeñas. E, invariablemente, una mujer a la puerta de la casa, la puerta abierta, mirando en nuestra dirección, alertada de nuestra llegada. Invariablemente un saludo con la mano al pasar. Qué dureza en las facciones, qué curtidas las caras y las manos, qué cansancio en el gesto de bajar la mano y entrar de nuevo en la casa. Comprendí que esa era la Irlanda de la diáspora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misión de Ossip nos obligaba, no obstante a regresar hacia el sur. Caía ya la tarde cuando encaramos la Bahía de Sligo. La ciudad y las granjas habían substituido a los asentamientos aislados. Los altos bosques a los líquenes. La lluvia era fina y amable haciendo honor a la opinión de Böll de que es tan injusto llamar mal tiempo a la lluvia de Irlanda como calificar de buen tiempo a un sol abrasador. Buscamos Drumcliff y su camposanto. Dejó de llover mientras aparcamos junto a la tapia. Cogí el grueso tomo de tapas azules que habíamos acarreado durante todo ese tiempo. A pesar del cambio de escenario, el silencio nos seguía acompañando y en silencio enfilamos el corto trecho de gravilla hasta detenernos ante la tumba de Yeats. Allí, mi pie derecho sobre el escalón que circunda el monumento, mis manos proyectadas sobre la lápida, abrí el libro y me dispuse a leer en voz alta el poema que había elegido Ossip. No fue el “&lt;em&gt;Under Ben Bulben&lt;/em&gt;” (demasiado obvio para los gustos de Ossip, demasiado largo, incluso redundante en aquel lugar) sino “&lt;em&gt;An Irish Airman foresses his death&lt;/em&gt;”. Uno de sus favoritos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras leía los últimos versos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;“I balanced all, brought all to mind,&lt;br /&gt;The years to come seemed waste of breath&lt;br /&gt;A waste of breath the years behind&lt;br /&gt;In balance with this life this dead.”&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;comenzó a llover de nuevo. Una gota de aquella lluvia irlandesa, destinada a caer sobre la tumba de Yeats, fue a mojar la imagen de las palabras que acababa de pronunciar. Cerré el libro y nos refugiamos en la entrada de un panteón cercano. Después supe que Mimianna me había hecho una foto desde allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deshicimos parte del camino. De nuevo la bahía. El cansancio, el hambre y el frío. El recuerdo de las tierras y las gentes que habíamos visto aquella jornada. La visita al cementerio. Buscábamos el refugio de la casa de B&amp;amp;B que nos acogería esa noche. El pequeño cartel con el nombre buscado señalaba el camino de tierra que se desviaba de la carretera y nos había de llevar allí. Nos adentramos en un bosquecillo de altos árboles. El camino ascendía imperceptiblemente. Tomar un recodo y, entonces, el paraíso. Salir a una pradera enorme, enfilada hacia las bases del Ben Bulben (realmente bajo él). Un poco alejada una casita oscura con todas las ventanas iluminadas, derramando una luz dorada y acogedora sobre la hierba. Y a nuestra espalda, repentino, el sol rojo hundiéndose en el océano, justo en el horizonte afilado dejado por las nubes. Dentro de la casa nos esperaba una familia hospitalaria, el mejor té de nuestra vida y una cama tibia y limpia. Irlanda, desde aquel momento, para mí será siempre Sligo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ossip tiene sus cosas. No cualesquiera. Tiene, por ejemplo, un libro con poemas de Yeats y con una gota que tendría que haber sido de Yeats. Yo también tengo las mías.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-8183023056915201758?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8183023056915201758'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8183023056915201758'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/06/una-gota-de-yeats.html' title='Una gota de Yeats'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-8663450170386701724</id><published>2008-06-12T16:41:00.010+01:00</published><updated>2009-04-25T08:56:27.713+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Those who were</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Ela y Abu no son sus nombres, pero así los llamamos desde hace tres años. Siempre han existido con la asombrosa naturalidad con la que acontece lo normal. Que la mañana suceda a la noche, que el aire que respiramos no nos ahogue o que el vino adopte forma de copa no me sorprende, porque siempre ha sido así. Tampoco puedo imaginar (o sí imaginar, pero no creer) que hubiera podido ser de otra forma. Lo mismo me ocurre con ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ela y Abu son mis padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y siempre lo han sido. Papá y mamá. Únicamente. O al menos hasta hace tres años. Hasta entonces fueron indisociables el atributo y las personas. Ellos eran simplemente mis padres y nada más (ni nada menos). Obviamente sabía que les habían ocurrido cosas antes de mi nacimiento, incluso antes de conocerse, pero sus recuerdos eran para mí historias que, en realidad, pertenecían a un tiempo mítico e irreal. Sabía que lo que me contaban era cierto, pero como sé que es cierto Napoleón fue vencido en Waterloo o que el sol no se pone en la noche polar. Ese pasado no afectaba a su condición de padres. En nada nos afectaba, por tanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta hace tres años. Una tarde como esta en la que escribo. En el sofá de aquella que fue mi casa leí en una recopilación de poesía inglesa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;“(…) Those who were there&lt;br /&gt;When and where&lt;br /&gt;We weren’t (…)”&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No recuerdo el autor y no puedo consultar ese libro, pero ésas fueron sus palabras. Lo sé porque, en el balanceo de su cadencia, de alguna manera me hablaron de Ela y Abu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ela y Abu. Que antes habían sido mamá y papá. Que antes Nines y Siso. Y que (desde entonces lo sé) seguían siéndolo todo y todo eso lo habían sido desde siempre. Qué sorpresa encontrar a esos desconocidos tan íntimos. Comprender su individualidad. Equipararlos, por fin, a mi propia experiencia. Ellos, como yo, son personas con toda la complejidad que esa naturaleza implica. No sólo (también, pero no sólo) progenitores. Qué sorpresa hallarme en esa injusticia tan prolongada para con ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace tres años mis padres son mucho más ricos a mis ojos. Sus vivencias, miedos, sus alegrías y proyectos se me hacen tan reales como los míos propios. Sus recuerdos tan importantes como los míos. En nada somos diferentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace tres años, además de a mis padres, les he querido a ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro detalle: hace tres años, mientras leía poesía inglesa, mi hija recién nacida dormía su primera siesta en casa.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-8663450170386701724?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8663450170386701724'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8663450170386701724'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/06/those-who-were.html' title='Those who were'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-7487176693117160001</id><published>2008-06-02T18:29:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T08:55:58.112+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>En un punto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Existe, yo lo he visto, un caserón justo en el centro de una de las plazas que más visito. Llaman la atención sus innumerables ventanas tapiadas. Cuentan (pero solo es un rumor) que en él habitó una extensa familia, los Centripetti, de evidente origen italiano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicen (pero no es más que un rumor, en realidad) que eran gentes de buen trato, que construyeron la casa poco a poco, sufriendo penalidades y privaciones, pero con una voluntad inflexible y determinada. Todos los frutos de sus diversas labores, se convertían en mahones, vigas y herramientas para el edificio. Excepto los que se dedicaban a su construcción, vivían dispersos por todo el orbe, reservando cada moneda para la casa. Privándose de lo esencial para acrecentar los recursos de la obra. Míseros. Febriles, se mantenían de la esperanza. Durante generaciones levantaron el caserón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie recuerda cuándo dieron por concluida la fábrica, cuándo sobrevino un día de silencio, cuándo uno inmóvil. Pero, a partir de ese momento, los Centripetti fueron abandonando sus diversas ocupaciones y se pusieron en marcha. Con la misma determinación con la que habían dedicado sus vidas a construir su casa, hicieron hatillos con sus escasas pertenencias y se dispusieron a atravesar regiones desconocidas, a perderse entre los pasillos iguales, a morir en el empeño. Transcurrieron lustros hasta que, finalmente, realizaron su destino y vieron su voluntad cumplida: todos vivían bajo el mismo techo. Juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las innumerables ventanas de las innumerables habitaciones se llenaron de vida, de alegría. Cada miembro de la familia se encontraba con parientes que no sabía ni que existían. Se explicaban sus vidas. La experiencia común tan diversa en los detalles. Las reuniones y las fiestas se extendían a lo largo de los días. Por la noche, la fachada se escaqueaba de ventanas iluminadas. Todo era un bullir de vida. La felicidad de hallarse allí donde siempre habían deseado y con los que siempre habían querido transformaba a los familiares. De a poco, dejaron de salir de la casa. Todo lo que anhelaban se hallaba en su interior, ¿Qué necesidad había de mantener contacto con un mundo que tan hostil se había mostrado con ellos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie recuerda cuándo, pero afirman (aunque lo cierto es que es un rumor) que poco a poco los Centripetti fueron acostumbrándose a acompañarse todos en todo momento. Pocos espacios quedaban fuera de esa transhumancia por el interior de las habitaciones. Tal vez el excusado si la deposición se anunciaba escandalosa (aunque los anuncios gaseosos provocaban una notable hilaridad entre algunos familiares). Dormían todos juntos en los suelos de la habitación en la que les sorprendía el sueño. Poco importaba que fuese la cocina o el desván. Comían olvidando las más elementales reglas de cortesía, arrebatándose el alimento, dejándoselo arrebatar. En esa época comenzaron a tapiar las ventanas innumerables con los materiales de los tabiques interiores que destruían. Pronto su contacto con el exterior desapareció, pero aquellos que pasaban cerca de la casona, en ocasiones, escuchaban dentro la cacofonía de mil gargantas hablando al unísono, de mil pies golpeando el piso, de mil cuerpos en movimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente la cuestión se consideró de orden público por los vecinos y se comisionó a un reducido grupo para que entrara en el edificio y constatará el estado de sus habitantes. Se fijó el mediodía del siguiente solsticio para tal empresa. Habría sido igual la medianoche, en la obscuridad de la casa tapiada. Tras tres golpes en la aldaba, los próceres traspasaron el portal y se adentraron. Cuentan que contaron (mas únicamente es rumor), horrorizados a la salida, que no encontraron a los Centripetti. O sí: una masa multiforme, una aglomeración bullente en la que aparecían y desaparecían rostros, manos, torsos y que parecía absorber todo el aire en una bocanada monstruosa. Esa masa, exclamaban, se replegaba en sí misma, menguaba a ojos vistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sostienen (pero es un rumor increíble) que los Centripetti sucumbieron a su pulsión y a fuerza de voluntad, redujeron, tanto el espacio que los separaba, tanto se unieron que finalmente anularon las sagradas leyes de la naturaleza y, en castigo, ahora viven todos en un espacio inimaginable, en un punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Existe, sin embargo, algo extraño en la casona abandonada. Yo la he visitado. El silencio es abrumador. El aire enrarecido y casi irrespirable. No me atreví a perder de vista el portón de entrada, aunque deseaba intensamente adentrarme en las habitaciones. Porque lo deseaba. No recuerdo cuál era mi apellido. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-7487176693117160001?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7487176693117160001'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7487176693117160001'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/06/en-un-punto.html' title='En un punto'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4781229824535971738</id><published>2008-05-26T07:55:00.004+01:00</published><updated>2008-06-04T10:43:17.106+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>El síndrome de Stendhal</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Un día de 1817, Marie Henri Beyle, que se hallaba visitando Florencia, como una de las etapas más importantes de su periplo por el norte de Italia, entró en la &lt;em&gt;Basilica di Santa Croce&lt;/em&gt;. Súbitamente sufrió un profundo vahído, el sudor heló su rostro y, en plena crisis de ansiedad, se sintió íntimamente abrumado por la inmensa belleza de lo que le rodeaba. No se recuperó hasta que, sentado de nuevo en el exterior, el viento lo reconfortó. Lo sabemos porque así nos lo dejó en su &lt;em&gt;“Rome, Naples et Florence”&lt;/em&gt;, el primer libro que firmó con el pseudónimo de Stendhal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mimianna y yo conocimos esa sensación. No fue en Florencia. No en el amontonamiento de obras de arte, excelsas todas ellas, pero amontonadas (¡Qué hartazgo de &lt;em&gt;Madonna e Santi&lt;/em&gt;!). No en la capital toscana ni esos días, sino en la otra capital del norte y unos días antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo nuestra llegada al aeropuerto perdido en la obscuridad de la tarde de diciembre. La espera bajo unos fluorescentes crudos. Y esa sensación extraña entre cansada y feliz, que tiñe el inicio de las vacaciones y el final de su viaje inaugural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El trayecto fantasmagórico en &lt;em&gt;vaporetto&lt;/em&gt;, con los cristales absolutamente chorreantes, intentando adivinar formas en el caleidoscopio de luces. Infructuosamente. La parada final en un vasto muelle, saludados por los cabeceos altivos de las proas de cientos de góndolas alineadas. Negras como las aguas. El traqueteo de la enorme maleta sobre las baldosas desiguales. Silencio, obscuridad, frío y soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces, pasado un gran edificio, a nuestra derecha, Venecia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parados en la bocana de la &lt;em&gt;Piazzetta&lt;/em&gt;, encarando la Plaza de San Marcos, el Palacio Ducal a la derecha, el &lt;em&gt;Campanile&lt;/em&gt; a la izquierda y la Basílica de San Marcos, en escorzo, frente a nosotros. Las luces de Navidad reflejadas en el pavimento brillante de relente. Y absolutamente solos en la temprana hora de la noche. Juro que recuerdo haber escuchado música en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afirma Javier Marías en un capítulo de su libro &lt;em&gt;“Pasiones pasadas”&lt;/em&gt; que Venecia es un interior y recuerda una cita de Henry James que escribió que es allí &lt;em&gt;&lt;strong&gt;“donde las voces resuenan como en los pasillos de una casa, donde los pasos humanos circulan como si bordearan las esquinas de los muebles y los zapatos no se desgastaran nunca…”&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;. Recomienda, como íntimo conocedor de la ciudad que demuestra ser, que el modo en que debemos relacionarnos con ella debe ser natural, intuitivo y pausado, huyendo de los agobios y prisas del turista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Petulancias aparte, a nosotros nos sonrió, de nuevo, la fortuna y Venecia nos dedicó cuatro intensos días. Sin prisa pero sin pausa, sin planes ni planos, sentándonos cuando nos podía el cansancio o la conversación, perdiéndonos y encontrando. Sin más compañía que los venecianos (que existen, afortunados) y los grupos de japoneses, tan integrados al entorno que podrían considerarse mobiliario urbano, como las bandadas de palomas. Fueron días, además, en que la felicidad nos había tomado de la mano. Cuatro, ya digo, fueron, en toda nuestra vida, los que estuvimos allí, pero, en realidad sólo (¡sólo!) sirvieron para confirmar lo que ya Venecia me ofreció en aquel primer momento de esplendor, la justicia de mi particular síndrome de Stendhal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy de acuerdo con Marías en que Venecia es un interior, pero no sólo en el sentido que él lo enuncia. Venecia y otros lugares se pueden apoderar de una parte de cualquiera y, desde ese momento, acompañarlo íntimamente y larvada el resto de sus días. La suma de estos lugares conforma una geografía interior, un país propio. Es ese el territorio de lo que somos: la memoria de nuestro pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí, al menos, me ocurre.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4781229824535971738?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4781229824535971738'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4781229824535971738'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/05/el-sndrome-de-stendhal.html' title='El síndrome de Stendhal'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-2590533572963936475</id><published>2008-05-09T18:42:00.002+01:00</published><updated>2008-05-09T18:44:41.342+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Trece monos</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;En las altas escuelas de altos negocios de la que fue mi ciudad refieren la leyenda africana de los trece monos, que, más o menos, es como sigue:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al nacer, los dioses nos encomiendan el cuidado de trece monos. Es nuestro deber a lo largo de la vida alimentarlos, educarlos, peinarlos, protegerlos… Una tarea ardua, ya que es conocido el temperamento inquieto y libérrimo de los monos. Pero, además, cada tanto debemos comprobar que son trece los monos que cuidamos y no más, ya que estamos rodeados de vecinos, conocidos, compañeros, familiares y demás especies deseosos de desprenderse de sus propios monos y, aprovechando el bullicio general, encasquetarle alguno a quien más cerca tengan. Puede ocurrir –ocurre- que, sin quererlo ni notarlo, en realidad nos estemos haciendo cargo de monos propios y ajenos o que, queriéndolo y notándolo, le hayamos endosado alguno de los nuestros al prójimo. Debemos ser vigilantes de nuestros propios monos, viene a decir la moraleja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta leyenda, que seguramente no conoce ningún africano (que no haya estudiado en altas escuelas de altos negocios), se utiliza como parábola para señalar la necesidad de delimitar correctamente las competencias de cada uno dentro de una organización. Como parábola, también puede aplicarse a cualquier otro campo de nuestra vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien, aplicándolo a esto que nos pasa, afirma Mimianna que este mono no era nuestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tengo yo esa seguridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo depende de qué mono estemos hablando. No son nuestros, indiscutiblemente, el de la intrusión, el del pesimismo, el de la sobreprotección asfixiante, el del miedo, el encierro, la claustrofobia. A otros pertenecen aunque nos importunen. Lo sabemos y los conocemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero sí debemos cuidar otros que, al final, son los que realmente nos han embarcado en este viaje: la tarea de repartir nuestro tiempo (siempre tan escaso el tiempo) de manera proporcional a nuestra escala de prioridades. La labor de cuidarnos. La de recuperar la propia estima, retomar las riendas. Creer (de verdad) en nosotros. Saber disfrutar de la felicidad que nos rodea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estos son nuestros monos. Ellos el camino y las paredes y las puertas y los pasillos de eso que llamo el laberinto. La vida. Nosotros.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-2590533572963936475?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2590533572963936475'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/2590533572963936475'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/05/trece-monos.html' title='Trece monos'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-1902002795105948093</id><published>2008-04-28T12:20:00.002+01:00</published><updated>2008-04-28T12:24:16.302+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Sefarad</title><content type='html'>&lt;p align="justify"&gt;Qué doloroso. Qué vasto.&lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;El desarraigo.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-1902002795105948093?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1902002795105948093'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/1902002795105948093'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/04/sefarad.html' title='Sefarad'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-970137677205590784</id><published>2008-04-18T12:35:00.006+01:00</published><updated>2008-06-04T10:42:58.121+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Ese silencio</title><content type='html'>&lt;p align="justify"&gt;Ese silencio en la boca del estómago.&lt;/p&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ese suspiro apenas contenido -apenas exhalado- mientras la jornada se desliza por nuestras pequeñas rutinas. Despertar en nuestra habitación, caminar a obscuras sin pensar en los obstáculos, el ruido del ascensor, el vaivén de las campanas -tan, tan, tan en el mínimo índice de mi hija-, la prensa y la conversación en el quiosco de la esquina, la luz dorada del mediodía desde el balcón. &lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cada hecho cotidiano señalado por el tiempo. Señal del tiempo cada costumbre. De su paso, de su porvenir. Cada acto destinado (o así lo creímos) a ser repetido para siempre, marcado repentinamente por una inminente fecha de caducidad. Será este fin de semana el último que pasearemos por las calles que conocemos, que nos conocen. Siete son las noches que nos restan para dormir bajo la protección del cielo raso de nuestra habitación. Ya no volveré a cortar los rosales del patio nunca más. &lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sé que habrán otras calles; que mi hija dibujará el mar con su &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_0"&gt;dedito&lt;/span&gt;; que no solo rosas, sino azahar, jazmines y &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_1"&gt;glisinas&lt;/span&gt; adornarán otro patio. Sé que mayor será el tiempo que nos dedicaremos y mejor nuestra vida. Lo sé, pero todavía no lo siento. &lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Quizás por eso ese silencio.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-970137677205590784?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/970137677205590784'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/970137677205590784'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/04/ese-silencio.html' title='Ese silencio'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-4204032863360352536</id><published>2008-04-09T12:53:00.010+01:00</published><updated>2009-04-25T08:53:19.481+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Un ejercicio de probabilística aplicada</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;El otro día encontré varado en un charco imposible (hace meses que no llueve en mi ciudad, literalmente), en medio de una acera transitada, un folio &lt;span class="blsp-spelling-corrected" id="SPELLING_ERROR_0"&gt;impreso&lt;/span&gt;. Con toda seguridad la primera página de un trabajo docente. Nada especialmente atractivo. No sé qué me hizo detenerme e informarme -entre mis zapatos- de que el Capítulo 2 principiaba afirmando que a los &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_1"&gt;surrealistas&lt;/span&gt; les interesó sobremanera el tema de los encuentros fortuitos. Apenas la primera frase y seguí mi camino. Contaminado. Otra frase, una cita, se incrustó casi enseguida en mis meninges, como esa tonada pegadiza y odiosa que a veces aflora continuamente de nuestros labios, repetida más allá de la saciedad.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;strong&gt;"¿Encontraría a la Maga?"&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;La primera frase del &lt;em&gt;"Rayuela"&lt;/em&gt; de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_2"&gt;Cortázar&lt;/span&gt;. Ese libro. Que comienza precisamente con &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_3"&gt;Oliveira&lt;/span&gt; y la Maga deambulando por París, buscándose a ciegas en el marasmo de calles, sin otra indicación que el saber que el otro también busca. Perdidos en su búsqueda. Y en el encuentro. &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_4"&gt;Oliveira&lt;/span&gt; extraviado en la búsqueda de una explicación al feliz resultado.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Recuerdo mi adolescencia bañada de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_5"&gt;Cortázar&lt;/span&gt; y, de entre todo &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_6"&gt;Cortázar&lt;/span&gt;, de Rayuela. De la búsqueda del lado de allá, inseguro de que hubiese tal lado, inseguro de ser capaz de hallarlo. De ensimismarme en sus elucubraciones como si fueran mías. Aprendiendo -ahora lo sé- a elegirlas o a desecharlas como propias. Mis temas recurrentes.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Y uno, traído de la mano precisamente de la cita que taladraba mi mente. El de la importancia de las coincidencias. De la concurrencia en un mismo punto del espacio y el tiempo de diferentes acontecimientos, cuya presencia u omisión supondrían consecuencias absolutamente dispares. Todo sucede por coincidencia. Por una infinita sucesión de coincidencias. Y lo que no sucede también es a consecuencia de la falta de una sola coincidencia necesaria. Qué &lt;span class="blsp-spelling-corrected" id="SPELLING_ERROR_7"&gt;frágil&lt;/span&gt; es todo lo que sucede, qué cerca está siempre de no suceder.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Yo existo (cualquiera de nosotros, que existimos), entre otros &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_8"&gt;millardos&lt;/span&gt; de coincidencias porque mis padres se &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_9"&gt;conocieron&lt;/span&gt; y antes los padres de mis padres y antes sus padres y antes... Y fueron concretamente aquellos óvulos los que fueron fecundados por aquello espermatozoides. Conozco (conocemos) a los que amamos porque coincidimos entre los millones de seres humanos que pueblan este mundo en este momento. Todo es coincidencia.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Otro debate &lt;span class="blsp-spelling-corrected" id="SPELLING_ERROR_10"&gt;estéril&lt;/span&gt; es aquél que discute si las coincidencias son fruto del azar o están prefijadas. ¿Qué importancia tiene? ¿Qué posibilidades tenemos de saberlo? Tan inútil como discernir las probabilidades de que un hecho casual ya sucedido aconteciera: si ha ocurrido, las probabilidades han sido de cien sobre cien.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Todo el maldito día pensando en la Maga y aquellos mis temas recurrentes. Todo el maldito día detectando &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_11"&gt;obsesivamente&lt;/span&gt; coincidencias en cada nimio acontecimiento. Y precisamente ese día los corredores y salas del laberinto se ordenaron. Los pasillos, todos, se dirigieron al mismo punto: un pequeño balcón desde el que otear más allá del propio laberinto que nos rodea. Hacia aquel otro dédalo que nos espera (ahora ya sí) inminente. Precisamente ese día acontecieron los tres hechos de los que dependían fijar la fecha de nuestra partida. Ya la conocemos.&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;¡Qué coincidencia!&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-4204032863360352536?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4204032863360352536'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/4204032863360352536'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/04/un-ejercicio-de-probabilstica-aplicada.html' title='Un ejercicio de probabilística aplicada'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-25113249776340143</id><published>2008-03-20T09:29:00.003+01:00</published><updated>2008-06-04T10:41:16.150+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>De amicitia</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Uno de esos días en que la primavera ya está por desaparecer o el primer verano acaba de llegársenos -cada año- buscamos un momento para reencontrarnos. Normalmente al aire libre. Sentados en una terraza frente a mi mar o en el banco de un parque, buscamos un sol tibio que nos reconforte si la impaciencia nos ha vencido, o la sombra que nos cobije si hemos sido morosos con nuestra cita. También por norma, son el café y (en otro tiempo) el tabaco quienes nos convocan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los llamo –pues soy yo quien decide cuándo y dónde nos reunimos- me reconforta la seguridad de que acudirán y que seguirán siendo los mismos y que en nada me sorprenderán más allá de la sorpresa de que, un año más, su compañía me es tan o más grata de lo que siempre me ha sido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada año, como digo, reabro las páginas cada vez más amarillentas de una pésima edición de &lt;em&gt;“Stalky &amp;amp; Cia.”&lt;/em&gt;, de Rudyard Kipling, y dedico una tarde (que el texto no da para más) a acompañar a mis tres amigos adolescentes en sus aventuras por el Devonshire de finales del siglo XIX.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El &lt;em&gt;“Stalky &amp;amp; Cia.”&lt;/em&gt; que yo conozco, fue publicado por Kipling en 1899 y lo componen nueve relatos, con retazos autobiográficos. Los ocho primeros narran las andanzas de tres alumnos en un internado inglés de la época. El noveno (prescindible, para mi gusto) explica una reunión de antiguos alumnos de aquel internado dedicada a loar las hazañas del principal protagonista, Stalky, en una campaña militar en la India. Existe, al parecer, un décimo relato hallado tras la muerte de Kipling que, tras una rocambolesca historia, fue publicado el 2004, pero no forma parte de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé que la obra no es ninguna maravilla de la literatura. Sé que sus cuentos evocan al Kipling imperial, el denostado. Que el libro es de tapa blanda, el papel sin calidad, con erratas de bulto… ¿Y qué? Conocí a M’Turk, Beetle y Stalky hace mucho tiempo, cuando ellos y yo apenas habíamos dejado de ser &lt;em&gt;fags&lt;/em&gt;. Fueron un regalo y cometo el terrible pecado de no recordar de quién, pues le debo agradecimiento. Un regalo envenenado, me pareció entonces. Entonces, cuando, con una generosidad de juventud que he ido perdiendo, me imponía la regla de acabar todo libro que comenzase. A fe que debí esforzarme para cumplirla con el librito que se demoraba en mis manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo lo difícil que se me hizo, en aquella primera lectura, seguir las tramas de los relatos, no perderme en el dédalo de personajes que aparecían y desaparecían, recordar sus nombres… y entender a los protagonistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquel entonces yo disfrutaba de un superego freudiano bien lozano. Se me hacía impensable saltarme la más mínima norma de autoridad, de respeto. Justo lo contrario de lo que hacían sin rubor (con indisimulado orgullo, me atrevería a decir) aquel trío, quienes parecían dedicar su vida únicamente a soliviantar a sus profesores, dejar en evidencia a sus compañeros, copiar en los exámenes y despreciar olímpicamente las notas, arrostrando serios castigos por ello. Exactamente mi negativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora sé que fueron ellos (no sólo ellos, pero sí ellos) quienes me brindaron una primera semilla, un vislumbre, un atisbo de inconformismo. Fueron ellos quienes me dijeron que era posible, necesario, cuestionar. Poner en duda. Buscar un propio criterio. ¿Realmente merecían respeto unos hombres ruines, malvados y mediocres por el mero hecho de ser profesores? ¿Los compañeros cainitas? ¿Era ilícito saltarse las normas represivas si eran injustas? ¿Debía dejar de hacerse algo por el mero riesgo de un castigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía me planteo esas y otras preguntas. Tengo las respuestas teóricas. La teoría siempre es fácil. Me preocupa más su aplicación práctica en mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“Stalky &amp;amp; Cia.”&lt;/em&gt; también habla de brindar respeto a quien se lo merece, quien se hace acreedor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y del valor de la amistad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos meses después de mi primera lectura conocí a Ossip y ‘Daam. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-25113249776340143?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/25113249776340143'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/25113249776340143'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/03/de-amicitia.html' title='De amicitia'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-7735654856736459759</id><published>2008-03-14T13:56:00.006+01:00</published><updated>2009-04-25T08:41:43.878+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><title type='text'>Nel mezzo del camin di nostra vita</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El pasado cuatro fue un día vertiginoso, especular. Escribí:&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Dos días. Uno el presente. Otro, pasado y simultáneo, un viernes soleado, algo ventoso. No sé qué acontecerá hoy. Recuerdo cada momento, casi de una manera cronométrica, de aquel viernes.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo la espera en el asiento trasero de un coche ruinoso, riendo la conversación de Ossip. El trayecto tras otro coche casi igual de ruinoso, entre avellanos. Las presentaciones de rigor. La preparación del revoltoso fuego al aire libre y el humo del tabaco negro. Una mesa populosa, el caos de un banquete campestre. El doméstico fuego de un hogar, junto a la mesa. Y las llamas vivas en los ojos negros, tremendos, de Mimianna.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y Mimianna.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mimianna asomada al fuego, absorta. Las sombras brillando en su cabello tan largo entonces, la piel dorada al calor del fuego joven. El perfil surgiendo de la obscuridad de la pared lejana, de la melena azabache, con las líneas suavizadas por la luz del fuego reflejada en el jersey de lana blanca, casi un retrato perfecto del tenebrismo barroco. Paradójicamente, todo luz.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mimianna sin saber que yo la miraba.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Después vino la osadía de jugar con sus cabellos, la conversación, la forzada naturalidad de los gestos y las palabras de un cortejo adolescente. Y, después, muchas otras cosas. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Mi vida.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hoy el tiempo se me hace patente a cada instante y, sorprendeos, soy feliz por ello. Porque hoy hace exactamente veinte años que nos encontramos Mimianna y yo. Desde hoy, en mí son más los años que su amor me da forma de los que fueron sin ella.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Me sé incapaz de expresar qué importante es este hecho para mí. Qué inmerecido orgullo me llena, qué agradecimiento, qué sorpresa… qué felicidad.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Por una vez -la mejor- los dioses nos han ungido con la suerte necesaria. Debo esforzarme por merecerlo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-7735654856736459759?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7735654856736459759'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7735654856736459759'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/03/nel-mezzo-del-camin-di-nostra-vita.html' title='Nel mezzo del camin di nostra vita'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6678847789806258606</id><published>2008-02-29T14:01:00.008+01:00</published><updated>2009-04-25T08:42:27.048+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Un cuento véneto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Una vez me propuse escribir una serie de relatos. Dos eran las reglas que debía acatar: debían estar ambientados en la ciudad de la laguna y cada uno debía recoger alguno de los argumentos que Bioy enumera en el prólogo a la “&lt;em&gt;Antología de la literatura fantástica&lt;/em&gt;” que reunió junto a Borges y Ocampo. Elegí, incluso, el número y el título del conjunto: “&lt;em&gt;Seis cuentos vénetos&lt;/em&gt;”.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Desgraciadamente, mis limitaciones (éstas sí reales) y la desidia abortaron el proyecto casi desde el primer momento.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Sólo uno de los seis cuentos llegó a concluirse.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Hoy, después de tanto, lo he encontrado entre viejos papeles. Confieso que me ha sorprendido. Parece que lo hubiera escrito otra persona. Rectifico: en realidad lo escribió otra persona. Nueve años más joven.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Dijo así:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;“El círculo de espuma era denso y untuoso. Humeaba un aroma acre, con recuerdos de brea. El café que ocultaba era negro azabache. Reflejos tornasolados que insinuaban, cambiantes, el violeta y el rubí. Amargo con leves matices de canela y vainilla. Consistente, con cuerpo y un fondo de paladar firme. Perfecto a aquella hora de la mañana, en aquel rincón del salón soleado. Como siempre… La seda del sofá isabelino crujió cuando el hombre alargó la mano hacia la copa de agua que esperaba erguida junto a la taza de porcelana, sobre el mármol del cenador. El cristal de bohemia viajó a sus labios apenas soportado por los finos dedos de uñas perfectas. Los labios rozaron el borde, sin dejar huella. Enseguida descansó exactamente en el mismo lugar. Él volvió a apoyar la mano en el reposabrazos de caoba. Ningún rastro del inicio de la ceremonia diaria. Una ligera inquietud en la superficie líquida.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El hombre todavía permaneció inmóvil unos instantes, ajeno aparentemente. Suspiró casi imperceptiblemente. Tomó con la mano izquierda el plato y lo acercó a su pecho. El aroma le inundó. Era el momento. Pinzó el asa de la taza con tres dedos y la elevó hasta pocos centímetros del rostro. Aún se detuvo un segundo mientras absorbía discretamente el vapor perfumado. Finalmente besó la blancura de la porcelana y sorbió unas gotas del obscuro néctar. Casi le aturdió la explosión sensual, mientras sus papilas reconocían matices, recordaban, comparaban, hallaban. Apenas entrecerró los párpados indolentes. Devolvió la taza al plato inmóvil con un movimiento suave y preciso. Por un momento, pareció caer de nuevo en sí mismo. Amagó un homenaje íntimo a la sabiduría de tantos desconocidos lejanos que, ignorantes, se habían confabulado para remedar el placer en aquella mañana soleada. Insinuó una sonrisa. No habría sabido decir si de agradecimiento o de autocomplacencia. Repitió los gestos ponderados hasta que la taza mostró su fondo, vacía y mancillada. El último vaivén la abandonó con el platillo en su preciso lugar. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Solo en ese momento se permitió una vacilación. Aquella mañana, después de tanto tiempo, el rito iba a quedar inconcluso. La sucesión inalterada de gestos, de sensaciones y pensamientos, la flexibilidad automática se truncaron. Más allá, tras la taza y la copa, no esperaba el suave lomo de piel obscura, ni las familiares letras doradas. En su lugar, un vulgar sobre intruso. Excesivamente grande para las dimensiones del cenador. Ni un atisbo de belleza, desproporcionado, arrugado por el largo viaje. Los sellos substituidos por pegatinas burdas. Zafio. El sofá crujió nuevamente cuando el hombre se alzó. El ceño casi fruncido, censurándose la debilidad. En otros tiempos jamás se habría permitido semejante desliz. Tomó el sobre entre sus manos y se dirigió al buró con incrustaciones de nácar. Abrió el tercero de los cajones y allí lo abandonó. Olvidado. Luego se acercó a la inmensa librería que cubría el lienzo de pared del fondo. Desestimó a M. R. James. Demasiado irónico, en aquel momento. De Quincey fue el elegido. Acarició abandonadamente la encuadernación, perdonándose la ruptura del orden. Se encaminó nuevamente hacia el rincón que ocupaban el sofá y el cenador. Sorteó dos calzadores imperio tapizados con la misma tela dorada. Se detuvo antes de llegar a su destino. Frente al ventanal. El mismo sol invernal que reposaba sobre los muebles danzaba frenéticamente sobre el agua que acariciaba los muros, bajo la balconada. Los cabrilleos le molestaron. Excesivamente vivaces en la quietud serena de la ciudad vacía. Desentonaban. Tomó asiento nuevamente. El libro en el regazo. Volvió a acariciarlo. Todavía se permitió un último pensamiento dirigido al sobre. No lo había abierto porque conocía su contenido. Se reservó la esperanza de conservar, al menos, la dignidad de la elegancia. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Del agua ascendió un canto familiar, “&lt;em&gt;remando&lt;/em&gt;”, antes de sumergirse en el sutil inglés opiófago.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;-oOo-&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Había dispuesto recibirle en el salón carmesí. La pequeña colección de relojes atacó conjuntamente el carillón que anunciaba su llegada. El pomo de la alta puerta policromada se estremeció ligeramente, antes de iniciar el movimiento. Bruno no era todavía lo suficientemente decidido en sus gestos. Se vería en la obligación de volver a advertirle. La puerta se abrió, con un giro lento y continuado, guiada por el mayordomo. “Donna Elvira, signore,” anunció con su voz impostada, mientras se hacía a un lado. Ella entró en la habitación con tres suaves pasos, mirándole a los ojos. El tiempo es un juez inclemente. Y verdugo. Sus huellas eran evidentes. No recordaba su mirada tan cautivadora. “Mia cara,” justo antes de insinuar un beso sobre el dorso de la mano que le extendía. Bruno cerró la puerta. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Permanecieron unos instantes en silencio enfrentados. Reconociéndose. Elvira adornaba un vestido ceñido. Verde manzana. No muy adecuado con el salón, lamentablemente. Tapaba sus largos brazos con unos guantes que le cubrían el codo. Sobre los guantes un anillo de oro. Un aro fino a juego con los aretes que pendían de sus lóbulos. Únicamente. No lucía el diamante que él le había enviado con su invitación. Llevaba el cabello recogido en un complicado moño, en la nuca. No obstante permitía que algunos mechones acariciaran su mejilla y el esbelto cuello desnudo. Continuaba siendo absolutamente negro. Los rasgos quizás un poco más afilados que la última vez. Alzó levemente el mentón, cansada del impás. Él reaccionó inmediatamente. Una ligera reverencia, mientras le ofrecía su brazo derecho. Ella lo enhebró con naturalidad. Se dirigieron lentamente hacia la mesa que les esperaba bajo los candelabros. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Debo confesarte que me sorprendió recibir tu mensaje, después de tantos años de separación. Aunque me sorprende aún más haber acudido”, mientras él le acercaba la silla. Mientras él le observaba la espalda. El surco de su columna se había acentuado. Los músculos excesivamente fibrosos, probablemente castigados por ejercicios absolutamente inadecuados a su edad. Tuvo que reprimir el deseo de acariciar la piel que los cubría. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“En todo caso, celebro tu sorpresa, en tanto que es resultado de nuestro encuentro”, volviendo a aparecer en su campo de visión. Dirigiéndose a su sitio, frente a ella. Hablaba sin mirarle. “Por supuesto, huelga que te exprese mi agradecimiento, que debería serte patente.” Él no vio la sonrisa socarrona encarnada en las cejas de su huésped. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Nuevamente en silencio y enfrentados. Desdibujados los rostros por las llamas de las bujías que iluminaban la mesa que los separaba. Bruno con la primera botella. “Me he permitido ejercer el derecho de todo anfitrión de elegir las viandas. Espero cumplir la obligación de satisfacer tus deseos. Comenzaremos con ostras. Recuerdo que te agradaban”. El brillo de los ojos femeninos no le desmintieron. Lentamente se despojó de los guantes y mostró finalmente las manos finísimas. Él observó el marcado abanico de los huesos del dorso. Las recordaba diferentes. La esperada bandeja fue depositada sobre el mantel de hilo. Ella no esperó a que le sirvieran y alcanzó la primera pieza, pasando por encima de las copas. Él no pudo reprimir una punzada de desagrado. Aún sabiendo perfectamente que ésa era la finalidad del gesto: desagradarle. Sonrió. “Espero que merezcan tu aprobación. No son cultivadas. Tengo entendido que Bruno se ha visto en la necesidad de traficar con su alma y el diablo para conseguirlas”. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Entonces, ha conseguido un magnífico pacto. Son excelentes,” mientras se llevaba una nueva concha a la boca. Era extremadamente difícil mantener una actitud tolerablemente elegante sorbiendo aquellos animales. Mucho más sencillo insinuar la lascivia. “Siempre has conseguido lo mejor. O has hecho que te lo consiguieran.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“No siempre, me temo. En alguna ocasión he visto frustrados mis deseos. En las más importantes.” Le contestó sin ninguna inflexión especial en la voz. No obstante ella se detuvo un momento y le observó. Él continuó acariciando la base de su copa, vigilando el mínimo movimiento de su índice. Solo alzó los ojos cuando supo que ella había desviado los suyos. “No obstante, supongo que es ley de vida,” concluyó. Intentaba parecer hastiado. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Francamente, Vanno, me parece absolutamente frívolo que todavía tengas la desfachatez de quejarte de tu vida. Por favor, mira a tu alrededor,” sin un gesto, únicamente los ojos negros de nuevo. “Has tenido la oportunidad de elegir cómo quieres vivir. Te has creado un mundo a medida. En él solo entra lo que tú permites, lo que te complace. El resto está fuera. No existe.” Ella no había esperado al final del banquete. También eso lo esperaba él. Y también le desagradaba. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Eso no es cierto enteramente. Tampoco creo que sea censurable, mi querida Elvira,” contestó, no obstante. “No te voy a negar, a estas alturas, que has expresado mi ideal. Pero no es cierto porque siempre hay elementos incómodos que consiguen perturbar el orden de mi universo, inevitablemente. Tampoco es cierto, desgraciadamente, te repito, que haya obtenido todo lo que he deseado a lo largo de mi vida... Deberías saberlo... Pero, en cualquier caso, lo que yo he tenido el valor de crear, este mundo a mi medida, según tu expresión, no es otra cosa que a lo que aspira el resto de mis congéneres. Todos ansiamos el placer y detestamos el dolor.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“¿Que has tenido el valor de crear? No me hagas reír. ¿Qué valor se necesita cuando eres el heredero de una de las mayores fortunas de Europa? ¿Qué has arriesgado tú?” Aquel tono de desdén. Hay bastiones inasequibles incluso al tiempo. “Me pregunto qué habría sido de ti y tus manías si hubieses nacido sin esos recursos económicos. Supongo que ni te imaginas la posibilidad. Has podido vivir siempre rodeado de refinamientos excéntricos. Has podido elegir dónde y cómo vivías hasta en los detalles más superfluos. Has dedicado tu vida precisamente a eso, a perfeccionar los detalles. Siempre en función de tu voluntad.” Calló un momento. Altiva. “Pero esta es una conversación que ya hemos mantenido antes,” casi pesarosa, “de hecho, esta es la única conversación que hemos mantenido siempre.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Sí, es la que te permite airarme. Me criticas por ser como soy. No me voy a justificar porque estás en lo cierto. Soy como he elegido ser. Y no me siento culpable de ello, en absoluto. ¿En nombre de qué debería haber reprimido mis gustos si podía permitírmelos?” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“¿En nombre de los que te rodean o te han rodeado alguna vez, quizás?” La pregunta quedó sin respuesta. La mujer apartó su plato. Había perdido el apetito. Él tomó un sorbo dorado de vino. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Me sorprende ese celo por las personas de mi entorno. Sobremanera, si atendemos al trato que tú les dispensas a las del tuyo.” La mujer se irguió todavía unas pulgadas más en su asiento.&lt;br /&gt;“No te entiendo.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Por supuesto que me entiendes, querida. A fe que sabes a lo que me refiero.” Casi displicente. “¿O debo recordarte el dolor que has ido sembrando a tu alrededor? ¿Quién te queda? Nos despreciaste sin piedad. Nos rechazaste uno a uno. También a mí, por supuesto. Consciente como eras del efecto de tu desprecio.” Muy a su pesar, le temblaba un poco la voz. “Hace tanto y aún me turba.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Estás confundiendo los términos, Vanno. Premeditadamente, además. Pretendes achacarme tus pecados, aparecer tú como la víctima, cuando sabes perfectamente que nuestros actos nunca han sido equiparables.” Su voz era tan gélida que él tuvo que contener un escalofrío. “Es cierto que no te acepté, como no acepté a otros, pero no tenía ninguna obligación de hacerlo. Ninguno de vosotros tenía ningún derecho sobre mí. Y tú menos que nadie. Aunque creyeses todo lo contrario. Soy dueña de mi corazón, siempre lo he sido.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“No te pongas melodramática, te lo ruego. No estoy hablando de derechos, estoy hablando de causar dolor innecesario. Dices que no teníamos ningún derecho a esperar nada de ti. Que yo no merecía nada. Y mientes. Yo te respeté siempre. Lo mínimo que podía esperar es que me correspondieses respetándome.” Por fin reunió el valor necesario para arrostrar su mirada. “Supongo que no es necesario recordarte cómo me humillaste públicamente. Probablemente un simple no habría bastado, Elvira.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Sabes que no es así. Tu insistencia no tiene límites. Porque dime, si no, qué pretendes con esta velada.” Le desafió desde el fondo del tiempo. Continuaba siendo dolorosamente hermosa. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Nada. Quizás únicamente cerrar heridas, pasar cuentas.” Calló un instante, tenía previsto darle la noticia refugiado en el café. Adivinó que no llegarían. “Me estoy muriendo. De hecho, ya me he muerto. El cáncer es imparable. Supongo que he sucumbido a una nueva debilidad. Quiero hacer las paces con algunos aspectos inconclusos de mi pasado.” Sonrió. “Tú eres el más importante.”&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;“No te creo.” Escueta. Lacerante.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“La época de las estratagemas ha concluido. Todo ha concluido ya. El diagnóstico está en la sala contigua, en el secreter, el tercer cajón. Sírvete tú misma.” Ella se levantó inmediatamente. El vestido se acomodó a su cuerpo. Su perfume permaneció mientras desaparecía hacia el interior del palacete. Él evocó la caricia de la tela en sus caderas. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“No lo habías abierto. ¿Cómo lo sabías?” A su espalda. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Los síntomas son evidentes, incluso para un profano.” Lentamente se giró, apoyando el brazo delicadamente sobre el respaldo. Ella se hallaba en el dintel de la puerta, con el informe entre las manos. Su mirada le pareció algo errante. Él cruzó las piernas. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“En fin. No sé que decirte. Nunca sé qué decir en estos casos.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“No hay nada que decir al respecto. Quizás únicamente adiós.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Adiós es una palabra eterna.” Dejó caer un poco los hombros. Parecía abrumada. “Me parece inabarcable.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Como la muerte, Elvira, o el pasado. Todas son grandes palabras que nos parecen imposibles y, sin embargo, constituyen nuestro ser. Somos pasado, pérdidas y, finalmente, muerte.” Se levantó de la mesa, con el brazo todavía en el respaldo. “Pero no te he invitado para que nos perdamos en elucubraciones vacías. Ahora más que nunca debo aprovechar el tiempo, compréndelo. El objeto de tu invitación no es el de insistir, como creías, sino el contrario precisamente. Pero para ello necesito una explicación. Únicamente te pido una explicación, humildemente. ¿Por qué?” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“¿Por qué? Nunca lo has entendido, ¿Verdad Vanno?” Extendió un brazo y pareció que le iba a acariciar. Él se estremeció. Depositó su mano en el hombro. “¿Por qué no te acepté? Porque era imposible. Era imposible convivir contigo. Mis detalles eran incompatibles con tu orden. Me habrías ahogado. Nos habríamos odiado inmediatamente. Me acusaste de ser insensible, de ser incapaz de experimentar pasión alguna, excepto la del desprecio. Qué equivocado estabas. Me arrebatabas. Te sentía absolutamente peligroso. Sabía que si cedía en lo más mínimo destrozaría nuestras vidas. Por eso el desdén, por eso el desapego. Me protegía de ti. No tuve más remedio que dañarte para evitar un dolor mayor. Lo siento, Vanno, pero volvería a hacerlo. No me siento culpable.” &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“El peligro desaparece ahora, entonces.” Y supo que ella no resistiría su mirada. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Y finalmente quedará el dolor.” Su mano resbaló por el brazo de él. Exánime. Él la retuvo antes de que cayera. Lentamente se la llevó a los labios. Le besó la palma con la boca entreabierta. Los dedos le rozaron la mejilla. Se detuvo un momento saboreando el perfume de su muñeca. Continuó después por el fino antebrazo, arrastrando levemente los labios hasta descubrir la suave piel del interior de su codo. Le llegó un suspiro. Alzó el rostro y encontró sus párpados. Pasó una mano por su nuca y la atrajo. Los labios del hombre parecían haber cobrado vida propia, e imponían su voluntad. Aterrorizado besó el mentón altivo. Ella bajó la cabeza. Las bocas se encontraron húmedas y calientes. Le soltó la mano y le pasó el brazo por el talle. Estrechó el abrazo mientras continuaba besándole. Sintió su monte de Venus. Dejó un pequeño rastro de saliva cuando liberó sus labios. Olisqueo el cuello, bajo el lóbulo. “Vanno, por favor...” Con la misma mano que le sujetaba la nuca le tapó la boca, haciéndole girar la cabeza. Ella le mordió. Él jugueteó con el arete antes de introducir el lóbulo en su boca. Sintió el sabor del perfume. Se liberó de su mordisco y dejó resbalar suavemente los dedos por su nuca. Luego la espalda desnuda. Ella le abrazó por fin. Volvieron a besarse densamente. Encontró su lengua anhelada. La respiración de la mujer se aceleró. Se hizo profunda. Apretó su cuerpo contra el de él. Enseguida le arrancó la chaqueta negra mientras continuaba besándole. Tomaba la iniciativa. Le deshizo el lazo y luchó con los primeros botones de la camisa. La rasgó. Acarició su pecho masculino mientras le ofrecía nuevamente el cuello. Sus manos buscaron el cinturón. Sin esperar, introdujo la mano por la cintura del pantalón. Él gimió. Entonces le empujó y se separaron bruscamente. Él quedó apoyado en la mesa. Desconcertado. Jadeando. La miró implorante, temeroso. Ella le devolvió una mirada turbia y desafiante. Detenida en el centro de la sala. Con una calma inusitada echó las manos a su espalda. Deshizo los corchetes del vestido. Uno a uno. Finalmente dejó que resbalara. Los ojos fijos en su viejo pretendiente. El tiempo es inclemente y justo. Su cuerpo era sabiamente bello. Él recorrió cada una de sus formas. Ella dejó que le observara largamente. Luego dio un paso con los brazos extendidos hacia él. Se tomaron de las manos. Ella las dirigió al encaje que matizaba sus senos. Le pareció que se sorprendía de la dureza de sus pezones. Volvió a besarle mientras acababa de desabrocharle el pantalón. Él hundió su rostro entre sus pechos y aspiró un nuevo perfume. Quizás almizcle. Lentamente se arrodilló resbalando por la suavidad de su piel. La tomó por las caderas y le besó el sexo por encima de la tela finísima. No le dolió que ella tironeara de sus cabellos. Finalmente la seda se liberó de su prisión y encontró su pubis desnudo. Por sorpresa. Lo besó obsesivamente, introduciendo su lengua por los pliegues recónditos. Ahora era ella la que gemía. Finalmente se zafó de su abrazo. Le miró desde su altura y dio tres pasos atrás, mientras se quitaba el sujetador y lo lanzaba lejos. Los pezones eran muy obscuros. Llegó a una de las sillas del comedor. Se apoyó en el borde del asiento y separó las piernas ofreciéndose lascivamente. Él acabó de desnudarse mientras la observaba fijamente. Lúbrico. Su sonrisa era cruel. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Siénteme Elvira, porque vuelvo de la muerte para saldar nuestra deuda. Jamás me olvidarás,” le murmuró. La penetró profundamente. Ella gritó. &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;-oOo-&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;La luz del sol invernal sorteó los pesados cortinajes. Elvira se despertó exhausta en una cama desconocida. Sintió su desnudez. Estaba sola en la inmensa habitación. Escuchó un crujido tras la puerta. Llamó, “¡Vanno!” La puerta se abrió temerosa. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;“Cosa fai qui, signora?” Una doncella.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;“Ayer cené con el señor...” algo avergonzada.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;“Don Giovanni? Ma il signore è morto! E Bruno… Suicidio… Tre giorni fa!”&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Ella necesitó tres segundos para asimilar el acento véneto. Luego enloqueció.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Enero de 1.999”&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6678847789806258606?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6678847789806258606'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6678847789806258606'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/02/un-cuento-vneto-1.html' title='Un cuento véneto'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-8916987080084920834</id><published>2008-02-25T13:41:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T07:58:08.436+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>El canto de los ruiseñores</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Esta mañana, al despertar, de la oscuridad ha surgido el potente canto de un ruiseñor, atravesando el ventanal del balcón y las contraventanas. He imaginado al ave diminuta entre las ramas del tilo que asoma tras la tapia de nuestro patio, en el claustro inverosímil de una iglesia de ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No ha sido una sorpresa. Lo fue hace diez años. No uno, sino varios ruiseñores compitiendo con virtuosas fugas, réplicas, solos, dúos, concertantes, en el centro de una gran ciudad. De mi ciudad. Desde entonces he esperado y anotado en un diario inexistente el primer día del anual retorno del canto de los ruiseñores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy será él último asentamiento. Hoy será otro largo, difícil día de despedida.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-8916987080084920834?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8916987080084920834'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/8916987080084920834'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/02/el-canto-de-los-ruiseores.html' title='El canto de los ruiseñores'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6686334209279700746</id><published>2008-02-11T14:27:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T07:57:48.370+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>A Mimianna le gusta.</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;A Mimianna le gusta caminar demorada por los carriles paladeando el exótico perfume de las flores de azahar. Le gustan los buñuelos de cuaresma y nuestra pequeña tradición de Jueves Lardero, que los precede y anuncia. Le gusta el aroma y la caricia de la ropa limpia recién extendida sobre la cama. Las velas y la luna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Mimianna le gusta que le acaricie los pies cuando nos reencontramos al final de una jornada sin final, cuando las tareas ya no son urgentes hasta que mañana sea otro día. Y encontrar mi calor en su lado de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el mar. Y el sol. La veréis cerrar los ojos ensimismada en su propia piel, paladeando el calor en cada uno de los poros de su desnudez. La tersa tirantez del salitre. El acompasado devaneo de la brisa preñada del murmullo de las olas, teñida de algas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Demorar la vista en el azul, el malva, el plomo, el verde lima. Cimbrear el cuello siguiendo la cadencia de las ondas inmóviles. Adivinar la fresca humedad del óleo. Zambullir los ojos en esos nenúfares que no son nenúfares, que son todos los nenúfares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la hora baja del verano, cuando el sol se ha ido y no viene la noche. Su hora violeta. Porque suyo y violeta es ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ella le gusta Venecia y París y Salzburg. Y aquel pequeño pueblo de antiguas casas de piedra, junto a ruinas antiguas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Mimianna le gustan muchas cosas más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También le gusto yo. ¿No es sorprendente? ¿No es magnífico?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6686334209279700746?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6686334209279700746'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6686334209279700746'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/02/mimianna-le-gusta.html' title='A Mimianna le gusta.'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-5498174730785440256</id><published>2008-01-22T14:15:00.004+01:00</published><updated>2009-07-04T10:13:36.965+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Contra la melancolía</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Esta hebra de la madeja debería saldar una vieja deuda con Ossip: &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sabido es que las &lt;em&gt;&lt;a href="http://miradnas.blogspot.com/2009/04/aria-mit-verschiedenen-veranderungen.html"&gt;Aria mit verschiedenen Veränderungen vors Clavicimbal mit 2 Manualen&lt;/a&gt;&lt;/em&gt; las constituyen un aria y treinta variaciones, todas de forma binaria. Las variaciones se agrupan en ternas con una variación final en forma de canon, los cuales, además, evolucionan desde el primero, que es al unísono, hasta el último que es a novena. Únicamente el último grupo de variaciones concluye con un quodlibet y no con un canon. Por otra parte se considera que la variación 17, conocida como la obertura francesa, divide la obra en dos ciclos claramente separados.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;La combinatoria no se agota aquí. Debemos considerar la posibilidad de incluir o no repeticiones o cuáles. El instrumento intérprete, ya sea clavicémbalo o piano... El juego de espejos se multiplica en sí mismo, por sí mismo...&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Conocida es también la leyenda que acompaña al nacimiento de la obra, Anna Magdalena nos la refiere en su pequeña crónica. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Recuerda: "&lt;strong&gt;El conde de Keyserling, gran amante y conocedor de la música, llegó a ser uno de los más ardientes admiradores de Sebastian y venía algunas veces desde Dresde para verle y oirle. Por su mediación, Gottlieb Goldberg se hizo alumno de Sebastian y fue un discípulo extraordinario, que pronto adquirió fama gracias a un trabajo incesante y a la habilidad, facilidad y ligereza de sus dedos, verdaderamente asombrosas. Para este alumno escribió Sebastian el &lt;em&gt;Aria con treinta variaciones&lt;/em&gt;, que es una verdadera prueba para el ejecutante y tan dificil que son muy pocos los pianistas que pueden tocarla. El tema para dicha aria se le ocurrió a Sebastian al componer la zarabanda en sol mayor que incluyó en mi cuaderno de música. Esta composición la escribió para Goldberg a petición expresa del conde de Keyserling, para que se la tocase en las noches de insomnio producidas por la melancolía, que solamente la música podía disipar. Nunca se cansaba de oir las &lt;em&gt;Variaciones&lt;/em&gt; y por esa composición hizo a Sebastian el regalo verdaderamente espléndido de una tabaquera, a la que acompañaban cien luises de oro.&lt;/strong&gt;"&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nada estoy descubriendo si afirmo que Johann Gottlieb Goldberg, a la tierna edad de catorce años, en 1741, tuvo el privilegio de prestar su nombre e interpretar por primera vez una de las piezas más importantes de la Historia de la Música occidental.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero nada de eso sabía yo en mi muy lejana primera infancia cuando extorsionaba a mis padres (como sólo los niños pequeños saben hacerlo) para que pusieran, una y otra vez, en el viejo tocadiscos, el vinilo que se escondía en una funda adornada con treinta fotografías distintas del mismo pianista. Cuentan, y yo quiero recordar, que me sumía en un ensimismamiento impropio de mi edad. Una profunda seriedad en mi mirada. Una actitud casi reverencial. Aquellas notas vertiginosas me fascinaban. El canturreo del interprete veteando el sonido del piano. Tampoco sabía que la suerte me había deparado nacer a las Variaciones Goldberg de la mano de una de las versiones de referencia de las que había registradas en aquel entonces. Nadie ha podido darme noticia de cómo llego a la discoteca de mis padres (muy relativamente interesados en música clásica) la grabación de la integral de las Variaciones que ejecutó Glenn Gould en 1955. Aquel disco hace décadas que se perdió, pero para mí aquel nombre quedó para siempre tan vinculado a la obra como el del propio Goldberg. La fascinación me ha acompañado todos estos años y aún hoy. Ha superado, incluso, la adquisición de conocimientos... quién es Bach, qué unas variaciones, quién Goldberg o Gould... &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Glenn Gould, pianista genial y excéntrico como el que más, contribuyó al acrecimiento de la leyenda. A pesar de que la jornada fijada para la grabación era un cálido día de verano, Gould se presentó con abrigo, bufanda y guantes. También acarreaba dos botellas de agua y toallas, para poder sumergir sus manos en agua caliente durante veinte minutos antes de la interpretación. Su impedimenta quedaba completa con multitud de cajas de pastillas para sus fármacos y su silla personal, mas baja de lo habitual. Tras este ritual, se dignó a legarme, sin saber que lo hacía, mis Variaciones. Las registró en estudio en otra ocasión, en 1981, poco antes de morir de un infarto unos días después de cumplir cincuenta años. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Yo cuento con la edición de ambas grabaciones que publicó Sony en 2002. Brillante fue la mañana en que las perdidas notas de mi pianista volvieron a sonar para mí. Y allí quedé con la mirada seria, reverente. Pero el paso del tiempo cobra inexorable su peaje. A la felicidad del recuerdo reencontrado se unió la desazón de la curiosidad. ¿Por qué ésa mi reacción? ¿Cuál, en realidad, mi reacción?&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Me basta, como ahora que escribo, rememorar las primeras notas del Aria para conmover una media sonrisa en la comisura de mis ojos. Me provoca un íntimo sentimiento sutil de tristeza serena, placentera. Cada una de las notas, los silencios, las cadencias, frases y matices de las Variaciones se me figuran de una profundidad inabarcable. Siempre he sentido que encierran un mensaje trascendente. Invariablemente escucho las variaciones en soledad. ¿Estricta soledad? No, Bach, desde la oscuridad del pasado, se me hace presente (no es una figura retórica: es tal como lo siento). Junto a Bach, Gould canturrea, resopla, vive las piezas. Él, que también está muerto... Muertos. Algunos de mis muertos favoritos, en expresión de Cortázar (otro de mis muertos favoritos). Porque lo cierto es que las Variaciones a mí me hacen pensar en la muerte. Parecen el contrapunto perfecto a la voz grave del discurso de Huston en "&lt;em&gt;The Dead&lt;/em&gt;" ("&lt;strong&gt;&lt;em&gt;... newspapers were right: snow was general all over Ireland...&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;"). Una muerte inconcebiblemente amable, hecha de ausencia, de noche, de descanso, pérdida y serenidad. No es ése mi concepto de la muerte. Debo suponer que era el de Bach.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Fue Oscar Tusquets quien me brindó la primera pista hacia lo que podría ser una confirmación. En uno de los artículos de su libro &lt;em&gt;"Dios lo ve"&lt;/em&gt; se cuestiona la causa de que algunos retratos de los que nos separan cientos, e incluso miles, de años, se nos aparecen no solo contemporáneos sino terriblemente expresivos. No son, afirma, figuras lo que nos enfrentan, sino personas, con sus vivencias, con su espíritu, con su ser. El artísta, en todos los ejemplos que enumera, ha logrado captar la esencia del modelo. Por eso nos son cercanos. Y ello fue así porque, en todos los casos, el artísta "&lt;strong&gt;se sometía a la mirada del modelo, para el cual era el pintor de la Muerte&lt;/strong&gt;". Era ese afán de trascendencia el que irrogaba en todos los casos esa paradójica vitalidad, esa profunda personalidad, al objeto retratado, en la que nos reconocíamos. Fue la presunción de la muerte lo que les hizo vivos.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Fue el propio Bach quien insinuó otro indicio. Suponemos que en el &lt;em&gt;Notenbüchlein für Anna Magdalena Bach&lt;/em&gt;, como libro familiar de música que es, los esposos recogieron las piezas musicales que más gratas, íntimas o importantes les fueron. En él figura la primera composición de la que procede el Aria y, por tanto, las Variaciones. En su portada, ladeado a la derecha, Johann Sebastian anotó el título de tres de los libros que constituyeron su biblioteca. Los tres del teólogo August Pfeiffer. Uno de ellos su "&lt;em&gt;Anti Melancholicy&lt;/em&gt;". En él, Pfeiffer recoge la tradición, que ya venía de la Edad Media, que afirmaba que la melancolía, el miedo a la muerte, la bilis negra, podía combatirse ejercitando la propia voluntad. Para ello era preciso tratar el alma, prepararla para aceptar el paso inevitable hacia Dios, para desearlo. Atenuar el miedo, domeñar la flaqueza. Y para ello uno de los remedios más efectivos debía ser la música, el arte inaprensible y, por tanto, vehículo ideal para la comunión con Dios. Con la posteridad. Con la muerte.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Con todo, sostengo que Bach confió a las Variaciones (no sólo a ellas, pero sí a ellas) su autoretrato frente a la muerte. En ellas dejó su esencia como persona. Su ser condenado a desaparacer. Por eso le siento presente, trascendido. Las Variaciones son Bach. Mucho más que cualquiera de sus retratos. Más, incluso, que sus palabras. Que sus actos. Johann Sebastian Bach pensaba y sentía mediante la música. Ése era su idioma y ésa su esencia. Ésa fue la materia que eligió para arrostrar a la muerte. Su remedio contra la melancolía.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;No sé si estoy en lo cierto. Desconozco si ésta mi teoría es pacífica entre los entendidos o, por el contrario, sería calificada de disparate neófito. Tampoco importa. Sea como sea, Ossip, justo antes de que el disco comience a girar, cuando ya estés arrellanado a oscuras en el sofá, con una copa generosa en tu mano, cierra los ojos, suspira y prepárate a asistir, de nuevo, a una manifestación de lo absoluto. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-5498174730785440256?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5498174730785440256'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/5498174730785440256'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/01/contra-la-melancola.html' title='Contra la melancolía'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-299945876956482984</id><published>2008-01-17T14:13:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T07:56:49.599+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='crónicas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>Inferno</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;He oído tanto a Ossip como a 'Daam, personas de criterio, quejarse de la imposibilidad de reflejar en el arte una vivencia propia mejor (o al menos tan bien) de lo que ya algún otro lo haya hecho. Cómo expresar mejor el propio dolor, amor o sentido de la belleza de cómo ya lo hicieron otros, se preguntan en una desesperación teñida de ironía, en veladas y sobremesas (estas preguntas conviene hacérselas uno siempre sentado y en buena compañía, de lo contrario estamos a un paso de la neurosis y tampoco es plan).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, confieso, sonreía para mis adentros y consideraba tales elucubraciones meras poses a medio camino entre la auténtica frustración por las propias limitaciones (reales o no) de mis amigos y la provocación al espectador hacia el elogio (merecido siempre).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, en mi ignorancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue de a poco que tropecé con la poesía del cubano Reinaldo Arenas. Un libro encuadernado casi en papel de estraza. Ya conocía la existencia del poeta gracias a otro cubano, Cabrera Infante, y sus &lt;em&gt;"Vidas para leerlas"&lt;/em&gt;. Desconocía su obra. Desconocía también la arcana vinculación que nos unía. El pasado común y tan diferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace casi veinte años (de todo hace casi veinte años) yo no era yo ni mi vida era mía. Las reglas que debía acatar nada tenían que ver con las que respetaba; el lugar en el que habitaba, impuesto; las ropas que vestía, las personas, las rutinas. Nada mío ni elegido. Sólo me restaban mínimas parcelas de intimidad, de identidad. La emisora de radio que escuchaba en mis cascos, quizás. Una tarde de diciembre, ya oscurecido y acabadas las tareas del día, busqué mi rincón, abrí mi libro y encendí el pequeño receptor. En seguida resonaron las notas de un concierto para piano en mi cráneo. Nada diferente de lo que habían sido mis tardes en los últimos meses, nada distinto de lo que serían en los siguientes. Nada hasta que finalizó el concierto. Y sonaron aplausos. No era una grabación, el locutor me informó que finalizaba el tercer concierto de abono de... Y en aquel momento se me reveló la profundidad del pozo. En ese mismo instante, justo en ese momento, había personas que habían podido elegir asistir a ese concierto, que habían disfrutado de él, que ahora se alzaban satisfechas y a punto de elegir qué hacer a continuación. Y en ese instante, en ese momento, pesó sobre mí toda la alienación. Una triste epifanía conocer la propia falta de libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante años ha perdurado el recuerdo de aquella sensación. Durante años he explicado la anécdota pero nunca (ni siquiera ahora) había logrado explicar realmente mi vivencia. Hasta que ante mi mirada atónita se desplegó&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;"Sinfonía&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Esa sinfonía que milagrosamente escuchas&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;(el dueño de la radio portátil se ha dormido por lo que no ha&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;sintonizado "Radio Cordón de La Habana")&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;no te pertenece.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Esas resonancias magistrales,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;esas inesperadas estancias que levantan parajes mágicos&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;y despliegan cortinajes,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;esa armonía que ahora se abre como un mar,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;esa música&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;es de otra época.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Tú no tienes que ver nada con ella.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Y es lógico que llores, como lo haces,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;aunque no sepas, aunque no quieras confesar, por qué.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;(La Habana, abril de 1969)"&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-299945876956482984?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/299945876956482984'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/299945876956482984'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/01/inferno.html' title='Inferno'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-7493716670779238317</id><published>2008-01-08T13:59:00.002+01:00</published><updated>2009-04-25T07:55:56.784+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='éxodo'/><title type='text'>Mi árbol</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Para los indios de norteamérica era una incongruencia inconcebible que el ser humano pudiera creerse dueño de la tierra, de los ríos, de una montaña o un bosque. Yo pertenezco, en cambio, a la cultura que sí ha entendido siempre que se puede delimitar y hacer propia una parte de la naturaleza, del mundo. Lo aclaro para explicar que yo tengo un árbol.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;En realidad es tan mío como cualquiera de los innumerables árboles de esta ciudad en la que todavía habito lo es de cualquiera de sus ciudadanos. No da sombra en verano a un jardín tapiado al exterior. Al contrario, sus hojas cubrieron adoquines -asfalto ahora- cada otoño y reverdecen cada primavera entre paseantes. Desconozco a qué especie pertenece. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Durante años pasé a su lado sin reparar en su presencia. Durante los últimos ocho años he caminado bajo su copa al menos dos veces cada día. Fue poco después de iniciar este semoviente ritual diario que lo conocí. Y no lo vi. Lo olí. Fue su perfume el que me detuvo en mi ensimismamiento. Dulce y sutil. Primero busqué con la mirada un imposible macizo de flores en los alcorques. Solo cuando no lo hallé alcé los ojos y descubrí que las flores pendían sobre mi cabeza en apretados racimos verdes y amarillos. Aquélla fue mi primera sonrisa. Después vinieron las caricias. Cuando el día había sido duro, desviaba apenas la dirección de mis pasos, alargaba distraidamente mi brazo derecho y, sin detenerme ni mirarlo, las yemas de mis dedos rozaban apenas su corteza negra y surcada. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Fue mi árbol el primero que mi hija abrazó.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Hace unos meses, quizas algún año ya, apareció un círculo de pintura roja en su tronco que me turbó durante algún tiempo. Se me asemejaba a las cruces rojas de las puertas de los apestados. Imaginé sentencias de muerte para mi árbol dictadas por no sabía qué autoridades. Pero el tiempo fue pasando y no sufrió más cambios que los impuestos por las estaciones y las podas.&lt;br /&gt;Poco a poco se volvió un referente en mi geografía particular. Pero también se espaciaron las sonrisas y las caricias. Él siempre iba a estar ahí. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;No pensé que quien pudiera dejar de estar ahí fuese yo. Que fuese yo quien desapareciera del paseo, quien faltase a la cita del primer brote, de los quince días de floración, del desnudo del invierno. Mi árbol, lo sé, engrosará la ingencia de las cosas asoladas por el éxodo.&lt;br /&gt;Esta mañana, mucho antes de que saliera el sol, he vuelto a pasar bajo su silente figura. No había nadie que se preguntara qué hacía besándole.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-7493716670779238317?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7493716670779238317'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/7493716670779238317'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2008/01/mi-rbol.html' title='Mi árbol'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-333517050184181093</id><published>2007-12-17T13:48:00.003+01:00</published><updated>2009-04-25T07:55:01.014+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='señales'/><title type='text'>El caso del poema desaparecido.</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Hace mucho tiempo -tanto como quince años, si debemos creer la fecha de su dedicatoria- &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_0"&gt;Ossip&lt;/span&gt; me regaló un libro rojo y dorado. Se trata del &lt;em&gt;"Jorge Luis &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_1"&gt;Borges&lt;/span&gt;"&lt;/em&gt;, de Marcos Ricardo &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_2"&gt;Barnatán&lt;/span&gt;, publicado en 1972 por Ediciones &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_3"&gt;Júcar&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En él encontré&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;"A RAFAEL CANSINOS-&lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_4"&gt;ASSÉNS&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Larga y final andanza sobre la arrebatada exaltación del ala del viaducto.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;El viento, a nuestros pies, busca &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_5"&gt;velámenes&lt;/span&gt;,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;y las estrellas laten intensidad.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Bien paladeado el gusto de la noche, traspasados de sombra, vuelta ya una costumbre de nuestra carne la noche.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Noche &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_6"&gt;postrer&lt;/span&gt; de nuestro diálogo,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;antes de que nos separen las leguas.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Aun es nuestro el silencio&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;donde como praderas resplandecen las voces.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Aun el alba es un pájaro perdido&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;en la vileza más remota del mundo.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Última noche resguardada&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;del gran viento de ausencia.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Es trágica la entraña del adiós&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;como de todo acontecer en que es notorio el tiempo.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Es duro realizar que ni tendremos&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;en común las estrellas.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Cuando la tarde sea quietud en mi patio,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;de tus carillas surgirá la mañana.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Será la sombra de mi verano tu invierno&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;y tu luz será gloria de mi sombra.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Aun persistimos juntos.&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Aun las dos veces consiguen convivir,&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;como la intensidad y la ternura en las puestas de sol."&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco años antes, &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_7"&gt;Mimianna&lt;/span&gt; también había escogido la literatura para &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_8"&gt;obsequiarme&lt;/span&gt; y un ejemplar de la primera edición de las &lt;em&gt;"Obras Completas"&lt;/em&gt; de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_9"&gt;Borges&lt;/span&gt;, publicadas por &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_10"&gt;EMECE&lt;/span&gt; ese 1987, ya hacía tiempo que sufría mi lectura asidua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sorprendió, por tanto, que esos versos, que tocaban uno de mis temas recurrentes, no me fueran familiares. La -primera- explicación era sencilla. El poema, que Ricardo &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_11"&gt;Barnatán&lt;/span&gt; incluía en el libro &lt;em&gt;"Luna de Enfrente"&lt;/em&gt;, no aparecía ni en ese ni en cualquiera otro de los recopilados en las Obras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda explicación, el porqué de esta ausencia, no se me aparece tan sencilla. Es fácil recurrir a suposiciones lógicas y, por eso, pedestres: un simple olvido, un error de los responsables de la edición; o la posibilidad de que &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_12"&gt;Borges&lt;/span&gt; en vida o María &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_13"&gt;Kodama&lt;/span&gt;, después, hubieran abominado de un texto de juventud considerándolo desdeñable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas más explicaciones de esta naturaleza se pueden añadir, pero estamos hablando del autor de &lt;em&gt;"&lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_14"&gt;Tlön&lt;/span&gt;, &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_15"&gt;Uqbar&lt;/span&gt; y &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_16"&gt;Orbis&lt;/span&gt; &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_17"&gt;Tertius&lt;/span&gt;"&lt;/em&gt;, aquel que hizo asesinar a un gaucho para que la historia recrease la muerte del César. ¿Podemos conformarnos con tan leves interpretaciones? Yo, confieso, desde que descubrí esta distorsión en el continuo de la obra de &lt;span class="blsp-spelling-error" id="SPELLING_ERROR_18"&gt;Borges&lt;/span&gt;, releo estos versos con una mezcla de deleite y aprensión. Como lo que sentimos en la boca de estómago cuando nos asomamos, de pie, a un precipicio ante el mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí, este poema me abisma.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-333517050184181093?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/333517050184181093'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/333517050184181093'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2007/12/el-caso-del-poema-desaparecido.html' title='El caso del poema desaparecido.'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4816476453145570863.post-6350784339728421945</id><published>2007-12-14T08:34:00.004+01:00</published><updated>2009-04-25T07:54:15.803+01:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='laberinto'/><title type='text'>Ante la puerta del laberinto</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hoy tengo cuarenta años.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;No puedo afirmar que lo que llevo vivido haya sido un derroche de aventuras, viajes imposibles o grandes experiencias. Normalito, lo más. Aunque tampoco tengo derecho a la queja, ni por asomo. He conocido, y conozco, el amor largo en el tiempo, profundo, maduro y apasionado. Tengo una hija pequeña (¿necesitamos más explicaciones?). Hasta tengo la suerte de contar con algún amigo. No he sufrido guerras ni enfermedades y todavía no me falta ninguno de mis seres queridos. No tengo derecho a la queja, desde luego.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Pero hoy, que tengo cuarenta años, me encuentro a punto de iniciar un nuevo proyecto. Un cambio de vida. Y no sé si es cansancio lo que pesa en mis hombros. O miedo.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La puerta del laberinto se abre ya casi a mi espalda y me acabo de dar cuenta que no sobraría un ovillo, si no para volver, que volver es imposible, sí para mantener el nexo con lo que fui y urdir lo que puede que llegue a ser.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4816476453145570863-6350784339728421945?l=ovinadna.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6350784339728421945'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4816476453145570863/posts/default/6350784339728421945'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ovinadna.blogspot.com/2007/12/ante-la-puerta-del-laberinto.html' title='Ante la puerta del laberinto'/><author><name>Nadna</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15198494545654559291</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
