De él tan solo conozco su nombre, una vaga noticia de su vida y su muerte temprana y un poema. Es, desde luego, poca cosa, un bagaje muy parco. Normalmente debería haber caído en mi olvido, sepultado por otras muchas lecturas (y por mi cada vez peor memoria). No fue así. Al contrario: una osada afirmación a caballo entre dos versos del poema “A los neuróticos”, de Jorge Folch, me acompaña desde que lo leí por primera vez:
“Superviviente soy de la patricia
raza de los felices; …”
Era y es una declaración osada. Porque osadía parece que alguien se atreva a proclamarse feliz. Y no solo en nuestra época, en la que posmodernismos mal entendidos y estéticas de malditismos idolatrados irrogan un halo de atracción e incluso de belleza, de inteligencia, a la desdicha, a la tristeza, mientras que parece equiparar la felicidad a la estulticia. Ya Montaigne, tan pronto como en su segundo ensayo, denuncia la sobrevaloración del posado triste, de ese sentimiento, frente al alegre, que se toma por frívolo y poco adecuado para caballeros de noble cuna y altas miras y, con todo, él se quiere tan ajeno como sea posible a la tristeza.
Yo, como Folch y Montaigne, quiero cometer la osadía no solo de declararme feliz, sino de intentar serlo con todas mis fuerzas, con toda mi vida.
Camus considera que el hombre moderno se engaña al atribuirse a sí mismo el mérito de su felicidad. “El corazón humano tiene una enojosa tendencia a llamar destino solamente a lo que lo aplasta. Pero también la felicidad, a su manera, carece de razón, pues es inevitable”, afirma. Es una visión trágica y determinista de la existencia, marcada por el devenir de los acontecimientos, sobre el que no podemos influir en ningún sentido. Y nada podemos hacer, aparentemente, para provocarlos o evitarlos. Lo que haya de suceder, sucederá. La felicidad o infelicidad es, si mantenemos el argumento, una consecuencia objetiva de los hechos externos a nosotros, que acontecen a nuestro alrededor.
Yo no comparto su parecer (y lo siento, con lo mucho que me gusta su literatura, su independencia, su honestidad). Indiscutiblemente no está en nuestras manos que las circunstancias que envuelven nuestras vidas sean exactamente las que consideramos ideales para ser felices o, por el contrario, nos acontezcan hechos penosos. De hecho, la vida no solo es una sucesión de hechos afortunados y tristes, sino que normalmente es una mezcla continuada de unos y otros. En mayor o menor grado, en diferente proporción.
Sí nos pertenece, en cambio, la capacidad de modular nuestra vivencia, nuestra experiencia, cómo afrontamos los acontecimientos que nos acometen. Y ahí es donde disiento de mi querido francés. La felicidad y la tristeza son sensaciones. Son, por definición, impresiones subjetivas, una interpretación de la realidad externa. Pertenecen a esa otra realidad que es nuestra consciencia, la única realidad que existe para cada cual. A excepción de situaciones de extremo dolor (la muerte de un ser querido, no se me ocurre ninguna peor) en que nadie (en su sano juicio) puede encontrar ningún motivo de alegría, siempre es posible encontrar esas trazas, el rastro de la felicidad. Si lo que nos va ocurriendo es una mezcla desigual de hechos “objetivamente” positivos y negativos, de nosotros puede depender el esfuerzo de ahondar en lo que de positivo haya, de relativizar lo que de negativo.
Juan Villoro cita a Claudio Magris quien, al comentar un personaje de una novela de Italo Svevo afirma que “el dolor más intenso no es la infelicidad, sino la incapacidad de tender a la felicidad”. Somos, pues y en cierta medida, responsables de nuestra felicidad: es nuestro el mérito de ser felices o el demérito de la tristeza. Y así lo vivo, como una tarea vital. Vivir es, para mí, buscar la felicidad, pero no en un futuro quimérico, sino en ese presente tozudo que nos envuelve siempre. Es una actitud consciente, casi una tarea que me he de imponer en ocasiones, ésa de tender a la felicidad.
Pero, en ocasiones, las circunstancias nos relevan de la responsabilidad de ser felices.
Como estos días en que mis libros vuelven a saludarme desde un orden que recuerda (pero modifica) aquel de la vieja librería; en que Nenna vigila el nacimiento de los brotes del pequeño rosal que le hemos comprado, para la terraza. Estos días en que Mimianna y yo volvemos a dormir bajo un techo nuevo y nuestro.
Es fácil ser feliz ahora, que hemos vuelto a un nuevo hogar.
“Superviviente soy de la patricia
raza de los felices; …”
Era y es una declaración osada. Porque osadía parece que alguien se atreva a proclamarse feliz. Y no solo en nuestra época, en la que posmodernismos mal entendidos y estéticas de malditismos idolatrados irrogan un halo de atracción e incluso de belleza, de inteligencia, a la desdicha, a la tristeza, mientras que parece equiparar la felicidad a la estulticia. Ya Montaigne, tan pronto como en su segundo ensayo, denuncia la sobrevaloración del posado triste, de ese sentimiento, frente al alegre, que se toma por frívolo y poco adecuado para caballeros de noble cuna y altas miras y, con todo, él se quiere tan ajeno como sea posible a la tristeza.
Yo, como Folch y Montaigne, quiero cometer la osadía no solo de declararme feliz, sino de intentar serlo con todas mis fuerzas, con toda mi vida.
Camus considera que el hombre moderno se engaña al atribuirse a sí mismo el mérito de su felicidad. “El corazón humano tiene una enojosa tendencia a llamar destino solamente a lo que lo aplasta. Pero también la felicidad, a su manera, carece de razón, pues es inevitable”, afirma. Es una visión trágica y determinista de la existencia, marcada por el devenir de los acontecimientos, sobre el que no podemos influir en ningún sentido. Y nada podemos hacer, aparentemente, para provocarlos o evitarlos. Lo que haya de suceder, sucederá. La felicidad o infelicidad es, si mantenemos el argumento, una consecuencia objetiva de los hechos externos a nosotros, que acontecen a nuestro alrededor.
Yo no comparto su parecer (y lo siento, con lo mucho que me gusta su literatura, su independencia, su honestidad). Indiscutiblemente no está en nuestras manos que las circunstancias que envuelven nuestras vidas sean exactamente las que consideramos ideales para ser felices o, por el contrario, nos acontezcan hechos penosos. De hecho, la vida no solo es una sucesión de hechos afortunados y tristes, sino que normalmente es una mezcla continuada de unos y otros. En mayor o menor grado, en diferente proporción.
Sí nos pertenece, en cambio, la capacidad de modular nuestra vivencia, nuestra experiencia, cómo afrontamos los acontecimientos que nos acometen. Y ahí es donde disiento de mi querido francés. La felicidad y la tristeza son sensaciones. Son, por definición, impresiones subjetivas, una interpretación de la realidad externa. Pertenecen a esa otra realidad que es nuestra consciencia, la única realidad que existe para cada cual. A excepción de situaciones de extremo dolor (la muerte de un ser querido, no se me ocurre ninguna peor) en que nadie (en su sano juicio) puede encontrar ningún motivo de alegría, siempre es posible encontrar esas trazas, el rastro de la felicidad. Si lo que nos va ocurriendo es una mezcla desigual de hechos “objetivamente” positivos y negativos, de nosotros puede depender el esfuerzo de ahondar en lo que de positivo haya, de relativizar lo que de negativo.
Juan Villoro cita a Claudio Magris quien, al comentar un personaje de una novela de Italo Svevo afirma que “el dolor más intenso no es la infelicidad, sino la incapacidad de tender a la felicidad”. Somos, pues y en cierta medida, responsables de nuestra felicidad: es nuestro el mérito de ser felices o el demérito de la tristeza. Y así lo vivo, como una tarea vital. Vivir es, para mí, buscar la felicidad, pero no en un futuro quimérico, sino en ese presente tozudo que nos envuelve siempre. Es una actitud consciente, casi una tarea que me he de imponer en ocasiones, ésa de tender a la felicidad.
Pero, en ocasiones, las circunstancias nos relevan de la responsabilidad de ser felices.
Como estos días en que mis libros vuelven a saludarme desde un orden que recuerda (pero modifica) aquel de la vieja librería; en que Nenna vigila el nacimiento de los brotes del pequeño rosal que le hemos comprado, para la terraza. Estos días en que Mimianna y yo volvemos a dormir bajo un techo nuevo y nuestro.
Es fácil ser feliz ahora, que hemos vuelto a un nuevo hogar.
