martes, 7 de abril de 2009

¿Hojas secas en primavera?

“¡Que te compre quien te entienda!” es una exhortación que suelo dirigirme in pectore con una cierta asiduidad. Concretamente cada vez que sorprendo en mí una reacción, un estado de ánimo o unos pensamientos discordantes con los que se supondría lógicos en un momento dado. En mi descargo, debo añadir que, en la mayoría de los casos supone el inicio de una más o menos detenida consideración del asunto por mi parte y que, en muchas de las ocasiones, descubro que tales discordancias obedecen, en realidad, a otras razones quizás ocultas en primera instancia, pero tan lógicas en el fondo como las que más.

Lo explico, porque llevaba unos cuantos días en venta.

Ahora que lo peor del maremagnum ha pasado, que la mayoría de las cajas han desaparecido y su contenido empieza a ocupar el que probablemente será su lugar en la nueva casa, me sorprendía sufriendo un fenómeno de sinestesia (gracias te sean dadas, Ossip, por iluminarnos). Evoco (o, mejor, invoco) un paseo flanqueado por castaños de Indias enormes. El sendero se adivina de tierra bajo las hojas rojas que lo cubren. Es otoño. Y esa imagen va unida a una sensación de final, de despedida, que siempre he asociado a esa estación.

Y no deja de ser paradójico. Ahora que (por fin) estamos iniciando un nuevo proyecto, que tenemos la prueba fehaciente de ello en estas estancias que nos acogen y empiezan a sernos familiares, en las pequeñas rutinas que vamos instaurando. Ahora que es primavera. No deja de extrañar (en cualquiera de las acepciones del verbo) que no sea una sensación de renacimiento la que me acompañe. O no siempre. Ahora que nuestros libros y nuestros discos, nuestros cuadros, algunos muebles nos vuelven a acompañar…

O quizás sea eso. Porque esos son los libros, los cuadros y los muebles que nos acompañaban en la vieja casa. Y mientras estuvieron ocultos, mientras vivimos de prestado, como entre dos aguas, permanecieron callados. Pero ahora (re)ubicados en este nuevo espacio parecen expresar, hacer patente lo que sé, pero no sentía: que el éxodo ha acabado. Una de las sentencias que me temo que Nenna recordará de mí reza así: todo lo que empieza debe acabar (aunque espero que no sea lo único ni principal que recuerde de mí). Todo debe acabar para que empiece algo nuevo, añado. Cada objeto, cada costumbre retomada no hacen más que señalar que la casa vieja realmente se acabó. Ahora es obvio.

Y no hay nostalgia (o no mucha), solo constato un hecho. Y, de paso, me vuelvo a (auto)comprar, que no es poco.

Porque, además, queda mucho por hacer, mucho que vivir para llenar esta casa que todavía llamo nueva y que (probablemente) será la primera que recordará mi hija. Para que ella la llegue a llamar simple y llanamente la casa.