jueves, 23 de abril de 2009

Borges como laberinto

Yo era tan joven como inocente cuando lo conocí a Borges y cuando, más tarde, lo visité por primera vez. Aquel año yo tenía doce.

No miento cuando afirmo que recuerdo perfectamente la tarde invernal en la que leí “La casa de Asterión”, el texto que ejemplificaba el tema de la literatura hispanoamericana contemporánea, en el libro de Lengua y Literatura de séptimo. Mi escritorio de madera obscura. El flexo con la bombilla azul. El asombro del descubrimiento.

No creo en las casualidades (o cada vez creo menos que sean casualidades) y no dejaba de ser un texto (bien) escogido como muestra de su obra, pero lo cierto es que aquella primera lectura me deparó una basta visión de Borges, o de uno de los Borges posibles, al menos. Allí su (uso del) español inconfundible (y chocante al principio); la maestría de la narración; la genialidad de la anécdota y el desenlace. Pero, además y sobre todo, alguno de sus temas: el infinito (ya en la tercera frase), el yo y el yo como otro, el Universo caótico creado por un dios menor igualmente caótico, la mitología, la soledad intrínseca del individuo. Y el laberinto.

No creo en las casualidades y no fue casual que conociera a Borges con doce años, joven e inocente. Porque así aquel relato breve se me hizo inmenso. Y su lectura me produjo dos sensaciones antagónicas: por una parte la impresión de no haber llegado al fondo del asunto, de haberme perdido una parte fundamental pero oculta, reservada a ojos más avisados que los míos y, por otra, un cierto orgullo por haber comprendido, con todo, el misterio básico, la historia propuesta por el autor. Y todo ello, ese texto y aquella mi edad, prefiguraron mi relación con Borges.

Y no sé si fue por casualidad o porque me hubiese oído comentar mi admiración por el (para mí hasta ese entonces) desconocido escritor, pero fue MG quien, unos meses después, en mitad del verano, por mi santo me regaló “Ficciones”. Y aquella fue mi primera visita a Borges. Hay lecturas que arrasan, libros de los que emergemos diferentes, sabiendo que nunca volveremos a leer de la misma manera que antes. Largas, dificultosas, casi ininteligibles en muchas ocasiones, pero gigantescas, abismales, magnéticas, las historias de “Ficciones” se alzaron frente a mí como un templo extraño, precioso e inabarcable, que ocultara en su sancta sanctorum antiguos arcanos de sabiduría y belleza. Como una Petra con fábrica de palabras. “Las ruinas circulares”, “El jardín de los senderos que se bifurcan” o (especialmente) “La biblioteca de Babel” se encuentran todavía entre los relatos que más quiero entre todo lo que he leído.

No seguí un orden cronológico en el descubrimiento progresivo de la obra de Borges. A “Ficciones” siguió el “El informe de Brodie” y luego una selección de relatos que, a cargo de Emir Rodríguez Monegal y bajo el breve título de “Prosa”, publicó Círculo de Lectores. Fue este último libro el que me brindó la oportunidad de descubrir otros Borges. Junto al autor de relatos fantásticos, que usaba una erudición enjundiosa, que planteaba problemas insolubles, apareció el costumbrista, el de los relatos de pulpería, gauchos y cuchillos. Fue este último libro el que me decidió, el que me entregó a Borges (aunque no por lo costumbrista, sino a pesar de ello, más bien). Y llegaron después el Borges ensayista o el Borges poeta. O la yuxtaposición de los unos en los otros: relatos que son ensayos; poemas que son reflexiones filosóficas o estudios históricos o filológicos; conferencias novelescas… Las Mil y Una Noches junto a las kenningar, el budismo y Nietzsche, Buenos Aires con Ginebra, Dante, Colleridge, Lugones…

De Borges es probablemente del único autor del que puedo preciarme de haber leído (casi) la totalidad de su obra (junto con Juan Rulfo, pero en este último caso no tiene tanto mérito). Tanto la propia como la producida en colaboración. Puede que, con ello, haya cometido pecado de redundancia si creemos la opinión de Rodríguez Monegal quien, a modo de justificación de la arbitrariedad de su selección (olvidando, al parecer, que toda selección es necesariamente arbitraria y no necesita, por tanto, justificación) afirma que cualquier corte de Borges, cualquier cata de su obra, contiene en sí mismo la totalidad de Borges. Parece recordar una de las imágenes de dios que recoge el propio Borges: una esfera infinita en la que cualquiera de sus puntos es su propio centro.

Pero existe una imagen mejor de Borges, o su obra, en la propia obra de Borges: el monstruoso libro que es el objeto del relato “El libro de arena”. Un libro de infinitas hojas, sin principio ni fin, en el que es imposible volver a ojear la misma página una vez volteada. Tan vasto y tan profundo me parece su mundo, tantas las lecturas y sentidos que permite, que ningún texto es nunca el mismo que leí ayer (como yo tampoco soy exactamente la misma persona que fui ayer). Tampoco se agotarán, por tanto, las posibles lecturas futuras, distintas.

Leer Borges es como escuchar Bach. Hubo un tiempo en que me sorprendió las escasísimas referencias musicales que se pueden hallar en sus escritos. La música es la gran ausente para Borges. Una explicación borgianamente plausible sería especular con que el uno sería, en realidad, el trasunto del otro. Todo lo que es Bach para la música, lo es Borges para la literatura. La raepetitio ad infinitum del compositor, su búsqueda de dios en el orden perfecto de las notas, en las sutiles variaciones de las melodías, en el ritmo, el silencio, me recuerdan poderosamente la persistencia de los temas fundamentales de Borges a lo largo de sus libros, la elección de la palabra precisa forzando sutilmente su sentido más habitual… Borges no escribió sobre música, ni se interesó personalmente por ese arte jamás, porque sabía que Otro ya había colmado ese misterio insondable con el sonido. Bach no escribió nunca porque quizás intuyó que el Otro se encargaría de plasmarlo con palabras.

También el Borges lector. El ex libris de Ossip es circular y sus límites los marca una cita de Borges: “Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”. Borges afirmó en muchas ocasiones que prefería ser recordado como lector, no como escritor (aunque yo mantengo que se permitía caer en una impostura soberbia con ello: ¿Aspirar a ser recordado?). Umberto Eco confesó en una entrevista (que yo vi en una televisión en blanco y negro, un sábado por la mañana de hace veintiséis años) que pensaba en Borges cuando creó a Jorge, el monje ciego y psicópata de “El nombre de la Rosa”. No era necesaria esa sinceridad: una historia de libros, un texto repleto de citas auténticas y espurias, una biblioteca laberíntica… Al final del relato, Adso de Melk revisita, siendo ya un hombre maduro, las ruinas de la abadía que vio arder en su juventud y se encarama a los escombros que restan de la que fue su biblioteca. Allí, con peligro para su propia integridad, se dedica a recolectar folios sueltos, jirones, los fragmentos que el azar había conservado de aquellos libros. Después, a lo largo de su vida, cuando encuentra copias de esos libros, las atesora hasta llegar a conformar una pequeña biblioteca, imagen menor de la magnífica devastada, que sirvió, finalmente, de guía. Borges ha sido para mí, en muchas ocasiones, como esos restos, una indicación, un rastro que seguir hacia otros autores, otras lecturas. Lecturas contaminadas, en todo caso. ¿Cuántas veces me he sorprendido diciéndome “esto lo dice Borges” antes de caer en la cuenta que, en realidad, Borges citaba el texto que ahora leía yo, que leía, además, por indicación suya?

Muchas más palabras se pueden gastar para intentar aprehender qué es Borges (y muchas se han gastado, de hecho). Yo, en cambio, puedo reducir qué es Borges para mí en una sola: un laberinto. Ya no soy joven ni (espero) demasiado inocente, pero, cuando vuelvo a leerlo, me visitan de nuevo aquellas sensaciones que acompañaron mi primer encuentro con él. Aún en los pasajes más familiares y más queridos no puedo tener la seguridad de no hallar sorpresas inadvertidas hasta ese momento. No puedo evitar recordar al viejo Asterión, que jugaba a las visitas e iba mostrando su hogar a un huésped imposible y no siempre hallaba tras el recodo el lugar que esperaba y había anunciado. Como él, yo descubro cada vez nuevos rincones, vericuetos ocultos, luces y sombras diferentes. Transito por Borges después de tantos años y, después de tantos años, no me abandona aquella primera impresión esquiva. Algo se escapa. Mis ojos no son lo suficientemente avisados todavía. Los corredores y las salas, las escaleras de caracol y los sótanos de Borges siguen guardando y aguardando. Mío es el placer de calzar las sandalias y agotarlos de nuevo. Y sé que así seguirá siendo siempre en esa breve eternidad quimérica que es el futuro.