martes, 28 de abril de 2009

Ante la puerta del laberinto


Ya no tengo cuarenta años, ni volveré a tener esa edad jamás.

El tiempo que ha hilado este ovillo no ha visto grandes aventuras ni ningún viaje (más que al pasado, quizás). Sí una gran experiencia: una mudanza de vida (y seguir viviendo, con todo). El amor sigue acompañándome cada ínfimo momento. Mi hija ya no es tan pequeña. Continúo disfrutando de esa extraña tregua (que ya dura tanto) con el dolor y agradezco esa fortuna.

Cae la hora baja. Nenna se ha quedado dormida sobre el sofá que trajimos de la casa vieja, el trazo de un mechón cobrizo le cruza la frente. Mimianna en el terrado se ha ensimismado en el cielo violeta de esta hora, con la partitura del Stabat Mater de Pergolesi esperándola en el regazo. En el ordenador, mientras escribo, suenan las mínimas notas del “Tears in rain” que compuso Vangelis para la banda sonora de “Blade Runner”. Alzo la vista y hallo, tras el ventanal, más allá de la silueta de Mimianna, otra silueta que empieza a serme familiar: la de la serranía cercana, que nos encaja contra el mar, de la que ya conozco el nombre de algunos montes… Parecemos un cuadro de Rockwell, me digo. Y me parece bien. Hemos vuelto al hogar. De alguna manera.

Alzo la vista y contemplo el laberinto que hemos recorrido y el que se extiende frente a mí. Infinito y eterno como mi propia existencia. Casi incoherente recuerdo que todo lo que empieza debe acabar. Casi obsesivo se repite en mi memoria el sonido de las palabras de un poema de Salvador Espriu de título imposible: “Final del laberint”.

La travesía en la que me embarqué cuando extendí el ovillo ha acabado; recojo por tanto ésta su última hebra. Mi esperanza es que del silencio que ahora sobreviene nazca y me reconozca justificado y libre.