¡Qué ser ni que dejar de ser! ¡Qué, el tiempo, su paso o la memoria! ¡Qué melancolías, coincidencias, poemas desaparecidos, soñados u olvidados! ¡Qué variaciones ni suites ni canciones! ¡Qué Bach, Marías, Cortázar o el mismísimo Borges bendito! ¡Qué laberintos ni éxodos ni hebras ni zarandajas!
Lo realmente importante, lo vital, lo primero primerísimo de cualquier lista de prioridades es averiguar cómo conseguir subir al segundo piso un sofá de (exactamente) doscientos treinta y dos centímetros, de largo, cuarenta y ocho, de alto, y setenta y uno con cinco, de ancho, por una escalera de caracol de apenas metro y medio de diámetro, impenetrabilidad de la materia mediante.
(O peor: cómo conseguir desencajar el maldito sofá del maldito tercer peldaño de la maldita escalera y permitir que Mimianna baje aquí a pegarme por cabezota).
Lo realmente importante, lo vital, lo primero primerísimo de cualquier lista de prioridades es averiguar cómo conseguir subir al segundo piso un sofá de (exactamente) doscientos treinta y dos centímetros, de largo, cuarenta y ocho, de alto, y setenta y uno con cinco, de ancho, por una escalera de caracol de apenas metro y medio de diámetro, impenetrabilidad de la materia mediante.
(O peor: cómo conseguir desencajar el maldito sofá del maldito tercer peldaño de la maldita escalera y permitir que Mimianna baje aquí a pegarme por cabezota).
