lunes, 23 de marzo de 2009

La raza de los felices

De él tan solo conozco su nombre, una vaga noticia de su vida y su muerte temprana y un poema. Es, desde luego, poca cosa, un bagaje muy parco. Normalmente debería haber caído en mi olvido, sepultado por otras muchas lecturas (y por mi cada vez peor memoria). No fue así. Al contrario: una osada afirmación a caballo entre dos versos del poema “A los neuróticos”, de Jorge Folch, me acompaña desde que lo leí por primera vez:

Superviviente soy de la patricia
raza de los felices; …


Era y es una declaración osada. Porque osadía parece que alguien se atreva a proclamarse feliz. Y no solo en nuestra época, en la que posmodernismos mal entendidos y estéticas de malditismos idolatrados irrogan un halo de atracción e incluso de belleza, de inteligencia, a la desdicha, a la tristeza, mientras que parece equiparar la felicidad a la estulticia. Ya Montaigne, tan pronto como en su segundo ensayo, denuncia la sobrevaloración del posado triste, de ese sentimiento, frente al alegre, que se toma por frívolo y poco adecuado para caballeros de noble cuna y altas miras y, con todo, él se quiere tan ajeno como sea posible a la tristeza.

Yo, como Folch y Montaigne, quiero cometer la osadía no solo de declararme feliz, sino de intentar serlo con todas mis fuerzas, con toda mi vida.

Camus considera que el hombre moderno se engaña al atribuirse a sí mismo el mérito de su felicidad. “El corazón humano tiene una enojosa tendencia a llamar destino solamente a lo que lo aplasta. Pero también la felicidad, a su manera, carece de razón, pues es inevitable”, afirma. Es una visión trágica y determinista de la existencia, marcada por el devenir de los acontecimientos, sobre el que no podemos influir en ningún sentido. Y nada podemos hacer, aparentemente, para provocarlos o evitarlos. Lo que haya de suceder, sucederá. La felicidad o infelicidad es, si mantenemos el argumento, una consecuencia objetiva de los hechos externos a nosotros, que acontecen a nuestro alrededor.

Yo no comparto su parecer (y lo siento, con lo mucho que me gusta su literatura, su independencia, su honestidad). Indiscutiblemente no está en nuestras manos que las circunstancias que envuelven nuestras vidas sean exactamente las que consideramos ideales para ser felices o, por el contrario, nos acontezcan hechos penosos. De hecho, la vida no solo es una sucesión de hechos afortunados y tristes, sino que normalmente es una mezcla continuada de unos y otros. En mayor o menor grado, en diferente proporción.

Sí nos pertenece, en cambio, la capacidad de modular nuestra vivencia, nuestra experiencia, cómo afrontamos los acontecimientos que nos acometen. Y ahí es donde disiento de mi querido francés. La felicidad y la tristeza son sensaciones. Son, por definición, impresiones subjetivas, una interpretación de la realidad externa. Pertenecen a esa otra realidad que es nuestra consciencia, la única realidad que existe para cada cual. A excepción de situaciones de extremo dolor (la muerte de un ser querido, no se me ocurre ninguna peor) en que nadie (en su sano juicio) puede encontrar ningún motivo de alegría, siempre es posible encontrar esas trazas, el rastro de la felicidad. Si lo que nos va ocurriendo es una mezcla desigual de hechos “objetivamente” positivos y negativos, de nosotros puede depender el esfuerzo de ahondar en lo que de positivo haya, de relativizar lo que de negativo.

Juan Villoro cita a Claudio Magris quien, al comentar un personaje de una novela de Italo Svevo afirma que “el dolor más intenso no es la infelicidad, sino la incapacidad de tender a la felicidad”. Somos, pues y en cierta medida, responsables de nuestra felicidad: es nuestro el mérito de ser felices o el demérito de la tristeza. Y así lo vivo, como una tarea vital. Vivir es, para mí, buscar la felicidad, pero no en un futuro quimérico, sino en ese presente tozudo que nos envuelve siempre. Es una actitud consciente, casi una tarea que me he de imponer en ocasiones, ésa de tender a la felicidad.

Pero, en ocasiones, las circunstancias nos relevan de la responsabilidad de ser felices.

Como estos días en que mis libros vuelven a saludarme desde un orden que recuerda (pero modifica) aquel de la vieja librería; en que Nenna vigila el nacimiento de los brotes del pequeño rosal que le hemos comprado, para la terraza. Estos días en que Mimianna y yo volvemos a dormir bajo un techo nuevo y nuestro.

Es fácil ser feliz ahora, que hemos vuelto a un nuevo hogar.

domingo, 15 de marzo de 2009

That is the question

¡Qué ser ni que dejar de ser! ¡Qué, el tiempo, su paso o la memoria! ¡Qué melancolías, coincidencias, poemas desaparecidos, soñados u olvidados! ¡Qué variaciones ni suites ni canciones! ¡Qué Bach, Marías, Cortázar o el mismísimo Borges bendito! ¡Qué laberintos ni éxodos ni hebras ni zarandajas!

Lo realmente importante, lo vital, lo primero primerísimo de cualquier lista de prioridades es averiguar cómo conseguir subir al segundo piso un sofá de (exactamente) doscientos treinta y dos centímetros, de largo, cuarenta y ocho, de alto, y setenta y uno con cinco, de ancho, por una escalera de caracol de apenas metro y medio de diámetro, impenetrabilidad de la materia mediante.

(O peor: cómo conseguir desencajar el maldito sofá del maldito tercer peldaño de la maldita escalera y permitir que Mimianna baje aquí a pegarme por cabezota).

lunes, 2 de marzo de 2009

Ser y querer seguir siendo

No recuerdo porqué, pero sé que estoy debiéndole una elección a Vagalume desde hace meses. Desde nuestros principios prácticamente. No recuerdo porqué (y sería tan farragoso como inútil averiguarlo) me comprometí a decirle cuál de los sonetos de Quevedo era mi favorito. A escoger, por tanto, uno como favorito.

Han pasado los meses y no he cumplido ese compromiso, pero me he ocupado de ello. Sé que la Real Academia de la Lengua no incluye “revisitar” entre las miríadas de verbos que recoge su diccionario. Sé que es un anglicismo probablemente inútil e innecesario. Pero a mí me es querido y lo uso porque añade un matiz importante a otras palabras equiparables: recordar, rememorar, revivir, evocar… Revisitar, para mí, suma a la memoria, a la evocación, un viso de lejanía, de ausencia, de lo que podríamos considerar “estar de visita” en el pasado. Aunque sea el propio pasado. Ése es el sentido que otorgo al título de uno de mis libros más releídos: “Brideshead Revisited, the Sacred and Profane Memories of Captain Charles Ryder”, de Evelyn Waugh.

Pues bien, el cumplimiento de mi deuda con Vagalume me ha obligado, a lo largo de todo este tiempo, a dos placeres: revisitar los sonetos quevedianos y el invierno y la primavera de mis quince años.

En el segundo curso de bachillerato, Ossip, ‘Daam y yo coincidimos con un espécimen de profesor algo común en aquella institución de enseñanza: de los que se pasaban el programa por el arco del triunfo. No recuerdo su nombre, pero sí sus clases de literatura. Y toda la materia que estudiamos aquel año. Las “Coplas a la muerte de su padre”, de Manrique, durante el primer trimestre. Los sonetos de Quevedo, durante el segundo y tercero. Nada más (ni nada menos). El procedimiento era el siguiente: el primer día de clase de la semana nos encargaba el ejemplar que debía ser diseccionado. El siguiente hablaba de generalidades, reflexionaba en voz alta, divagaba sobre cualquier cosa o jugábamos a las etimologías: dado el sentido de las palabras de origen, explicitar el significado de la actual (antológica la respuesta de Olga: “antipirético”, del latín anti, contra, y el griego piros, fuego: bombero). El tercero y último día de la semana, procedía a valorar los resultados de nuestras disecciones (también conocidas como comentarios de texto) en una especie de foro en el que todos participábamos (y que, milagrosamente, no recuerdo como un guirigay).

El curso fue largo e ignoro si llegamos a estudiar todos los sonetos (porque ignoro cuántos escribió), pero seguro que cerca le anduvimos. Cualquiera consideraría aquel método como el ideal para echar a perder a toda una generación de futuros lectores de Quevedo. Creo que era Dámaso Alonso quien afirmaba que a los clásicos hay que llegar a una edad madura, con un cierto bagaje vital a la espalda para no agostarlos. Lo más lógico es que mis compañeros y yo hubiéramos quedado hastiados del maldito escritor. Pero mi profesor era mucho profesor e introdujo un elemento imprevisto, un acicate: la competencia. No entre los alumnos, sino con el autor. Se trataba de extraer el máximo de figuras retóricas del texto, el mayor número de sentidos, de lecturas… Entre nosotros manteníamos (y mantenemos) la convicción de que el de las antiparras no era consciente de haber depositado la mitad de los hallazgos que realizábamos entre sus palabras.

Y Quevedo se nos hizo nuestro. O sus sonetos, al menos.

No me ha sorprendido la dificultad de elegir uno, por tanto. De hecho, no creo en esas listas de los más mejores, del uno al cien, por orden… No es realmente necesario, ni real. A mí me gustan muchos de los sonetos de Quevedo, muchos de los libros que he leído, muchos de los días que he vivido. Solo me comprometería a definirme en una lista que pudiese incluir un solo elemento. Es Nenna la hija que más quiero (solo tengo una, claro).

Pero debo elegir uno. (¿Debo? Sí, porque a Vagalume se lo debo, que diría un alejandrino con epanadiplosis incluida (y que no es un egipcio con una enfermedad rara, conste)).

¿Qué criterio seguir? El meramente estético, tratándose de quien se trata me parece pobre. Por el tema, quizás. Pero no satíricos (que no son los que más me gustan). No de Carpe diem (tan banalizado como el pobre Walt Whitman, gracias a aquella terrible película, que tanto me gustó, que titularon aquí “El Club de los Poetas Muertos”). ¿De amor? ¿Políticos?.. Subjetivo, en cualquier caso, como cualquier elección.

Subjetivo. Por eso “¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?”. Aunque sea un poema triste y desesperanzado. O porque es triste y desesperanzado. Por su primer terceto. Por el último de los versos de ese terceto. Porque describe magistralmente el cansancio de vivir, de ser: “soy un fue, y un será y un es cansado”.

Porque es la antítesis perfecta, el negativo, de lo que deseo que me ocurra a mí. Se alza como un faro que marca bajíos peligrosos, una señal de atención para que no olvide el peligro, lo que quiero evitar. Ya que, por mucho que viva (y espero vivir mucho) no quiero llegar a cansarme de ser, de seguir siendo. Ni que me gane la tristeza y la desesperanza.

Así:

“¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
Las Horas mi locura esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde,
La salud y la edad hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
Y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
Hoy se está yendo sin parar un punto;
Soy un fue, y un será y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
Pañales y mortaja, y he quedado
Presentes sucesiones de difuntos.”