lunes 23 de febrero de 2009

Un mono

Yo tengo mis cosas. Es tan sabido como indiscutible. Hay quien, en el colmo de la desfachatez, no duda en incluirme en el selecto grupo de los raritos. Siempre he tenido esas opiniones como simplemente espurias, propias de correveidiles rastreros, de almas desagradecidas (de esas de las que está el mundo lleno, vamos).

Hasta hoy.

Una llamada de una (casi) desconocida. Y mi reacción a sus palabras. Y ese espíritu mío introspectivo tan alerta siempre, que tanto me caracteriza, que tanto me empuja (maleducadamente en las más de las ocasiones) al análisis, a la pregunta, al que no se le pasa una. Y la alarma. Achtung!, Warning! ¡Ojo! Que las palabras y la reacción, así a primeras, no concuerdan. Ni a segundas.

A no ser, claro está, que los embustes sobre mis cosas conserven un poso de algo parecido a la verdad. Tenue, quizás, pero turbio. A no ser que sea cierto que algo de rareza empañe mis actos, mis pensamientos. ¡Ay! (me he dicho).

Porque, si no ¿Cómo explicar ese sentimiento de libertad, de propia afirmación, de horizontes abiertos ante la noticia de que nos conceden otra hipoteca (la tercera con todo lo que supone y con la que está cayendo)? ¿A qué esa sonrisa? ¿Esa sensación de así-es-como-debe-ser?

Una desviación rarita, ya digo.

O quizás no tan desviada, no tan rarita y sí algo relacionado con cuidar a uno de mis propios monos. Uno que he elegido, con sus manías y sus consecuencias, pero mío. Aunque cueste un potosí (el condenado).