sábado 7 de febrero de 2009

Out by the Cape

Desde hace muchos años, Ossip y yo mantenemos un pequeño ritual para brindar en determinadas ocasiones. Nada aparatoso: sencillamente, quien haya escanciado clava sus ojos en los del otro y alzando su copa exclama: “Out by the Cape!”, a lo que debe responderse (con la misma intensidad en la mirada y en el tono, eso sí) “Home by the Horne!”. Acto seguido un pequeño trago, que la fórmula está reservada a espiritosos de tan alta calidad como graduación y ambos somos conscientes de nuestras limitaciones al respecto.

Out by the Cape, home by the Horne.

A mí me gusta especialmente este brindis. Por su eufonía que, de cierta manera, me parece tan rudamente adecuada para recrear el espíritu de los marinos que circunnavegaban la Tierra a vela en frágiles navíos de madera; que evoca el crujido de las maromas, el ulular de la galerna, el vaivén de las páginas de Melville, Defoe o Stevenson. También porque indefectiblemente preludia una larga singladura por la conversación de Ossip y eso (junto con los licores que calientan los cuencos de nuestras manos y algún otro privilegio) es uno de los mayores placeres que existen. Y por una pequeña tristeza que quiero adivinar en los ojos de los lobos de mar que debían invocarlo en el pasado. Porque, aun sabiéndolo, expresa un deseo imposible: la vuelta al hogar.

El retorno tras una larga ausencia es una quimera y así lo debían saber aquellos marinos que partían para viajes de varios años. Nada aseguraba que quienes les despedían en los muelles estarían allí para recibirlos de nuevo; que las plazas, los árboles, el paisaje coincidirían con la memoria que de ellos se llevaban. En realidad era seguro que el mundo que conocían, el hogar que abandonaban, habría desaparecido a su regreso. Si sobrevivían.

Pero no es solo eso, ni lo más importante. Si por un capricho juguetón de los dioses Ulises, al volver, hubiese pisado exactamente la misma arena de la playa de Itaca desde la que había partido tanto tiempo atrás, si Penélope no hubiese comenzado a tejer el primer tapiz, Telémaco fuese todavía un bebé, los salones ordenados tal y cómo los dejó, si revisitase su pasado, ni aun así Ulises podría volver. Porque ya no sería el joven rey que dejó su isla, porque sobre sus espaldas llevaría el peso de la guerra de los hombres, del canto de las sirenas, el conocimiento, la edad, el recuerdo de la despedida… Su mirada sería distinta. Él sería otro.

Como Ulises, nosotros también partimos continuamente para no volver nunca más. Desde nuestro nacimiento. Cada día. Pero no es hasta que debemos afrontar una separación que reparamos en ello. Es el gesto de la despedida el que rasga el velo. Lo que hasta entonces había sido ya no será nunca más.

La maldición de los emigrantes y los exilados no es únicamente la separación de su hogar, de sus seres queridos. El auténtico drama es la desaparición de aquel que fue su mundo, el que permanece en su memoria pero ya no es y cada vez irá siéndolo menos.

Valentine Heart” es una canción de Tanita Tikaram que, como el brindis, me gusta especialmente. El acompañamiento instrumental está a cargo de un piano, chelos y violines, empeñados en un obstinado bajo continuo, que solo rompen las cuerdas para envolver la voz que canta (pero, como diría Borges, esto hay que oirlo):
“I want to see you!
It’s so simple and plane
But I’ll come back and see you again”

como uno de esos propósitos que nos hacemos sabiendo que nunca cumpliremos, que nunca podremos cumplir. Es una pequeña canción triste y bella.

Como la mirada de los viejos navegantes, de los náufragos, de los emigrantes, los exilados. Como la de aquellos que, en algún momento, tuvimos que despedirnos, mirar atrás y descubrir que hace mucho que zarpamos hacia el Cabo.