Al comienzo de la Schwarzstrasse, a la espalda del Bastiongarten, en Salzburg, se alza un edificio de fachada agrisada por el hollín del tráfico. Los grandes ventanales verticales cegados por carteles publicitando horarios y programas y funciones. El amplio portal protegido por una escalinata y una marquesina.
Es la sede del Salzburg Marionetten Theatre.
El lugar donde Nenna asistió por primera vez a una representación de ópera. Dónde conoció a Pamina y Tamino y la Reina Obscura (que es como llama a la Reina de la Noche). Y a (su) Papageno. Allí dónde lloró desconsolada cuando acabó la música y se hizo la luz y desaparecieron las marionetas.
Y el lugar donde compré la grabación de la Flauta Mágica que acompañó su primerísima infancia (obsesivamente, en muchas ocasiones). Hasta que desapareció en el maremagnum de cajas en que se convirtió nuestra vida cuando abandonamos la que fue nuestra ciudad. Porque, aunque buscamos otras grabaciones y le insistíamos en que aquél también era Sarastro o Monóstatos, no eran los suyos. No aceptaba esos impostores: movían la boca. Y no tenían hilos.
Ha pasado (está pasando) tanto tiempo con nuestras vidas estibadas en cajas obscuras, que Nenna ya ha ido aprendiendo que aquellas eran marionetas, que las versiones que le proponemos también son verdaderas (todo lo que lo puede ser una ópera). Hasta habíamos creído que lo creía.
Hasta hoy.
Que estamos preparando el traslado definitivo. Que, de alguna manera, la ilusión vuelve a cosquillear. Que, de una caja que creíamos en otra parte ha surgido la carátula con la mueca socarrona de un Papageno de cartón piedra y, en su interior, el disco.
Hasta hoy que he llegado antes y me esperaba para darme una sorpresa. Y nos hemos sentado en un sofá que no es nuestro. Nenna desmadejada en mi regazo, mi mano entre las suyas. Y su uñita chascando suavemente el borde de la de mi pulgar. Un gesto que había olvidado. De cuando nos tumbábamos en aquel sí nuestro sofá a disfrutar de nuevo de Mozart y la memoria de Salzburg nos visitaba al hilo de las marionetas.
Al hilo de las marionetas nos visitará también el recuerdo de aquel hogar pasado. La felicidad del hogar inminente.
Es la sede del Salzburg Marionetten Theatre.
El lugar donde Nenna asistió por primera vez a una representación de ópera. Dónde conoció a Pamina y Tamino y la Reina Obscura (que es como llama a la Reina de la Noche). Y a (su) Papageno. Allí dónde lloró desconsolada cuando acabó la música y se hizo la luz y desaparecieron las marionetas.
Y el lugar donde compré la grabación de la Flauta Mágica que acompañó su primerísima infancia (obsesivamente, en muchas ocasiones). Hasta que desapareció en el maremagnum de cajas en que se convirtió nuestra vida cuando abandonamos la que fue nuestra ciudad. Porque, aunque buscamos otras grabaciones y le insistíamos en que aquél también era Sarastro o Monóstatos, no eran los suyos. No aceptaba esos impostores: movían la boca. Y no tenían hilos.
Ha pasado (está pasando) tanto tiempo con nuestras vidas estibadas en cajas obscuras, que Nenna ya ha ido aprendiendo que aquellas eran marionetas, que las versiones que le proponemos también son verdaderas (todo lo que lo puede ser una ópera). Hasta habíamos creído que lo creía.
Hasta hoy.
Que estamos preparando el traslado definitivo. Que, de alguna manera, la ilusión vuelve a cosquillear. Que, de una caja que creíamos en otra parte ha surgido la carátula con la mueca socarrona de un Papageno de cartón piedra y, en su interior, el disco.
Hasta hoy que he llegado antes y me esperaba para darme una sorpresa. Y nos hemos sentado en un sofá que no es nuestro. Nenna desmadejada en mi regazo, mi mano entre las suyas. Y su uñita chascando suavemente el borde de la de mi pulgar. Un gesto que había olvidado. De cuando nos tumbábamos en aquel sí nuestro sofá a disfrutar de nuevo de Mozart y la memoria de Salzburg nos visitaba al hilo de las marionetas.
Al hilo de las marionetas nos visitará también el recuerdo de aquel hogar pasado. La felicidad del hogar inminente.
