lunes, 23 de febrero de 2009

Un mono

Yo tengo mis cosas. Es tan sabido como indiscutible. Hay quien, en el colmo de la desfachatez, no duda en incluirme en el selecto grupo de los raritos. Siempre he tenido esas opiniones como simplemente espurias, propias de correveidiles rastreros, de almas desagradecidas (de esas de las que está el mundo lleno, vamos).

Hasta hoy.

Una llamada de una (casi) desconocida. Y mi reacción a sus palabras. Y ese espíritu mío introspectivo tan alerta siempre, que tanto me caracteriza, que tanto me empuja (maleducadamente en las más de las ocasiones) al análisis, a la pregunta, al que no se le pasa una. Y la alarma. Achtung!, Warning! ¡Ojo! Que las palabras y la reacción, así a primeras, no concuerdan. Ni a segundas.

A no ser, claro está, que los embustes sobre mis cosas conserven un poso de algo parecido a la verdad. Tenue, quizás, pero turbio. A no ser que sea cierto que algo de rareza empañe mis actos, mis pensamientos. ¡Ay! (me he dicho).

Porque, si no ¿Cómo explicar ese sentimiento de libertad, de propia afirmación, de horizontes abiertos ante la noticia de que nos conceden otra hipoteca (la tercera con todo lo que supone y con la que está cayendo)? ¿A qué esa sonrisa? ¿Esa sensación de así-es-como-debe-ser?

Una desviación rarita, ya digo.

O quizás no tan desviada, no tan rarita y sí algo relacionado con cuidar a uno de mis propios monos. Uno que he elegido, con sus manías y sus consecuencias, pero mío. Aunque cueste un potosí (el condenado).

lunes, 16 de febrero de 2009

Al hilo de las marionetas

Al comienzo de la Schwarzstrasse, a la espalda del Bastiongarten, en Salzburg, se alza un edificio de fachada agrisada por el hollín del tráfico. Los grandes ventanales verticales cegados por carteles publicitando horarios y programas y funciones. El amplio portal protegido por una escalinata y una marquesina.

Es la sede del Salzburg Marionetten Theatre.

El lugar donde Nenna asistió por primera vez a una representación de ópera. Dónde conoció a Pamina y Tamino y la Reina Obscura (que es como llama a la Reina de la Noche). Y a (su) Papageno. Allí dónde lloró desconsolada cuando acabó la música y se hizo la luz y desaparecieron las marionetas.

Y el lugar donde compré la grabación de la Flauta Mágica que acompañó su primerísima infancia (obsesivamente, en muchas ocasiones). Hasta que desapareció en el maremagnum de cajas en que se convirtió nuestra vida cuando abandonamos la que fue nuestra ciudad. Porque, aunque buscamos otras grabaciones y le insistíamos en que aquél también era Sarastro o Monóstatos, no eran los suyos. No aceptaba esos impostores: movían la boca. Y no tenían hilos.

Ha pasado (está pasando) tanto tiempo con nuestras vidas estibadas en cajas obscuras, que Nenna ya ha ido aprendiendo que aquellas eran marionetas, que las versiones que le proponemos también son verdaderas (todo lo que lo puede ser una ópera). Hasta habíamos creído que lo creía.

Hasta hoy.

Que estamos preparando el traslado definitivo. Que, de alguna manera, la ilusión vuelve a cosquillear. Que, de una caja que creíamos en otra parte ha surgido la carátula con la mueca socarrona de un Papageno de cartón piedra y, en su interior, el disco.

Hasta hoy que he llegado antes y me esperaba para darme una sorpresa. Y nos hemos sentado en un sofá que no es nuestro. Nenna desmadejada en mi regazo, mi mano entre las suyas. Y su uñita chascando suavemente el borde de la de mi pulgar. Un gesto que había olvidado. De cuando nos tumbábamos en aquel sí nuestro sofá a disfrutar de nuevo de Mozart y la memoria de Salzburg nos visitaba al hilo de las marionetas.

Al hilo de las marionetas nos visitará también el recuerdo de aquel hogar pasado. La felicidad del hogar inminente.

sábado, 7 de febrero de 2009

Out by the Cape

Desde hace muchos años, Ossip y yo mantenemos un pequeño ritual para brindar en determinadas ocasiones. Nada aparatoso: sencillamente, quien haya escanciado clava sus ojos en los del otro y alzando su copa exclama: “Out by the Cape!”, a lo que debe responderse (con la misma intensidad en la mirada y en el tono, eso sí) “Home by the Horne!”. Acto seguido un pequeño trago, que la fórmula está reservada a espiritosos de tan alta calidad como graduación y ambos somos conscientes de nuestras limitaciones al respecto.

Out by the Cape, home by the Horne.

A mí me gusta especialmente este brindis. Por su eufonía que, de cierta manera, me parece tan rudamente adecuada para recrear el espíritu de los marinos que circunnavegaban la Tierra a vela en frágiles navíos de madera; que evoca el crujido de las maromas, el ulular de la galerna, el vaivén de las páginas de Melville, Defoe o Stevenson. También porque indefectiblemente preludia una larga singladura por la conversación de Ossip y eso (junto con los licores que calientan los cuencos de nuestras manos y algún otro privilegio) es uno de los mayores placeres que existen. Y por una pequeña tristeza que quiero adivinar en los ojos de los lobos de mar que debían invocarlo en el pasado. Porque, aun sabiéndolo, expresa un deseo imposible: la vuelta al hogar.

El retorno tras una larga ausencia es una quimera y así lo debían saber aquellos marinos que partían para viajes de varios años. Nada aseguraba que quienes les despedían en los muelles estarían allí para recibirlos de nuevo; que las plazas, los árboles, el paisaje coincidirían con la memoria que de ellos se llevaban. En realidad era seguro que el mundo que conocían, el hogar que abandonaban, habría desaparecido a su regreso. Si sobrevivían.

Pero no es solo eso, ni lo más importante. Si por un capricho juguetón de los dioses Ulises, al volver, hubiese pisado exactamente la misma arena de la playa de Itaca desde la que había partido tanto tiempo atrás, si Penélope no hubiese comenzado a tejer el primer tapiz, Telémaco fuese todavía un bebé, los salones ordenados tal y cómo los dejó, si revisitase su pasado, ni aun así Ulises podría volver. Porque ya no sería el joven rey que dejó su isla, porque sobre sus espaldas llevaría el peso de la guerra de los hombres, del canto de las sirenas, el conocimiento, la edad, el recuerdo de la despedida… Su mirada sería distinta. Él sería otro.

Como Ulises, nosotros también partimos continuamente para no volver nunca más. Desde nuestro nacimiento. Cada día. Pero no es hasta que debemos afrontar una separación que reparamos en ello. Es el gesto de la despedida el que rasga el velo. Lo que hasta entonces había sido ya no será nunca más.

La maldición de los emigrantes y los exilados no es únicamente la separación de su hogar, de sus seres queridos. El auténtico drama es la desaparición de aquel que fue su mundo, el que permanece en su memoria pero ya no es y cada vez irá siéndolo menos.

Valentine Heart” es una canción de Tanita Tikaram que, como el brindis, me gusta especialmente. El acompañamiento instrumental está a cargo de un piano, chelos y violines, empeñados en un obstinado bajo continuo, que solo rompen las cuerdas para envolver la voz que canta (pero, como diría Borges, esto hay que oirlo):
“I want to see you!
It’s so simple and plane
But I’ll come back and see you again”

como uno de esos propósitos que nos hacemos sabiendo que nunca cumpliremos, que nunca podremos cumplir. Es una pequeña canción triste y bella.

Como la mirada de los viejos navegantes, de los náufragos, de los emigrantes, los exilados. Como la de aquellos que, en algún momento, tuvimos que despedirnos, mirar atrás y descubrir que hace mucho que zarpamos hacia el Cabo.