martes, 6 de enero de 2009

Newgrange

Cuando el tiempo ya se cumplía y acababan los días y las distancias, las reuniones, las bienvenidas y las despedidas, los hartazgos, el exceso y las aglomeraciones, Mimianna y yo nos sentábamos en el sofá de casa, descorchábamos una botella y, cada noche de cada cinco de enero escribíamos nuestra carta a los reyes.

A solas.

Era, por supuesto, una carta petitoria, pero evitábamos caer en la ingenuidad. Nada de que nos tocase la lotería o que se solucionasen los problemas por arte de birlibirloque. Nada de cambiar el coche. Nada, en realidad, de deseos, pues no creíamos en su cumplimiento. Sí propósitos.

Más tiempo. Más cariño. Que nos comprendamos allá donde disentimos. Mayor esfuerzo. Más risas. Un hogar. Un camino (común pero distinto). Aprender. Conocernos, encontrarnos, ubicarnos (y reconocernos, reencontrarnos, reubicarnos). Seguir amándonos.

Luego poníamos nuestros mejores zapatos frente al balcón, con un poco de comida y de bebida. Y la carta.

Y, a solas, nos íbamos a nuestra habitación a descansar. Las luces de Navidad apagadas. Sin adornos la casa. Pero sabiendo que quien despertara a medianoche (esa medianoche) sorprendería una sonrisa esperanzada en la quieta respiración cercana.

Desde tiempos inmemoriales, desde que convivimos, éste ha sido nuestro auténtico rito de inicio del año. Nuestro Newgrange particular.

Hasta anoche. Que no tenemos (todavía) sofá, ni copa, ni casa. Ni espacio. Ni tuvimos carta: la dejamos pendiente para ese tiempo imposible que es el futuro. Aunque habría sido breve y, por una vez, con un simple deseo.

Que llegue ese futuro (como lo imaginamos).

(Tal vez esta hebra y la ilusión de Nenna esta mañana compensen. De alguna manera)