martes, 28 de abril de 2009

Ante la puerta del laberinto


Ya no tengo cuarenta años, ni volveré a tener esa edad jamás.

El tiempo que ha hilado este ovillo no ha visto grandes aventuras ni ningún viaje (más que al pasado, quizás). Sí una gran experiencia: una mudanza de vida (y seguir viviendo, con todo). El amor sigue acompañándome cada ínfimo momento. Mi hija ya no es tan pequeña. Continúo disfrutando de esa extraña tregua (que ya dura tanto) con el dolor y agradezco esa fortuna.

Cae la hora baja. Nenna se ha quedado dormida sobre el sofá que trajimos de la casa vieja, el trazo de un mechón cobrizo le cruza la frente. Mimianna en el terrado se ha ensimismado en el cielo violeta de esta hora, con la partitura del Stabat Mater de Pergolesi esperándola en el regazo. En el ordenador, mientras escribo, suenan las mínimas notas del “Tears in rain” que compuso Vangelis para la banda sonora de “Blade Runner”. Alzo la vista y hallo, tras el ventanal, más allá de la silueta de Mimianna, otra silueta que empieza a serme familiar: la de la serranía cercana, que nos encaja contra el mar, de la que ya conozco el nombre de algunos montes… Parecemos un cuadro de Rockwell, me digo. Y me parece bien. Hemos vuelto al hogar. De alguna manera.

Alzo la vista y contemplo el laberinto que hemos recorrido y el que se extiende frente a mí. Infinito y eterno como mi propia existencia. Casi incoherente recuerdo que todo lo que empieza debe acabar. Casi obsesivo se repite en mi memoria el sonido de las palabras de un poema de Salvador Espriu de título imposible: “Final del laberint”.

La travesía en la que me embarqué cuando extendí el ovillo ha acabado; recojo por tanto ésta su última hebra. Mi esperanza es que del silencio que ahora sobreviene nazca y me reconozca justificado y libre.

jueves, 23 de abril de 2009

Borges como laberinto

Yo era tan joven como inocente cuando lo conocí a Borges y cuando, más tarde, lo visité por primera vez. Aquel año yo tenía doce.

No miento cuando afirmo que recuerdo perfectamente la tarde invernal en la que leí “La casa de Asterión”, el texto que ejemplificaba el tema de la literatura hispanoamericana contemporánea, en el libro de Lengua y Literatura de séptimo. Mi escritorio de madera obscura. El flexo con la bombilla azul. El asombro del descubrimiento.

No creo en las casualidades (o cada vez creo menos que sean casualidades) y no dejaba de ser un texto (bien) escogido como muestra de su obra, pero lo cierto es que aquella primera lectura me deparó una basta visión de Borges, o de uno de los Borges posibles, al menos. Allí su (uso del) español inconfundible (y chocante al principio); la maestría de la narración; la genialidad de la anécdota y el desenlace. Pero, además y sobre todo, alguno de sus temas: el infinito (ya en la tercera frase), el yo y el yo como otro, el Universo caótico creado por un dios menor igualmente caótico, la mitología, la soledad intrínseca del individuo. Y el laberinto.

No creo en las casualidades y no fue casual que conociera a Borges con doce años, joven e inocente. Porque así aquel relato breve se me hizo inmenso. Y su lectura me produjo dos sensaciones antagónicas: por una parte la impresión de no haber llegado al fondo del asunto, de haberme perdido una parte fundamental pero oculta, reservada a ojos más avisados que los míos y, por otra, un cierto orgullo por haber comprendido, con todo, el misterio básico, la historia propuesta por el autor. Y todo ello, ese texto y aquella mi edad, prefiguraron mi relación con Borges.

Y no sé si fue por casualidad o porque me hubiese oído comentar mi admiración por el (para mí hasta ese entonces) desconocido escritor, pero fue MG quien, unos meses después, en mitad del verano, por mi santo me regaló “Ficciones”. Y aquella fue mi primera visita a Borges. Hay lecturas que arrasan, libros de los que emergemos diferentes, sabiendo que nunca volveremos a leer de la misma manera que antes. Largas, dificultosas, casi ininteligibles en muchas ocasiones, pero gigantescas, abismales, magnéticas, las historias de “Ficciones” se alzaron frente a mí como un templo extraño, precioso e inabarcable, que ocultara en su sancta sanctorum antiguos arcanos de sabiduría y belleza. Como una Petra con fábrica de palabras. “Las ruinas circulares”, “El jardín de los senderos que se bifurcan” o (especialmente) “La biblioteca de Babel” se encuentran todavía entre los relatos que más quiero entre todo lo que he leído.

No seguí un orden cronológico en el descubrimiento progresivo de la obra de Borges. A “Ficciones” siguió el “El informe de Brodie” y luego una selección de relatos que, a cargo de Emir Rodríguez Monegal y bajo el breve título de “Prosa”, publicó Círculo de Lectores. Fue este último libro el que me brindó la oportunidad de descubrir otros Borges. Junto al autor de relatos fantásticos, que usaba una erudición enjundiosa, que planteaba problemas insolubles, apareció el costumbrista, el de los relatos de pulpería, gauchos y cuchillos. Fue este último libro el que me decidió, el que me entregó a Borges (aunque no por lo costumbrista, sino a pesar de ello, más bien). Y llegaron después el Borges ensayista o el Borges poeta. O la yuxtaposición de los unos en los otros: relatos que son ensayos; poemas que son reflexiones filosóficas o estudios históricos o filológicos; conferencias novelescas… Las Mil y Una Noches junto a las kenningar, el budismo y Nietzsche, Buenos Aires con Ginebra, Dante, Colleridge, Lugones…

De Borges es probablemente del único autor del que puedo preciarme de haber leído (casi) la totalidad de su obra (junto con Juan Rulfo, pero en este último caso no tiene tanto mérito). Tanto la propia como la producida en colaboración. Puede que, con ello, haya cometido pecado de redundancia si creemos la opinión de Rodríguez Monegal quien, a modo de justificación de la arbitrariedad de su selección (olvidando, al parecer, que toda selección es necesariamente arbitraria y no necesita, por tanto, justificación) afirma que cualquier corte de Borges, cualquier cata de su obra, contiene en sí mismo la totalidad de Borges. Parece recordar una de las imágenes de dios que recoge el propio Borges: una esfera infinita en la que cualquiera de sus puntos es su propio centro.

Pero existe una imagen mejor de Borges, o su obra, en la propia obra de Borges: el monstruoso libro que es el objeto del relato “El libro de arena”. Un libro de infinitas hojas, sin principio ni fin, en el que es imposible volver a ojear la misma página una vez volteada. Tan vasto y tan profundo me parece su mundo, tantas las lecturas y sentidos que permite, que ningún texto es nunca el mismo que leí ayer (como yo tampoco soy exactamente la misma persona que fui ayer). Tampoco se agotarán, por tanto, las posibles lecturas futuras, distintas.

Leer Borges es como escuchar Bach. Hubo un tiempo en que me sorprendió las escasísimas referencias musicales que se pueden hallar en sus escritos. La música es la gran ausente para Borges. Una explicación borgianamente plausible sería especular con que el uno sería, en realidad, el trasunto del otro. Todo lo que es Bach para la música, lo es Borges para la literatura. La raepetitio ad infinitum del compositor, su búsqueda de dios en el orden perfecto de las notas, en las sutiles variaciones de las melodías, en el ritmo, el silencio, me recuerdan poderosamente la persistencia de los temas fundamentales de Borges a lo largo de sus libros, la elección de la palabra precisa forzando sutilmente su sentido más habitual… Borges no escribió sobre música, ni se interesó personalmente por ese arte jamás, porque sabía que Otro ya había colmado ese misterio insondable con el sonido. Bach no escribió nunca porque quizás intuyó que el Otro se encargaría de plasmarlo con palabras.

También el Borges lector. El ex libris de Ossip es circular y sus límites los marca una cita de Borges: “Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”. Borges afirmó en muchas ocasiones que prefería ser recordado como lector, no como escritor (aunque yo mantengo que se permitía caer en una impostura soberbia con ello: ¿Aspirar a ser recordado?). Umberto Eco confesó en una entrevista (que yo vi en una televisión en blanco y negro, un sábado por la mañana de hace veintiséis años) que pensaba en Borges cuando creó a Jorge, el monje ciego y psicópata de “El nombre de la Rosa”. No era necesaria esa sinceridad: una historia de libros, un texto repleto de citas auténticas y espurias, una biblioteca laberíntica… Al final del relato, Adso de Melk revisita, siendo ya un hombre maduro, las ruinas de la abadía que vio arder en su juventud y se encarama a los escombros que restan de la que fue su biblioteca. Allí, con peligro para su propia integridad, se dedica a recolectar folios sueltos, jirones, los fragmentos que el azar había conservado de aquellos libros. Después, a lo largo de su vida, cuando encuentra copias de esos libros, las atesora hasta llegar a conformar una pequeña biblioteca, imagen menor de la magnífica devastada, que sirvió, finalmente, de guía. Borges ha sido para mí, en muchas ocasiones, como esos restos, una indicación, un rastro que seguir hacia otros autores, otras lecturas. Lecturas contaminadas, en todo caso. ¿Cuántas veces me he sorprendido diciéndome “esto lo dice Borges” antes de caer en la cuenta que, en realidad, Borges citaba el texto que ahora leía yo, que leía, además, por indicación suya?

Muchas más palabras se pueden gastar para intentar aprehender qué es Borges (y muchas se han gastado, de hecho). Yo, en cambio, puedo reducir qué es Borges para mí en una sola: un laberinto. Ya no soy joven ni (espero) demasiado inocente, pero, cuando vuelvo a leerlo, me visitan de nuevo aquellas sensaciones que acompañaron mi primer encuentro con él. Aún en los pasajes más familiares y más queridos no puedo tener la seguridad de no hallar sorpresas inadvertidas hasta ese momento. No puedo evitar recordar al viejo Asterión, que jugaba a las visitas e iba mostrando su hogar a un huésped imposible y no siempre hallaba tras el recodo el lugar que esperaba y había anunciado. Como él, yo descubro cada vez nuevos rincones, vericuetos ocultos, luces y sombras diferentes. Transito por Borges después de tantos años y, después de tantos años, no me abandona aquella primera impresión esquiva. Algo se escapa. Mis ojos no son lo suficientemente avisados todavía. Los corredores y las salas, las escaleras de caracol y los sótanos de Borges siguen guardando y aguardando. Mío es el placer de calzar las sandalias y agotarlos de nuevo. Y sé que así seguirá siendo siempre en esa breve eternidad quimérica que es el futuro.

lunes, 20 de abril de 2009

Mimianna canta

Ya todo es silencio.

Subrayado, que no roto por alguna tos esporádica. Cesaron los aplausos de bienvenida y la bella cacofonía de la orquesta afinando. He cumplido la explicación para Nenna y se ha calmado su impaciencia.

Han pasado la búsqueda atroz de la sala y los problemas de logística; sus largos días de trabajo, de estudio, los ensayos, los disgustos. Atrás quedan los miedos y los nervios y el cansancio y las dudas y esa tristeza por un pasado que no fue, por la duda de que el futuro sea.

Y fuera quedan también mi propio cansancio, los problemas, el trabajo, mis dudas. El mundo y la vida.

Ya todo es silencio y en la obscuridad radiante su figura y sus ojos. La sonrisa al director.

Y todo se detiene.

Mimianna canta.

martes, 7 de abril de 2009

¿Hojas secas en primavera?

“¡Que te compre quien te entienda!” es una exhortación que suelo dirigirme in pectore con una cierta asiduidad. Concretamente cada vez que sorprendo en mí una reacción, un estado de ánimo o unos pensamientos discordantes con los que se supondría lógicos en un momento dado. En mi descargo, debo añadir que, en la mayoría de los casos supone el inicio de una más o menos detenida consideración del asunto por mi parte y que, en muchas de las ocasiones, descubro que tales discordancias obedecen, en realidad, a otras razones quizás ocultas en primera instancia, pero tan lógicas en el fondo como las que más.

Lo explico, porque llevaba unos cuantos días en venta.

Ahora que lo peor del maremagnum ha pasado, que la mayoría de las cajas han desaparecido y su contenido empieza a ocupar el que probablemente será su lugar en la nueva casa, me sorprendía sufriendo un fenómeno de sinestesia (gracias te sean dadas, Ossip, por iluminarnos). Evoco (o, mejor, invoco) un paseo flanqueado por castaños de Indias enormes. El sendero se adivina de tierra bajo las hojas rojas que lo cubren. Es otoño. Y esa imagen va unida a una sensación de final, de despedida, que siempre he asociado a esa estación.

Y no deja de ser paradójico. Ahora que (por fin) estamos iniciando un nuevo proyecto, que tenemos la prueba fehaciente de ello en estas estancias que nos acogen y empiezan a sernos familiares, en las pequeñas rutinas que vamos instaurando. Ahora que es primavera. No deja de extrañar (en cualquiera de las acepciones del verbo) que no sea una sensación de renacimiento la que me acompañe. O no siempre. Ahora que nuestros libros y nuestros discos, nuestros cuadros, algunos muebles nos vuelven a acompañar…

O quizás sea eso. Porque esos son los libros, los cuadros y los muebles que nos acompañaban en la vieja casa. Y mientras estuvieron ocultos, mientras vivimos de prestado, como entre dos aguas, permanecieron callados. Pero ahora (re)ubicados en este nuevo espacio parecen expresar, hacer patente lo que sé, pero no sentía: que el éxodo ha acabado. Una de las sentencias que me temo que Nenna recordará de mí reza así: todo lo que empieza debe acabar (aunque espero que no sea lo único ni principal que recuerde de mí). Todo debe acabar para que empiece algo nuevo, añado. Cada objeto, cada costumbre retomada no hacen más que señalar que la casa vieja realmente se acabó. Ahora es obvio.

Y no hay nostalgia (o no mucha), solo constato un hecho. Y, de paso, me vuelvo a (auto)comprar, que no es poco.

Porque, además, queda mucho por hacer, mucho que vivir para llenar esta casa que todavía llamo nueva y que (probablemente) será la primera que recordará mi hija. Para que ella la llegue a llamar simple y llanamente la casa.

lunes, 23 de marzo de 2009

La raza de los felices

De él tan solo conozco su nombre, una vaga noticia de su vida y su muerte temprana y un poema. Es, desde luego, poca cosa, un bagaje muy parco. Normalmente debería haber caído en mi olvido, sepultado por otras muchas lecturas (y por mi cada vez peor memoria). No fue así. Al contrario: una osada afirmación a caballo entre dos versos del poema “A los neuróticos”, de Jorge Folch, me acompaña desde que lo leí por primera vez:

Superviviente soy de la patricia
raza de los felices; …


Era y es una declaración osada. Porque osadía parece que alguien se atreva a proclamarse feliz. Y no solo en nuestra época, en la que posmodernismos mal entendidos y estéticas de malditismos idolatrados irrogan un halo de atracción e incluso de belleza, de inteligencia, a la desdicha, a la tristeza, mientras que parece equiparar la felicidad a la estulticia. Ya Montaigne, tan pronto como en su segundo ensayo, denuncia la sobrevaloración del posado triste, de ese sentimiento, frente al alegre, que se toma por frívolo y poco adecuado para caballeros de noble cuna y altas miras y, con todo, él se quiere tan ajeno como sea posible a la tristeza.

Yo, como Folch y Montaigne, quiero cometer la osadía no solo de declararme feliz, sino de intentar serlo con todas mis fuerzas, con toda mi vida.

Camus considera que el hombre moderno se engaña al atribuirse a sí mismo el mérito de su felicidad. “El corazón humano tiene una enojosa tendencia a llamar destino solamente a lo que lo aplasta. Pero también la felicidad, a su manera, carece de razón, pues es inevitable”, afirma. Es una visión trágica y determinista de la existencia, marcada por el devenir de los acontecimientos, sobre el que no podemos influir en ningún sentido. Y nada podemos hacer, aparentemente, para provocarlos o evitarlos. Lo que haya de suceder, sucederá. La felicidad o infelicidad es, si mantenemos el argumento, una consecuencia objetiva de los hechos externos a nosotros, que acontecen a nuestro alrededor.

Yo no comparto su parecer (y lo siento, con lo mucho que me gusta su literatura, su independencia, su honestidad). Indiscutiblemente no está en nuestras manos que las circunstancias que envuelven nuestras vidas sean exactamente las que consideramos ideales para ser felices o, por el contrario, nos acontezcan hechos penosos. De hecho, la vida no solo es una sucesión de hechos afortunados y tristes, sino que normalmente es una mezcla continuada de unos y otros. En mayor o menor grado, en diferente proporción.

Sí nos pertenece, en cambio, la capacidad de modular nuestra vivencia, nuestra experiencia, cómo afrontamos los acontecimientos que nos acometen. Y ahí es donde disiento de mi querido francés. La felicidad y la tristeza son sensaciones. Son, por definición, impresiones subjetivas, una interpretación de la realidad externa. Pertenecen a esa otra realidad que es nuestra consciencia, la única realidad que existe para cada cual. A excepción de situaciones de extremo dolor (la muerte de un ser querido, no se me ocurre ninguna peor) en que nadie (en su sano juicio) puede encontrar ningún motivo de alegría, siempre es posible encontrar esas trazas, el rastro de la felicidad. Si lo que nos va ocurriendo es una mezcla desigual de hechos “objetivamente” positivos y negativos, de nosotros puede depender el esfuerzo de ahondar en lo que de positivo haya, de relativizar lo que de negativo.

Juan Villoro cita a Claudio Magris quien, al comentar un personaje de una novela de Italo Svevo afirma que “el dolor más intenso no es la infelicidad, sino la incapacidad de tender a la felicidad”. Somos, pues y en cierta medida, responsables de nuestra felicidad: es nuestro el mérito de ser felices o el demérito de la tristeza. Y así lo vivo, como una tarea vital. Vivir es, para mí, buscar la felicidad, pero no en un futuro quimérico, sino en ese presente tozudo que nos envuelve siempre. Es una actitud consciente, casi una tarea que me he de imponer en ocasiones, ésa de tender a la felicidad.

Pero, en ocasiones, las circunstancias nos relevan de la responsabilidad de ser felices.

Como estos días en que mis libros vuelven a saludarme desde un orden que recuerda (pero modifica) aquel de la vieja librería; en que Nenna vigila el nacimiento de los brotes del pequeño rosal que le hemos comprado, para la terraza. Estos días en que Mimianna y yo volvemos a dormir bajo un techo nuevo y nuestro.

Es fácil ser feliz ahora, que hemos vuelto a un nuevo hogar.

domingo, 15 de marzo de 2009

That is the question

¡Qué ser ni que dejar de ser! ¡Qué, el tiempo, su paso o la memoria! ¡Qué melancolías, coincidencias, poemas desaparecidos, soñados u olvidados! ¡Qué variaciones ni suites ni canciones! ¡Qué Bach, Marías, Cortázar o el mismísimo Borges bendito! ¡Qué laberintos ni éxodos ni hebras ni zarandajas!

Lo realmente importante, lo vital, lo primero primerísimo de cualquier lista de prioridades es averiguar cómo conseguir subir al segundo piso un sofá de (exactamente) doscientos treinta y dos centímetros, de largo, cuarenta y ocho, de alto, y setenta y uno con cinco, de ancho, por una escalera de caracol de apenas metro y medio de diámetro, impenetrabilidad de la materia mediante.

(O peor: cómo conseguir desencajar el maldito sofá del maldito tercer peldaño de la maldita escalera y permitir que Mimianna baje aquí a pegarme por cabezota).

lunes, 2 de marzo de 2009

Ser y querer seguir siendo

No recuerdo porqué, pero sé que estoy debiéndole una elección a Vagalume desde hace meses. Desde nuestros principios prácticamente. No recuerdo porqué (y sería tan farragoso como inútil averiguarlo) me comprometí a decirle cuál de los sonetos de Quevedo era mi favorito. A escoger, por tanto, uno como favorito.

Han pasado los meses y no he cumplido ese compromiso, pero me he ocupado de ello. Sé que la Real Academia de la Lengua no incluye “revisitar” entre las miríadas de verbos que recoge su diccionario. Sé que es un anglicismo probablemente inútil e innecesario. Pero a mí me es querido y lo uso porque añade un matiz importante a otras palabras equiparables: recordar, rememorar, revivir, evocar… Revisitar, para mí, suma a la memoria, a la evocación, un viso de lejanía, de ausencia, de lo que podríamos considerar “estar de visita” en el pasado. Aunque sea el propio pasado. Ése es el sentido que otorgo al título de uno de mis libros más releídos: “Brideshead Revisited, the Sacred and Profane Memories of Captain Charles Ryder”, de Evelyn Waugh.

Pues bien, el cumplimiento de mi deuda con Vagalume me ha obligado, a lo largo de todo este tiempo, a dos placeres: revisitar los sonetos quevedianos y el invierno y la primavera de mis quince años.

En el segundo curso de bachillerato, Ossip, ‘Daam y yo coincidimos con un espécimen de profesor algo común en aquella institución de enseñanza: de los que se pasaban el programa por el arco del triunfo. No recuerdo su nombre, pero sí sus clases de literatura. Y toda la materia que estudiamos aquel año. Las “Coplas a la muerte de su padre”, de Manrique, durante el primer trimestre. Los sonetos de Quevedo, durante el segundo y tercero. Nada más (ni nada menos). El procedimiento era el siguiente: el primer día de clase de la semana nos encargaba el ejemplar que debía ser diseccionado. El siguiente hablaba de generalidades, reflexionaba en voz alta, divagaba sobre cualquier cosa o jugábamos a las etimologías: dado el sentido de las palabras de origen, explicitar el significado de la actual (antológica la respuesta de Olga: “antipirético”, del latín anti, contra, y el griego piros, fuego: bombero). El tercero y último día de la semana, procedía a valorar los resultados de nuestras disecciones (también conocidas como comentarios de texto) en una especie de foro en el que todos participábamos (y que, milagrosamente, no recuerdo como un guirigay).

El curso fue largo e ignoro si llegamos a estudiar todos los sonetos (porque ignoro cuántos escribió), pero seguro que cerca le anduvimos. Cualquiera consideraría aquel método como el ideal para echar a perder a toda una generación de futuros lectores de Quevedo. Creo que era Dámaso Alonso quien afirmaba que a los clásicos hay que llegar a una edad madura, con un cierto bagaje vital a la espalda para no agostarlos. Lo más lógico es que mis compañeros y yo hubiéramos quedado hastiados del maldito escritor. Pero mi profesor era mucho profesor e introdujo un elemento imprevisto, un acicate: la competencia. No entre los alumnos, sino con el autor. Se trataba de extraer el máximo de figuras retóricas del texto, el mayor número de sentidos, de lecturas… Entre nosotros manteníamos (y mantenemos) la convicción de que el de las antiparras no era consciente de haber depositado la mitad de los hallazgos que realizábamos entre sus palabras.

Y Quevedo se nos hizo nuestro. O sus sonetos, al menos.

No me ha sorprendido la dificultad de elegir uno, por tanto. De hecho, no creo en esas listas de los más mejores, del uno al cien, por orden… No es realmente necesario, ni real. A mí me gustan muchos de los sonetos de Quevedo, muchos de los libros que he leído, muchos de los días que he vivido. Solo me comprometería a definirme en una lista que pudiese incluir un solo elemento. Es Nenna la hija que más quiero (solo tengo una, claro).

Pero debo elegir uno. (¿Debo? Sí, porque a Vagalume se lo debo, que diría un alejandrino con epanadiplosis incluida (y que no es un egipcio con una enfermedad rara, conste)).

¿Qué criterio seguir? El meramente estético, tratándose de quien se trata me parece pobre. Por el tema, quizás. Pero no satíricos (que no son los que más me gustan). No de Carpe diem (tan banalizado como el pobre Walt Whitman, gracias a aquella terrible película, que tanto me gustó, que titularon aquí “El Club de los Poetas Muertos”). ¿De amor? ¿Políticos?.. Subjetivo, en cualquier caso, como cualquier elección.

Subjetivo. Por eso “¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?”. Aunque sea un poema triste y desesperanzado. O porque es triste y desesperanzado. Por su primer terceto. Por el último de los versos de ese terceto. Porque describe magistralmente el cansancio de vivir, de ser: “soy un fue, y un será y un es cansado”.

Porque es la antítesis perfecta, el negativo, de lo que deseo que me ocurra a mí. Se alza como un faro que marca bajíos peligrosos, una señal de atención para que no olvide el peligro, lo que quiero evitar. Ya que, por mucho que viva (y espero vivir mucho) no quiero llegar a cansarme de ser, de seguir siendo. Ni que me gane la tristeza y la desesperanza.

Así:

“¡Ah de la vida!.. ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
Las Horas mi locura esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde,
La salud y la edad hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
Y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
Hoy se está yendo sin parar un punto;
Soy un fue, y un será y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
Pañales y mortaja, y he quedado
Presentes sucesiones de difuntos.”

lunes, 23 de febrero de 2009

Un mono

Yo tengo mis cosas. Es tan sabido como indiscutible. Hay quien, en el colmo de la desfachatez, no duda en incluirme en el selecto grupo de los raritos. Siempre he tenido esas opiniones como simplemente espurias, propias de correveidiles rastreros, de almas desagradecidas (de esas de las que está el mundo lleno, vamos).

Hasta hoy.

Una llamada de una (casi) desconocida. Y mi reacción a sus palabras. Y ese espíritu mío introspectivo tan alerta siempre, que tanto me caracteriza, que tanto me empuja (maleducadamente en las más de las ocasiones) al análisis, a la pregunta, al que no se le pasa una. Y la alarma. Achtung!, Warning! ¡Ojo! Que las palabras y la reacción, así a primeras, no concuerdan. Ni a segundas.

A no ser, claro está, que los embustes sobre mis cosas conserven un poso de algo parecido a la verdad. Tenue, quizás, pero turbio. A no ser que sea cierto que algo de rareza empañe mis actos, mis pensamientos. ¡Ay! (me he dicho).

Porque, si no ¿Cómo explicar ese sentimiento de libertad, de propia afirmación, de horizontes abiertos ante la noticia de que nos conceden otra hipoteca (la tercera con todo lo que supone y con la que está cayendo)? ¿A qué esa sonrisa? ¿Esa sensación de así-es-como-debe-ser?

Una desviación rarita, ya digo.

O quizás no tan desviada, no tan rarita y sí algo relacionado con cuidar a uno de mis propios monos. Uno que he elegido, con sus manías y sus consecuencias, pero mío. Aunque cueste un potosí (el condenado).

lunes, 16 de febrero de 2009

Al hilo de las marionetas

Al comienzo de la Schwarzstrasse, a la espalda del Bastiongarten, en Salzburg, se alza un edificio de fachada agrisada por el hollín del tráfico. Los grandes ventanales verticales cegados por carteles publicitando horarios y programas y funciones. El amplio portal protegido por una escalinata y una marquesina.

Es la sede del Salzburg Marionetten Theatre.

El lugar donde Nenna asistió por primera vez a una representación de ópera. Dónde conoció a Pamina y Tamino y la Reina Obscura (que es como llama a la Reina de la Noche). Y a (su) Papageno. Allí dónde lloró desconsolada cuando acabó la música y se hizo la luz y desaparecieron las marionetas.

Y el lugar donde compré la grabación de la Flauta Mágica que acompañó su primerísima infancia (obsesivamente, en muchas ocasiones). Hasta que desapareció en el maremagnum de cajas en que se convirtió nuestra vida cuando abandonamos la que fue nuestra ciudad. Porque, aunque buscamos otras grabaciones y le insistíamos en que aquél también era Sarastro o Monóstatos, no eran los suyos. No aceptaba esos impostores: movían la boca. Y no tenían hilos.

Ha pasado (está pasando) tanto tiempo con nuestras vidas estibadas en cajas obscuras, que Nenna ya ha ido aprendiendo que aquellas eran marionetas, que las versiones que le proponemos también son verdaderas (todo lo que lo puede ser una ópera). Hasta habíamos creído que lo creía.

Hasta hoy.

Que estamos preparando el traslado definitivo. Que, de alguna manera, la ilusión vuelve a cosquillear. Que, de una caja que creíamos en otra parte ha surgido la carátula con la mueca socarrona de un Papageno de cartón piedra y, en su interior, el disco.

Hasta hoy que he llegado antes y me esperaba para darme una sorpresa. Y nos hemos sentado en un sofá que no es nuestro. Nenna desmadejada en mi regazo, mi mano entre las suyas. Y su uñita chascando suavemente el borde de la de mi pulgar. Un gesto que había olvidado. De cuando nos tumbábamos en aquel sí nuestro sofá a disfrutar de nuevo de Mozart y la memoria de Salzburg nos visitaba al hilo de las marionetas.

Al hilo de las marionetas nos visitará también el recuerdo de aquel hogar pasado. La felicidad del hogar inminente.

sábado, 7 de febrero de 2009

Out by the Cape

Desde hace muchos años, Ossip y yo mantenemos un pequeño ritual para brindar en determinadas ocasiones. Nada aparatoso: sencillamente, quien haya escanciado clava sus ojos en los del otro y alzando su copa exclama: “Out by the Cape!”, a lo que debe responderse (con la misma intensidad en la mirada y en el tono, eso sí) “Home by the Horne!”. Acto seguido un pequeño trago, que la fórmula está reservada a espiritosos de tan alta calidad como graduación y ambos somos conscientes de nuestras limitaciones al respecto.

Out by the Cape, home by the Horne.

A mí me gusta especialmente este brindis. Por su eufonía que, de cierta manera, me parece tan rudamente adecuada para recrear el espíritu de los marinos que circunnavegaban la Tierra a vela en frágiles navíos de madera; que evoca el crujido de las maromas, el ulular de la galerna, el vaivén de las páginas de Melville, Defoe o Stevenson. También porque indefectiblemente preludia una larga singladura por la conversación de Ossip y eso (junto con los licores que calientan los cuencos de nuestras manos y algún otro privilegio) es uno de los mayores placeres que existen. Y por una pequeña tristeza que quiero adivinar en los ojos de los lobos de mar que debían invocarlo en el pasado. Porque, aun sabiéndolo, expresa un deseo imposible: la vuelta al hogar.

El retorno tras una larga ausencia es una quimera y así lo debían saber aquellos marinos que partían para viajes de varios años. Nada aseguraba que quienes les despedían en los muelles estarían allí para recibirlos de nuevo; que las plazas, los árboles, el paisaje coincidirían con la memoria que de ellos se llevaban. En realidad era seguro que el mundo que conocían, el hogar que abandonaban, habría desaparecido a su regreso. Si sobrevivían.

Pero no es solo eso, ni lo más importante. Si por un capricho juguetón de los dioses Ulises, al volver, hubiese pisado exactamente la misma arena de la playa de Itaca desde la que había partido tanto tiempo atrás, si Penélope no hubiese comenzado a tejer el primer tapiz, Telémaco fuese todavía un bebé, los salones ordenados tal y cómo los dejó, si revisitase su pasado, ni aun así Ulises podría volver. Porque ya no sería el joven rey que dejó su isla, porque sobre sus espaldas llevaría el peso de la guerra de los hombres, del canto de las sirenas, el conocimiento, la edad, el recuerdo de la despedida… Su mirada sería distinta. Él sería otro.

Como Ulises, nosotros también partimos continuamente para no volver nunca más. Desde nuestro nacimiento. Cada día. Pero no es hasta que debemos afrontar una separación que reparamos en ello. Es el gesto de la despedida el que rasga el velo. Lo que hasta entonces había sido ya no será nunca más.

La maldición de los emigrantes y los exilados no es únicamente la separación de su hogar, de sus seres queridos. El auténtico drama es la desaparición de aquel que fue su mundo, el que permanece en su memoria pero ya no es y cada vez irá siéndolo menos.

Valentine Heart” es una canción de Tanita Tikaram que, como el brindis, me gusta especialmente. El acompañamiento instrumental está a cargo de un piano, chelos y violines, empeñados en un obstinado bajo continuo, que solo rompen las cuerdas para envolver la voz que canta (pero, como diría Borges, esto hay que oirlo):
“I want to see you!
It’s so simple and plane
But I’ll come back and see you again”

como uno de esos propósitos que nos hacemos sabiendo que nunca cumpliremos, que nunca podremos cumplir. Es una pequeña canción triste y bella.

Como la mirada de los viejos navegantes, de los náufragos, de los emigrantes, los exilados. Como la de aquellos que, en algún momento, tuvimos que despedirnos, mirar atrás y descubrir que hace mucho que zarpamos hacia el Cabo.

martes, 6 de enero de 2009

Newgrange

Cuando el tiempo ya se cumplía y acababan los días y las distancias, las reuniones, las bienvenidas y las despedidas, los hartazgos, el exceso y las aglomeraciones, Mimianna y yo nos sentábamos en el sofá de casa, descorchábamos una botella y, cada noche de cada cinco de enero escribíamos nuestra carta a los reyes.

A solas.

Era, por supuesto, una carta petitoria, pero evitábamos caer en la ingenuidad. Nada de que nos tocase la lotería o que se solucionasen los problemas por arte de birlibirloque. Nada de cambiar el coche. Nada, en realidad, de deseos, pues no creíamos en su cumplimiento. Sí propósitos.

Más tiempo. Más cariño. Que nos comprendamos allá donde disentimos. Mayor esfuerzo. Más risas. Un hogar. Un camino (común pero distinto). Aprender. Conocernos, encontrarnos, ubicarnos (y reconocernos, reencontrarnos, reubicarnos). Seguir amándonos.

Luego poníamos nuestros mejores zapatos frente al balcón, con un poco de comida y de bebida. Y la carta.

Y, a solas, nos íbamos a nuestra habitación a descansar. Las luces de Navidad apagadas. Sin adornos la casa. Pero sabiendo que quien despertara a medianoche (esa medianoche) sorprendería una sonrisa esperanzada en la quieta respiración cercana.

Desde tiempos inmemoriales, desde que convivimos, éste ha sido nuestro auténtico rito de inicio del año. Nuestro Newgrange particular.

Hasta anoche. Que no tenemos (todavía) sofá, ni copa, ni casa. Ni espacio. Ni tuvimos carta: la dejamos pendiente para ese tiempo imposible que es el futuro. Aunque habría sido breve y, por una vez, con un simple deseo.

Que llegue ese futuro (como lo imaginamos).

(Tal vez esta hebra y la ilusión de Nenna esta mañana compensen. De alguna manera)