A Chales Dickens indudablemente le gustaba la Navidad.
Y no solo porque llegara a escribir cinco libros y una veintena de cuentos de temática navideña, lo que podría considerarse una (sobre)explotación de un filón editorial que él mismo creó, sino porque su propia visión de la vida estaba impregnada de lo que podríamos calificar de una filosofía navideña.
Nunca la llegó a elaborar de manera precisa y orgánica (Dickens era básicamente un novelista (de éxito) y no un filósofo) y consistía más en el deseo de hacer prevalecer el espíritu navideño a lo largo de todo el año, que en un corpus doctrinal. Quería que los sentimientos de bondad, solidaridad, esa cierta ternura que envolvían los últimos días de diciembre, se convirtieran en lo habitual en la humanidad. Este deseo, esta filosofía, aunque quedó reflejada en algunos ensayos y artículos periodísticos, en realidad se percibe más como un bajo continuo a lo largo de su obra de ficción no relacionada directamente con la Navidad. La manera en que trata a los más débiles, la comprensión y el respeto hacia sus propios personajes, la dignidad con que los irroga, más cuanto más humildes…
La infancia de Dickens no fue sencilla. Hijo de una familia pequeño-burguesa caída en bancarrota, se vio obligado a trabajar de niño en la Inglaterra de la primera industrialización, mientras su padre se hallaba en prisión por deudas. Sufrió, por tanto, toda la virulencia de una sociedad injusta, cruel e hipócrita como fue la victoriana.
Por ello sorprende que, según le describe su amigo y primer biógrafo John Forster, fuera un hombre jovial e irónico, dado al requiebro y la risa y que, como señala Marías, tenía tendencia a sentarse en las sillas al revés, de horcajadas, con los codos sobre el respaldo. Y, sobre todo y con todo, sorprende que en su obra se respire una fe en la bondad natural del hombre, tal y como se le aparecía en Navidad, incluso cuando denuncia las injusticias o retrata el dolor.
Fue el autor de lo que algunos consideran el mito navideño gracias al celebérrimo “A Christmas Carol” y, dicho está, escribió mucho más sobre la Navidad, pero mi cuento favorito se halla escondido en su libro favorito mío. Cada año por estas fechas busco mi grueso “The Pickwick Papers” y busco el capítulo 28. Y allí, con auténtico placer, no solo me reencuentro con el entrañable y bonachón Mr. Pickiwck y sus desbaratados compañeros, sino con una auténtica reunión navideña a la antigua.
Y es que a mí me pasa como a Dickens: que me gusta la Navidad.
A la antigua.
Como fueron durante muchos años las Nochebuenas de mi infancia. La noche del veinticuatro se reunían todos los hermanos de Abu. Nosotros veníamos de lejos (entre doce y catorce horas de coche, con los coches y las carreteras de entonces) y solíamos llegar algo antes, así que íbamos recibiendo a mis tíos y mis primos conforme iban llegando a la finca. Porque nos reuníamos en El Bosque, que es la heredad de uno de mis tíos: tierras de cultivo sin más árbol que un eucalipto gigantesco entre la era y el aljibe. Y un caserón enorme, capaz de albergar la sesentena larga de familiares que nos reuníamos. Recuerdo las mesas tendidas en dos salones contiguos, el alboroto, los rollos mojados en café con leche de cabra. Y las canciones. Cape y yo éramos los más pequeños de todos los primos (casi todas primas, todas en colegios de monjas inmediatamente post-conciliares, todas con guitarras), pero, a los postres, nos dejaban participar en una especie de representación teatral que ofrecíamos a los mayores y que, aunque cambiaba cada año, siempre acababa con un largo repaso del repertorio de villancicos. Y al día siguiente esperaba el desayuno de chocolate a la taza y, después, el cocido de pelotas y las mantecadas…
Y a mí me gusta el olor a té de Navidad de la casa de Tanta y las luces pequeñas y los villancicos de Bing Crosby y desear felicidad a quienes quiero… Y me emociona la ilusión de Nenna cuando descubrió el otro día que ya había llegado el tronco de Navidad.
En esta época de descreimiento (y soy apóstol de esa fe), a pesar del consumismo, las aglomeraciones, las reuniones (ineludibles) con los cuñados, la exageración o la ñoñería, mantengo que es bueno seguir el ejemplo de Dickens y continuar creyendo en el fondo de la Navidad, en la existencia, en alguna parte, de la bondad.
Aunque sea sin bajar la guardia.
Y no solo porque llegara a escribir cinco libros y una veintena de cuentos de temática navideña, lo que podría considerarse una (sobre)explotación de un filón editorial que él mismo creó, sino porque su propia visión de la vida estaba impregnada de lo que podríamos calificar de una filosofía navideña.
Nunca la llegó a elaborar de manera precisa y orgánica (Dickens era básicamente un novelista (de éxito) y no un filósofo) y consistía más en el deseo de hacer prevalecer el espíritu navideño a lo largo de todo el año, que en un corpus doctrinal. Quería que los sentimientos de bondad, solidaridad, esa cierta ternura que envolvían los últimos días de diciembre, se convirtieran en lo habitual en la humanidad. Este deseo, esta filosofía, aunque quedó reflejada en algunos ensayos y artículos periodísticos, en realidad se percibe más como un bajo continuo a lo largo de su obra de ficción no relacionada directamente con la Navidad. La manera en que trata a los más débiles, la comprensión y el respeto hacia sus propios personajes, la dignidad con que los irroga, más cuanto más humildes…
La infancia de Dickens no fue sencilla. Hijo de una familia pequeño-burguesa caída en bancarrota, se vio obligado a trabajar de niño en la Inglaterra de la primera industrialización, mientras su padre se hallaba en prisión por deudas. Sufrió, por tanto, toda la virulencia de una sociedad injusta, cruel e hipócrita como fue la victoriana.
Por ello sorprende que, según le describe su amigo y primer biógrafo John Forster, fuera un hombre jovial e irónico, dado al requiebro y la risa y que, como señala Marías, tenía tendencia a sentarse en las sillas al revés, de horcajadas, con los codos sobre el respaldo. Y, sobre todo y con todo, sorprende que en su obra se respire una fe en la bondad natural del hombre, tal y como se le aparecía en Navidad, incluso cuando denuncia las injusticias o retrata el dolor.
Fue el autor de lo que algunos consideran el mito navideño gracias al celebérrimo “A Christmas Carol” y, dicho está, escribió mucho más sobre la Navidad, pero mi cuento favorito se halla escondido en su libro favorito mío. Cada año por estas fechas busco mi grueso “The Pickwick Papers” y busco el capítulo 28. Y allí, con auténtico placer, no solo me reencuentro con el entrañable y bonachón Mr. Pickiwck y sus desbaratados compañeros, sino con una auténtica reunión navideña a la antigua.
Y es que a mí me pasa como a Dickens: que me gusta la Navidad.
A la antigua.
Como fueron durante muchos años las Nochebuenas de mi infancia. La noche del veinticuatro se reunían todos los hermanos de Abu. Nosotros veníamos de lejos (entre doce y catorce horas de coche, con los coches y las carreteras de entonces) y solíamos llegar algo antes, así que íbamos recibiendo a mis tíos y mis primos conforme iban llegando a la finca. Porque nos reuníamos en El Bosque, que es la heredad de uno de mis tíos: tierras de cultivo sin más árbol que un eucalipto gigantesco entre la era y el aljibe. Y un caserón enorme, capaz de albergar la sesentena larga de familiares que nos reuníamos. Recuerdo las mesas tendidas en dos salones contiguos, el alboroto, los rollos mojados en café con leche de cabra. Y las canciones. Cape y yo éramos los más pequeños de todos los primos (casi todas primas, todas en colegios de monjas inmediatamente post-conciliares, todas con guitarras), pero, a los postres, nos dejaban participar en una especie de representación teatral que ofrecíamos a los mayores y que, aunque cambiaba cada año, siempre acababa con un largo repaso del repertorio de villancicos. Y al día siguiente esperaba el desayuno de chocolate a la taza y, después, el cocido de pelotas y las mantecadas…
Y a mí me gusta el olor a té de Navidad de la casa de Tanta y las luces pequeñas y los villancicos de Bing Crosby y desear felicidad a quienes quiero… Y me emociona la ilusión de Nenna cuando descubrió el otro día que ya había llegado el tronco de Navidad.
En esta época de descreimiento (y soy apóstol de esa fe), a pesar del consumismo, las aglomeraciones, las reuniones (ineludibles) con los cuñados, la exageración o la ñoñería, mantengo que es bueno seguir el ejemplo de Dickens y continuar creyendo en el fondo de la Navidad, en la existencia, en alguna parte, de la bondad.
Aunque sea sin bajar la guardia.
