Cuentan que cuentan que lejos, muy lejos, existe un país en el que los pasillos están sombreados por altos árboles, las plazas son prados de un verde profundo, quietas nubes grises son el techo y las ventanas se abren al océano de pizarra donde se hunde el sol cuando acaba el día.
No se conoce el camino a ese país. No existen planos. Ni los viajeros más avezados han sabido encontrar una ruta. No hay indicaciones, ni señales. Hay, no obstante, algunos afortunados que lo han visitado. Inesperadamente lo encontraron. Algunos después de muchos días de viaje. Otros en las páginas de un libro. En una canción. Cuando cerraron los ojos.
En ese país, pero no se sabe dónde, hay un torreón. Entre los árboles. O en medio de un prado. O sobre las nubes. Y en el torreón una estancia con un espejo redondo en el que se refleja el océano y los barcos de vela que parten. Y una dama. Joven. Vestida con un largo vestido, rojo de seda roja. Ceñido con una cinta bajo las caderas. El pelo castaño largo y recogido. Los ojos fijos en el horizonte. O en el pasado. Bajo las cejas pobladas, sobre una bacinilla de cristal azul.
Cuentan que cuentan que una niña pequeña llegó al país y al torreón y a la estancia y a la dama. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó descarada con la mirada. “Vagalume”, le contestó una sonrisa. “Estás sola, estás triste. ¿por qué estas tan sola y tan triste?”, las cejas alzadas y un mohín. “No es cierto, no estoy sola” contestó con un lento ademán que abrazó los libros, los cuadros y el océano de la ventana. “No es cierto, no estoy triste” respondió con un beso, “tan solo recuerdo”.
La niña, que era pequeña, tomó asiento con la libertad de que gozan solo los niños pequeños. Vagalume, que era joven, aceptó lo extraordinario con la naturalidad que cultivan solo los jóvenes. Y fue pasando el día. Y Nenna (porque Nenna es la niña pequeña) vio cómo llegaron y salieron multitud de palomas mensajeras blancas del regazo de la dama. Y unas llevaban un suspiro. Un guiño otras. Un poema. Un dibujo. Y fue llegando la tarde. Y Vagalume mostró a la niña cómo cambiaba el color del océano bajo los barcos de vela. Qué bellos los árboles. Qué fina la hierba. Qué fuertes eran las nubes.
Y llegó la noche.
Y la niña pequeña tenía todo el sueño en los ojos. El cansancio en la comisura de los labios. “¿No duermes, Nenna?”, preguntó la dama con una caricia. “No me gustan los sueños”, con una lágrima, “me pierdo en los sueños”. El abrazo de Vagalume “sí, ahora estás perdida, pero yo tengo un secreto para ti, para que no te pierdas nunca más, para que no temas perderte”. Y deshizo su tocado y su frente se bañó de luz. Tenue, verde como las manzanas. “Cuando estés perdida, cuando tengas miedo, recuerda esta luz. Te ayudará a encontrar el camino de vuelta a casa y más allá. Yo te acompañaré con ella”, soplando apenas sobre los rizos de Nenna. “¿Por qué tienes tú luz?” justo antes de dormir. “Porque así fui imaginada”, arropándola con un manto de luna.
Nenna despierta en su cama. Otro mar susurra en su ventana. El cielo es azul e inmenso. Cada día una vida entera. Y cuando llega la noche, justo antes de dormirse, Nenna juega con uno de sus mechones. Mimianna me ha contado que, entonces, parece como si en la habitación naciera una tenue luz. Indefinida. Como verde clarito, manzana. Pero, claro, deben ser imaginaciones.
No se conoce el camino a ese país. No existen planos. Ni los viajeros más avezados han sabido encontrar una ruta. No hay indicaciones, ni señales. Hay, no obstante, algunos afortunados que lo han visitado. Inesperadamente lo encontraron. Algunos después de muchos días de viaje. Otros en las páginas de un libro. En una canción. Cuando cerraron los ojos.
En ese país, pero no se sabe dónde, hay un torreón. Entre los árboles. O en medio de un prado. O sobre las nubes. Y en el torreón una estancia con un espejo redondo en el que se refleja el océano y los barcos de vela que parten. Y una dama. Joven. Vestida con un largo vestido, rojo de seda roja. Ceñido con una cinta bajo las caderas. El pelo castaño largo y recogido. Los ojos fijos en el horizonte. O en el pasado. Bajo las cejas pobladas, sobre una bacinilla de cristal azul.
Cuentan que cuentan que una niña pequeña llegó al país y al torreón y a la estancia y a la dama. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó descarada con la mirada. “Vagalume”, le contestó una sonrisa. “Estás sola, estás triste. ¿por qué estas tan sola y tan triste?”, las cejas alzadas y un mohín. “No es cierto, no estoy sola” contestó con un lento ademán que abrazó los libros, los cuadros y el océano de la ventana. “No es cierto, no estoy triste” respondió con un beso, “tan solo recuerdo”.
La niña, que era pequeña, tomó asiento con la libertad de que gozan solo los niños pequeños. Vagalume, que era joven, aceptó lo extraordinario con la naturalidad que cultivan solo los jóvenes. Y fue pasando el día. Y Nenna (porque Nenna es la niña pequeña) vio cómo llegaron y salieron multitud de palomas mensajeras blancas del regazo de la dama. Y unas llevaban un suspiro. Un guiño otras. Un poema. Un dibujo. Y fue llegando la tarde. Y Vagalume mostró a la niña cómo cambiaba el color del océano bajo los barcos de vela. Qué bellos los árboles. Qué fina la hierba. Qué fuertes eran las nubes.
Y llegó la noche.
Y la niña pequeña tenía todo el sueño en los ojos. El cansancio en la comisura de los labios. “¿No duermes, Nenna?”, preguntó la dama con una caricia. “No me gustan los sueños”, con una lágrima, “me pierdo en los sueños”. El abrazo de Vagalume “sí, ahora estás perdida, pero yo tengo un secreto para ti, para que no te pierdas nunca más, para que no temas perderte”. Y deshizo su tocado y su frente se bañó de luz. Tenue, verde como las manzanas. “Cuando estés perdida, cuando tengas miedo, recuerda esta luz. Te ayudará a encontrar el camino de vuelta a casa y más allá. Yo te acompañaré con ella”, soplando apenas sobre los rizos de Nenna. “¿Por qué tienes tú luz?” justo antes de dormir. “Porque así fui imaginada”, arropándola con un manto de luna.
Nenna despierta en su cama. Otro mar susurra en su ventana. El cielo es azul e inmenso. Cada día una vida entera. Y cuando llega la noche, justo antes de dormirse, Nenna juega con uno de sus mechones. Mimianna me ha contado que, entonces, parece como si en la habitación naciera una tenue luz. Indefinida. Como verde clarito, manzana. Pero, claro, deben ser imaginaciones.
