Eso es lo que pensé cuando Ferragutto me propuso el asunto. Demasiado sencillo para buscar a alguien de la reputación y el caché de uno. ¡Miau!, me dije. Pero Ferragutto es un tipo tan serio como un saco de enterrador y no me iba a decir una macana. Además, en aquellos días yo iba debiéndole algo al guapo de la barra de El Quince y, sabido es que los apuros nunca vienen solos, me habían llegado noticias de que el insigne inquisidor Don Isidro Parodi se había encaprichado con un incidente en el que algo había tenido que ver quien suscribe. La solución a la ecuación era sencilla: la plata y la distancia me venían como anillo. Asentí sin separar la bombilla de los labios. Ferragutto gruñó al alargarme el sobre con los billetes y los nombres. Y las tarjetas. Cinco, pequeñas y cuadradas. Con un laberinto redondo pintado en negro, como un ovillo.
Del viaje no recuerdo más nada que las piernas de la mina del avión porque no se dio nada mejor que recordar. Pero, una vez en la metrópoli, me puse a laburar a full. Soy un profesional meticuloso, casi un artista, me atrevería a afirmar sin faltar a la modestia, así que me di unos días de estudio y entrenamiento. En la soledad del cuartucho de la pensión interioricé caras y costumbres hasta hacerlos íntimos a aquellos desconocidos. También me procuré una pelota y recordé los tiempos en que fui el mejor lateral izquierdo sobre el pasto de las canchas de la provincia; tan bueno era, me creerás, que el Independiente me hacía proposiciones y, si no hubiese sido por aquella visita tan forzosa como inoportuna a los Servicios Penitenciarios, aquí estaría ahora explicándote.
Así pasaron los primeros días, hasta sumar dos semanas, que el tiempo vuela y, si veinte años no es nada, me aliviarás de la obligación de explicar con qué rapidez. El caso, y a lo que voy, es que el siguiente martes pasé a la acción. Había decidido principiar por el capo, que no fuera que, en caso contrario, se las viera venir. Así que lo esperé frente al edificio de la Municipalidad. Hacía ya rato que dieron las once cuando lo vi aparecer caminando desde el estacionamiento. Inconfundible su cara de merluza. De merluza tonta, para mayor redundancia. Y sin un mero acompañante, sin protección, repugnantemente fácil. Lo dejé pasar, sabía que no tendría que esperar demasiado a que terminara la jornada. El tiempo justo para un trabajito manual de sabotaje básico. No daban las doce que ya habíamos terminado. Los dos. No se percató de que lo seguí hasta el auto, ni que esperé a que le fallara el arranque, encendiendo un pucho con lo que quedaba del anterior, ni que me situé a su espalda cuando abrió el capot y se asomó al motor. Separando las piernas, claro. Era la primera vez que empleaba la técnica, tenés que entender, y podría ser que se me fuera la mano. O el pie. El caso es que el tipo hizo un ruido raro, como cuando prensás gofio. ¿Nunca prensaste gofio? Pero sabés qué cosa es el gofio, ¿no? ¡Pues imaginate que lo prensás, che! ¡Si me interrumpís no terminamos más! Hizo ese ruido y se me desinfló encima del zapato, como un títere al que le hubieran cortado los piolines. Boqueaba como una merluza fuera del agua, el señor concejal de urbanismo, cuando le dejé la tarjetita en el bolsillo.
No permití que se enfriara el ambiente, que luego agarrás los resfríos, y me llegué a la oficina del siguiente de la lista. Otro piantado sin más protección que una secretaria vieja y desagradable, aunque muy adecuada para trabajar en el fisco. No tenía previsto quedarme mucho tiempo en el país, así que me permití una licencia en esa regla sagrada de la profesión que reza: no dejés testigos. ¡Ni medio comentario, pibe, ni medio! La vieja entró justo cuando culminaba, con el interfecto a horcajadas sobre el cuero y los ojos desorbitados, como si tuvieran que dejar espacio a lo que ascendía, y con un gemido sin fuerza. Tuve que salir de corrida y por poco me dejo la tarjeta. Se la tiré a la cara a la momia. La del recaudador no había tocado todavía el piso cuando yo ya llegaba a la calle.
Tuve que imponerme un parón de un par de días, los justos para reponerme de la sobrecarga muscular. Uno ya tiene una edad, qué querés. Y eso me complicó algo la operativa. Pocas noticias en la canícula del verano y dos ataques tan singulares llamaron demasiado la atención de los rotativos, tan dados a la hipérbole y el melodrama. Aunque te confesaré que me halagó el apelativo con el que me bautizaron: El Pateador del Laberinto.
A la mañana del tercer día volví, como Cristo. Y el tercero fue el más difícil de localizar. No porque, alertado por la fama que me precedía, temiese mi actuación, no. Lo que pasaba era que el tipo no comparecía en la oficina, ni en las obras que se suponía que dirigía, ni en la sede del colegio profesional. Menudo, el arquitecto. Empezaba a desesperar, te seré sincero, cuando se me ocurrió cambiar totalmente la estrategia. Casi grité eureka, si me entendés. ¿No? No sé, es griego o árabe, creo. ¿Qué querés, que te traduzca? ¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco? Dejate de tocar las pelotas y escuchá, che. El caso, y a lo que voy, es que me fui para el club de golf. Y allí estaba, ‘ta claro, con sus bombachudos a cuadros y un pulóver rosa y amarillo. Casi tuve que cerrar los ojos ante la policromía, cuando me acerqué. Y el hombre todavía me sonrío. Y siguió sonriendo, pero con unas lágrimas como puños cayendo por las mejillas después de mi gesto, cada vez más preciso, que la práctica es lo que da, precisión. Le dejé la tarjetita en la cinta de la visera verde pistacho.
En cambio, el albañil fue el de encuentro más sencillo. No tuve más que esperarlo a la salida del bar de siempre. La ejecución, empero, fue la menos limpia. Ya costó que enfocara la tarjetita que le ofrecí para que se parara y, desde luego, no ayudó en lo más mínimo ese vaivén, esa falta de verticalidad del tipo. Tuve que repetir para que reaccionara, para superar la dosis de anestesiante que cargaba.
Ya llegaba al final del trabajo. Solo me quedaba una tarjeta. Preparé la valija y cerré los trámites del retorno. El último objetivo me agarraba de camino. Un local en el centro. No más una pibita. Le pregunté por el tal Álex. Y allí llegó ese momento de desconcierto que, tarde o temprano, siempre nos pierde. ¡Álex era ella! ¡Quedé consternado, che! Lo aprovechó, la condenada, y antes de que supiera qué pasaba tenía encima a aquellos gorilas. Me llevaron preso… Sí, pibe, fallé. Pero decí ¿Cómo hacés para acertar una patada en las pelotas a una decoradora?
Del viaje no recuerdo más nada que las piernas de la mina del avión porque no se dio nada mejor que recordar. Pero, una vez en la metrópoli, me puse a laburar a full. Soy un profesional meticuloso, casi un artista, me atrevería a afirmar sin faltar a la modestia, así que me di unos días de estudio y entrenamiento. En la soledad del cuartucho de la pensión interioricé caras y costumbres hasta hacerlos íntimos a aquellos desconocidos. También me procuré una pelota y recordé los tiempos en que fui el mejor lateral izquierdo sobre el pasto de las canchas de la provincia; tan bueno era, me creerás, que el Independiente me hacía proposiciones y, si no hubiese sido por aquella visita tan forzosa como inoportuna a los Servicios Penitenciarios, aquí estaría ahora explicándote.
Así pasaron los primeros días, hasta sumar dos semanas, que el tiempo vuela y, si veinte años no es nada, me aliviarás de la obligación de explicar con qué rapidez. El caso, y a lo que voy, es que el siguiente martes pasé a la acción. Había decidido principiar por el capo, que no fuera que, en caso contrario, se las viera venir. Así que lo esperé frente al edificio de la Municipalidad. Hacía ya rato que dieron las once cuando lo vi aparecer caminando desde el estacionamiento. Inconfundible su cara de merluza. De merluza tonta, para mayor redundancia. Y sin un mero acompañante, sin protección, repugnantemente fácil. Lo dejé pasar, sabía que no tendría que esperar demasiado a que terminara la jornada. El tiempo justo para un trabajito manual de sabotaje básico. No daban las doce que ya habíamos terminado. Los dos. No se percató de que lo seguí hasta el auto, ni que esperé a que le fallara el arranque, encendiendo un pucho con lo que quedaba del anterior, ni que me situé a su espalda cuando abrió el capot y se asomó al motor. Separando las piernas, claro. Era la primera vez que empleaba la técnica, tenés que entender, y podría ser que se me fuera la mano. O el pie. El caso es que el tipo hizo un ruido raro, como cuando prensás gofio. ¿Nunca prensaste gofio? Pero sabés qué cosa es el gofio, ¿no? ¡Pues imaginate que lo prensás, che! ¡Si me interrumpís no terminamos más! Hizo ese ruido y se me desinfló encima del zapato, como un títere al que le hubieran cortado los piolines. Boqueaba como una merluza fuera del agua, el señor concejal de urbanismo, cuando le dejé la tarjetita en el bolsillo.
No permití que se enfriara el ambiente, que luego agarrás los resfríos, y me llegué a la oficina del siguiente de la lista. Otro piantado sin más protección que una secretaria vieja y desagradable, aunque muy adecuada para trabajar en el fisco. No tenía previsto quedarme mucho tiempo en el país, así que me permití una licencia en esa regla sagrada de la profesión que reza: no dejés testigos. ¡Ni medio comentario, pibe, ni medio! La vieja entró justo cuando culminaba, con el interfecto a horcajadas sobre el cuero y los ojos desorbitados, como si tuvieran que dejar espacio a lo que ascendía, y con un gemido sin fuerza. Tuve que salir de corrida y por poco me dejo la tarjeta. Se la tiré a la cara a la momia. La del recaudador no había tocado todavía el piso cuando yo ya llegaba a la calle.
Tuve que imponerme un parón de un par de días, los justos para reponerme de la sobrecarga muscular. Uno ya tiene una edad, qué querés. Y eso me complicó algo la operativa. Pocas noticias en la canícula del verano y dos ataques tan singulares llamaron demasiado la atención de los rotativos, tan dados a la hipérbole y el melodrama. Aunque te confesaré que me halagó el apelativo con el que me bautizaron: El Pateador del Laberinto.
A la mañana del tercer día volví, como Cristo. Y el tercero fue el más difícil de localizar. No porque, alertado por la fama que me precedía, temiese mi actuación, no. Lo que pasaba era que el tipo no comparecía en la oficina, ni en las obras que se suponía que dirigía, ni en la sede del colegio profesional. Menudo, el arquitecto. Empezaba a desesperar, te seré sincero, cuando se me ocurrió cambiar totalmente la estrategia. Casi grité eureka, si me entendés. ¿No? No sé, es griego o árabe, creo. ¿Qué querés, que te traduzca? ¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco? Dejate de tocar las pelotas y escuchá, che. El caso, y a lo que voy, es que me fui para el club de golf. Y allí estaba, ‘ta claro, con sus bombachudos a cuadros y un pulóver rosa y amarillo. Casi tuve que cerrar los ojos ante la policromía, cuando me acerqué. Y el hombre todavía me sonrío. Y siguió sonriendo, pero con unas lágrimas como puños cayendo por las mejillas después de mi gesto, cada vez más preciso, que la práctica es lo que da, precisión. Le dejé la tarjetita en la cinta de la visera verde pistacho.
En cambio, el albañil fue el de encuentro más sencillo. No tuve más que esperarlo a la salida del bar de siempre. La ejecución, empero, fue la menos limpia. Ya costó que enfocara la tarjetita que le ofrecí para que se parara y, desde luego, no ayudó en lo más mínimo ese vaivén, esa falta de verticalidad del tipo. Tuve que repetir para que reaccionara, para superar la dosis de anestesiante que cargaba.
Ya llegaba al final del trabajo. Solo me quedaba una tarjeta. Preparé la valija y cerré los trámites del retorno. El último objetivo me agarraba de camino. Un local en el centro. No más una pibita. Le pregunté por el tal Álex. Y allí llegó ese momento de desconcierto que, tarde o temprano, siempre nos pierde. ¡Álex era ella! ¡Quedé consternado, che! Lo aprovechó, la condenada, y antes de que supiera qué pasaba tenía encima a aquellos gorilas. Me llevaron preso… Sí, pibe, fallé. Pero decí ¿Cómo hacés para acertar una patada en las pelotas a una decoradora?
