sábado, 20 de diciembre de 2008

Una aproximación a la Navidad (que se aproxima)

A Chales Dickens indudablemente le gustaba la Navidad.

Y no solo porque llegara a escribir cinco libros y una veintena de cuentos de temática navideña, lo que podría considerarse una (sobre)explotación de un filón editorial que él mismo creó, sino porque su propia visión de la vida estaba impregnada de lo que podríamos calificar de una filosofía navideña.

Nunca la llegó a elaborar de manera precisa y orgánica (Dickens era básicamente un novelista (de éxito) y no un filósofo) y consistía más en el deseo de hacer prevalecer el espíritu navideño a lo largo de todo el año, que en un corpus doctrinal. Quería que los sentimientos de bondad, solidaridad, esa cierta ternura que envolvían los últimos días de diciembre, se convirtieran en lo habitual en la humanidad. Este deseo, esta filosofía, aunque quedó reflejada en algunos ensayos y artículos periodísticos, en realidad se percibe más como un bajo continuo a lo largo de su obra de ficción no relacionada directamente con la Navidad. La manera en que trata a los más débiles, la comprensión y el respeto hacia sus propios personajes, la dignidad con que los irroga, más cuanto más humildes…

La infancia de Dickens no fue sencilla. Hijo de una familia pequeño-burguesa caída en bancarrota, se vio obligado a trabajar de niño en la Inglaterra de la primera industrialización, mientras su padre se hallaba en prisión por deudas. Sufrió, por tanto, toda la virulencia de una sociedad injusta, cruel e hipócrita como fue la victoriana.

Por ello sorprende que, según le describe su amigo y primer biógrafo John Forster, fuera un hombre jovial e irónico, dado al requiebro y la risa y que, como señala Marías, tenía tendencia a sentarse en las sillas al revés, de horcajadas, con los codos sobre el respaldo. Y, sobre todo y con todo, sorprende que en su obra se respire una fe en la bondad natural del hombre, tal y como se le aparecía en Navidad, incluso cuando denuncia las injusticias o retrata el dolor.

Fue el autor de lo que algunos consideran el mito navideño gracias al celebérrimo “A Christmas Carol” y, dicho está, escribió mucho más sobre la Navidad, pero mi cuento favorito se halla escondido en su libro favorito mío. Cada año por estas fechas busco mi grueso “The Pickwick Papers” y busco el capítulo 28. Y allí, con auténtico placer, no solo me reencuentro con el entrañable y bonachón Mr. Pickiwck y sus desbaratados compañeros, sino con una auténtica reunión navideña a la antigua.

Y es que a mí me pasa como a Dickens: que me gusta la Navidad.

A la antigua.

Como fueron durante muchos años las Nochebuenas de mi infancia. La noche del veinticuatro se reunían todos los hermanos de Abu. Nosotros veníamos de lejos (entre doce y catorce horas de coche, con los coches y las carreteras de entonces) y solíamos llegar algo antes, así que íbamos recibiendo a mis tíos y mis primos conforme iban llegando a la finca. Porque nos reuníamos en El Bosque, que es la heredad de uno de mis tíos: tierras de cultivo sin más árbol que un eucalipto gigantesco entre la era y el aljibe. Y un caserón enorme, capaz de albergar la sesentena larga de familiares que nos reuníamos. Recuerdo las mesas tendidas en dos salones contiguos, el alboroto, los rollos mojados en café con leche de cabra. Y las canciones. Cape y yo éramos los más pequeños de todos los primos (casi todas primas, todas en colegios de monjas inmediatamente post-conciliares, todas con guitarras), pero, a los postres, nos dejaban participar en una especie de representación teatral que ofrecíamos a los mayores y que, aunque cambiaba cada año, siempre acababa con un largo repaso del repertorio de villancicos. Y al día siguiente esperaba el desayuno de chocolate a la taza y, después, el cocido de pelotas y las mantecadas…

Y a mí me gusta el olor a té de Navidad de la casa de Tanta y las luces pequeñas y los villancicos de Bing Crosby y desear felicidad a quienes quiero… Y me emociona la ilusión de Nenna cuando descubrió el otro día que ya había llegado el tronco de Navidad.

En esta época de descreimiento (y soy apóstol de esa fe), a pesar del consumismo, las aglomeraciones, las reuniones (ineludibles) con los cuñados, la exageración o la ñoñería, mantengo que es bueno seguir el ejemplo de Dickens y continuar creyendo en el fondo de la Navidad, en la existencia, en alguna parte, de la bondad.

Aunque sea sin bajar la guardia.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Más que un encargo, una joda

Eso es lo que pensé cuando Ferragutto me propuso el asunto. Demasiado sencillo para buscar a alguien de la reputación y el caché de uno. ¡Miau!, me dije. Pero Ferragutto es un tipo tan serio como un saco de enterrador y no me iba a decir una macana. Además, en aquellos días yo iba debiéndole algo al guapo de la barra de El Quince y, sabido es que los apuros nunca vienen solos, me habían llegado noticias de que el insigne inquisidor Don Isidro Parodi se había encaprichado con un incidente en el que algo había tenido que ver quien suscribe. La solución a la ecuación era sencilla: la plata y la distancia me venían como anillo. Asentí sin separar la bombilla de los labios. Ferragutto gruñó al alargarme el sobre con los billetes y los nombres. Y las tarjetas. Cinco, pequeñas y cuadradas. Con un laberinto redondo pintado en negro, como un ovillo.

Del viaje no recuerdo más nada que las piernas de la mina del avión porque no se dio nada mejor que recordar. Pero, una vez en la metrópoli, me puse a laburar a full. Soy un profesional meticuloso, casi un artista, me atrevería a afirmar sin faltar a la modestia, así que me di unos días de estudio y entrenamiento. En la soledad del cuartucho de la pensión interioricé caras y costumbres hasta hacerlos íntimos a aquellos desconocidos. También me procuré una pelota y recordé los tiempos en que fui el mejor lateral izquierdo sobre el pasto de las canchas de la provincia; tan bueno era, me creerás, que el Independiente me hacía proposiciones y, si no hubiese sido por aquella visita tan forzosa como inoportuna a los Servicios Penitenciarios, aquí estaría ahora explicándote.

Así pasaron los primeros días, hasta sumar dos semanas, que el tiempo vuela y, si veinte años no es nada, me aliviarás de la obligación de explicar con qué rapidez. El caso, y a lo que voy, es que el siguiente martes pasé a la acción. Había decidido principiar por el capo, que no fuera que, en caso contrario, se las viera venir. Así que lo esperé frente al edificio de la Municipalidad. Hacía ya rato que dieron las once cuando lo vi aparecer caminando desde el estacionamiento. Inconfundible su cara de merluza. De merluza tonta, para mayor redundancia. Y sin un mero acompañante, sin protección, repugnantemente fácil. Lo dejé pasar, sabía que no tendría que esperar demasiado a que terminara la jornada. El tiempo justo para un trabajito manual de sabotaje básico. No daban las doce que ya habíamos terminado. Los dos. No se percató de que lo seguí hasta el auto, ni que esperé a que le fallara el arranque, encendiendo un pucho con lo que quedaba del anterior, ni que me situé a su espalda cuando abrió el capot y se asomó al motor. Separando las piernas, claro. Era la primera vez que empleaba la técnica, tenés que entender, y podría ser que se me fuera la mano. O el pie. El caso es que el tipo hizo un ruido raro, como cuando prensás gofio. ¿Nunca prensaste gofio? Pero sabés qué cosa es el gofio, ¿no? ¡Pues imaginate que lo prensás, che! ¡Si me interrumpís no terminamos más! Hizo ese ruido y se me desinfló encima del zapato, como un títere al que le hubieran cortado los piolines. Boqueaba como una merluza fuera del agua, el señor concejal de urbanismo, cuando le dejé la tarjetita en el bolsillo.

No permití que se enfriara el ambiente, que luego agarrás los resfríos, y me llegué a la oficina del siguiente de la lista. Otro piantado sin más protección que una secretaria vieja y desagradable, aunque muy adecuada para trabajar en el fisco. No tenía previsto quedarme mucho tiempo en el país, así que me permití una licencia en esa regla sagrada de la profesión que reza: no dejés testigos. ¡Ni medio comentario, pibe, ni medio! La vieja entró justo cuando culminaba, con el interfecto a horcajadas sobre el cuero y los ojos desorbitados, como si tuvieran que dejar espacio a lo que ascendía, y con un gemido sin fuerza. Tuve que salir de corrida y por poco me dejo la tarjeta. Se la tiré a la cara a la momia. La del recaudador no había tocado todavía el piso cuando yo ya llegaba a la calle.

Tuve que imponerme un parón de un par de días, los justos para reponerme de la sobrecarga muscular. Uno ya tiene una edad, qué querés. Y eso me complicó algo la operativa. Pocas noticias en la canícula del verano y dos ataques tan singulares llamaron demasiado la atención de los rotativos, tan dados a la hipérbole y el melodrama. Aunque te confesaré que me halagó el apelativo con el que me bautizaron: El Pateador del Laberinto.

A la mañana del tercer día volví, como Cristo. Y el tercero fue el más difícil de localizar. No porque, alertado por la fama que me precedía, temiese mi actuación, no. Lo que pasaba era que el tipo no comparecía en la oficina, ni en las obras que se suponía que dirigía, ni en la sede del colegio profesional. Menudo, el arquitecto. Empezaba a desesperar, te seré sincero, cuando se me ocurrió cambiar totalmente la estrategia. Casi grité eureka, si me entendés. ¿No? No sé, es griego o árabe, creo. ¿Qué querés, que te traduzca? ¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco? Dejate de tocar las pelotas y escuchá, che. El caso, y a lo que voy, es que me fui para el club de golf. Y allí estaba, ‘ta claro, con sus bombachudos a cuadros y un pulóver rosa y amarillo. Casi tuve que cerrar los ojos ante la policromía, cuando me acerqué. Y el hombre todavía me sonrío. Y siguió sonriendo, pero con unas lágrimas como puños cayendo por las mejillas después de mi gesto, cada vez más preciso, que la práctica es lo que da, precisión. Le dejé la tarjetita en la cinta de la visera verde pistacho.

En cambio, el albañil fue el de encuentro más sencillo. No tuve más que esperarlo a la salida del bar de siempre. La ejecución, empero, fue la menos limpia. Ya costó que enfocara la tarjetita que le ofrecí para que se parara y, desde luego, no ayudó en lo más mínimo ese vaivén, esa falta de verticalidad del tipo. Tuve que repetir para que reaccionara, para superar la dosis de anestesiante que cargaba.

Ya llegaba al final del trabajo. Solo me quedaba una tarjeta. Preparé la valija y cerré los trámites del retorno. El último objetivo me agarraba de camino. Un local en el centro. No más una pibita. Le pregunté por el tal Álex. Y allí llegó ese momento de desconcierto que, tarde o temprano, siempre nos pierde. ¡Álex era ella! ¡Quedé consternado, che! Lo aprovechó, la condenada, y antes de que supiera qué pasaba tenía encima a aquellos gorilas. Me llevaron preso… Sí, pibe, fallé. Pero decí ¿Cómo hacés para acertar una patada en las pelotas a una decoradora?