sábado 15 de noviembre de 2008

Son peligrosas las costumbres

Ela lo tiene dicho: el hombre es animal de costumbres.

Y es así. Sin más explicación tendemos a repetirnos, a crear determinados moldes. Sin causa aparente que justifique la elección de un modelo determinado y no cualquier otro de todos los posibles. Sin saberlo, sin detenernos a pensarlo. Sin advertirlo, tan siquiera.

Son incontables los croasanes con café con leche que he desayunado, en aquel bar y no en otro de los centenares que lo rodean. En aquel rincón de la barra (si es posible). Infinitas las veces que he pisado las baldosas de aquel callejón, para llegarme a la estación, las de la acera umbría (incluso en invierno), aunque había otros recorridos posibles. Era los viernes cuando paseaba con Ossip a pesar de que ambos teníamos habitualmente todo el fin de semana libre.

Poco a poco nos rodeamos de conductas que repetimos, de costumbres. Quizás alzándolas como pequeños diques de seguridad en medio del maremágnum, del caos que intuimos que nos acecha. Los límites y las bases de un territorio conocido, seguro. Son, quizás, los hitos de ese nuestro territorio personal, las marcas de nuestro mapa de cada día. Configuran el escenario en el que nos reconocemos. Definen el mundo en que nos vemos capaces, que abarcamos, que creemos que podemos controlar. Me arriesgué a probar un croasán y me gustó: no tomemos más riesgos. Poco a poco (y cada vez más, con la edad) se endurecen, se tornan más rígidas, más excluyentes. Finalmente, manías.

Son peligrosas las costumbres. Todas. Hasta las más (aparentemente) inocentes, inocuas, las más predecibles e imperceptibles. Ésas especialmente. Y no (solo) porque nos hagan correr el riesgo de maniatizarnos (o maniatarnos), sino porque en esos pequeños ritos íntimos anida el tiempo. Pueden ser hitos, es cierto, pero los hitos del camino se alejan siempre. Irremisiblemente. Y cuando echamos la vista atrás señalan perfectamente la distancia que nos separa de aquello que alguna vez fue nuestro presente. Insalvable. ¿Te acuerdas cuando solíamos? Nos preguntamos a veces, sorprendidos. Sorprendidos porque ni nos dimos cuenta de que dejamos de hacerlo. Menos sorprendidos (cada vez menos sorpresas, eso también es envejecer) del tiempo que hace que perdimos aquella costumbre, de que hayan pasado quince años. Ya. Quince menos.

¿Te acuerdas de cuando íbamos al cine?

The Women”, de Diane English, con Meg Ryan y Annette Bening no pasará a la historia del cine, desde luego. Apenas un refrito de la película del mismo título dirigida por George Cukor en 1939. Una comedia amable, buenos diálogos y guiños lo suficientemente poco escondidos. Nada especial. Si no fuera porque nos gustó mucho, nos hizo reír a carcajadas hasta el llanto y fue la que el azar eligió para que Mimianna y yo volviéramos a una sala de proyección. Cuarenta y tres meses después.

Un regalo por sorpresa de Ela y Abu.

Porque es cierto y Ela lo tiene dicho: somos animales. De costumbres. Y retomar o remedar las que fueron nuestras costumbres también es desandar el camino, salvar lo insalvable. O hacernos esa ilusión. Un poco.

O reencontrarnos.