Iñaki murió dos días después de cumplir veinte años. Había sido mi amigo de la infancia. Durante ese tiempo eterno que abarca de los cuatro a los trece años, nos hicimos cargo mutuamente, sin advertirlo, de parte de nuestras vidas; la que quedaba fuera de casa, de los padres, de la familia. La más dura. La del colegio, los profesores, los otros niños. Él era un niño de acción, atlético, inteligente y risueño. Lo recuerdo siempre sonriendo a Iñaki. Con todo el rostro, generosamente, pero especialmente con los ojos. Sus ojos claros parecían intuir la sonrisa antes de que se dibujara en los labios y en ellos parecía perpetuarse, como un regusto, cuando ya había acabado. Le recuerdo una sonrisa bonita a Iñaki. Y era tal la sucesión de sonrisas y (aun) risas, que sus ojos parecían sonreír siempre.
Excepto cuando enfrentaba una injusticia. Entonces dirigía su mirada acerada al injusto, dispuesto a poner fin a la felonía de que se tratase, sin calcular jamás sus posibilidades de éxito, el tamaño o el poder del contrincante. Porque en eso Iñaki era quijotesco. Se empeñó siempre en proteger a los más débiles de sus compañeros, jamás utilizó su fuerza o inteligencia contra alguien con menos recursos que él. También por eso, quizás, fuimos amigos. Porque él hallaba un cierto encanto galante en protegerme (a mí, que me sabía débil de fuerzas), pero sin subordinaciones. Él gustaba de decir que admiraba en mí mis ideas (y, a qué negarlo, a mí me gustaba oírlo).
Acabó el colegio, pero perseveramos. No era difícil en una ciudad pequeña de provincias. No era difícil con Iñaki. De tanto en tanto nos reencontrábamos con una naturalidad que obviaba los periodos de ausencia cada vez más largos.
Y luego enfermó y la enfermedad le dio la oportunidad de volver a demostrarnos de qué materia especial estaba hecho cuando cumplió con el compromiso que contrajo consigo mismo: quizás él no podría vencer a la enfermedad, pero la enfermedad no podría vencerlo a él. Y así fue. Durante dos terribles años. Hasta que Iñaki murió justo después de cumplir los veinte.
Iñaki fue mi amigo de infancia y es mi muerto más querido. También murieron mi abuela y algunos de mis tíos y sentí sus muertes, pero eran previsibles (ley de vida, se afanan a exclamar), no me provocaron el vacío que creó Iñaki. Su muerte.
Vacío, eso fue su muerte.
Un vacío que me empeñé en llenar apenas volví del servicio fúnebre. No me servía (por unamuniana desgracia) la fe de mis padres, que había sido la mía pero ya no lo era entonces. No creía ya, como no creo ahora, en la cosmogonía de resurrección cristiana. No podía recurrir a la religión.
Pero sí a la literatura. Y encomendé mi desconcierto a las palabras de Cortázar. “Ahí pero dónde, cómo” es un cuento que no es un cuento. En él Cortázar nos relata la presencia de su amigo Paco, muerto treinta y un años antes, en sus sueños. Sólo que no es un sueño, “cómo decirlo, cómo seguir, hacer trizas la razón repitiendo que no es solamente un sueño, que si lo veo en sueños como a cualquiera de mis muertos, él es otra cosa, está ahí, dentro y fuera, vivo aunque lo que veo de él, lo que oigo de él: la enfermedad lo ciñe, lo fija en esa última apariencia que es mi recuerdo de él hace treinta y un años; así es”. Es un cuento que no es un cuento: Cortázar, muchos años después de escribirlo (una vida lo separaba de su amigo Paco) confiesa en una entrevista que lo escrito reflejaba cuidadosamente lo que en realidad experimentaba, lo que seguía experimentando. Yo llegué a aprenderme largos fragmentos de ese relato, con la esperanza de sustituir una fe increíble con una creación literaria (Tusquets señala, con sorna, que estamos dispuestos a creer que determinadas obras ciclópeas de la antigüedad las realizaron extraterrestres, porque no creemos que lo pudieran lograr hombres).
Durante un tiempo quise creer que, aunque no existiera el cielo o la resurrección o la reencarnación, algo debía quedar de nosotros, tras la muerte. Me cuenta S. un recuerdo (que no sabe si suyo o de su ama) del sur de México, en día de muertos, cuando “todo se revestía de flores particulares, olía a copal y todos estábamos cerca”, los vecinos encienden velas por las aceras: largas filas, que se adentran en los portales para señalar el camino a los muertos que vuelvan a visitar a sus seres queridos, por unas horas. Los romanos adoraban (en realidad) a sus manes, a los espíritus de los seres queridos. Y ésa era mi fabulación: la posibilidad fantástica de mantener un vínculo, de alguna manera, con mis muertos. Con mis vivos, cuando yo muriera.
Pero el vacío continuaba presente bajo esa mi voluntad. Más patente, si cabe, cuanto más intentaba ocultarlo. La fábula no resiste (no resistió) que la mire a los ojos. No era cierto, no creía (no creo) en la perdurabilidad de nadie tras la muerte. La muerte es el final.
Y queda el vacío.
Los nihilistas, con Sartre a la cabeza, erraron el punto de vista (lo que, en el caso del francés, era anatómicamente lógico), así, lo que nos crea esa nausea existencial no es constatar que tras nuestra muerte no hay otra cosa que la desaparición. No hay miedo (no puede haberlo, es ilógico) a dejar de existir, porque, a la vez dejará de existir nuestra consciencia, nuestro miedo, el mundo. No: lo que aterra es la muerte de los otros, de las personas a las que queremos, si sabemos que su muerte es su final definitivo. Para siempre.
Dice Marías que la vida nunca ahorra dolor. He tenido una gran fortuna hasta una edad tardía. Sólo me falta Iñaki. Pero sé que, tarde o temprano, tendré que afrontar la muerte de alguien que me sea muy querido y confieso que no sé cómo lograré superarlo. En algún caso (imaginad, que yo no puedo, Mimianna o Nenna) sé que nunca lo superaría. Es esa una melancolía contra la que no tengo herramientas. Y la temo.
La memoria, nos queda el recuerdo. Pero el recuerdo de lo perdido siempre es doloroso. La memoria, en este caso, ya no es refugio, sino todo lo contrario. Ossip me explicó que, en los peores momentos, habría deseado olvidar a la persona muerta, sacrificar lo vivido (su memoria, su existencia) si con ello desaparecía el dolor. (Me lo dijo como de pasada, sin darle importancia, como dice las cosas Ossip, que luego me duran años).
Si a la respuesta de ahí, pero dónde no es otra que en ningún sitio, si la memoria se torna un país doloroso, si no hay velas para guiarme hasta mis muertos, ¿Qué queda?
Vacío (por ahora).
Excepto cuando enfrentaba una injusticia. Entonces dirigía su mirada acerada al injusto, dispuesto a poner fin a la felonía de que se tratase, sin calcular jamás sus posibilidades de éxito, el tamaño o el poder del contrincante. Porque en eso Iñaki era quijotesco. Se empeñó siempre en proteger a los más débiles de sus compañeros, jamás utilizó su fuerza o inteligencia contra alguien con menos recursos que él. También por eso, quizás, fuimos amigos. Porque él hallaba un cierto encanto galante en protegerme (a mí, que me sabía débil de fuerzas), pero sin subordinaciones. Él gustaba de decir que admiraba en mí mis ideas (y, a qué negarlo, a mí me gustaba oírlo).
Acabó el colegio, pero perseveramos. No era difícil en una ciudad pequeña de provincias. No era difícil con Iñaki. De tanto en tanto nos reencontrábamos con una naturalidad que obviaba los periodos de ausencia cada vez más largos.
Y luego enfermó y la enfermedad le dio la oportunidad de volver a demostrarnos de qué materia especial estaba hecho cuando cumplió con el compromiso que contrajo consigo mismo: quizás él no podría vencer a la enfermedad, pero la enfermedad no podría vencerlo a él. Y así fue. Durante dos terribles años. Hasta que Iñaki murió justo después de cumplir los veinte.
Iñaki fue mi amigo de infancia y es mi muerto más querido. También murieron mi abuela y algunos de mis tíos y sentí sus muertes, pero eran previsibles (ley de vida, se afanan a exclamar), no me provocaron el vacío que creó Iñaki. Su muerte.
Vacío, eso fue su muerte.
Un vacío que me empeñé en llenar apenas volví del servicio fúnebre. No me servía (por unamuniana desgracia) la fe de mis padres, que había sido la mía pero ya no lo era entonces. No creía ya, como no creo ahora, en la cosmogonía de resurrección cristiana. No podía recurrir a la religión.
Pero sí a la literatura. Y encomendé mi desconcierto a las palabras de Cortázar. “Ahí pero dónde, cómo” es un cuento que no es un cuento. En él Cortázar nos relata la presencia de su amigo Paco, muerto treinta y un años antes, en sus sueños. Sólo que no es un sueño, “cómo decirlo, cómo seguir, hacer trizas la razón repitiendo que no es solamente un sueño, que si lo veo en sueños como a cualquiera de mis muertos, él es otra cosa, está ahí, dentro y fuera, vivo aunque lo que veo de él, lo que oigo de él: la enfermedad lo ciñe, lo fija en esa última apariencia que es mi recuerdo de él hace treinta y un años; así es”. Es un cuento que no es un cuento: Cortázar, muchos años después de escribirlo (una vida lo separaba de su amigo Paco) confiesa en una entrevista que lo escrito reflejaba cuidadosamente lo que en realidad experimentaba, lo que seguía experimentando. Yo llegué a aprenderme largos fragmentos de ese relato, con la esperanza de sustituir una fe increíble con una creación literaria (Tusquets señala, con sorna, que estamos dispuestos a creer que determinadas obras ciclópeas de la antigüedad las realizaron extraterrestres, porque no creemos que lo pudieran lograr hombres).
Durante un tiempo quise creer que, aunque no existiera el cielo o la resurrección o la reencarnación, algo debía quedar de nosotros, tras la muerte. Me cuenta S. un recuerdo (que no sabe si suyo o de su ama) del sur de México, en día de muertos, cuando “todo se revestía de flores particulares, olía a copal y todos estábamos cerca”, los vecinos encienden velas por las aceras: largas filas, que se adentran en los portales para señalar el camino a los muertos que vuelvan a visitar a sus seres queridos, por unas horas. Los romanos adoraban (en realidad) a sus manes, a los espíritus de los seres queridos. Y ésa era mi fabulación: la posibilidad fantástica de mantener un vínculo, de alguna manera, con mis muertos. Con mis vivos, cuando yo muriera.
Pero el vacío continuaba presente bajo esa mi voluntad. Más patente, si cabe, cuanto más intentaba ocultarlo. La fábula no resiste (no resistió) que la mire a los ojos. No era cierto, no creía (no creo) en la perdurabilidad de nadie tras la muerte. La muerte es el final.
Y queda el vacío.
Los nihilistas, con Sartre a la cabeza, erraron el punto de vista (lo que, en el caso del francés, era anatómicamente lógico), así, lo que nos crea esa nausea existencial no es constatar que tras nuestra muerte no hay otra cosa que la desaparición. No hay miedo (no puede haberlo, es ilógico) a dejar de existir, porque, a la vez dejará de existir nuestra consciencia, nuestro miedo, el mundo. No: lo que aterra es la muerte de los otros, de las personas a las que queremos, si sabemos que su muerte es su final definitivo. Para siempre.
Dice Marías que la vida nunca ahorra dolor. He tenido una gran fortuna hasta una edad tardía. Sólo me falta Iñaki. Pero sé que, tarde o temprano, tendré que afrontar la muerte de alguien que me sea muy querido y confieso que no sé cómo lograré superarlo. En algún caso (imaginad, que yo no puedo, Mimianna o Nenna) sé que nunca lo superaría. Es esa una melancolía contra la que no tengo herramientas. Y la temo.
La memoria, nos queda el recuerdo. Pero el recuerdo de lo perdido siempre es doloroso. La memoria, en este caso, ya no es refugio, sino todo lo contrario. Ossip me explicó que, en los peores momentos, habría deseado olvidar a la persona muerta, sacrificar lo vivido (su memoria, su existencia) si con ello desaparecía el dolor. (Me lo dijo como de pasada, sin darle importancia, como dice las cosas Ossip, que luego me duran años).
Si a la respuesta de ahí, pero dónde no es otra que en ningún sitio, si la memoria se torna un país doloroso, si no hay velas para guiarme hasta mis muertos, ¿Qué queda?
Vacío (por ahora).
