En la obscuridad, en el cuarto de Nenna. Con Nenna. Mimianna y yo cumpliendo el voto que nos hemos hecho de ayudarle a vencer eso que creemos miedo, acompañándola hasta que concilie el sueño. A solas con la obscuridad y nuestras presencias. Desde la cama de Nenna me llega la voz de Mimianna. Le susurra historias de cuando ella era pequeña, de los nombres de sus muñecas. De la bondad de Puccinela, el muñeco que la acompañó durante todas las noches de su infancia, que la cuidaba, que nunca permitió que sucediera nada malo. El mismo muñeco que sé que abraza en este momento Nenna, sin acabar de creer, sin dejar de creer.
En el suelo, donde me he tumbado, suspiro mi propio cansancio, mi sueño. Y el susurro de Mimianna, evocando su propia infancia, le explica ahora a Nenna cuando dormía con la yaya, su bisabuela, y ésta le hacía rezar… Y no, me digo en silencio, no sigas que en eso no creemos, que Nenna no está bautizada, que con nuestro mundo no van los curas, los santos ni las vírgenes, ni los rezos… no sigas… En silencio escucho una pequeña oración que invoca la protección para los infantes, de su sueño, en ese idioma que es el nuestro pero no fue el de mi niñez. Una pequeña y linda oración rimada para saludar al Ángel de la Guarda.
Y, súbitamente, la presión en mi espalda ya no la provocan las baldosas, sino el papel pintado de la que fue mi habitación, la primera que recuerdo, la segunda que dicen que tuve. La pared a la que se arrimaba mi cama, el lugar por donde nada me podía atacar mientras dormía, al que podía dar la espalda. Y las palabras en ese idioma extraño trajeron a mis labios una invocación antigua, olvidada, a mi propio ángel, el que me acompañó toda mi infancia.
Él (porque era él) era un ángel de largas alas blancas y torso atlético (nada de pusilánimes, si tenía que cuidarme). Él siempre me acompañaba y, procurando que yo no lo advirtiera, apartaba de mi camino todos los peligros. Me defendía, cómo no, del mal y de caer en el pecado. Como todos los ángeles. Pero el mío, además, jugaba conmigo. Y conversaba. Y paseaba a mi lado. Y, sobre todo, se sentaba en el cabezal de mi cama toda la noche, siempre en vela, siempre vigilando. Mi ángel no era cualquier ángel. Y tenía nombre.
Y me sorprende no recordar cuándo dejó de acompañarme. Cuál fue la última tarde en que le dirigí una mirada, una palabra, me hizo una caricia con sus alas. Cuándo dejé de creer en él. Cuándo, más tarde, lo olvidé.
Y se me aparece tan largo el camino que he transitado sin él. Sin contar con su ayuda, con su compañía. ¡Qué mayor he sido! ¡Qué valiente! Todo este tiempo, toda esta lejanía, sin creer. Sin recordar que creí. Y lo añoro a mi ángel, que se debió quedar tan solo, en una niñez que dejaba de serlo y que nunca volverá. En el que nunca volveré a creer.
Y no puedo evitar (porque ya soy mayor, porque también soy lo que he leído) recordar la voz quebrada de Alberti en su poemario sobre los ángeles, el que bañó el final de mi adolescencia, la pérdida de las últimas inocencias.
Y acompaño en silencio la pequeña letanía de Mimianna. Porque ya no creo pero creí y fue bueno. Para proteger el sueño de Nenna. Para encomendarla a su cuidado. Para que halle su ángel que, sin lastimarla, cave una ribera de luz dulce en su pecho y le haga el alma navegable.
En el suelo, donde me he tumbado, suspiro mi propio cansancio, mi sueño. Y el susurro de Mimianna, evocando su propia infancia, le explica ahora a Nenna cuando dormía con la yaya, su bisabuela, y ésta le hacía rezar… Y no, me digo en silencio, no sigas que en eso no creemos, que Nenna no está bautizada, que con nuestro mundo no van los curas, los santos ni las vírgenes, ni los rezos… no sigas… En silencio escucho una pequeña oración que invoca la protección para los infantes, de su sueño, en ese idioma que es el nuestro pero no fue el de mi niñez. Una pequeña y linda oración rimada para saludar al Ángel de la Guarda.
Y, súbitamente, la presión en mi espalda ya no la provocan las baldosas, sino el papel pintado de la que fue mi habitación, la primera que recuerdo, la segunda que dicen que tuve. La pared a la que se arrimaba mi cama, el lugar por donde nada me podía atacar mientras dormía, al que podía dar la espalda. Y las palabras en ese idioma extraño trajeron a mis labios una invocación antigua, olvidada, a mi propio ángel, el que me acompañó toda mi infancia.
Él (porque era él) era un ángel de largas alas blancas y torso atlético (nada de pusilánimes, si tenía que cuidarme). Él siempre me acompañaba y, procurando que yo no lo advirtiera, apartaba de mi camino todos los peligros. Me defendía, cómo no, del mal y de caer en el pecado. Como todos los ángeles. Pero el mío, además, jugaba conmigo. Y conversaba. Y paseaba a mi lado. Y, sobre todo, se sentaba en el cabezal de mi cama toda la noche, siempre en vela, siempre vigilando. Mi ángel no era cualquier ángel. Y tenía nombre.
Y me sorprende no recordar cuándo dejó de acompañarme. Cuál fue la última tarde en que le dirigí una mirada, una palabra, me hizo una caricia con sus alas. Cuándo dejé de creer en él. Cuándo, más tarde, lo olvidé.
Y se me aparece tan largo el camino que he transitado sin él. Sin contar con su ayuda, con su compañía. ¡Qué mayor he sido! ¡Qué valiente! Todo este tiempo, toda esta lejanía, sin creer. Sin recordar que creí. Y lo añoro a mi ángel, que se debió quedar tan solo, en una niñez que dejaba de serlo y que nunca volverá. En el que nunca volveré a creer.
Y no puedo evitar (porque ya soy mayor, porque también soy lo que he leído) recordar la voz quebrada de Alberti en su poemario sobre los ángeles, el que bañó el final de mi adolescencia, la pérdida de las últimas inocencias.
Y acompaño en silencio la pequeña letanía de Mimianna. Porque ya no creo pero creí y fue bueno. Para proteger el sueño de Nenna. Para encomendarla a su cuidado. Para que halle su ángel que, sin lastimarla, cave una ribera de luz dulce en su pecho y le haga el alma navegable.
