viernes, 28 de noviembre de 2008

In memoriam. Contra la melancolía (3)

Iñaki murió dos días después de cumplir veinte años. Había sido mi amigo de la infancia. Durante ese tiempo eterno que abarca de los cuatro a los trece años, nos hicimos cargo mutuamente, sin advertirlo, de parte de nuestras vidas; la que quedaba fuera de casa, de los padres, de la familia. La más dura. La del colegio, los profesores, los otros niños. Él era un niño de acción, atlético, inteligente y risueño. Lo recuerdo siempre sonriendo a Iñaki. Con todo el rostro, generosamente, pero especialmente con los ojos. Sus ojos claros parecían intuir la sonrisa antes de que se dibujara en los labios y en ellos parecía perpetuarse, como un regusto, cuando ya había acabado. Le recuerdo una sonrisa bonita a Iñaki. Y era tal la sucesión de sonrisas y (aun) risas, que sus ojos parecían sonreír siempre.

Excepto cuando enfrentaba una injusticia. Entonces dirigía su mirada acerada al injusto, dispuesto a poner fin a la felonía de que se tratase, sin calcular jamás sus posibilidades de éxito, el tamaño o el poder del contrincante. Porque en eso Iñaki era quijotesco. Se empeñó siempre en proteger a los más débiles de sus compañeros, jamás utilizó su fuerza o inteligencia contra alguien con menos recursos que él. También por eso, quizás, fuimos amigos. Porque él hallaba un cierto encanto galante en protegerme (a mí, que me sabía débil de fuerzas), pero sin subordinaciones. Él gustaba de decir que admiraba en mí mis ideas (y, a qué negarlo, a mí me gustaba oírlo).

Acabó el colegio, pero perseveramos. No era difícil en una ciudad pequeña de provincias. No era difícil con Iñaki. De tanto en tanto nos reencontrábamos con una naturalidad que obviaba los periodos de ausencia cada vez más largos.

Y luego enfermó y la enfermedad le dio la oportunidad de volver a demostrarnos de qué materia especial estaba hecho cuando cumplió con el compromiso que contrajo consigo mismo: quizás él no podría vencer a la enfermedad, pero la enfermedad no podría vencerlo a él. Y así fue. Durante dos terribles años. Hasta que Iñaki murió justo después de cumplir los veinte.

Iñaki fue mi amigo de infancia y es mi muerto más querido. También murieron mi abuela y algunos de mis tíos y sentí sus muertes, pero eran previsibles (ley de vida, se afanan a exclamar), no me provocaron el vacío que creó Iñaki. Su muerte.

Vacío, eso fue su muerte.

Un vacío que me empeñé en llenar apenas volví del servicio fúnebre. No me servía (por unamuniana desgracia) la fe de mis padres, que había sido la mía pero ya no lo era entonces. No creía ya, como no creo ahora, en la cosmogonía de resurrección cristiana. No podía recurrir a la religión.

Pero sí a la literatura. Y encomendé mi desconcierto a las palabras de Cortázar. “Ahí pero dónde, cómo” es un cuento que no es un cuento. En él Cortázar nos relata la presencia de su amigo Paco, muerto treinta y un años antes, en sus sueños. Sólo que no es un sueño, “cómo decirlo, cómo seguir, hacer trizas la razón repitiendo que no es solamente un sueño, que si lo veo en sueños como a cualquiera de mis muertos, él es otra cosa, está ahí, dentro y fuera, vivo aunque lo que veo de él, lo que oigo de él: la enfermedad lo ciñe, lo fija en esa última apariencia que es mi recuerdo de él hace treinta y un años; así es”. Es un cuento que no es un cuento: Cortázar, muchos años después de escribirlo (una vida lo separaba de su amigo Paco) confiesa en una entrevista que lo escrito reflejaba cuidadosamente lo que en realidad experimentaba, lo que seguía experimentando. Yo llegué a aprenderme largos fragmentos de ese relato, con la esperanza de sustituir una fe increíble con una creación literaria (Tusquets señala, con sorna, que estamos dispuestos a creer que determinadas obras ciclópeas de la antigüedad las realizaron extraterrestres, porque no creemos que lo pudieran lograr hombres).

Durante un tiempo quise creer que, aunque no existiera el cielo o la resurrección o la reencarnación, algo debía quedar de nosotros, tras la muerte. Me cuenta S. un recuerdo (que no sabe si suyo o de su ama) del sur de México, en día de muertos, cuando “todo se revestía de flores particulares, olía a copal y todos estábamos cerca”, los vecinos encienden velas por las aceras: largas filas, que se adentran en los portales para señalar el camino a los muertos que vuelvan a visitar a sus seres queridos, por unas horas. Los romanos adoraban (en realidad) a sus manes, a los espíritus de los seres queridos. Y ésa era mi fabulación: la posibilidad fantástica de mantener un vínculo, de alguna manera, con mis muertos. Con mis vivos, cuando yo muriera.

Pero el vacío continuaba presente bajo esa mi voluntad. Más patente, si cabe, cuanto más intentaba ocultarlo. La fábula no resiste (no resistió) que la mire a los ojos. No era cierto, no creía (no creo) en la perdurabilidad de nadie tras la muerte. La muerte es el final.

Y queda el vacío.

Los nihilistas, con Sartre a la cabeza, erraron el punto de vista (lo que, en el caso del francés, era anatómicamente lógico), así, lo que nos crea esa nausea existencial no es constatar que tras nuestra muerte no hay otra cosa que la desaparición. No hay miedo (no puede haberlo, es ilógico) a dejar de existir, porque, a la vez dejará de existir nuestra consciencia, nuestro miedo, el mundo. No: lo que aterra es la muerte de los otros, de las personas a las que queremos, si sabemos que su muerte es su final definitivo. Para siempre.

Dice Marías que la vida nunca ahorra dolor. He tenido una gran fortuna hasta una edad tardía. Sólo me falta Iñaki. Pero sé que, tarde o temprano, tendré que afrontar la muerte de alguien que me sea muy querido y confieso que no sé cómo lograré superarlo. En algún caso (imaginad, que yo no puedo, Mimianna o Nenna) sé que nunca lo superaría. Es esa una melancolía contra la que no tengo herramientas. Y la temo.

La memoria, nos queda el recuerdo. Pero el recuerdo de lo perdido siempre es doloroso. La memoria, en este caso, ya no es refugio, sino todo lo contrario. Ossip me explicó que, en los peores momentos, habría deseado olvidar a la persona muerta, sacrificar lo vivido (su memoria, su existencia) si con ello desaparecía el dolor. (Me lo dijo como de pasada, sin darle importancia, como dice las cosas Ossip, que luego me duran años).

Si a la respuesta de ahí, pero dónde no es otra que en ningún sitio, si la memoria se torna un país doloroso, si no hay velas para guiarme hasta mis muertos, ¿Qué queda?

Vacío (por ahora).

viernes, 21 de noviembre de 2008

El ángel bueno

En la obscuridad, en el cuarto de Nenna. Con Nenna. Mimianna y yo cumpliendo el voto que nos hemos hecho de ayudarle a vencer eso que creemos miedo, acompañándola hasta que concilie el sueño. A solas con la obscuridad y nuestras presencias. Desde la cama de Nenna me llega la voz de Mimianna. Le susurra historias de cuando ella era pequeña, de los nombres de sus muñecas. De la bondad de Puccinela, el muñeco que la acompañó durante todas las noches de su infancia, que la cuidaba, que nunca permitió que sucediera nada malo. El mismo muñeco que sé que abraza en este momento Nenna, sin acabar de creer, sin dejar de creer.

En el suelo, donde me he tumbado, suspiro mi propio cansancio, mi sueño. Y el susurro de Mimianna, evocando su propia infancia, le explica ahora a Nenna cuando dormía con la yaya, su bisabuela, y ésta le hacía rezar… Y no, me digo en silencio, no sigas que en eso no creemos, que Nenna no está bautizada, que con nuestro mundo no van los curas, los santos ni las vírgenes, ni los rezos… no sigas… En silencio escucho una pequeña oración que invoca la protección para los infantes, de su sueño, en ese idioma que es el nuestro pero no fue el de mi niñez. Una pequeña y linda oración rimada para saludar al Ángel de la Guarda.

Y, súbitamente, la presión en mi espalda ya no la provocan las baldosas, sino el papel pintado de la que fue mi habitación, la primera que recuerdo, la segunda que dicen que tuve. La pared a la que se arrimaba mi cama, el lugar por donde nada me podía atacar mientras dormía, al que podía dar la espalda. Y las palabras en ese idioma extraño trajeron a mis labios una invocación antigua, olvidada, a mi propio ángel, el que me acompañó toda mi infancia.

Él (porque era él) era un ángel de largas alas blancas y torso atlético (nada de pusilánimes, si tenía que cuidarme). Él siempre me acompañaba y, procurando que yo no lo advirtiera, apartaba de mi camino todos los peligros. Me defendía, cómo no, del mal y de caer en el pecado. Como todos los ángeles. Pero el mío, además, jugaba conmigo. Y conversaba. Y paseaba a mi lado. Y, sobre todo, se sentaba en el cabezal de mi cama toda la noche, siempre en vela, siempre vigilando. Mi ángel no era cualquier ángel. Y tenía nombre.

Y me sorprende no recordar cuándo dejó de acompañarme. Cuál fue la última tarde en que le dirigí una mirada, una palabra, me hizo una caricia con sus alas. Cuándo dejé de creer en él. Cuándo, más tarde, lo olvidé.

Y se me aparece tan largo el camino que he transitado sin él. Sin contar con su ayuda, con su compañía. ¡Qué mayor he sido! ¡Qué valiente! Todo este tiempo, toda esta lejanía, sin creer. Sin recordar que creí. Y lo añoro a mi ángel, que se debió quedar tan solo, en una niñez que dejaba de serlo y que nunca volverá. En el que nunca volveré a creer.

Y no puedo evitar (porque ya soy mayor, porque también soy lo que he leído) recordar la voz quebrada de Alberti en su poemario sobre los ángeles, el que bañó el final de mi adolescencia, la pérdida de las últimas inocencias.

Y acompaño en silencio la pequeña letanía de Mimianna. Porque ya no creo pero creí y fue bueno. Para proteger el sueño de Nenna. Para encomendarla a su cuidado. Para que halle su ángel que, sin lastimarla, cave una ribera de luz dulce en su pecho y le haga el alma navegable.

lunes, 17 de noviembre de 2008

S.

The pleasure and the privilige are mine.

Gracias (en cualquier caso).

sábado, 15 de noviembre de 2008

Son peligrosas las costumbres

Ela lo tiene dicho: el hombre es animal de costumbres.

Y es así. Sin más explicación tendemos a repetirnos, a crear determinados moldes. Sin causa aparente que justifique la elección de un modelo determinado y no cualquier otro de todos los posibles. Sin saberlo, sin detenernos a pensarlo. Sin advertirlo, tan siquiera.

Son incontables los croasanes con café con leche que he desayunado, en aquel bar y no en otro de los centenares que lo rodean. En aquel rincón de la barra (si es posible). Infinitas las veces que he pisado las baldosas de aquel callejón, para llegarme a la estación, las de la acera umbría (incluso en invierno), aunque había otros recorridos posibles. Era los viernes cuando paseaba con Ossip a pesar de que ambos teníamos habitualmente todo el fin de semana libre.

Poco a poco nos rodeamos de conductas que repetimos, de costumbres. Quizás alzándolas como pequeños diques de seguridad en medio del maremágnum, del caos que intuimos que nos acecha. Los límites y las bases de un territorio conocido, seguro. Son, quizás, los hitos de ese nuestro territorio personal, las marcas de nuestro mapa de cada día. Configuran el escenario en el que nos reconocemos. Definen el mundo en que nos vemos capaces, que abarcamos, que creemos que podemos controlar. Me arriesgué a probar un croasán y me gustó: no tomemos más riesgos. Poco a poco (y cada vez más, con la edad) se endurecen, se tornan más rígidas, más excluyentes. Finalmente, manías.

Son peligrosas las costumbres. Todas. Hasta las más (aparentemente) inocentes, inocuas, las más predecibles e imperceptibles. Ésas especialmente. Y no (solo) porque nos hagan correr el riesgo de maniatizarnos (o maniatarnos), sino porque en esos pequeños ritos íntimos anida el tiempo. Pueden ser hitos, es cierto, pero los hitos del camino se alejan siempre. Irremisiblemente. Y cuando echamos la vista atrás señalan perfectamente la distancia que nos separa de aquello que alguna vez fue nuestro presente. Insalvable. ¿Te acuerdas cuando solíamos? Nos preguntamos a veces, sorprendidos. Sorprendidos porque ni nos dimos cuenta de que dejamos de hacerlo. Menos sorprendidos (cada vez menos sorpresas, eso también es envejecer) del tiempo que hace que perdimos aquella costumbre, de que hayan pasado quince años. Ya. Quince menos.

¿Te acuerdas de cuando íbamos al cine?

The Women”, de Diane English, con Meg Ryan y Annette Bening no pasará a la historia del cine, desde luego. Apenas un refrito de la película del mismo título dirigida por George Cukor en 1939. Una comedia amable, buenos diálogos y guiños lo suficientemente poco escondidos. Nada especial. Si no fuera porque nos gustó mucho, nos hizo reír a carcajadas hasta el llanto y fue la que el azar eligió para que Mimianna y yo volviéramos a una sala de proyección. Cuarenta y tres meses después.

Un regalo por sorpresa de Ela y Abu.

Porque es cierto y Ela lo tiene dicho: somos animales. De costumbres. Y retomar o remedar las que fueron nuestras costumbres también es desandar el camino, salvar lo insalvable. O hacernos esa ilusión. Un poco.

O reencontrarnos.