miércoles 15 de octubre de 2008

¡Tiempo!

'Daam tiene un relato de juventud premonitorio. En él, un niño malcriado y despótico le pide a su padre, como regalo de Navidad, tiempo. Y el padre, cansado y desesperado, se pregunta cómo cumplir con ese deseo. Desgraciadamente para él, descubre que, de alguna manera fantástica, el vampirillo ya ha conseguido que se le conceda el capricho. A costa del tiempo del padre, quien cada vez dispone de menos para sí mismo.

Es de juventud y es premonitorio. Tan de juventud que ni él ni yo teníamos hijos en aquel entonces (ni intención). Su apreciación es, por tanto, fruto de una observación casi etológica de su entorno, de los sujetos que sí tenían entonces. Es premonitorio porque ahora los dos tenemos hijos.

Y nos falta tiempo.

Sería injusto que aquí culpase a Nenna del ajetreo de mi vida, de la acumulación de actividad que se agolpa entre mis cortos periodos de sueño (un poco más largos ahora), de la cantidad de cosas que, con todo, hay que hacer y están pendientes pero que hay que hacer. Nenna supone un plus de actividad, únicamente (algo más activo, más cansado, más extemporáneo, el más importante), pero sólo eso.

No estoy de acuerdo con Hipócrates, la vida no es (necesariamente) breve, no es el arte prolongado. Son las obligaciones las que son no ya prolongadas sino infinitas. El cúmulo de responsabilidades que vamos echando sobre los hombros, la red de dependencias que creamos al nuestro alrededor, las expectativas, las metas, son las que devoran nuestro tiempo. Las que hacen que, en algún momento de lucidez (o de respiro agotado), alcemos los ojos enrojecidos y lo veamos consumirse a una velocidad realmente increíble. Todavía me sorprende que muchas de las cosas que recuerdo como bastante cercanas en el pasado, una vez echadas las cuentas, me contemplen desde una distancia de veinte o veinticinco años: una cantidad de tiempo que era toda mi vida hace (me parece) apenas unos años.

El tiempo no huye, se gasta. Lo gastamos con cada actividad que realizamos. Las placenteras, las obligadas, las necesarias, las fútiles, todas gastan tiempo. Y el dinero. O su obtención. Ésa es la actividad que más gasta, que más nos ocupa, que más nos obliga.

Durante algún tiempo me pregunté porqué. Fábulas anticonsumistas aparte, ¿Por qué dedicamos tanto esfuerzo y tiempo a ganar dinero? Incluso en los casos más normales y austeros, menos marquistas. Para qué la riqueza, qué aporta, qué es realmente riqueza.

La respuesta (a la que yo llegué, al menos) es sencilla. Aunque no original: coincidí con la que apuntó algunos años después una campaña publicitaria de la lotería de Navidad, que consistió en ir mostrando, en blanco y negro y con filtros que suavizaban los contornos, a gente ociosa paseando junto al mar, leyendo, jugando con niños… y acabar ofreciendo el premio: tiempo. No el montante del premio rifado, sino lo que permitía su cuantía.

Y es cierto: la riqueza consiste en disponer de tiempo. Sin necesidad de gastarlo en obligaciones.

Aunque para ello necesites ganar dinero.

O que te toque la lotería.