Guillermo Cabrera Infante es uno de mis escritores favoritos y he leído muy pocos de sus libros. Tan solo tres: “La Habana para un infante difunto”, “Vidas para leerlas” y “Tres tristes tigres”.
El primero lo leí muy joven, con once o doce años, y lo hice por la emulación del título con el de una pieza musical que ya entonces se encontraba entre mis adoraciones: la “Pavane pour une infante défunte”, de Ravel. Excesivamente joven. Me superó. Apenas recuerdo otra cosa que la ardua labor en que se tornó la lectura. Nada placentera.
El segundo es el último (novedoso) que he leído. Se trata de una serie de retratos literarios de autores cubanos (en la mayoría de los casos), de sus andanzas, de sus problemas con el régimen… No me gustó especialmente. Algo farragoso en algún momento. Pero le debo la primera noticia sobre Reinaldo Arenas y algún relato emocionante, como el de García Lorca en La Habana.
El tercero, “Tres tristes tigres” explica y justifica mi primera afirmación, ese aparente oxímoron. Cabrera es uno de mis autores favoritos porque uno de sus libros, ése libro, es uno de mis libros amados. Lo he leído tres o cuatro veces por completo e infinidad en fragmentos. He leído pocos de sus libros, pero lo he leído mucho.
Vengo afirmando que la memoria está contenida en la música. Mucho mejor que en cualquier otro arte. Eso es habitualmente así. También es lo normal que no seamos conscientes de con qué pieza concreta se asociará, cuáles serán las notas que nos evocarán este momento, cuando sea pasado. Pero toda regla (dicen) tiene su excepción.
Y “Tres tristes tigres” es excepcional.
No solo por su factura, por el dominio del idioma, por la trama, por el mundo que logra rememorar (o recrear, en mi caso, que no conocí la Cuba de Batista). No solo por el placer inmenso que proporciona su lectura, cada una de ellas. No por todo ello, sino porque, extrañamente, entre sus páginas hallo parte de mi pasado.
Tres meses antes de cumplir dieciocho años inicié las clases del primer curso de carrera. En otra ciudad. Una gran ciudad, la que yo ya había elegido como mía, la que pretendí que sería mi ciudad para siempre (y así fue hasta hace unos meses). Fuera, por primera vez, de casa de Ela y Abu. La inteligencia de alguien había propiciado que las obligaciones curriculares de aquel primer curso fueran irrisorias, apenas cuatro asignaturas (lo compensó en cursos posteriores, siempre dando muestras de mayor inteligencia). Yo disponía, por tanto, de mucho tiempo libre (casi todo) y de una ciudad inmensa para ser explorada. Las expediciones comenzaban a media mañana, una vez acabadas las clases, y se dilataban hasta la hora vespertina de la cena temprana. Siempre caminando. Casi siempre con un libro en el zurrón (yo llevaba un zurrón en aquellos tiempos, confieso). Siempre en soledad.
Y con una sonrisa bailándome en los ojos.
Porque sabía que aquel momento era un momento de tregua. Y legítima, además, pues no hacía otra cosa que la que se esperaba de mí (que yo esperaba de mí). Realmente contaba con todo ese tiempo. No había nada malo en que lo dedicara a pasear, a entrar gratuitamente en galerías de arte (antológicas las miradas de los galeristas), a admirar las evoluciones de las bandadas de estorninos contra el cielo color terracota (es así como lo recuerdo). O a leer.
Casi siempre un libro, pero el que llevaba lo había acabado. Y quería leer esa tarde. Al pasar frente a un quiosco, un gran cartón, con dos libros pegados, anunciaba la primera entrega de una colección de clásicos contemporáneos de la literatura universal. A precio de lanzamiento, dos ejemplares. Me interesaba uno de ellos. Aun a sabiendas que el dinero que dedicaba a esa compra esfumaba la comida del mediodía del día siguiente, me los llevé. Suelo dejar en el plato el bocado predilecto hasta el final y algo parecido hice en aquella ocasión. Decidí dejar para después el libro que me interesaba. Hallé una plaza recóndita y muy antigua, sin coches. Y un banco de piedra, en una esquina, bajo el único árbol, pero inmenso. Me acomodé (con esa edad, hasta un banco de piedra es cómodo) y me sumergí en la verborrea cubana de una joven que sabía demasiado bien qué esperar de La Habana, años cincuenta. Y me hundí en “Tres tristes tigres”. Cada vez con mayor asombro, con mayor deleite. Con toda la felicidad de ese momento. Y con toda la consciencia de que ése sería el receptáculo de aquellos raros días de libertad, para los venideros, para los que se irían acumulando después, alejándome de aquella mi edad.
Por eso ese libro es excepcional. Porque al abrirlo sé que encontraré un pequeño oasis, una tregua. O su memoria. Y, en la vida, las treguas son excepcionales.
El primero lo leí muy joven, con once o doce años, y lo hice por la emulación del título con el de una pieza musical que ya entonces se encontraba entre mis adoraciones: la “Pavane pour une infante défunte”, de Ravel. Excesivamente joven. Me superó. Apenas recuerdo otra cosa que la ardua labor en que se tornó la lectura. Nada placentera.
El segundo es el último (novedoso) que he leído. Se trata de una serie de retratos literarios de autores cubanos (en la mayoría de los casos), de sus andanzas, de sus problemas con el régimen… No me gustó especialmente. Algo farragoso en algún momento. Pero le debo la primera noticia sobre Reinaldo Arenas y algún relato emocionante, como el de García Lorca en La Habana.
El tercero, “Tres tristes tigres” explica y justifica mi primera afirmación, ese aparente oxímoron. Cabrera es uno de mis autores favoritos porque uno de sus libros, ése libro, es uno de mis libros amados. Lo he leído tres o cuatro veces por completo e infinidad en fragmentos. He leído pocos de sus libros, pero lo he leído mucho.
Vengo afirmando que la memoria está contenida en la música. Mucho mejor que en cualquier otro arte. Eso es habitualmente así. También es lo normal que no seamos conscientes de con qué pieza concreta se asociará, cuáles serán las notas que nos evocarán este momento, cuando sea pasado. Pero toda regla (dicen) tiene su excepción.
Y “Tres tristes tigres” es excepcional.
No solo por su factura, por el dominio del idioma, por la trama, por el mundo que logra rememorar (o recrear, en mi caso, que no conocí la Cuba de Batista). No solo por el placer inmenso que proporciona su lectura, cada una de ellas. No por todo ello, sino porque, extrañamente, entre sus páginas hallo parte de mi pasado.
Tres meses antes de cumplir dieciocho años inicié las clases del primer curso de carrera. En otra ciudad. Una gran ciudad, la que yo ya había elegido como mía, la que pretendí que sería mi ciudad para siempre (y así fue hasta hace unos meses). Fuera, por primera vez, de casa de Ela y Abu. La inteligencia de alguien había propiciado que las obligaciones curriculares de aquel primer curso fueran irrisorias, apenas cuatro asignaturas (lo compensó en cursos posteriores, siempre dando muestras de mayor inteligencia). Yo disponía, por tanto, de mucho tiempo libre (casi todo) y de una ciudad inmensa para ser explorada. Las expediciones comenzaban a media mañana, una vez acabadas las clases, y se dilataban hasta la hora vespertina de la cena temprana. Siempre caminando. Casi siempre con un libro en el zurrón (yo llevaba un zurrón en aquellos tiempos, confieso). Siempre en soledad.
Y con una sonrisa bailándome en los ojos.
Porque sabía que aquel momento era un momento de tregua. Y legítima, además, pues no hacía otra cosa que la que se esperaba de mí (que yo esperaba de mí). Realmente contaba con todo ese tiempo. No había nada malo en que lo dedicara a pasear, a entrar gratuitamente en galerías de arte (antológicas las miradas de los galeristas), a admirar las evoluciones de las bandadas de estorninos contra el cielo color terracota (es así como lo recuerdo). O a leer.
Casi siempre un libro, pero el que llevaba lo había acabado. Y quería leer esa tarde. Al pasar frente a un quiosco, un gran cartón, con dos libros pegados, anunciaba la primera entrega de una colección de clásicos contemporáneos de la literatura universal. A precio de lanzamiento, dos ejemplares. Me interesaba uno de ellos. Aun a sabiendas que el dinero que dedicaba a esa compra esfumaba la comida del mediodía del día siguiente, me los llevé. Suelo dejar en el plato el bocado predilecto hasta el final y algo parecido hice en aquella ocasión. Decidí dejar para después el libro que me interesaba. Hallé una plaza recóndita y muy antigua, sin coches. Y un banco de piedra, en una esquina, bajo el único árbol, pero inmenso. Me acomodé (con esa edad, hasta un banco de piedra es cómodo) y me sumergí en la verborrea cubana de una joven que sabía demasiado bien qué esperar de La Habana, años cincuenta. Y me hundí en “Tres tristes tigres”. Cada vez con mayor asombro, con mayor deleite. Con toda la felicidad de ese momento. Y con toda la consciencia de que ése sería el receptáculo de aquellos raros días de libertad, para los venideros, para los que se irían acumulando después, alejándome de aquella mi edad.
Por eso ese libro es excepcional. Porque al abrirlo sé que encontraré un pequeño oasis, una tregua. O su memoria. Y, en la vida, las treguas son excepcionales.
