En ocasiones, el laberinto tiende a irse estrechando, a abombar las paredes de los pasillos. Hasta que se tocan sobre nuestras cabezas. Tapan la luz. Y se convierte en un túnel. O un tubo. En ocasiones no queda otra que pasar por él.
El túnel o tubo puede ser más o menos angosto, más o menos largo, sinuoso, en cuesta o en más en cuesta. Y casi siempre obscuro. Todo depende del material de su fábrica. Muchos hay y de muchas clases. Pero los peores, sin lugar a dudas, son los administrativos.
Mimianna y yo no tuvimos más remedio que adentrarnos en uno de ellos. De lo más administrativo. Hace siete meses. Casi exactos (unos días más, pero qué importa, ahora, ya). Hace siete meses presentamos un grueso legajo de planos y memorias y escritos y justificantes y pólizas e ingresos. Inmediatamente las paredes se abombaron, chocaron sobre nuestras cabezas, el piso se inclinó (hacia arriba) y nuestros ojos se sumieron en la más inextricable obscuridad.
Y a caminar, no obstante. Primero con cierto tiento, con tranquilidad, que suponíamos una cierta longitud al trayecto. Luego con alguna prisa más. Hasta el primer tropiezo (nada, unos papeles que faltaban), y el segundo (nada, unas obras públicas y faraónicas que nos interferían), y los subsiguientes (nada, las vacaciones del funcionario; nada, un trozo de muralla que hemos encontrado; nada, un informe que nos falta del Departamento-de-al-lado; nada, que dicen que no; nada, que se habían equivocado, que sí; nada, que casi, pero falta que paguen otra tasa; nada, solo que firme otro funcionario). Y todo a obscuras. Y lento y farragoso. E inepto. Y vago (de falta de ganas de trabajar). Las nuevas tecnologías han permitido pasar del vuelva usted mañana de Larra, al llame usted la semana que viene.
Pero los tubos y los túneles también tienen otra cualidad. Son finitos. Por muy largos y farragosos que lleguen a ser, se acaban. En algún momento.
Hoy la autoridad nos ha entregado un papel con sellos y timbres, mediante el cual nos permite acondicionar la que será nuestra casa, conforme a nuestros proyectos.
Solo nos quedan las obras.
El túnel o tubo puede ser más o menos angosto, más o menos largo, sinuoso, en cuesta o en más en cuesta. Y casi siempre obscuro. Todo depende del material de su fábrica. Muchos hay y de muchas clases. Pero los peores, sin lugar a dudas, son los administrativos.
Mimianna y yo no tuvimos más remedio que adentrarnos en uno de ellos. De lo más administrativo. Hace siete meses. Casi exactos (unos días más, pero qué importa, ahora, ya). Hace siete meses presentamos un grueso legajo de planos y memorias y escritos y justificantes y pólizas e ingresos. Inmediatamente las paredes se abombaron, chocaron sobre nuestras cabezas, el piso se inclinó (hacia arriba) y nuestros ojos se sumieron en la más inextricable obscuridad.
Y a caminar, no obstante. Primero con cierto tiento, con tranquilidad, que suponíamos una cierta longitud al trayecto. Luego con alguna prisa más. Hasta el primer tropiezo (nada, unos papeles que faltaban), y el segundo (nada, unas obras públicas y faraónicas que nos interferían), y los subsiguientes (nada, las vacaciones del funcionario; nada, un trozo de muralla que hemos encontrado; nada, un informe que nos falta del Departamento-de-al-lado; nada, que dicen que no; nada, que se habían equivocado, que sí; nada, que casi, pero falta que paguen otra tasa; nada, solo que firme otro funcionario). Y todo a obscuras. Y lento y farragoso. E inepto. Y vago (de falta de ganas de trabajar). Las nuevas tecnologías han permitido pasar del vuelva usted mañana de Larra, al llame usted la semana que viene.
Pero los tubos y los túneles también tienen otra cualidad. Son finitos. Por muy largos y farragosos que lleguen a ser, se acaban. En algún momento.
Hoy la autoridad nos ha entregado un papel con sellos y timbres, mediante el cual nos permite acondicionar la que será nuestra casa, conforme a nuestros proyectos.
Solo nos quedan las obras.
