Para una de mis amigas lejanas, algunos de sus libros (la traducción concreta, la edición, el ejemplar en sí) son los únicos que realmente contienen la obra. No otros, no otras ediciones o traducciones, no otras interpretaciones. A mí me ocurre lo mismo con determinadas grabaciones. Las Variaciones son de Gould (1981, preferentemente) o no son; no son Tosca ni Scarpia si no Callas y Gobbi, en blanco y negro. Y para elegir cuál es la versión que contiene la obra para mí (y para mi amiga, me consta) nada tiene que ver su calidad u originalidad. Sé que existen mejores ediciones, que la traducción o la interpretación son mejorables, incluso conozco otras excelentes. Pero no son las que se me brindaron para descubrirme esas piezas. No son las mías.
Ela y Abu me regalaron hace treinta años una colección de discos (de vinilo, de 33) de música clásica, por fascículos. Cada semana, los jueves, aparecía mi padre con el disco y el folleto bajo su brazo. Esa colección, de alguna manera prefiguró (y configuró) mis gustos musicales, mis preferencias. Me mostró pistas a seguir o condenó al ostracismo a autores (Brahms, el pobre, por ejemplo) del que solo después de muchos años, de escuchar mucha más música, he rescatado, por el mero hecho de que las piezas elegidas para representarlos en la colección no me agradaron en su momento. Un día, la segunda cara de uno de los discos, dedicado al chelo, me deparó por primera vez la tercera suite para violonchelo nº 3, en Do mayor, de Bach. La carátula me informó de que existían cinco más. También que quien las había descubierto para el mundo (moderno) había sido el músico Pau Casals. Apunté mentalmente la necesidad de escucharlas.
Y la tarea quedó íntimamente pendiente durante diez años. Hasta el día en que sorprendí entre los saldos de un catálogo de venta por correo (al que estaba abonado Cape, mi hermano) un CD con la integral de las suites. Interpretadas por Pau Casals. Y al precio de escándalo que se podía permitir mi economía (siempre tan maltrecha). La espera duró quince interminables días. Pero concluyó un viernes. Esa noche, después de cenar, me encerré en el salón, encendí la lamparita de la bombilla azul y puse (por fin) el disco.
Y las suites (aquellas) se hicieron mías para siempre. La versión no es la mejor (la supera alguna de Rostropovich, incluso de Yo-Yo Ma, técnicamente (y en aburrimiento)). Las notas no son siempre nítidas, Casals golpea en ocasiones con el arco el instrumento, se le oye respirar (incluso tararear), algún crujido de la silla en la que se halla sentado. Y creo que fue eso lo que obró el milagro. Porque es como si lo tuvieras sentado en una silla de casa, frente a ti, luchando con las notas de Bach, con el chelo, con sus dedos, el sudor. Haciéndoles expresar… ¿Qué? ¿Pasión? ¿Rabia? ¿Desesperación? ¿Desafío? O todo ello. El libreto me informó en los días precisos en que se realizaron las grabaciones en París. No recuerdo las fechas (y no puedo acceder a ese disco), pero sí los años. Entre 1936 y 1939.
En el exilio.
Mucho tiempo después asistí a un pregón pronunciado por Eduardo Mendoza. Más que un pregón fue una conferencia. Más que una conferencia, un diálogo (unilateral, pero no monólogo. Nos hacía participar a cada uno de los asistentes. De alguna manera). En él sostuvo, nos mostró, la fuerza de la cultura, del conocimiento, del arte como bastión de la humanidad, frente a la sinrazón y la barbarie. Soy incapaz de repetir sus palabras, pero recuerdo sus ojos azules, fríos e inteligentes clavándose en los míos (en los de todos) conminándome a buscar para mí y para mis semejantes la belleza y el conocimiento, a afrontar la fealdad, la falsedad. La maldad.
Y recordé mis suites. Y a mi calvo chelista volcando en ellas toda su indignación y tristeza frente a la maldad que avanzaba, que había asolado su vida (y la de muchos otros). Y, con todo, el desafío que lanzaba a esa maldad por el mero hecho de seguir tocando esas notas, de seguir produciendo belleza, se seguir manteniendo toda su dignidad y, con ella, la de muchos otros.
El arte, la cultura, desde entonces, devinieron para mí algo más que una acumulación de conocimientos o experiencias. Superaron incluso la connotación de placer hedónico que siempre me habían proporcionado (aunque no la perdieron). Y se convirtieron en una actitud frente a la vida. Su ejercicio, su disfrute, su transmisión, en ese baluarte contra los feos (en palabras de Nenna) y lo malo. En ese rincón en el que refugiarse, cuando la obscuridad crece alrededor, para detenerse, mirarse y reconocerse como el ser humano que cada cual es. Cada vez que leemos un poema, que admiramos una pintura. Cada vez que la orquesta afina antes de un concierto (cómo me gusta ese momento, esa música). Cada vez que mantenemos una conversación inteligente, estamos haciendo más densa esa red (ese ovillo) que nos separa y nos protege de absolutismos, de las dictaduras, los integrismos, la estulticia. Del mal.
Hay una escena de la película “Cadena perpetua” (“The Shawshank Redemption”, en su título original) que representa perfectamente cuánto vengo queriendo explicar. En ella, el protagonista interpretado por Tim Robbins, que es un convicto condenado a una doble cadena perpetua (sin esperanza alguna de salir de la prisión. Jamás) y que ha conseguido cierto estatus y privilegios por parte del corrupto director del penal (a quien lleva los libros de contabilidad de sus turbios negocios), se encuentra solo en las oficinas cuando recibe un paquete postal. Al abrirlo, encuentra una serie de vinilos. De música clásica. Y entonces comete lo que parece una locura. Cierra la puerta con el pestillo, coloca uno de los discos en el tocadiscos y conecta el sistema de altavoces de la prisión. Por donde habitualmente suena la voz del alcaide, suenan las primeras notas del dúo Canzonetta sull’aira, de “Las bodas de Fígaro”. Y el preso de por vida se sienta en un sillón, echa las manos a la nuca y pone los pies sobre una mesa. Y sonríe. Aunque en la puerta ya suenan los golpes de los guardias. Aunque sabe que va a perder sus privilegios, que lo van a golpear, que lo hundirán. Sonríe porque en ese momento vuelve a ser él. El que fue y el que los otros (los feos) quieren que deje de ser. Y sabe que seguirá siéndolo. A pesar de los feos, a pesar de todo, mientras esas notas le sigan emocionando. Mientras pueda rememorarlas. Mientras pueda refugiarse en ellas. Son su dignidad. Yo me emociono siempre con esa escena (y yo no me emociono nunca con películas).
Ése es el espíritu de revuelta, de resistencia, que otorgo al arte, a la belleza.
Aunque esté condenado a sucumbir.
El dieciocho de julio de 1936, Pau Casals ultimaba en Barcelona los preparativos para la representación de la Novena Sinfonía de Beethoven, que debía ofrecer su orquesta esa noche, cuando le llegó una nota del Ministro de Cultura, su amigo Ventura Gassol, en el que le anunciaba un levantamiento militar y que se esperaban graves enfrentamientos en aquella ciudad, por lo que recomendaba que se cancelara. Casals reunió a la orquesta y el coro y les leyó la nota. Acto seguido, preguntó si preferían irse inmediatamente o interpretar el cuarto movimiento de la sinfonía, a modo de despedida. Todos optaron por quedarse. En una sala vacía resonaron las notas de Beethoven. Casals, que dirigía, comenzó a llorar cuando oyó al coro entonar las palabras de Schiller. “…Alle Menschen werden Brüder…” Todos los hombres son hermanos. Fuera, en la calle, sonaban los primeros disparos.
Aunque parezca que esté condenado a sucumbir.
Siempre habrá quien recoja la batuta. Quien no permita que le hagan callar. Y, en eso, creo.
Ela y Abu me regalaron hace treinta años una colección de discos (de vinilo, de 33) de música clásica, por fascículos. Cada semana, los jueves, aparecía mi padre con el disco y el folleto bajo su brazo. Esa colección, de alguna manera prefiguró (y configuró) mis gustos musicales, mis preferencias. Me mostró pistas a seguir o condenó al ostracismo a autores (Brahms, el pobre, por ejemplo) del que solo después de muchos años, de escuchar mucha más música, he rescatado, por el mero hecho de que las piezas elegidas para representarlos en la colección no me agradaron en su momento. Un día, la segunda cara de uno de los discos, dedicado al chelo, me deparó por primera vez la tercera suite para violonchelo nº 3, en Do mayor, de Bach. La carátula me informó de que existían cinco más. También que quien las había descubierto para el mundo (moderno) había sido el músico Pau Casals. Apunté mentalmente la necesidad de escucharlas.
Y la tarea quedó íntimamente pendiente durante diez años. Hasta el día en que sorprendí entre los saldos de un catálogo de venta por correo (al que estaba abonado Cape, mi hermano) un CD con la integral de las suites. Interpretadas por Pau Casals. Y al precio de escándalo que se podía permitir mi economía (siempre tan maltrecha). La espera duró quince interminables días. Pero concluyó un viernes. Esa noche, después de cenar, me encerré en el salón, encendí la lamparita de la bombilla azul y puse (por fin) el disco.
Y las suites (aquellas) se hicieron mías para siempre. La versión no es la mejor (la supera alguna de Rostropovich, incluso de Yo-Yo Ma, técnicamente (y en aburrimiento)). Las notas no son siempre nítidas, Casals golpea en ocasiones con el arco el instrumento, se le oye respirar (incluso tararear), algún crujido de la silla en la que se halla sentado. Y creo que fue eso lo que obró el milagro. Porque es como si lo tuvieras sentado en una silla de casa, frente a ti, luchando con las notas de Bach, con el chelo, con sus dedos, el sudor. Haciéndoles expresar… ¿Qué? ¿Pasión? ¿Rabia? ¿Desesperación? ¿Desafío? O todo ello. El libreto me informó en los días precisos en que se realizaron las grabaciones en París. No recuerdo las fechas (y no puedo acceder a ese disco), pero sí los años. Entre 1936 y 1939.
En el exilio.
Mucho tiempo después asistí a un pregón pronunciado por Eduardo Mendoza. Más que un pregón fue una conferencia. Más que una conferencia, un diálogo (unilateral, pero no monólogo. Nos hacía participar a cada uno de los asistentes. De alguna manera). En él sostuvo, nos mostró, la fuerza de la cultura, del conocimiento, del arte como bastión de la humanidad, frente a la sinrazón y la barbarie. Soy incapaz de repetir sus palabras, pero recuerdo sus ojos azules, fríos e inteligentes clavándose en los míos (en los de todos) conminándome a buscar para mí y para mis semejantes la belleza y el conocimiento, a afrontar la fealdad, la falsedad. La maldad.
Y recordé mis suites. Y a mi calvo chelista volcando en ellas toda su indignación y tristeza frente a la maldad que avanzaba, que había asolado su vida (y la de muchos otros). Y, con todo, el desafío que lanzaba a esa maldad por el mero hecho de seguir tocando esas notas, de seguir produciendo belleza, se seguir manteniendo toda su dignidad y, con ella, la de muchos otros.
El arte, la cultura, desde entonces, devinieron para mí algo más que una acumulación de conocimientos o experiencias. Superaron incluso la connotación de placer hedónico que siempre me habían proporcionado (aunque no la perdieron). Y se convirtieron en una actitud frente a la vida. Su ejercicio, su disfrute, su transmisión, en ese baluarte contra los feos (en palabras de Nenna) y lo malo. En ese rincón en el que refugiarse, cuando la obscuridad crece alrededor, para detenerse, mirarse y reconocerse como el ser humano que cada cual es. Cada vez que leemos un poema, que admiramos una pintura. Cada vez que la orquesta afina antes de un concierto (cómo me gusta ese momento, esa música). Cada vez que mantenemos una conversación inteligente, estamos haciendo más densa esa red (ese ovillo) que nos separa y nos protege de absolutismos, de las dictaduras, los integrismos, la estulticia. Del mal.
Hay una escena de la película “Cadena perpetua” (“The Shawshank Redemption”, en su título original) que representa perfectamente cuánto vengo queriendo explicar. En ella, el protagonista interpretado por Tim Robbins, que es un convicto condenado a una doble cadena perpetua (sin esperanza alguna de salir de la prisión. Jamás) y que ha conseguido cierto estatus y privilegios por parte del corrupto director del penal (a quien lleva los libros de contabilidad de sus turbios negocios), se encuentra solo en las oficinas cuando recibe un paquete postal. Al abrirlo, encuentra una serie de vinilos. De música clásica. Y entonces comete lo que parece una locura. Cierra la puerta con el pestillo, coloca uno de los discos en el tocadiscos y conecta el sistema de altavoces de la prisión. Por donde habitualmente suena la voz del alcaide, suenan las primeras notas del dúo Canzonetta sull’aira, de “Las bodas de Fígaro”. Y el preso de por vida se sienta en un sillón, echa las manos a la nuca y pone los pies sobre una mesa. Y sonríe. Aunque en la puerta ya suenan los golpes de los guardias. Aunque sabe que va a perder sus privilegios, que lo van a golpear, que lo hundirán. Sonríe porque en ese momento vuelve a ser él. El que fue y el que los otros (los feos) quieren que deje de ser. Y sabe que seguirá siéndolo. A pesar de los feos, a pesar de todo, mientras esas notas le sigan emocionando. Mientras pueda rememorarlas. Mientras pueda refugiarse en ellas. Son su dignidad. Yo me emociono siempre con esa escena (y yo no me emociono nunca con películas).
Ése es el espíritu de revuelta, de resistencia, que otorgo al arte, a la belleza.
Aunque esté condenado a sucumbir.
El dieciocho de julio de 1936, Pau Casals ultimaba en Barcelona los preparativos para la representación de la Novena Sinfonía de Beethoven, que debía ofrecer su orquesta esa noche, cuando le llegó una nota del Ministro de Cultura, su amigo Ventura Gassol, en el que le anunciaba un levantamiento militar y que se esperaban graves enfrentamientos en aquella ciudad, por lo que recomendaba que se cancelara. Casals reunió a la orquesta y el coro y les leyó la nota. Acto seguido, preguntó si preferían irse inmediatamente o interpretar el cuarto movimiento de la sinfonía, a modo de despedida. Todos optaron por quedarse. En una sala vacía resonaron las notas de Beethoven. Casals, que dirigía, comenzó a llorar cuando oyó al coro entonar las palabras de Schiller. “…Alle Menschen werden Brüder…” Todos los hombres son hermanos. Fuera, en la calle, sonaban los primeros disparos.
Aunque parezca que esté condenado a sucumbir.
Siempre habrá quien recoja la batuta. Quien no permita que le hagan callar. Y, en eso, creo.
