miércoles, 29 de octubre de 2008

Paradoja

Guillermo Cabrera Infante es uno de mis escritores favoritos y he leído muy pocos de sus libros. Tan solo tres: “La Habana para un infante difunto”, “Vidas para leerlas” y “Tres tristes tigres”.

El primero lo leí muy joven, con once o doce años, y lo hice por la emulación del título con el de una pieza musical que ya entonces se encontraba entre mis adoraciones: la “Pavane pour une infante défunte”, de Ravel. Excesivamente joven. Me superó. Apenas recuerdo otra cosa que la ardua labor en que se tornó la lectura. Nada placentera.

El segundo es el último (novedoso) que he leído. Se trata de una serie de retratos literarios de autores cubanos (en la mayoría de los casos), de sus andanzas, de sus problemas con el régimen… No me gustó especialmente. Algo farragoso en algún momento. Pero le debo la primera noticia sobre Reinaldo Arenas y algún relato emocionante, como el de García Lorca en La Habana.

El tercero, “Tres tristes tigres” explica y justifica mi primera afirmación, ese aparente oxímoron. Cabrera es uno de mis autores favoritos porque uno de sus libros, ése libro, es uno de mis libros amados. Lo he leído tres o cuatro veces por completo e infinidad en fragmentos. He leído pocos de sus libros, pero lo he leído mucho.

Vengo afirmando que la memoria está contenida en la música. Mucho mejor que en cualquier otro arte. Eso es habitualmente así. También es lo normal que no seamos conscientes de con qué pieza concreta se asociará, cuáles serán las notas que nos evocarán este momento, cuando sea pasado. Pero toda regla (dicen) tiene su excepción.

Y “Tres tristes tigres” es excepcional.

No solo por su factura, por el dominio del idioma, por la trama, por el mundo que logra rememorar (o recrear, en mi caso, que no conocí la Cuba de Batista). No solo por el placer inmenso que proporciona su lectura, cada una de ellas. No por todo ello, sino porque, extrañamente, entre sus páginas hallo parte de mi pasado.

Tres meses antes de cumplir dieciocho años inicié las clases del primer curso de carrera. En otra ciudad. Una gran ciudad, la que yo ya había elegido como mía, la que pretendí que sería mi ciudad para siempre (y así fue hasta hace unos meses). Fuera, por primera vez, de casa de Ela y Abu. La inteligencia de alguien había propiciado que las obligaciones curriculares de aquel primer curso fueran irrisorias, apenas cuatro asignaturas (lo compensó en cursos posteriores, siempre dando muestras de mayor inteligencia). Yo disponía, por tanto, de mucho tiempo libre (casi todo) y de una ciudad inmensa para ser explorada. Las expediciones comenzaban a media mañana, una vez acabadas las clases, y se dilataban hasta la hora vespertina de la cena temprana. Siempre caminando. Casi siempre con un libro en el zurrón (yo llevaba un zurrón en aquellos tiempos, confieso). Siempre en soledad.

Y con una sonrisa bailándome en los ojos.

Porque sabía que aquel momento era un momento de tregua. Y legítima, además, pues no hacía otra cosa que la que se esperaba de mí (que yo esperaba de mí). Realmente contaba con todo ese tiempo. No había nada malo en que lo dedicara a pasear, a entrar gratuitamente en galerías de arte (antológicas las miradas de los galeristas), a admirar las evoluciones de las bandadas de estorninos contra el cielo color terracota (es así como lo recuerdo). O a leer.

Casi siempre un libro, pero el que llevaba lo había acabado. Y quería leer esa tarde. Al pasar frente a un quiosco, un gran cartón, con dos libros pegados, anunciaba la primera entrega de una colección de clásicos contemporáneos de la literatura universal. A precio de lanzamiento, dos ejemplares. Me interesaba uno de ellos. Aun a sabiendas que el dinero que dedicaba a esa compra esfumaba la comida del mediodía del día siguiente, me los llevé. Suelo dejar en el plato el bocado predilecto hasta el final y algo parecido hice en aquella ocasión. Decidí dejar para después el libro que me interesaba. Hallé una plaza recóndita y muy antigua, sin coches. Y un banco de piedra, en una esquina, bajo el único árbol, pero inmenso. Me acomodé (con esa edad, hasta un banco de piedra es cómodo) y me sumergí en la verborrea cubana de una joven que sabía demasiado bien qué esperar de La Habana, años cincuenta. Y me hundí en “Tres tristes tigres”. Cada vez con mayor asombro, con mayor deleite. Con toda la felicidad de ese momento. Y con toda la consciencia de que ése sería el receptáculo de aquellos raros días de libertad, para los venideros, para los que se irían acumulando después, alejándome de aquella mi edad.

Por eso ese libro es excepcional. Porque al abrirlo sé que encontraré un pequeño oasis, una tregua. O su memoria. Y, en la vida, las treguas son excepcionales.

miércoles, 15 de octubre de 2008

¡Tiempo!

'Daam tiene un relato de juventud premonitorio. En él, un niño malcriado y despótico le pide a su padre, como regalo de Navidad, tiempo. Y el padre, cansado y desesperado, se pregunta cómo cumplir con ese deseo. Desgraciadamente para él, descubre que, de alguna manera fantástica, el vampirillo ya ha conseguido que se le conceda el capricho. A costa del tiempo del padre, quien cada vez dispone de menos para sí mismo.

Es de juventud y es premonitorio. Tan de juventud que ni él ni yo teníamos hijos en aquel entonces (ni intención). Su apreciación es, por tanto, fruto de una observación casi etológica de su entorno, de los sujetos que sí tenían entonces. Es premonitorio porque ahora los dos tenemos hijos.

Y nos falta tiempo.

Sería injusto que aquí culpase a Nenna del ajetreo de mi vida, de la acumulación de actividad que se agolpa entre mis cortos periodos de sueño (un poco más largos ahora), de la cantidad de cosas que, con todo, hay que hacer y están pendientes pero que hay que hacer. Nenna supone un plus de actividad, únicamente (algo más activo, más cansado, más extemporáneo, el más importante), pero sólo eso.

No estoy de acuerdo con Hipócrates, la vida no es (necesariamente) breve, no es el arte prolongado. Son las obligaciones las que son no ya prolongadas sino infinitas. El cúmulo de responsabilidades que vamos echando sobre los hombros, la red de dependencias que creamos al nuestro alrededor, las expectativas, las metas, son las que devoran nuestro tiempo. Las que hacen que, en algún momento de lucidez (o de respiro agotado), alcemos los ojos enrojecidos y lo veamos consumirse a una velocidad realmente increíble. Todavía me sorprende que muchas de las cosas que recuerdo como bastante cercanas en el pasado, una vez echadas las cuentas, me contemplen desde una distancia de veinte o veinticinco años: una cantidad de tiempo que era toda mi vida hace (me parece) apenas unos años.

El tiempo no huye, se gasta. Lo gastamos con cada actividad que realizamos. Las placenteras, las obligadas, las necesarias, las fútiles, todas gastan tiempo. Y el dinero. O su obtención. Ésa es la actividad que más gasta, que más nos ocupa, que más nos obliga.

Durante algún tiempo me pregunté porqué. Fábulas anticonsumistas aparte, ¿Por qué dedicamos tanto esfuerzo y tiempo a ganar dinero? Incluso en los casos más normales y austeros, menos marquistas. Para qué la riqueza, qué aporta, qué es realmente riqueza.

La respuesta (a la que yo llegué, al menos) es sencilla. Aunque no original: coincidí con la que apuntó algunos años después una campaña publicitaria de la lotería de Navidad, que consistió en ir mostrando, en blanco y negro y con filtros que suavizaban los contornos, a gente ociosa paseando junto al mar, leyendo, jugando con niños… y acabar ofreciendo el premio: tiempo. No el montante del premio rifado, sino lo que permitía su cuantía.

Y es cierto: la riqueza consiste en disponer de tiempo. Sin necesidad de gastarlo en obligaciones.

Aunque para ello necesites ganar dinero.

O que te toque la lotería.

lunes, 6 de octubre de 2008

Creo

Para una de mis amigas lejanas, algunos de sus libros (la traducción concreta, la edición, el ejemplar en sí) son los únicos que realmente contienen la obra. No otros, no otras ediciones o traducciones, no otras interpretaciones. A mí me ocurre lo mismo con determinadas grabaciones. Las Variaciones son de Gould (1981, preferentemente) o no son; no son Tosca ni Scarpia si no Callas y Gobbi, en blanco y negro. Y para elegir cuál es la versión que contiene la obra para mí (y para mi amiga, me consta) nada tiene que ver su calidad u originalidad. Sé que existen mejores ediciones, que la traducción o la interpretación son mejorables, incluso conozco otras excelentes. Pero no son las que se me brindaron para descubrirme esas piezas. No son las mías.

Ela y Abu me regalaron hace treinta años una colección de discos (de vinilo, de 33) de música clásica, por fascículos. Cada semana, los jueves, aparecía mi padre con el disco y el folleto bajo su brazo. Esa colección, de alguna manera prefiguró (y configuró) mis gustos musicales, mis preferencias. Me mostró pistas a seguir o condenó al ostracismo a autores (Brahms, el pobre, por ejemplo) del que solo después de muchos años, de escuchar mucha más música, he rescatado, por el mero hecho de que las piezas elegidas para representarlos en la colección no me agradaron en su momento. Un día, la segunda cara de uno de los discos, dedicado al chelo, me deparó por primera vez la tercera suite para violonchelo nº 3, en Do mayor, de Bach. La carátula me informó de que existían cinco más. También que quien las había descubierto para el mundo (moderno) había sido el músico Pau Casals. Apunté mentalmente la necesidad de escucharlas.

Y la tarea quedó íntimamente pendiente durante diez años. Hasta el día en que sorprendí entre los saldos de un catálogo de venta por correo (al que estaba abonado Cape, mi hermano) un CD con la integral de las suites. Interpretadas por Pau Casals. Y al precio de escándalo que se podía permitir mi economía (siempre tan maltrecha). La espera duró quince interminables días. Pero concluyó un viernes. Esa noche, después de cenar, me encerré en el salón, encendí la lamparita de la bombilla azul y puse (por fin) el disco.

Y las suites (aquellas) se hicieron mías para siempre. La versión no es la mejor (la supera alguna de Rostropovich, incluso de Yo-Yo Ma, técnicamente (y en aburrimiento)). Las notas no son siempre nítidas, Casals golpea en ocasiones con el arco el instrumento, se le oye respirar (incluso tararear), algún crujido de la silla en la que se halla sentado. Y creo que fue eso lo que obró el milagro. Porque es como si lo tuvieras sentado en una silla de casa, frente a ti, luchando con las notas de Bach, con el chelo, con sus dedos, el sudor. Haciéndoles expresar… ¿Qué? ¿Pasión? ¿Rabia? ¿Desesperación? ¿Desafío? O todo ello. El libreto me informó en los días precisos en que se realizaron las grabaciones en París. No recuerdo las fechas (y no puedo acceder a ese disco), pero sí los años. Entre 1936 y 1939.

En el exilio.

Mucho tiempo después asistí a un pregón pronunciado por Eduardo Mendoza. Más que un pregón fue una conferencia. Más que una conferencia, un diálogo (unilateral, pero no monólogo. Nos hacía participar a cada uno de los asistentes. De alguna manera). En él sostuvo, nos mostró, la fuerza de la cultura, del conocimiento, del arte como bastión de la humanidad, frente a la sinrazón y la barbarie. Soy incapaz de repetir sus palabras, pero recuerdo sus ojos azules, fríos e inteligentes clavándose en los míos (en los de todos) conminándome a buscar para mí y para mis semejantes la belleza y el conocimiento, a afrontar la fealdad, la falsedad. La maldad.

Y recordé mis suites. Y a mi calvo chelista volcando en ellas toda su indignación y tristeza frente a la maldad que avanzaba, que había asolado su vida (y la de muchos otros). Y, con todo, el desafío que lanzaba a esa maldad por el mero hecho de seguir tocando esas notas, de seguir produciendo belleza, se seguir manteniendo toda su dignidad y, con ella, la de muchos otros.

El arte, la cultura, desde entonces, devinieron para mí algo más que una acumulación de conocimientos o experiencias. Superaron incluso la connotación de placer hedónico que siempre me habían proporcionado (aunque no la perdieron). Y se convirtieron en una actitud frente a la vida. Su ejercicio, su disfrute, su transmisión, en ese baluarte contra los feos (en palabras de Nenna) y lo malo. En ese rincón en el que refugiarse, cuando la obscuridad crece alrededor, para detenerse, mirarse y reconocerse como el ser humano que cada cual es. Cada vez que leemos un poema, que admiramos una pintura. Cada vez que la orquesta afina antes de un concierto (cómo me gusta ese momento, esa música). Cada vez que mantenemos una conversación inteligente, estamos haciendo más densa esa red (ese ovillo) que nos separa y nos protege de absolutismos, de las dictaduras, los integrismos, la estulticia. Del mal.

Hay una escena de la película “Cadena perpetua” (“The Shawshank Redemption”, en su título original) que representa perfectamente cuánto vengo queriendo explicar. En ella, el protagonista interpretado por Tim Robbins, que es un convicto condenado a una doble cadena perpetua (sin esperanza alguna de salir de la prisión. Jamás) y que ha conseguido cierto estatus y privilegios por parte del corrupto director del penal (a quien lleva los libros de contabilidad de sus turbios negocios), se encuentra solo en las oficinas cuando recibe un paquete postal. Al abrirlo, encuentra una serie de vinilos. De música clásica. Y entonces comete lo que parece una locura. Cierra la puerta con el pestillo, coloca uno de los discos en el tocadiscos y conecta el sistema de altavoces de la prisión. Por donde habitualmente suena la voz del alcaide, suenan las primeras notas del dúo Canzonetta sull’aira, de “Las bodas de Fígaro”. Y el preso de por vida se sienta en un sillón, echa las manos a la nuca y pone los pies sobre una mesa. Y sonríe. Aunque en la puerta ya suenan los golpes de los guardias. Aunque sabe que va a perder sus privilegios, que lo van a golpear, que lo hundirán. Sonríe porque en ese momento vuelve a ser él. El que fue y el que los otros (los feos) quieren que deje de ser. Y sabe que seguirá siéndolo. A pesar de los feos, a pesar de todo, mientras esas notas le sigan emocionando. Mientras pueda rememorarlas. Mientras pueda refugiarse en ellas. Son su dignidad. Yo me emociono siempre con esa escena (y yo no me emociono nunca con películas).

Ése es el espíritu de revuelta, de resistencia, que otorgo al arte, a la belleza.

Aunque esté condenado a sucumbir.

El dieciocho de julio de 1936, Pau Casals ultimaba en Barcelona los preparativos para la representación de la Novena Sinfonía de Beethoven, que debía ofrecer su orquesta esa noche, cuando le llegó una nota del Ministro de Cultura, su amigo Ventura Gassol, en el que le anunciaba un levantamiento militar y que se esperaban graves enfrentamientos en aquella ciudad, por lo que recomendaba que se cancelara. Casals reunió a la orquesta y el coro y les leyó la nota. Acto seguido, preguntó si preferían irse inmediatamente o interpretar el cuarto movimiento de la sinfonía, a modo de despedida. Todos optaron por quedarse. En una sala vacía resonaron las notas de Beethoven. Casals, que dirigía, comenzó a llorar cuando oyó al coro entonar las palabras de Schiller. “…Alle Menschen werden Brüder…” Todos los hombres son hermanos. Fuera, en la calle, sonaban los primeros disparos.

Aunque parezca que esté condenado a sucumbir.

Siempre habrá quien recoja la batuta. Quien no permita que le hagan callar. Y, en eso, creo.

viernes, 3 de octubre de 2008

¿Es aquello luz?

En ocasiones, el laberinto tiende a irse estrechando, a abombar las paredes de los pasillos. Hasta que se tocan sobre nuestras cabezas. Tapan la luz. Y se convierte en un túnel. O un tubo. En ocasiones no queda otra que pasar por él.

El túnel o tubo puede ser más o menos angosto, más o menos largo, sinuoso, en cuesta o en más en cuesta. Y casi siempre obscuro. Todo depende del material de su fábrica. Muchos hay y de muchas clases. Pero los peores, sin lugar a dudas, son los administrativos.

Mimianna y yo no tuvimos más remedio que adentrarnos en uno de ellos. De lo más administrativo. Hace siete meses. Casi exactos (unos días más, pero qué importa, ahora, ya). Hace siete meses presentamos un grueso legajo de planos y memorias y escritos y justificantes y pólizas e ingresos. Inmediatamente las paredes se abombaron, chocaron sobre nuestras cabezas, el piso se inclinó (hacia arriba) y nuestros ojos se sumieron en la más inextricable obscuridad.

Y a caminar, no obstante. Primero con cierto tiento, con tranquilidad, que suponíamos una cierta longitud al trayecto. Luego con alguna prisa más. Hasta el primer tropiezo (nada, unos papeles que faltaban), y el segundo (nada, unas obras públicas y faraónicas que nos interferían), y los subsiguientes (nada, las vacaciones del funcionario; nada, un trozo de muralla que hemos encontrado; nada, un informe que nos falta del Departamento-de-al-lado; nada, que dicen que no; nada, que se habían equivocado, que sí; nada, que casi, pero falta que paguen otra tasa; nada, solo que firme otro funcionario). Y todo a obscuras. Y lento y farragoso. E inepto. Y vago (de falta de ganas de trabajar). Las nuevas tecnologías han permitido pasar del vuelva usted mañana de Larra, al llame usted la semana que viene.

Pero los tubos y los túneles también tienen otra cualidad. Son finitos. Por muy largos y farragosos que lleguen a ser, se acaban. En algún momento.

Hoy la autoridad nos ha entregado un papel con sellos y timbres, mediante el cual nos permite acondicionar la que será nuestra casa, conforme a nuestros proyectos.

Solo nos quedan las obras.