sábado 20 de septiembre de 2008

Uno de esos errores que tanto cuentan

La tradición cuenta que, en el siglo XVII, un monje benedictino llamado Dom Perignon, utilizó por error un vino endulzado con azúcar –aqua mulsum- para realizar el habitual coupage de los caldos de su abadía, en el intento anual de elevar de alguna manera su calidad más bien pobre. Este azúcar adicional provocó una segunda fermentación en la botella y la aparición de anhídrido carbónico, que se disolvió en el líquido. Cuando los monjes intentaron descorchar aquellas botellas hallaron que los tapones salían disparados y el vino se derramaba convertido en espuma. Y su sabor era distinto, mucho mejor que el de antes. Había nacido el champán. Por error.

El error es consustancial a la naturaleza humana (como el pecado, según la vieja escolástica: qué poca diferencia hay entre el pecare humanum est y el errare humanum est agustinianos). De hecho, la infalibilidad es uno de los atributos (diferenciadores) de la divinidad. Toda actividad, todo pensamiento, proyecto humano está sometido al peligro del error, al del fallo. Es sabido.

Todos nos hemos equivocado alguna vez. En nuestras apreciaciones, en nuestras creencias o en nuestras predicciones. Incluso en nuestros actos. Habitualmente convivimos con la posibilidad del error de una manera razonablemente civilizada. Excepto en casos extremos (y patológicos, por tanto) aceptamos la existencia de un cierto margen de error en nuestra cotidianeidad. No nos parece importante si la dirección que buscamos está en la segunda bocacalle y no en la primera, como creíamos. No lo es si esperábamos tener tiempo para leer el diario y, finalmente, no contamos con ese tiempo. Tampoco si creíamos que Dom Perignon fue el inventor (por error) del champán y, cuando investigamos, descubrimos que no fue así.

Hay ocasiones, empero, en que el peso del error (o de su posibilidad) se nos hace casi insoportable. Cuando debemos adoptar una decisión que sabemos que condicionará el resto de nuestra vida (o buena parte de ella), por ejemplo. Es entonces cuando, en un intento desesperado por minimizar las probabilidades de equivocarnos, atesoramos el máximo de información posible, solicitamos consejos y pareceres, sopesamos pros y contras obsesivamente. Hasta que, al final de todo, llega el momento de tomar una decisión.

La edad enseña (también) que en ese momento no se deben olvidar dos cuestiones. A saber: que es imposible controlar todas la variables del problema (y, por tanto, la posibilidad del error sigue ahí) y que ninguna decisión es realmente para toda la vida (o no lo son necesariamente las que consideramos trascendentales a priori y sí quizás una cotidiana sin importancia aparente (ir a tal comida campestre o no)).

Hace diez años afronté una de esas decisiones trascendentales. Busqué información. Recibí consejos. Valoré convenientes e inconvenientes. Y tomé una decisión.

Me equivoqué.

Lo que debía ser únicamente un cambio de trabajo se fue convirtiendo en mucho más que eso. Lentamente, extendiéndose como una mancha de aceite (lenta, sutil, subrepticiamente y pringosa), esa decisión acabó influyendo en relaciones familiares, en mi profesión (que dejó de ser la que había sido y que me gustaba), en la distribución de mi tiempo, en el cansancio, en el hastío, la claustrofobia, la tristeza. Y en Mimianna. Y en Nenna, después. Para mal.

Hace un año, por estas fechas, después de todo un verano desasosegado de zozobras, de conversaciones airadas o desanimadas, Mimianna y yo nos dirigimos a un antiguo pueblo de piedras antiguas, escenario de otros conciliábulos en el pasado. Nada nos dijimos, pero sabíamos qué nos convocaba a aquel paseo entre las ruinas de la civilización y el mar que la había traído, bajo pinos centenarios. Debíamos tomar una decisión. Trascendente. Nuestra realidad se había tornado insoportable y debíamos cambiarla en un sentido u otro. En cualquier caso, debíamos romper con lo que había sido hasta ese momento nuestra vida. Aprovechamos la siesta de Nenna en su cochecito para recorrer arriba y abajo la larga senda costera, una y otra vez. Casi una escenificación de las idas y venidas de nuestras consideraciones. Y, con el sol ya bajo, tomamos una decisión.

Desde entonces, hemos cerrado la que fue nuestra casa y hemos abandonado la que fue nuestra ciudad (amábamos a ambas), vivimos en una provisionalidad incómoda, sufriremos un cierto quebranto económico, revisitamos fantasmas (malos) del pasado…

¿Nos hemos equivocado?

No lo sé. Pero ahora Mimianna y yo nos vemos en horas de vigilia, puedo contarle cuentos a Nenna cada noche y acompañarla, en ocasiones, al colegio (¡de grandes, ya!), ilusionarme con el proyecto de la nueva casa, continuar paseando junto a un mar antiguo…

¿Nos hemos equivocado?

No lo sé, pero la sonrisa de Nenna, su felicidad, me dice que, quizás en esta ocasión, eludimos el error. O eso espero.