Hoy ya es cierto mi vaticinio. Aquella fue nuestra última reunión. Ya no podremos encontrarnos todos de nuevo. Esta tarde hemos enterrado a la hermana mayor de Ela. Teresa. La tía Maritere para nosotros. Su cuerpo murió ayer, mucho después de que el Parkinson la matara a ella.
No voy a mentir (a estas alturas), no voy a simular un gran dolor, una infinita pérdida. No sería cierto. No sería justo. A la tía Maritere la dejé de tratar hará quizás diez años. Incluso más. Naturalmente seguía existiendo en las conversaciones de Ela, que nunca perdió el contacto con ella, su hermana. Se hablaban esporádicamente por teléfono. Se transmitían novedades, acontecimientos, bien directamente, bien por hermana interpuesta, la pequeña. Alguna visita rápida, un viaje corto. Más hacia los últimos años. No sé si alguna carta. Era una presencia lejana en el espacio y (cada vez más) en el tiempo. Pero, cada tanto, me llegaban noticias de ella, de su marido (mi tío, el pintor), de sus hijos.
Su hija y su hijo, mis primos, de mi edad (quince días separan las fechas de nacimiento de él y la mía) fueron los que hicieron, en realidad, que la tía Maritere fuese algo más que otro de los personajes legendarios de la familia. Fue esa costumbre gregaria y estival de reunirnos a todos los primos lo que la convirtieron en una persona real de mi infancia. En un recuerdo. En parte de mí.
Pero hacía ya diez años que no la había visto, ni conversado con ella. No era, por tanto, una presencia en mi cotidianeidad. Ni tan solo en mis recuerdos, en muchas ocasiones. No individualmente, acaso en grupo. Su muerte no añade (no debería añadir) nada a su ausencia ya consumada. Y, sin embargo, no es así. No lo siento así. Su muerte la ha cambiado. Porque ahora (ahora sí) ya no está, ni estará nunca más. Ahora ha desaparecido.
Javier Marías ha reparado en nuestra aversión a las desapariciones, aún de personas o paisajes detestables pero que han estado ahí desde que se tiene memoria. Eso también nos ocurre, afirma, con personas que no conocimos, pero admiramos (“muertos lejanos” les llama) que “su falta nos hace sentirnos más solos y desprotegidos”. (Cortázar, más grandilocuente en este caso mantiene que “cuando muere una figura de juventud también morimos nosotros. Un poco”). Peor es, por supuesto, la muerte de aquellos que conocimos, que nos fueron queridos. Marías (de nuevo) llega a sostener que “la vida, en buena medida es ir sufriendo bajas a nuestro alrededor, y en desconcertarse y apenarse un rato, para luego reemprender la marcha con los benditos que nos van quedando, y que aún están”.
De ahí, quizás, esta pequeña tristeza con la que escribo ahora. Pero íntima. Pero honda. La tía Maritere ha muerto y, en esta época de rememoraciones en la que vengo sumergiéndome, su falta me es doblemente penosa. No sólo pierdo (o se me hace patente su pérdida) un referente de mi infancia, también me pesa la consciencia de que con su muerte (como con la muerte de todos) desaparece todo su pasado, su experiencia, su mundo.
¿Qué nos queda?
La descripción de su carácter, adelantado a su época (la tía nació treinta años antes de lo que le tocaba, siempre he oído decir), que la hizo fumar (para escándalo de la bisabuela Victoria) y doctorarse en Historia y Literatura, con una tesis sobre la Generación del 27, en los últimos cincuenta del siglo pasado (para mayor escándalo de la bisabuela Victoria, tal vez). En una época terriblemente pacata, chata, ignorante; en una sociedad inimaginablemente (para mis coetáneos y más jóvenes) abstrusa y represiva y claustrofóbica, especialmente para una mujer inteligente, ella supo mantener su criterio, imponer su conducta, ser consecuente con su inteligencia. Arrostró, por ello, no pocas incomprensiones. También pagó por ello el precio de algún fracaso, de alguna pérdida, de alguna derrota.
Quedarán anécdotas. Como la del novio que se mercó durante su estancia estudiantil en Roma y que trajo un verano para que lo conocieran mis abuelos y que, cuando se le pidió que hiciera un nudo (a su servilleta, como es costumbre en mi familia, para diferenciarlas), sólo atinó a preguntar estupefacto: “ma… Qui?.. Adesso?” porque creyó que le pedían un desnudo ante la familia política como trámite para su aprobación como futuro yerno.
Pero la que más me gusta, porque mejor la retrata (aunque sea apócrifa y casi segura su falsedad) es la ocasión en que, siendo directora de un instituto de ultramar, consiguió que María Zambrano, ya octogenaria y a quien había conocido mucho antes en Italia, acudiera para dar una conferencia. Ante la importancia del personaje, los poderes fácticos del centro organizaron una merienda con zumos y bollitos. Afortunadamente, mi tía conocía las costumbres de la escritora y se presentó pertrechada con una buena petaca de buena ginebra. Cuando se llegó a ofrecérsela, en vaso largo y con hielo, la Zambrano clavó sus ojos en los de ella y le espetó “¡Menos mal que hasta en África hay gente civilizada”, justo antes de echárselo al coleto. Ésa, no cabe duda, es una de las frases que toda familia atesora.
Me quedarán los recuerdos. La forma en que conducía. Aquel día que mis primos y yo volvimos a nacer varias veces en un trayecto de apenas diez kilómetros, en los que nos esquivaron (milagrosamente) dos camiones, un tractor, tres peatones y un barranco, los cuales pasaron absolutamente desapercibidos a mi tía.
Y la “Odisea” y la “Iliada” (y su lectura), que me regaló. Y “La casa de Bernarda Alba”. Y el nombre de Miguel Hernández y la declamación (la primera en mi vida) de las “Nanas de la cebolla”.
Y los bocadillos de fuagrás con los que se empeñó en cebarme un largísimo y antiquísimo verano.
Nos ha dejado varios libros de arte y poemas. Y uno último inédito de aforismos, de pensamientos, de dudas, de miedos. Justo antes de perderlos todos (o mientras iban perdiéndose en la enfermedad.
La última vez que la vi, esa enfermedad ya hacía estragos en su físico, no todavía en ella. No pude dedicarle el tiempo que seguro merecía, pues fue un día de múltiples obligaciones con múltiples familiares. De todas formas, no será esa la persona que recordaré, que mencionaré, cuando en adelante hable de la tía Maritere, sino la más joven, la de mi infancia, la que amaba a las palabras, la cultura, el conocimiento, el arte, la del carácter jocoso y rudo, la que me brindó (sin proponérselo jamás) un modelo a seguir.
Recordaré, añoraré, a mi salvajemente civilizada tía Teresa.
No voy a mentir (a estas alturas), no voy a simular un gran dolor, una infinita pérdida. No sería cierto. No sería justo. A la tía Maritere la dejé de tratar hará quizás diez años. Incluso más. Naturalmente seguía existiendo en las conversaciones de Ela, que nunca perdió el contacto con ella, su hermana. Se hablaban esporádicamente por teléfono. Se transmitían novedades, acontecimientos, bien directamente, bien por hermana interpuesta, la pequeña. Alguna visita rápida, un viaje corto. Más hacia los últimos años. No sé si alguna carta. Era una presencia lejana en el espacio y (cada vez más) en el tiempo. Pero, cada tanto, me llegaban noticias de ella, de su marido (mi tío, el pintor), de sus hijos.
Su hija y su hijo, mis primos, de mi edad (quince días separan las fechas de nacimiento de él y la mía) fueron los que hicieron, en realidad, que la tía Maritere fuese algo más que otro de los personajes legendarios de la familia. Fue esa costumbre gregaria y estival de reunirnos a todos los primos lo que la convirtieron en una persona real de mi infancia. En un recuerdo. En parte de mí.
Pero hacía ya diez años que no la había visto, ni conversado con ella. No era, por tanto, una presencia en mi cotidianeidad. Ni tan solo en mis recuerdos, en muchas ocasiones. No individualmente, acaso en grupo. Su muerte no añade (no debería añadir) nada a su ausencia ya consumada. Y, sin embargo, no es así. No lo siento así. Su muerte la ha cambiado. Porque ahora (ahora sí) ya no está, ni estará nunca más. Ahora ha desaparecido.
Javier Marías ha reparado en nuestra aversión a las desapariciones, aún de personas o paisajes detestables pero que han estado ahí desde que se tiene memoria. Eso también nos ocurre, afirma, con personas que no conocimos, pero admiramos (“muertos lejanos” les llama) que “su falta nos hace sentirnos más solos y desprotegidos”. (Cortázar, más grandilocuente en este caso mantiene que “cuando muere una figura de juventud también morimos nosotros. Un poco”). Peor es, por supuesto, la muerte de aquellos que conocimos, que nos fueron queridos. Marías (de nuevo) llega a sostener que “la vida, en buena medida es ir sufriendo bajas a nuestro alrededor, y en desconcertarse y apenarse un rato, para luego reemprender la marcha con los benditos que nos van quedando, y que aún están”.
De ahí, quizás, esta pequeña tristeza con la que escribo ahora. Pero íntima. Pero honda. La tía Maritere ha muerto y, en esta época de rememoraciones en la que vengo sumergiéndome, su falta me es doblemente penosa. No sólo pierdo (o se me hace patente su pérdida) un referente de mi infancia, también me pesa la consciencia de que con su muerte (como con la muerte de todos) desaparece todo su pasado, su experiencia, su mundo.
¿Qué nos queda?
La descripción de su carácter, adelantado a su época (la tía nació treinta años antes de lo que le tocaba, siempre he oído decir), que la hizo fumar (para escándalo de la bisabuela Victoria) y doctorarse en Historia y Literatura, con una tesis sobre la Generación del 27, en los últimos cincuenta del siglo pasado (para mayor escándalo de la bisabuela Victoria, tal vez). En una época terriblemente pacata, chata, ignorante; en una sociedad inimaginablemente (para mis coetáneos y más jóvenes) abstrusa y represiva y claustrofóbica, especialmente para una mujer inteligente, ella supo mantener su criterio, imponer su conducta, ser consecuente con su inteligencia. Arrostró, por ello, no pocas incomprensiones. También pagó por ello el precio de algún fracaso, de alguna pérdida, de alguna derrota.
Quedarán anécdotas. Como la del novio que se mercó durante su estancia estudiantil en Roma y que trajo un verano para que lo conocieran mis abuelos y que, cuando se le pidió que hiciera un nudo (a su servilleta, como es costumbre en mi familia, para diferenciarlas), sólo atinó a preguntar estupefacto: “ma… Qui?.. Adesso?” porque creyó que le pedían un desnudo ante la familia política como trámite para su aprobación como futuro yerno.
Pero la que más me gusta, porque mejor la retrata (aunque sea apócrifa y casi segura su falsedad) es la ocasión en que, siendo directora de un instituto de ultramar, consiguió que María Zambrano, ya octogenaria y a quien había conocido mucho antes en Italia, acudiera para dar una conferencia. Ante la importancia del personaje, los poderes fácticos del centro organizaron una merienda con zumos y bollitos. Afortunadamente, mi tía conocía las costumbres de la escritora y se presentó pertrechada con una buena petaca de buena ginebra. Cuando se llegó a ofrecérsela, en vaso largo y con hielo, la Zambrano clavó sus ojos en los de ella y le espetó “¡Menos mal que hasta en África hay gente civilizada”, justo antes de echárselo al coleto. Ésa, no cabe duda, es una de las frases que toda familia atesora.
Me quedarán los recuerdos. La forma en que conducía. Aquel día que mis primos y yo volvimos a nacer varias veces en un trayecto de apenas diez kilómetros, en los que nos esquivaron (milagrosamente) dos camiones, un tractor, tres peatones y un barranco, los cuales pasaron absolutamente desapercibidos a mi tía.
Y la “Odisea” y la “Iliada” (y su lectura), que me regaló. Y “La casa de Bernarda Alba”. Y el nombre de Miguel Hernández y la declamación (la primera en mi vida) de las “Nanas de la cebolla”.
Y los bocadillos de fuagrás con los que se empeñó en cebarme un largísimo y antiquísimo verano.
Nos ha dejado varios libros de arte y poemas. Y uno último inédito de aforismos, de pensamientos, de dudas, de miedos. Justo antes de perderlos todos (o mientras iban perdiéndose en la enfermedad.
La última vez que la vi, esa enfermedad ya hacía estragos en su físico, no todavía en ella. No pude dedicarle el tiempo que seguro merecía, pues fue un día de múltiples obligaciones con múltiples familiares. De todas formas, no será esa la persona que recordaré, que mencionaré, cuando en adelante hable de la tía Maritere, sino la más joven, la de mi infancia, la que amaba a las palabras, la cultura, el conocimiento, el arte, la del carácter jocoso y rudo, la que me brindó (sin proponérselo jamás) un modelo a seguir.
Recordaré, añoraré, a mi salvajemente civilizada tía Teresa.
