No es cierto, no somos los herederos de todo ese tiempo que hemos vivido. No son los pesados años pasados, los ingentes acontecimientos, los que nos hacen despertarnos de la manera que nos despertamos, desbrozar este camino y no otro, sonreír cuando va a llover. Ni siquiera los grandes momentos perduran necesariamente porque ¿Cómo saber? No: es otra la materia que conforma lo que somos, nuestra memoria. Otros los pequeños guijarros del sendero, recuerdos olvidados que duermen en el interior de nuestros párpados: un reflejo apenas adivinado en el horizonte, el sabor de una noche, la suavidad de un pétalo o aquella vez que me acariciaste la nuca. Tales son los elementos de nuestro universo. Seamos, por tanto, indulgentes si alguna vez olvidamos una fecha, porque nuestro amor quizá se asienta en realidad sobre la firme base de nuestras miradas. Y, créeme, ésa es una garantía.
