lunes, 29 de septiembre de 2008

Sine die

No es cierto, no somos los herederos de todo ese tiempo que hemos vivido. No son los pesados años pasados, los ingentes acontecimientos, los que nos hacen despertarnos de la manera que nos despertamos, desbrozar este camino y no otro, sonreír cuando va a llover. Ni siquiera los grandes momentos perduran necesariamente porque ¿Cómo saber? No: es otra la materia que conforma lo que somos, nuestra memoria. Otros los pequeños guijarros del sendero, recuerdos olvidados que duermen en el interior de nuestros párpados: un reflejo apenas adivinado en el horizonte, el sabor de una noche, la suavidad de un pétalo o aquella vez que me acariciaste la nuca. Tales son los elementos de nuestro universo. Seamos, por tanto, indulgentes si alguna vez olvidamos una fecha, porque nuestro amor quizá se asienta en realidad sobre la firme base de nuestras miradas. Y, créeme, ésa es una garantía.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Uno de esos errores que tanto cuentan

La tradición cuenta que, en el siglo XVII, un monje benedictino llamado Dom Perignon, utilizó por error un vino endulzado con azúcar –aqua mulsum- para realizar el habitual coupage de los caldos de su abadía, en el intento anual de elevar de alguna manera su calidad más bien pobre. Este azúcar adicional provocó una segunda fermentación en la botella y la aparición de anhídrido carbónico, que se disolvió en el líquido. Cuando los monjes intentaron descorchar aquellas botellas hallaron que los tapones salían disparados y el vino se derramaba convertido en espuma. Y su sabor era distinto, mucho mejor que el de antes. Había nacido el champán. Por error.

El error es consustancial a la naturaleza humana (como el pecado, según la vieja escolástica: qué poca diferencia hay entre el pecare humanum est y el errare humanum est agustinianos). De hecho, la infalibilidad es uno de los atributos (diferenciadores) de la divinidad. Toda actividad, todo pensamiento, proyecto humano está sometido al peligro del error, al del fallo. Es sabido.

Todos nos hemos equivocado alguna vez. En nuestras apreciaciones, en nuestras creencias o en nuestras predicciones. Incluso en nuestros actos. Habitualmente convivimos con la posibilidad del error de una manera razonablemente civilizada. Excepto en casos extremos (y patológicos, por tanto) aceptamos la existencia de un cierto margen de error en nuestra cotidianeidad. No nos parece importante si la dirección que buscamos está en la segunda bocacalle y no en la primera, como creíamos. No lo es si esperábamos tener tiempo para leer el diario y, finalmente, no contamos con ese tiempo. Tampoco si creíamos que Dom Perignon fue el inventor (por error) del champán y, cuando investigamos, descubrimos que no fue así.

Hay ocasiones, empero, en que el peso del error (o de su posibilidad) se nos hace casi insoportable. Cuando debemos adoptar una decisión que sabemos que condicionará el resto de nuestra vida (o buena parte de ella), por ejemplo. Es entonces cuando, en un intento desesperado por minimizar las probabilidades de equivocarnos, atesoramos el máximo de información posible, solicitamos consejos y pareceres, sopesamos pros y contras obsesivamente. Hasta que, al final de todo, llega el momento de tomar una decisión.

La edad enseña (también) que en ese momento no se deben olvidar dos cuestiones. A saber: que es imposible controlar todas la variables del problema (y, por tanto, la posibilidad del error sigue ahí) y que ninguna decisión es realmente para toda la vida (o no lo son necesariamente las que consideramos trascendentales a priori y sí quizás una cotidiana sin importancia aparente (ir a tal comida campestre o no)).

Hace diez años afronté una de esas decisiones trascendentales. Busqué información. Recibí consejos. Valoré convenientes e inconvenientes. Y tomé una decisión.

Me equivoqué.

Lo que debía ser únicamente un cambio de trabajo se fue convirtiendo en mucho más que eso. Lentamente, extendiéndose como una mancha de aceite (lenta, sutil, subrepticiamente y pringosa), esa decisión acabó influyendo en relaciones familiares, en mi profesión (que dejó de ser la que había sido y que me gustaba), en la distribución de mi tiempo, en el cansancio, en el hastío, la claustrofobia, la tristeza. Y en Mimianna. Y en Nenna, después. Para mal.

Hace un año, por estas fechas, después de todo un verano desasosegado de zozobras, de conversaciones airadas o desanimadas, Mimianna y yo nos dirigimos a un antiguo pueblo de piedras antiguas, escenario de otros conciliábulos en el pasado. Nada nos dijimos, pero sabíamos qué nos convocaba a aquel paseo entre las ruinas de la civilización y el mar que la había traído, bajo pinos centenarios. Debíamos tomar una decisión. Trascendente. Nuestra realidad se había tornado insoportable y debíamos cambiarla en un sentido u otro. En cualquier caso, debíamos romper con lo que había sido hasta ese momento nuestra vida. Aprovechamos la siesta de Nenna en su cochecito para recorrer arriba y abajo la larga senda costera, una y otra vez. Casi una escenificación de las idas y venidas de nuestras consideraciones. Y, con el sol ya bajo, tomamos una decisión.

Desde entonces, hemos cerrado la que fue nuestra casa y hemos abandonado la que fue nuestra ciudad (amábamos a ambas), vivimos en una provisionalidad incómoda, sufriremos un cierto quebranto económico, revisitamos fantasmas (malos) del pasado…

¿Nos hemos equivocado?

No lo sé. Pero ahora Mimianna y yo nos vemos en horas de vigilia, puedo contarle cuentos a Nenna cada noche y acompañarla, en ocasiones, al colegio (¡de grandes, ya!), ilusionarme con el proyecto de la nueva casa, continuar paseando junto a un mar antiguo…

¿Nos hemos equivocado?

No lo sé, pero la sonrisa de Nenna, su felicidad, me dice que, quizás en esta ocasión, eludimos el error. O eso espero.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Maritere

Hoy ya es cierto mi vaticinio. Aquella fue nuestra última reunión. Ya no podremos encontrarnos todos de nuevo. Esta tarde hemos enterrado a la hermana mayor de Ela. Teresa. La tía Maritere para nosotros. Su cuerpo murió ayer, mucho después de que el Parkinson la matara a ella.

No voy a mentir (a estas alturas), no voy a simular un gran dolor, una infinita pérdida. No sería cierto. No sería justo. A la tía Maritere la dejé de tratar hará quizás diez años. Incluso más. Naturalmente seguía existiendo en las conversaciones de Ela, que nunca perdió el contacto con ella, su hermana. Se hablaban esporádicamente por teléfono. Se transmitían novedades, acontecimientos, bien directamente, bien por hermana interpuesta, la pequeña. Alguna visita rápida, un viaje corto. Más hacia los últimos años. No sé si alguna carta. Era una presencia lejana en el espacio y (cada vez más) en el tiempo. Pero, cada tanto, me llegaban noticias de ella, de su marido (mi tío, el pintor), de sus hijos.

Su hija y su hijo, mis primos, de mi edad (quince días separan las fechas de nacimiento de él y la mía) fueron los que hicieron, en realidad, que la tía Maritere fuese algo más que otro de los personajes legendarios de la familia. Fue esa costumbre gregaria y estival de reunirnos a todos los primos lo que la convirtieron en una persona real de mi infancia. En un recuerdo. En parte de mí.

Pero hacía ya diez años que no la había visto, ni conversado con ella. No era, por tanto, una presencia en mi cotidianeidad. Ni tan solo en mis recuerdos, en muchas ocasiones. No individualmente, acaso en grupo. Su muerte no añade (no debería añadir) nada a su ausencia ya consumada. Y, sin embargo, no es así. No lo siento así. Su muerte la ha cambiado. Porque ahora (ahora sí) ya no está, ni estará nunca más. Ahora ha desaparecido.

Javier Marías ha reparado en nuestra aversión a las desapariciones, aún de personas o paisajes detestables pero que han estado ahí desde que se tiene memoria. Eso también nos ocurre, afirma, con personas que no conocimos, pero admiramos (“muertos lejanos” les llama) que “su falta nos hace sentirnos más solos y desprotegidos”. (Cortázar, más grandilocuente en este caso mantiene que “cuando muere una figura de juventud también morimos nosotros. Un poco”). Peor es, por supuesto, la muerte de aquellos que conocimos, que nos fueron queridos. Marías (de nuevo) llega a sostener que “la vida, en buena medida es ir sufriendo bajas a nuestro alrededor, y en desconcertarse y apenarse un rato, para luego reemprender la marcha con los benditos que nos van quedando, y que aún están”.

De ahí, quizás, esta pequeña tristeza con la que escribo ahora. Pero íntima. Pero honda. La tía Maritere ha muerto y, en esta época de rememoraciones en la que vengo sumergiéndome, su falta me es doblemente penosa. No sólo pierdo (o se me hace patente su pérdida) un referente de mi infancia, también me pesa la consciencia de que con su muerte (como con la muerte de todos) desaparece todo su pasado, su experiencia, su mundo.

¿Qué nos queda?

La descripción de su carácter, adelantado a su época (la tía nació treinta años antes de lo que le tocaba, siempre he oído decir), que la hizo fumar (para escándalo de la bisabuela Victoria) y doctorarse en Historia y Literatura, con una tesis sobre la Generación del 27, en los últimos cincuenta del siglo pasado (para mayor escándalo de la bisabuela Victoria, tal vez). En una época terriblemente pacata, chata, ignorante; en una sociedad inimaginablemente (para mis coetáneos y más jóvenes) abstrusa y represiva y claustrofóbica, especialmente para una mujer inteligente, ella supo mantener su criterio, imponer su conducta, ser consecuente con su inteligencia. Arrostró, por ello, no pocas incomprensiones. También pagó por ello el precio de algún fracaso, de alguna pérdida, de alguna derrota.

Quedarán anécdotas. Como la del novio que se mercó durante su estancia estudiantil en Roma y que trajo un verano para que lo conocieran mis abuelos y que, cuando se le pidió que hiciera un nudo (a su servilleta, como es costumbre en mi familia, para diferenciarlas), sólo atinó a preguntar estupefacto: “ma… Qui?.. Adesso?” porque creyó que le pedían un desnudo ante la familia política como trámite para su aprobación como futuro yerno.

Pero la que más me gusta, porque mejor la retrata (aunque sea apócrifa y casi segura su falsedad) es la ocasión en que, siendo directora de un instituto de ultramar, consiguió que María Zambrano, ya octogenaria y a quien había conocido mucho antes en Italia, acudiera para dar una conferencia. Ante la importancia del personaje, los poderes fácticos del centro organizaron una merienda con zumos y bollitos. Afortunadamente, mi tía conocía las costumbres de la escritora y se presentó pertrechada con una buena petaca de buena ginebra. Cuando se llegó a ofrecérsela, en vaso largo y con hielo, la Zambrano clavó sus ojos en los de ella y le espetó “¡Menos mal que hasta en África hay gente civilizada”, justo antes de echárselo al coleto. Ésa, no cabe duda, es una de las frases que toda familia atesora.

Me quedarán los recuerdos. La forma en que conducía. Aquel día que mis primos y yo volvimos a nacer varias veces en un trayecto de apenas diez kilómetros, en los que nos esquivaron (milagrosamente) dos camiones, un tractor, tres peatones y un barranco, los cuales pasaron absolutamente desapercibidos a mi tía.

Y la “Odisea” y la “Iliada” (y su lectura), que me regaló. Y “La casa de Bernarda Alba”. Y el nombre de Miguel Hernández y la declamación (la primera en mi vida) de las “Nanas de la cebolla”.

Y los bocadillos de fuagrás con los que se empeñó en cebarme un largísimo y antiquísimo verano.

Nos ha dejado varios libros de arte y poemas. Y uno último inédito de aforismos, de pensamientos, de dudas, de miedos. Justo antes de perderlos todos (o mientras iban perdiéndose en la enfermedad.

La última vez que la vi, esa enfermedad ya hacía estragos en su físico, no todavía en ella. No pude dedicarle el tiempo que seguro merecía, pues fue un día de múltiples obligaciones con múltiples familiares. De todas formas, no será esa la persona que recordaré, que mencionaré, cuando en adelante hable de la tía Maritere, sino la más joven, la de mi infancia, la que amaba a las palabras, la cultura, el conocimiento, el arte, la del carácter jocoso y rudo, la que me brindó (sin proponérselo jamás) un modelo a seguir.

Recordaré, añoraré, a mi salvajemente civilizada tía Teresa.