miércoles 6 de agosto de 2008

Vagula, blandula

Stefan Zweig escribió la biografía de Montaigne recurriendo a su memoria. En el exilio al que le había expulsado el nazismo. Sin el acceso a su biblioteca, a sus amigos, a las ciudades que habían sido su atlas. Con el mundo que había sido su mundo desaparecido para siempre. Arrasado por la barbarie. No es gratuito suponer que no eligió al autor francés por casualidad. Quizás intentó emular el retiro de aquél, su refugio en el pensamiento y la cultura y la belleza y el arte frente a una realidad abominable, inasumible. No lo logró. “Montaigne” se publicó tras el suicidio de Zweig. Inacabado.

Stefan Zweig escribió de memoria y la memoria le traicionó. Hay citas que no corresponden a las palabras de Montaigne. En ocasiones las tergiversaciones son leves. En ocasiones trastocan absolutamente el sentido de las ideas originales. Pero Stefan Zweig, ni en sus peores pesadillas, pudo prever que se vería despojado inopinadamente de sus libros, de la posibilidad de consultarlos, de su ayuda. No tenía necesidad de memorizar. Le bastaba alargar el brazo hasta el anaquel preciso para encontrar la información, el autor, la frase precisa. Le bastaba conocer sus libros, mantener su referencia. Cuando hubo de repetir las palabras perdidas sin tenerlas a la vista, no fue capaz.

No necesito imaginar su sensación de desconcierto, de desvalimiento. No lo necesito porque es la mía.

No he perdido mis libros. No pretendo equiparar el éxodo que me rodea con el exilio final de Zweig. Pero ellos, mis libros, aguardan ahora en la obscuridad de las cajas obscuras. Tan lejanos de mí como el futuro. Y, de repente, me doy cuenta que éste es otro aspecto de la pérdida. Con el que no contaba.

Y a mí también me traiciona la memoria. Mis libros son ahora una amalgama de ideas, de imágenes, que surgen claras y diferenciadas, pero borrosas a la vez. Sé que en tal libro se halla el verso que quiero citar para hablar de la felicidad, pero no recuerdo exactamente el verso. Sé que aquel personaje (que me fue entrañable, a quien quiero homenajear) pertenece a ese otro libro, pero tengo que hacer un esfuerzo para ponerle nombre (más allá del de “el mayordomo”) y no puedo decir sus palabras. En los peores casos he encontrado libros, que me han sido muy gratos, que he leído en más de una ocasión, desaparecidos y solo recordados gracias a laberintos ajenos (“Bonjour Tristesse”, ¿Cómo pude olvidar a Cécile hasta justo ese momento?). Mi biblioteca se ha tornado un espejismo de mi memoria.

Y eso me entristece. Siento nostalgia (esa nostalgia que intento domeñar, que normalmente domino) por los lomos multicolores. Por su orden (mi orden) en los estantes. Por su olor. El tacto. Su presencia. Por el pasado, tan reciente, tan acabado, en que sin mirarlos los sabía donde siempre. Sé que debería imaginar el día del reencuentro, el de la luz de los nuevos anaqueles, prefigurar el nuevo orden, ilusionarme. Pero mis libros están obscuros. Hasta entonces.

Me asemejo al joven Adso de Melk (he tenido que consultar este nombre) de “El nombre de la rosa”, recogiendo los despojos de los libros devastados, para configurar un trasunto de la biblioteca devastada. Pero los despojos con los que cuento son de una materia mucho más volátil que los pergaminos chamuscados. Adriano, el emperador, repetía una fórmula para señalar la naturaleza esquiva, equívoca del alma: animula vagula blandula (lo citan Yourcenar y Cortázar). Yo debo aplicarla dolorosamente a la memoria, aquello que siempre he considerado que nos conforma.