lunes 11 de agosto de 2008

El mundo de Sarín

“Un mundo para Julius” vino bajo el brazo de Perve uno de esos veranos en que perdíamos la cuenta y el nombre de los días, tan largas eran las vacaciones. En aquel tiempo, Ela y sus hermanas organizaban traslados colectivos de retoños y nos reunían a todos los primos bajo diferentes techos. En manada. Felices. Sin pandillas pues nosotros éramos nuestra pandilla. Uno de esos veranos, Perve me trajo el libro. “Fíjate en la escena del coche del zaguán”, con esa sonrisa de sé que lo entenderás cuando llegues y sé que sabrás porqué te la señalo. Esa sonrisa de conjurado, que tanto utilizábamos entonces cuando tantas cosas nos conjuraban.

Y así llegué (pronto, pues se halla al principio del libro, porque entonces leíamos abandonando el tiempo, por la curiosidad) al momento en que Julius, hijo de una familia limeña de posición, juega de pequeño a indios y vaqueros desde un viejo coche abandonado en un zaguán. Desde allí simula disparar a los indios (reales) del servicio y éstos caen redondos, fulminados por el juego del niño consentido. Y sonreí la sonrisa de entender, de reconocer la indicación de Perve. Bryce no lo sabía, pero había transformado una historia de la familia, no lo suficiente empero para ocultarla a nuestros ojos avisados.

Finales años veinte del siglo pasado (qué extraño se hace llamar pasado al siglo en el que transcurrió tu juventud). Un niño rubicundo y regordete (como me imaginaba a Julius), al que llamaban Sarín, juega en otro verano tórrido y eterno. Una hacienda enorme en medio de la llanura. Alejada del pueblo. Sola. Salas obscurecidas, pasillos interminables, escaleras, estancias, patios. Sarín, el nieto del amo de la casa, de las tierras. El alcalde del pueblo invisible. El patrón del servicio, casi el dueño de los gañanes. Que quiere jugar a Papa de Roma. Y entonces dos hombrones dejan sus tareas, atraviesan una silla de enea con dos palos de varear y alzan el improvisado trono con el niño sentado bien tieso. Dos camareras de negro (como todas las mujeres) detrás, contritas. Y comienza la procesión. El infante es paseado por las dependencias del servicio. Lentamente. Con la solemnidad que merece el caso. Reparte su bendición a todos aquellos que encuentra a su paso. Y los sirvientes se destocan, bajan la cabeza. Se persignan en la genuflexión las mujeres (de negro, las mujeres, con pañuelo negro, de negro). Y Sarín, pequeño como es, saborea su poder, su tiranía.

Sarín es como llamaron toda su infancia al hermano mayor de nuestras madres. Su abuelo, nuestro bisabuelo. La casona, el pueblo, las tierras el escenario de las historias antiguas de nuestra familia. La de la procesión. El escenario de algunos de nuestros propios mitos.

Porque mítica es siempre la memoria ajena, la vida de los demás. Por cercano que sea ese ser ajeno, lo que le haya sucedido más allá de nuestra propia experiencia, cae dentro del terreno de la fábula. Y en nada tiene que ver la lejanía o cercanía en el tiempo. No nos ha pasado nosotros. No ha existido realmente para nosotros. Lo creemos, claro que lo creemos. También creemos que Julio César murió el idus de marzo, que Quevedo escribió sus sonetos. Que Sarín bendecía a los sirvientes de sus abuelos es tan cierto como que Julius mataba a los de los suyos. El pasado de los demás no existe, en realidad. Aunque deje rastros: El quinqué de cristal y el espejo enorme que preside el recibidor de mis padres. El espejo enorme de marco dorado cuyo azogue ondulado distorsiona las bienvenidas y despedidas en casa de Ela y Abu, el que fue de los padres de la tatarabuela Carmen, y que reflejó la infancia de Sarín. La vida entera de otros. O el recetario con la caligrafía inglesa de la bisabuela Filomena, la redondilla de la abuela Teresa, la más moderna de Ela… La última carta del tío Jesús, guapo y calavera, a quien fusilaron los suyos en el cuarenta y que comienza “Madre, estoy en capilla. Mañana me matan…

La última vez que nos reunimos todos los tíos y primos (la que habrá sido la última vez para siempre) fue en el pueblo de nuestros antepasados, que muchos de nosotros no habíamos pisado jamás. Para vender las últimas tierras. Para formalizar el desarraigo que hacía lustros que se había producido, con la guerra y todo lo que siguió. Fue en enero. El pueblo achaparrado amaneció límpido, tras la ventisca de nieve que nos había recibido la noche anterior. La nieve fulgente acumulada en los remansos del viento. Las fachadas ocres, siena, blancas. Brillantes de escarcha los adoquines del Paseo de la Estación, el último con adoquines. Y el cielo inmenso. Índigo. Ni una nube. Y el frío quemándonos las narices y las gargantas, despreciando nuestras bufandas, riéndose de nuestros guantes, de las capas de ropa. Cumplimos la visita a la puerta de la farmacia del bisabuelo Baltasar, tapiada, pero con el portón y las vitrinas de madera todavía allí. Comimos en la venta, a medio camino de la finca, todos juntos. Tras los postres nos despedimos largamente. Haciendo votos de reencuentros en los que ninguno de nosotros creíamos. Ela nos señaló dónde había estado el caserón, tras una loma, cuando ya regresábamos solos en el coche.

El pasado de los demás no existe. Mi propio pasado no existe más que para mí. No será más que un conjunto de historias para Nenna. Un terreno mítico e irreal. Aunque deje rastros. Como este ovillo.