lunes 18 de agosto de 2008

Cartas

El cinco de octubre de 1949, Helene Hanff dirigió su primera carta a la librería Marks & Co., de Londres, solicitando unos libros a los que no tenía acceso en Manhattan. Inició, con esa carta, una correspondencia con Frank Doel, encargado de las ventas de aquella firma, que se prolongó por el resto de la vida de éste, hasta octubre de 1969. Veinte años sin llegar a encontrarse. Íntimos, no obstante. Una selección de esas cartas dio lugar al librito “84, Charing Cross”. Siento debilidad por él. Porque habla de libros, porque sus personajes son reales y entrañables (todo un personaje la Hanff!). Porque es un libro que no sabía que iba a ser un libro. Y por las cartas.

Desde siempre se ha considerado el acto de intercambiar cartas como un arte. Con sus propias reglas. Un viejo manual de gramática victoriano exhortaba a adoptar un estilo natural y espontáneo pero no gárrulo y vulgar; evitar la sequedad y la pompa declamatoria; no aparecer ni desentendido ni efusivo; expresar emoción sin caer en el sentimentalismo; evitar, por fin, por una parte la pedantería y, por la otra, la vacuidad. Desgraciadamente, cuando las conocí ya las había mancillado. Todas.

Y es que a mí siempre me han gustado las cartas. Escribirlas y (sobre todo) recibirlas. Durante diferentes épocas, he cultivado la noble costumbre de mantener esas conversaciones que no conocen límites de tiempo y espacio. Que nos acercan a pesar de (o gracias a) la distancia y retoman el hilo suspendido, desde hace meses quizás, con la naturalidad del gesto de extender un folio. Con la intimidad más absoluta, como un susurro al oído, como una mirada inteligente.

Recuerdo la alegría de encontrar la caligrafía conocida esperándome, inesperada casi siempre, sobre el trinchante de la sala de mis padres. En la ensaladera de cristal. El sobre siempre intacto. El placer de retrasar un poco la lectura, hasta el momento adecuado. Casi siempre en la cama, antes de dormir. Casi siempre con una sonrisa.

O la deliciosa tarea de contestar (meses después quizás). Imaginar a las reacciones del otro. Cuando lea esto, cuando sepa. Cuando encuentre mi caligrafía esperándole sobre el sobre.

Con la primera persona que mantuve correspondencia fue con Abu. Yo tenía cinco años. El primer gran éxodo de mi vida. Aunque no sabía lo que era (aunque recuerdo perfectamente el momento en que se me anunció que ya era el momento, la noche antes de la partida, yo de pie entre los asientos delanteros del coche nuevo, que mañana nos íbamos, cómo lloré). Abu estuvo unos meses alejado de Ela, Cape y de mí, antes de poderse reunir con nosotros en la nueva ciudad. Venía a vernos cada tres o cuatro semanas. Ela me hacía escribirle. Abu conserva esas cartas. Contienen dibujos. Le explico qué hacemos, que estamos bien y que me porto bien y cuido a mamá. Y (sobre todo) le enumero los regalos que me gustaría que me trajera en su próxima visita. (No era culpa mía si mi referente epistolar no iba más allá de las cartas a los Reyes Magos).

Pero quien realmente fue mi corresponsal (más o menos) asidua durante diez o quince años fue Perve. Yo tengo todas sus cartas. Comenzó como un juego, casi un reto. Si yo te escribo una carta, seguro que no me contestas. No, serás tú quien rompa el hilo. No, tú. Y llegó la primera. Al principio infantiles. Sin pericia, nos explicábamos cosas del colegio, frases hechas (espero que estés bien cuando recibas ésta...). Sin darnos cuenta nos fuimos alejando de la infancia. Las cartas, más extensas, comienzan a hablar poco a poco de pequeños descubrimientos (aquel libro, esa película...), de dudas, de sentimientos. Sin premeditación, naturalmente, se convierten en una larga conversación en la que, sin reservas, vamos desbrozando la intrincada vereda de la primera pubertad. Los primeros enamoramientos (qué profundos, qué importantes, aunque fuesen efímeros). Las primeras decepciones. La frecuencia de las cartas nunca fue regular, se amontonaban después de alguna visita mutua, para irse espaciando después. Hasta la siguiente visita. Sin cálculo, sin pena, los espacios se fueron dilatando. También las visitas. No sé quién perdió el reto, pero un día dejamos de escribirnos. Ya éramos mayores.

La mayoría de edad nos separó a Ossip y a mí. Mi segundo éxodo (éste sí deseado, escogido). No recuerdo, aunque también conservo sus cartas, quién se presentó un viernes (eran los viernes cuando nos reencontrábamos, solo los viernes) con un sobre abierto y una carta dentro. Quién lo entregó aprovechando la sorpresa. Al viernes siguiente, fueron dos cartas las que se cruzaron, de mano a mano. Y así continuamos durante dos años. Los del paso de la adolescencia a la juventud. Son cartas ingeniosas e irreverentes. Cómplices. Epatantes en algún caso. Contienen nuestras obsesiones de entonces, nuestros gustos. Algún enamoramiento (por mi parte, en eso Ossip era mudo). Ezra Pound, Cortázar, Proust, Cabrera... También a nuestros amigos de entonces. Son cartas felices casi siempre. Una celebración de nuestra amistad.

Mimianna y yo nos escribimos un año eterno. Sin final. Son cartas bellas, pero tristes. Desesperadas en algún caso. Sobre todo las primeras. Un encaje de bolillos. Expresar la propia tristeza sin entristecer. Cartas de amor cuando ya no se escribían cartas de amor. Sólo hablan de ella y de mí. No de lo que nos ocurre (¿qué importaba lo que ocurría, más allá de nuestra soledad?). Las conservamos y aunque recuerdo algunas realmente hermosas, tiernas, sinceras, no las hemos vuelto a leer. Hay heridas (todas las heridas) que es estéril reabrir.

No he remedado, sin embargo, la relación que mantuvieron Helene y Frank. Yo conocía a todos mis corresponsales. De hecho, las cartas nacieron como una manera de mantener un contacto que ya existía por encima de la distancia. No me he escrito con ningún desconocido.

Hasta ahora.

Ya no espero un sobre esperándome. No hay folio que extender. No me llevo conmigo carta alguna hasta la cama. Pero sorprendo una sonrisa si en la lista de correo entrante del ordenador encuentro un encabezamiento en negrita. En determinada dirección electrónica. Continuo reservando el momento para leer estas nuevas cartas. Antes del amanecer o justo al acabar la jornada, cuando puede ser. Y extiendo la pantalla. Y encuentro a esos desconocidos que empiezo a reconocer. Y hablamos de todo un poco. De libros y música, mayormente. Y del pasado que se nos engancha. De Nenna y sus cuentos. De lo que hemos escrito (que a todos nos gusta siempre, somos amigos), de lo que hicimos ayer, del Earl Grey desteinado, de lo que nos duele en algunos casos, de lo que nos disgusta. Y de la alegría de ser joven (quien lo es) o la tristeza de ser joven (que se pasa cuando dejas de serlo).

No nos conocemos. En muchos casos no conocemos ni nuestros nombres. Corremos el riesgo, es cierto, que nos suceda como a aquel personaje de “Obabaoak” que se carteó con alguien inventado, engañado por su padre (no te fíes ni de tu padre...). Cabe la posibilidad, a qué negarlo, de que ninguno de mis nuevos corresponsales exista en realidad. No como los leo. No como los imagino. Pero, en realidad, qué importa si cuento con sus cartas.