viernes, 22 de agosto de 2008

Vagalume. (cuento para Nenna)

Cuentan que cuentan que lejos, muy lejos, existe un país en el que los pasillos están sombreados por altos árboles, las plazas son prados de un verde profundo, quietas nubes grises son el techo y las ventanas se abren al océano de pizarra donde se hunde el sol cuando acaba el día.

No se conoce el camino a ese país. No existen planos. Ni los viajeros más avezados han sabido encontrar una ruta. No hay indicaciones, ni señales. Hay, no obstante, algunos afortunados que lo han visitado. Inesperadamente lo encontraron. Algunos después de muchos días de viaje. Otros en las páginas de un libro. En una canción. Cuando cerraron los ojos.

En ese país, pero no se sabe dónde, hay un torreón. Entre los árboles. O en medio de un prado. O sobre las nubes. Y en el torreón una estancia con un espejo redondo en el que se refleja el océano y los barcos de vela que parten. Y una dama. Joven. Vestida con un largo vestido, rojo de seda roja. Ceñido con una cinta bajo las caderas. El pelo castaño largo y recogido. Los ojos fijos en el horizonte. O en el pasado. Bajo las cejas pobladas, sobre una bacinilla de cristal azul.

Cuentan que cuentan que una niña pequeña llegó al país y al torreón y a la estancia y a la dama. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó descarada con la mirada. “Vagalume”, le contestó una sonrisa. “Estás sola, estás triste. ¿por qué estas tan sola y tan triste?”, las cejas alzadas y un mohín. “No es cierto, no estoy sola” contestó con un lento ademán que abrazó los libros, los cuadros y el océano de la ventana. “No es cierto, no estoy triste” respondió con un beso, “tan solo recuerdo”.

La niña, que era pequeña, tomó asiento con la libertad de que gozan solo los niños pequeños. Vagalume, que era joven, aceptó lo extraordinario con la naturalidad que cultivan solo los jóvenes. Y fue pasando el día. Y Nenna (porque Nenna es la niña pequeña) vio cómo llegaron y salieron multitud de palomas mensajeras blancas del regazo de la dama. Y unas llevaban un suspiro. Un guiño otras. Un poema. Un dibujo. Y fue llegando la tarde. Y Vagalume mostró a la niña cómo cambiaba el color del océano bajo los barcos de vela. Qué bellos los árboles. Qué fina la hierba. Qué fuertes eran las nubes.

Y llegó la noche.

Y la niña pequeña tenía todo el sueño en los ojos. El cansancio en la comisura de los labios. “¿No duermes, Nenna?”, preguntó la dama con una caricia. “No me gustan los sueños”, con una lágrima, “me pierdo en los sueños”. El abrazo de Vagalume “sí, ahora estás perdida, pero yo tengo un secreto para ti, para que no te pierdas nunca más, para que no temas perderte”. Y deshizo su tocado y su frente se bañó de luz. Tenue, verde como las manzanas. “Cuando estés perdida, cuando tengas miedo, recuerda esta luz. Te ayudará a encontrar el camino de vuelta a casa y más allá. Yo te acompañaré con ella”, soplando apenas sobre los rizos de Nenna. “¿Por qué tienes tú luz?” justo antes de dormir. “Porque así fui imaginada”, arropándola con un manto de luna.

Nenna despierta en su cama. Otro mar susurra en su ventana. El cielo es azul e inmenso. Cada día una vida entera. Y cuando llega la noche, justo antes de dormirse, Nenna juega con uno de sus mechones. Mimianna me ha contado que, entonces, parece como si en la habitación naciera una tenue luz. Indefinida. Como verde clarito, manzana. Pero, claro, deben ser imaginaciones.

lunes, 18 de agosto de 2008

Cartas

El cinco de octubre de 1949, Helene Hanff dirigió su primera carta a la librería Marks & Co., de Londres, solicitando unos libros a los que no tenía acceso en Manhattan. Inició, con esa carta, una correspondencia con Frank Doel, encargado de las ventas de aquella firma, que se prolongó por el resto de la vida de éste, hasta octubre de 1969. Veinte años sin llegar a encontrarse. Íntimos, no obstante. Una selección de esas cartas dio lugar al librito “84, Charing Cross”. Siento debilidad por él. Porque habla de libros, porque sus personajes son reales y entrañables (todo un personaje la Hanff!). Porque es un libro que no sabía que iba a ser un libro. Y por las cartas.

Desde siempre se ha considerado el acto de intercambiar cartas como un arte. Con sus propias reglas. Un viejo manual de gramática victoriano exhortaba a adoptar un estilo natural y espontáneo pero no gárrulo y vulgar; evitar la sequedad y la pompa declamatoria; no aparecer ni desentendido ni efusivo; expresar emoción sin caer en el sentimentalismo; evitar, por fin, por una parte la pedantería y, por la otra, la vacuidad. Desgraciadamente, cuando las conocí ya las había mancillado. Todas.

Y es que a mí siempre me han gustado las cartas. Escribirlas y (sobre todo) recibirlas. Durante diferentes épocas, he cultivado la noble costumbre de mantener esas conversaciones que no conocen límites de tiempo y espacio. Que nos acercan a pesar de (o gracias a) la distancia y retoman el hilo suspendido, desde hace meses quizás, con la naturalidad del gesto de extender un folio. Con la intimidad más absoluta, como un susurro al oído, como una mirada inteligente.

Recuerdo la alegría de encontrar la caligrafía conocida esperándome, inesperada casi siempre, sobre el trinchante de la sala de mis padres. En la ensaladera de cristal. El sobre siempre intacto. El placer de retrasar un poco la lectura, hasta el momento adecuado. Casi siempre en la cama, antes de dormir. Casi siempre con una sonrisa.

O la deliciosa tarea de contestar (meses después quizás). Imaginar a las reacciones del otro. Cuando lea esto, cuando sepa. Cuando encuentre mi caligrafía esperándole sobre el sobre.

Con la primera persona que mantuve correspondencia fue con Abu. Yo tenía cinco años. El primer gran éxodo de mi vida. Aunque no sabía lo que era (aunque recuerdo perfectamente el momento en que se me anunció que ya era el momento, la noche antes de la partida, yo de pie entre los asientos delanteros del coche nuevo, que mañana nos íbamos, cómo lloré). Abu estuvo unos meses alejado de Ela, Cape y de mí, antes de poderse reunir con nosotros en la nueva ciudad. Venía a vernos cada tres o cuatro semanas. Ela me hacía escribirle. Abu conserva esas cartas. Contienen dibujos. Le explico qué hacemos, que estamos bien y que me porto bien y cuido a mamá. Y (sobre todo) le enumero los regalos que me gustaría que me trajera en su próxima visita. (No era culpa mía si mi referente epistolar no iba más allá de las cartas a los Reyes Magos).

Pero quien realmente fue mi corresponsal (más o menos) asidua durante diez o quince años fue Perve. Yo tengo todas sus cartas. Comenzó como un juego, casi un reto. Si yo te escribo una carta, seguro que no me contestas. No, serás tú quien rompa el hilo. No, tú. Y llegó la primera. Al principio infantiles. Sin pericia, nos explicábamos cosas del colegio, frases hechas (espero que estés bien cuando recibas ésta...). Sin darnos cuenta nos fuimos alejando de la infancia. Las cartas, más extensas, comienzan a hablar poco a poco de pequeños descubrimientos (aquel libro, esa película...), de dudas, de sentimientos. Sin premeditación, naturalmente, se convierten en una larga conversación en la que, sin reservas, vamos desbrozando la intrincada vereda de la primera pubertad. Los primeros enamoramientos (qué profundos, qué importantes, aunque fuesen efímeros). Las primeras decepciones. La frecuencia de las cartas nunca fue regular, se amontonaban después de alguna visita mutua, para irse espaciando después. Hasta la siguiente visita. Sin cálculo, sin pena, los espacios se fueron dilatando. También las visitas. No sé quién perdió el reto, pero un día dejamos de escribirnos. Ya éramos mayores.

La mayoría de edad nos separó a Ossip y a mí. Mi segundo éxodo (éste sí deseado, escogido). No recuerdo, aunque también conservo sus cartas, quién se presentó un viernes (eran los viernes cuando nos reencontrábamos, solo los viernes) con un sobre abierto y una carta dentro. Quién lo entregó aprovechando la sorpresa. Al viernes siguiente, fueron dos cartas las que se cruzaron, de mano a mano. Y así continuamos durante dos años. Los del paso de la adolescencia a la juventud. Son cartas ingeniosas e irreverentes. Cómplices. Epatantes en algún caso. Contienen nuestras obsesiones de entonces, nuestros gustos. Algún enamoramiento (por mi parte, en eso Ossip era mudo). Ezra Pound, Cortázar, Proust, Cabrera... También a nuestros amigos de entonces. Son cartas felices casi siempre. Una celebración de nuestra amistad.

Mimianna y yo nos escribimos un año eterno. Sin final. Son cartas bellas, pero tristes. Desesperadas en algún caso. Sobre todo las primeras. Un encaje de bolillos. Expresar la propia tristeza sin entristecer. Cartas de amor cuando ya no se escribían cartas de amor. Sólo hablan de ella y de mí. No de lo que nos ocurre (¿qué importaba lo que ocurría, más allá de nuestra soledad?). Las conservamos y aunque recuerdo algunas realmente hermosas, tiernas, sinceras, no las hemos vuelto a leer. Hay heridas (todas las heridas) que es estéril reabrir.

No he remedado, sin embargo, la relación que mantuvieron Helene y Frank. Yo conocía a todos mis corresponsales. De hecho, las cartas nacieron como una manera de mantener un contacto que ya existía por encima de la distancia. No me he escrito con ningún desconocido.

Hasta ahora.

Ya no espero un sobre esperándome. No hay folio que extender. No me llevo conmigo carta alguna hasta la cama. Pero sorprendo una sonrisa si en la lista de correo entrante del ordenador encuentro un encabezamiento en negrita. En determinada dirección electrónica. Continuo reservando el momento para leer estas nuevas cartas. Antes del amanecer o justo al acabar la jornada, cuando puede ser. Y extiendo la pantalla. Y encuentro a esos desconocidos que empiezo a reconocer. Y hablamos de todo un poco. De libros y música, mayormente. Y del pasado que se nos engancha. De Nenna y sus cuentos. De lo que hemos escrito (que a todos nos gusta siempre, somos amigos), de lo que hicimos ayer, del Earl Grey desteinado, de lo que nos duele en algunos casos, de lo que nos disgusta. Y de la alegría de ser joven (quien lo es) o la tristeza de ser joven (que se pasa cuando dejas de serlo).

No nos conocemos. En muchos casos no conocemos ni nuestros nombres. Corremos el riesgo, es cierto, que nos suceda como a aquel personaje de “Obabaoak” que se carteó con alguien inventado, engañado por su padre (no te fíes ni de tu padre...). Cabe la posibilidad, a qué negarlo, de que ninguno de mis nuevos corresponsales exista en realidad. No como los leo. No como los imagino. Pero, en realidad, qué importa si cuento con sus cartas.

lunes, 11 de agosto de 2008

El mundo de Sarín

“Un mundo para Julius” vino bajo el brazo de Perve uno de esos veranos en que perdíamos la cuenta y el nombre de los días, tan largas eran las vacaciones. En aquel tiempo, Ela y sus hermanas organizaban traslados colectivos de retoños y nos reunían a todos los primos bajo diferentes techos. En manada. Felices. Sin pandillas pues nosotros éramos nuestra pandilla. Uno de esos veranos, Perve me trajo el libro. “Fíjate en la escena del coche del zaguán”, con esa sonrisa de sé que lo entenderás cuando llegues y sé que sabrás porqué te la señalo. Esa sonrisa de conjurado, que tanto utilizábamos entonces cuando tantas cosas nos conjuraban.

Y así llegué (pronto, pues se halla al principio del libro, porque entonces leíamos abandonando el tiempo, por la curiosidad) al momento en que Julius, hijo de una familia limeña de posición, juega de pequeño a indios y vaqueros desde un viejo coche abandonado en un zaguán. Desde allí simula disparar a los indios (reales) del servicio y éstos caen redondos, fulminados por el juego del niño consentido. Y sonreí la sonrisa de entender, de reconocer la indicación de Perve. Bryce no lo sabía, pero había transformado una historia de la familia, no lo suficiente empero para ocultarla a nuestros ojos avisados.

Finales años veinte del siglo pasado (qué extraño se hace llamar pasado al siglo en el que transcurrió tu juventud). Un niño rubicundo y regordete (como me imaginaba a Julius), al que llamaban Sarín, juega en otro verano tórrido y eterno. Una hacienda enorme en medio de la llanura. Alejada del pueblo. Sola. Salas obscurecidas, pasillos interminables, escaleras, estancias, patios. Sarín, el nieto del amo de la casa, de las tierras. El alcalde del pueblo invisible. El patrón del servicio, casi el dueño de los gañanes. Que quiere jugar a Papa de Roma. Y entonces dos hombrones dejan sus tareas, atraviesan una silla de enea con dos palos de varear y alzan el improvisado trono con el niño sentado bien tieso. Dos camareras de negro (como todas las mujeres) detrás, contritas. Y comienza la procesión. El infante es paseado por las dependencias del servicio. Lentamente. Con la solemnidad que merece el caso. Reparte su bendición a todos aquellos que encuentra a su paso. Y los sirvientes se destocan, bajan la cabeza. Se persignan en la genuflexión las mujeres (de negro, las mujeres, con pañuelo negro, de negro). Y Sarín, pequeño como es, saborea su poder, su tiranía.

Sarín es como llamaron toda su infancia al hermano mayor de nuestras madres. Su abuelo, nuestro bisabuelo. La casona, el pueblo, las tierras el escenario de las historias antiguas de nuestra familia. La de la procesión. El escenario de algunos de nuestros propios mitos.

Porque mítica es siempre la memoria ajena, la vida de los demás. Por cercano que sea ese ser ajeno, lo que le haya sucedido más allá de nuestra propia experiencia, cae dentro del terreno de la fábula. Y en nada tiene que ver la lejanía o cercanía en el tiempo. No nos ha pasado nosotros. No ha existido realmente para nosotros. Lo creemos, claro que lo creemos. También creemos que Julio César murió el idus de marzo, que Quevedo escribió sus sonetos. Que Sarín bendecía a los sirvientes de sus abuelos es tan cierto como que Julius mataba a los de los suyos. El pasado de los demás no existe, en realidad. Aunque deje rastros: El quinqué de cristal y el espejo enorme que preside el recibidor de mis padres. El espejo enorme de marco dorado cuyo azogue ondulado distorsiona las bienvenidas y despedidas en casa de Ela y Abu, el que fue de los padres de la tatarabuela Carmen, y que reflejó la infancia de Sarín. La vida entera de otros. O el recetario con la caligrafía inglesa de la bisabuela Filomena, la redondilla de la abuela Teresa, la más moderna de Ela… La última carta del tío Jesús, guapo y calavera, a quien fusilaron los suyos en el cuarenta y que comienza “Madre, estoy en capilla. Mañana me matan…

La última vez que nos reunimos todos los tíos y primos (la que habrá sido la última vez para siempre) fue en el pueblo de nuestros antepasados, que muchos de nosotros no habíamos pisado jamás. Para vender las últimas tierras. Para formalizar el desarraigo que hacía lustros que se había producido, con la guerra y todo lo que siguió. Fue en enero. El pueblo achaparrado amaneció límpido, tras la ventisca de nieve que nos había recibido la noche anterior. La nieve fulgente acumulada en los remansos del viento. Las fachadas ocres, siena, blancas. Brillantes de escarcha los adoquines del Paseo de la Estación, el último con adoquines. Y el cielo inmenso. Índigo. Ni una nube. Y el frío quemándonos las narices y las gargantas, despreciando nuestras bufandas, riéndose de nuestros guantes, de las capas de ropa. Cumplimos la visita a la puerta de la farmacia del bisabuelo Baltasar, tapiada, pero con el portón y las vitrinas de madera todavía allí. Comimos en la venta, a medio camino de la finca, todos juntos. Tras los postres nos despedimos largamente. Haciendo votos de reencuentros en los que ninguno de nosotros creíamos. Ela nos señaló dónde había estado el caserón, tras una loma, cuando ya regresábamos solos en el coche.

El pasado de los demás no existe. Mi propio pasado no existe más que para mí. No será más que un conjunto de historias para Nenna. Un terreno mítico e irreal. Aunque deje rastros. Como este ovillo.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Vagula, blandula

Stefan Zweig escribió la biografía de Montaigne recurriendo a su memoria. En el exilio al que le había expulsado el nazismo. Sin el acceso a su biblioteca, a sus amigos, a las ciudades que habían sido su atlas. Con el mundo que había sido su mundo desaparecido para siempre. Arrasado por la barbarie. No es gratuito suponer que no eligió al autor francés por casualidad. Quizás intentó emular el retiro de aquél, su refugio en el pensamiento y la cultura y la belleza y el arte frente a una realidad abominable, inasumible. No lo logró. “Montaigne” se publicó tras el suicidio de Zweig. Inacabado.

Stefan Zweig escribió de memoria y la memoria le traicionó. Hay citas que no corresponden a las palabras de Montaigne. En ocasiones las tergiversaciones son leves. En ocasiones trastocan absolutamente el sentido de las ideas originales. Pero Stefan Zweig, ni en sus peores pesadillas, pudo prever que se vería despojado inopinadamente de sus libros, de la posibilidad de consultarlos, de su ayuda. No tenía necesidad de memorizar. Le bastaba alargar el brazo hasta el anaquel preciso para encontrar la información, el autor, la frase precisa. Le bastaba conocer sus libros, mantener su referencia. Cuando hubo de repetir las palabras perdidas sin tenerlas a la vista, no fue capaz.

No necesito imaginar su sensación de desconcierto, de desvalimiento. No lo necesito porque es la mía.

No he perdido mis libros. No pretendo equiparar el éxodo que me rodea con el exilio final de Zweig. Pero ellos, mis libros, aguardan ahora en la obscuridad de las cajas obscuras. Tan lejanos de mí como el futuro. Y, de repente, me doy cuenta que éste es otro aspecto de la pérdida. Con el que no contaba.

Y a mí también me traiciona la memoria. Mis libros son ahora una amalgama de ideas, de imágenes, que surgen claras y diferenciadas, pero borrosas a la vez. Sé que en tal libro se halla el verso que quiero citar para hablar de la felicidad, pero no recuerdo exactamente el verso. Sé que aquel personaje (que me fue entrañable, a quien quiero homenajear) pertenece a ese otro libro, pero tengo que hacer un esfuerzo para ponerle nombre (más allá del de “el mayordomo”) y no puedo decir sus palabras. En los peores casos he encontrado libros, que me han sido muy gratos, que he leído en más de una ocasión, desaparecidos y solo recordados gracias a laberintos ajenos (“Bonjour Tristesse”, ¿Cómo pude olvidar a Cécile hasta justo ese momento?). Mi biblioteca se ha tornado un espejismo de mi memoria.

Y eso me entristece. Siento nostalgia (esa nostalgia que intento domeñar, que normalmente domino) por los lomos multicolores. Por su orden (mi orden) en los estantes. Por su olor. El tacto. Su presencia. Por el pasado, tan reciente, tan acabado, en que sin mirarlos los sabía donde siempre. Sé que debería imaginar el día del reencuentro, el de la luz de los nuevos anaqueles, prefigurar el nuevo orden, ilusionarme. Pero mis libros están obscuros. Hasta entonces.

Me asemejo al joven Adso de Melk (he tenido que consultar este nombre) de “El nombre de la rosa”, recogiendo los despojos de los libros devastados, para configurar un trasunto de la biblioteca devastada. Pero los despojos con los que cuento son de una materia mucho más volátil que los pergaminos chamuscados. Adriano, el emperador, repetía una fórmula para señalar la naturaleza esquiva, equívoca del alma: animula vagula blandula (lo citan Yourcenar y Cortázar). Yo debo aplicarla dolorosamente a la memoria, aquello que siempre he considerado que nos conforma.