Hay noches en las que Nenna no quiere dormir. Y ése es el verbo, pues es su voluntad (férrea) la que interviene. No importa lo largo y activo que haya sido su día eterno y frenético. No importa lo agotada que llegue a estar. Hay noches que Nenna decide que no quiere dormir. Habitualmente, además, son noches en las que a Mimianna y a mí nos interesa especialmente que se duerma. Aunque solo sea por nuestro propio agotamiento, por acabar nuestro propio día frenético y eterno. Y entonces pide el cuento del pajarito azul obscuro. Y luego agua. Y después el cuento de los pantalones de Peter. Y nos explica que está muy mal decir palabrotas. Canta la canción de la tortuga. Se destapa si queremos que se tape, cambia los pies por la cabeza, tira la almohada, la reclama, pide luz o que cerremos la puerta. Cada maniobra medida en su justo momento, de la duración e intensidad adecuadas para bordear, pero no acabar de rebasar, el límite de nuestra paciencia. Y entonces solo nos queda eso. La paciencia. Sorprende la cantidad de paciencia que puede llegar a atesorar el ser humano si se somete a un entrenamiento adecuado.
Hay noches en que Nenna no puede dormir. Porque le pica el calor. Porque ha soñado con el delfín blanco que no podía nadar y caminaba y tornaba todo blanco y le daba miedo. Porque celebraciones vecinales inundan su habitación de ruidos. O porque tanto es su sueño que le es imposible de conciliar. Y entonces nos toca susurrarle palabras de paz. Mesarle los cabellos muy suavemente. Soplar su nuca.
Las noches de Nenna provocan largas y sesudas consideraciones entre Mimianna y yo. Que si no debemos dejar que llore. Que si debemos dejar que llore. Que si deberíamos aplicar tal método. No, el otro. Que si provocaremos una excesiva dependencia. Que si una neurosis. Y, finalmente, nos queda la sensación de que, definitivamente, no lo estamos haciendo bien.
Y hay noches, como esta noche. “¡Nadna!”, un hilo de voz tranquila atravesando el pasillo. Quedo. Justo lo suficiente para despertarme. Para guiarme entre golpes por la obscuridad todavía desconocida. Hasta su cama. Y un “Abrázame, Nadna” suave, feliz. Porque en esas noches, Nenna quiere y puede dormir, pero sabiéndose querida y haciéndome saber que me quiere. Y se acurruca en mi regazo. Mi mano desproporcionada entre las suyas. Dormida casi de inmediato. Con un suspiro profundo. Y la sé lindísima, con los mechones de cabello rizado desparramados por la almohada. Su nariz atrevida alzada frente al mundo. Los ojos increíbles (los ojos de Mimianna) bajo los párpados sellados por las largas pestañas. La elegancia de sus piernas espigadas.
Y entonces soy yo quien suspira. Profundamente. Y nada importa más que ese momento. Ni el despertador inminente. Ni los métodos, ni las paciencias. Porque sé que, al final de cuentas, nos queremos. Y eso, me parece, asegura que lo estamos haciendo bien.
Hay noches en que Nenna no puede dormir. Porque le pica el calor. Porque ha soñado con el delfín blanco que no podía nadar y caminaba y tornaba todo blanco y le daba miedo. Porque celebraciones vecinales inundan su habitación de ruidos. O porque tanto es su sueño que le es imposible de conciliar. Y entonces nos toca susurrarle palabras de paz. Mesarle los cabellos muy suavemente. Soplar su nuca.
Las noches de Nenna provocan largas y sesudas consideraciones entre Mimianna y yo. Que si no debemos dejar que llore. Que si debemos dejar que llore. Que si deberíamos aplicar tal método. No, el otro. Que si provocaremos una excesiva dependencia. Que si una neurosis. Y, finalmente, nos queda la sensación de que, definitivamente, no lo estamos haciendo bien.
Y hay noches, como esta noche. “¡Nadna!”, un hilo de voz tranquila atravesando el pasillo. Quedo. Justo lo suficiente para despertarme. Para guiarme entre golpes por la obscuridad todavía desconocida. Hasta su cama. Y un “Abrázame, Nadna” suave, feliz. Porque en esas noches, Nenna quiere y puede dormir, pero sabiéndose querida y haciéndome saber que me quiere. Y se acurruca en mi regazo. Mi mano desproporcionada entre las suyas. Dormida casi de inmediato. Con un suspiro profundo. Y la sé lindísima, con los mechones de cabello rizado desparramados por la almohada. Su nariz atrevida alzada frente al mundo. Los ojos increíbles (los ojos de Mimianna) bajo los párpados sellados por las largas pestañas. La elegancia de sus piernas espigadas.
Y entonces soy yo quien suspira. Profundamente. Y nada importa más que ese momento. Ni el despertador inminente. Ni los métodos, ni las paciencias. Porque sé que, al final de cuentas, nos queremos. Y eso, me parece, asegura que lo estamos haciendo bien.
