Yo dejé de ser joven el jueves 31 de marzo de 1988, cerca de las diez de la noche. Fue en ese momento que comprendí que algún día moriré.
Naturalmente, sabía desde mucho antes que todo el mundo ha de morir tarde o temprano. Pero en mi caso contemplaba tal evento solo como una posibilidad teórica, remota, casi quimérica: a la juventud le es inherente la idea de la propia indestructibilidad. En ese instante, como digo, me di cuenta de que la muerte –mi muerte-, en realidad era una certeza. Algún día dejaría –dejaré- inexorablemente de existir.
Nada tuvo que ver que aquellos días estuviera en la doliente cama de un hospital (no era nada nuevo ni traumático para mí). No fue tampoco la lectura de una profunda frase de cualquier místico castellano la que provocó esa epifanía. Ni el acaecimiento de desgracia alguna. De hecho, he de confesar que el heraldo de la verdad no fue otro que Bruce Willis, quien, desde la pequeña pantalla del televisor hospitalario, dio una réplica manida a Cybill Shepherd en una no menos manida serie americana. No pretendo recordar exactamente las palabras. Recuerdo perfectamente su efecto.
Fue como un golpe en las costillas. Sentí un ahogo físico. Un instante de incredulidad. Un sentimiento de estafa. Sorprendí a mis ojos buscando una salida, como si hubiera caído en una trampa. Y, casi inmediatamente, esa desagradable sensación: un miedo desconocido hasta entonces. Íntimo, suave, latente.
No lo supe, pero aquel jueves inicié mi particular camino contra la melancolía.
Recién nacido, aquel miedo habría de acompañarme durante largo tiempo. La primera etapa. Agazapado tras cualquier referencia a la caducidad, se lanzaba como un escalofrío que me apuraba a desviar el pensamiento, a negar, a olvidar. A decirme sí, pero no todavía, no ahora. Un inacabable y estéril juego de fintas. No quería saber que moriré, consciente de la inutilidad de mi deseo. No quería acordarme. Me desagradaba cualquier manifestación en torno a la muerte en general, porque prefiguraba la mía propia, concreta.
Y yo no quería morir. Nunca.
Me desagradaban, por ejemplo, las Cantigas de Manrique, las Elegías de García Lorca, de Machado o Hernández. Lecturas, todas ellas, que hasta entonces me habían acompañado e incluso consolado (pero solo cuando la muerte era algo ajeno, que pasaba a los otros). Me parecía obsceno ése regodeo en el dolor. Igual me sucedía, o peor, con las misas de Requiem que, hasta aquel momento, había escuchado con deleite. Algunas hasta la saciedad, como la de Mozart. No soportaba el alarde orquestal de la de Verdi su grandilocuencia hueca. Me desquiciaba la aparente (falsa a mis oídos) calma de las misas de difuntos gregorianas.
Fue el rostro de Ophelia flotando leve, ya inútilmente, sobre las aguas del cuadro de Millais el último que me provocó aquella aversión atávica. Era la imagen que ilustraba el disco con el Requiem de Fauré, que me entregó MG (conocida en toda la familia por sus extravagancias a la hora de elegir regalos), por mi cumpleaños. Un cuarto de siglo no se cumple cada día… Me prometí enterrarlo entre los vinilos de recopilaciones veraniegas (años 70) que acumulaban polvo en la discoteca de mis padres.
No sé porque no lo hice. Todavía no entiendo qué me movió a obedecer el consejo de MG. Fíjate en el Pie Iesu. Quizás fue Ophelia. Por no acrecentar la mayor injusticia que cometió Shakespeare. Por no abandonarla en las frías aguas (qué frías parecen, tan quietas, tan transparentes). Unos días después, a solas, dirigí la aguja directamente a la sombra de los surcos del fragmento. Y sonó. La voz límpida sobre un acompañamiento apenas audible de la orquesta. No dolorida. No exacerbada. Lenta, suave. Esperé el latigazo del miedo. No llegó. Mientras, Ophelia pedía descanso.
Descanso.
La muerte como final de todo. Absolutamente. De la propia consciencia. Del mundo. De todo. Nada que temer del descanso. Nada que temer. Una vez llegue, no sabré que ha llegado. No sabré nada. Todo me será ajeno. Hasta el dolor que pueda dejar mi partida. No conoceré ni siquiera el miedo.
Y el miedo a mi propia muerte desapareció.
No anhelo su llegada. Sigo sin querer morir. Pero cuando la muerte llegue quizás me encuentre triste por lo que dejo, por lo que no haré, por morir. Pero no con miedo.
Como siempre, algún tiempo después, descubrí que Borges ya lo había dicho (mejor) en su
“Tríada
El alivio que habrá sentido César en la batalla de Farsalia, al pensar: Hoy es la batalla.
El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: Hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.
El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.”
de “Los Conjurados”, el último libro que publicó antes de morir.
Naturalmente, sabía desde mucho antes que todo el mundo ha de morir tarde o temprano. Pero en mi caso contemplaba tal evento solo como una posibilidad teórica, remota, casi quimérica: a la juventud le es inherente la idea de la propia indestructibilidad. En ese instante, como digo, me di cuenta de que la muerte –mi muerte-, en realidad era una certeza. Algún día dejaría –dejaré- inexorablemente de existir.
Nada tuvo que ver que aquellos días estuviera en la doliente cama de un hospital (no era nada nuevo ni traumático para mí). No fue tampoco la lectura de una profunda frase de cualquier místico castellano la que provocó esa epifanía. Ni el acaecimiento de desgracia alguna. De hecho, he de confesar que el heraldo de la verdad no fue otro que Bruce Willis, quien, desde la pequeña pantalla del televisor hospitalario, dio una réplica manida a Cybill Shepherd en una no menos manida serie americana. No pretendo recordar exactamente las palabras. Recuerdo perfectamente su efecto.
Fue como un golpe en las costillas. Sentí un ahogo físico. Un instante de incredulidad. Un sentimiento de estafa. Sorprendí a mis ojos buscando una salida, como si hubiera caído en una trampa. Y, casi inmediatamente, esa desagradable sensación: un miedo desconocido hasta entonces. Íntimo, suave, latente.
No lo supe, pero aquel jueves inicié mi particular camino contra la melancolía.
Recién nacido, aquel miedo habría de acompañarme durante largo tiempo. La primera etapa. Agazapado tras cualquier referencia a la caducidad, se lanzaba como un escalofrío que me apuraba a desviar el pensamiento, a negar, a olvidar. A decirme sí, pero no todavía, no ahora. Un inacabable y estéril juego de fintas. No quería saber que moriré, consciente de la inutilidad de mi deseo. No quería acordarme. Me desagradaba cualquier manifestación en torno a la muerte en general, porque prefiguraba la mía propia, concreta.
Y yo no quería morir. Nunca.
Me desagradaban, por ejemplo, las Cantigas de Manrique, las Elegías de García Lorca, de Machado o Hernández. Lecturas, todas ellas, que hasta entonces me habían acompañado e incluso consolado (pero solo cuando la muerte era algo ajeno, que pasaba a los otros). Me parecía obsceno ése regodeo en el dolor. Igual me sucedía, o peor, con las misas de Requiem que, hasta aquel momento, había escuchado con deleite. Algunas hasta la saciedad, como la de Mozart. No soportaba el alarde orquestal de la de Verdi su grandilocuencia hueca. Me desquiciaba la aparente (falsa a mis oídos) calma de las misas de difuntos gregorianas.
Fue el rostro de Ophelia flotando leve, ya inútilmente, sobre las aguas del cuadro de Millais el último que me provocó aquella aversión atávica. Era la imagen que ilustraba el disco con el Requiem de Fauré, que me entregó MG (conocida en toda la familia por sus extravagancias a la hora de elegir regalos), por mi cumpleaños. Un cuarto de siglo no se cumple cada día… Me prometí enterrarlo entre los vinilos de recopilaciones veraniegas (años 70) que acumulaban polvo en la discoteca de mis padres.
No sé porque no lo hice. Todavía no entiendo qué me movió a obedecer el consejo de MG. Fíjate en el Pie Iesu. Quizás fue Ophelia. Por no acrecentar la mayor injusticia que cometió Shakespeare. Por no abandonarla en las frías aguas (qué frías parecen, tan quietas, tan transparentes). Unos días después, a solas, dirigí la aguja directamente a la sombra de los surcos del fragmento. Y sonó. La voz límpida sobre un acompañamiento apenas audible de la orquesta. No dolorida. No exacerbada. Lenta, suave. Esperé el latigazo del miedo. No llegó. Mientras, Ophelia pedía descanso.
Descanso.
La muerte como final de todo. Absolutamente. De la propia consciencia. Del mundo. De todo. Nada que temer del descanso. Nada que temer. Una vez llegue, no sabré que ha llegado. No sabré nada. Todo me será ajeno. Hasta el dolor que pueda dejar mi partida. No conoceré ni siquiera el miedo.
Y el miedo a mi propia muerte desapareció.
No anhelo su llegada. Sigo sin querer morir. Pero cuando la muerte llegue quizás me encuentre triste por lo que dejo, por lo que no haré, por morir. Pero no con miedo.
Como siempre, algún tiempo después, descubrí que Borges ya lo había dicho (mejor) en su
“Tríada
El alivio que habrá sentido César en la batalla de Farsalia, al pensar: Hoy es la batalla.
El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: Hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.
El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.”
de “Los Conjurados”, el último libro que publicó antes de morir.
