Harold Bloom mantiene que todo está en Shakespeare. Yo sé que todo está en Bach. Él necesita setecientas treinta y cuatro densas páginas para intentar demostrar la veracidad de su opinión. A mí me basta mi propia arbitrariedad. Y la experiencia.
Ya Michael Maier, en su libro (apasionado de magias y arcanos), “La fuga de Atalanta”, recogió la opinión antigua y pacífica de que la música es, de entre todas las artes humanas, el receptáculo ideal del alma y el vehículo más adecuado para transmitir y moldear sus distintos estados. La música, que es invisible e inaprensible, casa perfectamente con la naturaleza del alma y, por ello, no la importuna ni la violenta. No ocurre lo mismo con otras disciplinas: la pintura, la escultura e, incluso, la literatura exigen del individuo un esfuerzo de comprensión de traducción, que acaba contaminándolo.
Yo, en gran medida, estoy de acuerdo con el viejo alquimista. He leído mucho y muy importantes y presentes me son los libros. Recuerdo cuadros que me han conmovido por su belleza. Puedo repetir diálogos de alguna película. Pero ningún libro (¡ningún libro!), cuadro o película han logrado jamás inculcarse en mis vivencias como lo han hecho algunas músicas. Si releo “Rayuela” (¡Rayuela!) recuerdo la imagen que tengo de mí con dieciséis años. De una manera intelectual. Ajena, casi. El libro lo conocí (profundamente, ubicuamente) entonces, pero no me reencarna en aquel entonces.
Sin embargo, no importa el tiempo que haya transcurrido desde la última vez que escuchamos aquella pieza escogida (o quizás sí importa: mejor si hace mucho que la dejamos de escuchar), las primeras notas nos llevaran a aquella época en que, aunque no lo supiéramos, aquella música fue importante para nosotros. Nos hará revivir, de una manera mucho más íntima, emocional, sincera, nuestro estado de ánimo, nuestra forma de ser, la que era nuestra vida en aquel pasado.
Mi infancia está en las notas del Aria de las Variaciones; una adolescencia en el oboe del Concierto de Albinoni; un amigo perdido en el “Sposa son disprezzata”, de Vivaldi, de Caballé; la última juventud en la tercera nota del bocca chiusa de la Bachiana número 5, de Villalobos, tal y como me la descubrió Fleming.
Se dice que el olfato es el sentido que más vinculado parece estar con la memoria. De igual manera, es la música el arte que contiene la memoria.
Habitualmente es casi imposible saber cuál será la música que vestirá nuestro presente cuando sea recuerdo. Los caminos de la memoria son inescrutables. Eso es lo normal. Sin embargo, en ocasiones el futuro es previsible.
Como ahora que Nenna ha adoptado una canción como propia. Hasta le ha dado nombre: “La canción de Sabine”. Porque Sabine se llamaba la soprano a quién escuchó cantarla por primera vez. Porque se la cantó mirándole a los ojos. Porque es un nombre con poesía. Por azar, “La canción de Sabine” figura entre otras piezas que recopiló Victoria de los Ángeles en un compacto y fue Nenna quién la descubrió en el reproductor del coche pocos días después. Con gran alegría por su parte. Con asombro por la nuestra. Fue pocas semanas antes de nuestra partida. Desde entonces nos acompaña obsesivamente. Cada vez que nos ponemos en marcha nos extorsiona (como sólo los niños pequeños saben hacerlo) para que suene la canción. Una y otra vez.
Ignoro si finalmente ésta será la música de su infancia o lo será la melodía de una serie de dibujos animados, pero sé que dentro de veinte años (si se da ése tiempo, si se cumplen todos los si) rememoraré estos días que rodean mis cuarenta cuando oiga deslizarse su primera cadencia. No es descabellado que este tiempo de zozobra e incomodidad se vista de las dulces notas de una aria pastoral, sencilla y elegante.
Hace doscientos noventa años Haendel compuso y estreno para el Duque de Chandos la mascarada “Acis and Galatea” e incluyó en ella la deliciosa aria de soprano “As when the dove”. No lo podía saber, pero, a la vez, engarzó las notas de lo que, doscientos noventa años después, sería para Nenna y para mí nuestra “Canción de Sabine”.
Ya Michael Maier, en su libro (apasionado de magias y arcanos), “La fuga de Atalanta”, recogió la opinión antigua y pacífica de que la música es, de entre todas las artes humanas, el receptáculo ideal del alma y el vehículo más adecuado para transmitir y moldear sus distintos estados. La música, que es invisible e inaprensible, casa perfectamente con la naturaleza del alma y, por ello, no la importuna ni la violenta. No ocurre lo mismo con otras disciplinas: la pintura, la escultura e, incluso, la literatura exigen del individuo un esfuerzo de comprensión de traducción, que acaba contaminándolo.
Yo, en gran medida, estoy de acuerdo con el viejo alquimista. He leído mucho y muy importantes y presentes me son los libros. Recuerdo cuadros que me han conmovido por su belleza. Puedo repetir diálogos de alguna película. Pero ningún libro (¡ningún libro!), cuadro o película han logrado jamás inculcarse en mis vivencias como lo han hecho algunas músicas. Si releo “Rayuela” (¡Rayuela!) recuerdo la imagen que tengo de mí con dieciséis años. De una manera intelectual. Ajena, casi. El libro lo conocí (profundamente, ubicuamente) entonces, pero no me reencarna en aquel entonces.
Sin embargo, no importa el tiempo que haya transcurrido desde la última vez que escuchamos aquella pieza escogida (o quizás sí importa: mejor si hace mucho que la dejamos de escuchar), las primeras notas nos llevaran a aquella época en que, aunque no lo supiéramos, aquella música fue importante para nosotros. Nos hará revivir, de una manera mucho más íntima, emocional, sincera, nuestro estado de ánimo, nuestra forma de ser, la que era nuestra vida en aquel pasado.
Mi infancia está en las notas del Aria de las Variaciones; una adolescencia en el oboe del Concierto de Albinoni; un amigo perdido en el “Sposa son disprezzata”, de Vivaldi, de Caballé; la última juventud en la tercera nota del bocca chiusa de la Bachiana número 5, de Villalobos, tal y como me la descubrió Fleming.
Se dice que el olfato es el sentido que más vinculado parece estar con la memoria. De igual manera, es la música el arte que contiene la memoria.
Habitualmente es casi imposible saber cuál será la música que vestirá nuestro presente cuando sea recuerdo. Los caminos de la memoria son inescrutables. Eso es lo normal. Sin embargo, en ocasiones el futuro es previsible.
Como ahora que Nenna ha adoptado una canción como propia. Hasta le ha dado nombre: “La canción de Sabine”. Porque Sabine se llamaba la soprano a quién escuchó cantarla por primera vez. Porque se la cantó mirándole a los ojos. Porque es un nombre con poesía. Por azar, “La canción de Sabine” figura entre otras piezas que recopiló Victoria de los Ángeles en un compacto y fue Nenna quién la descubrió en el reproductor del coche pocos días después. Con gran alegría por su parte. Con asombro por la nuestra. Fue pocas semanas antes de nuestra partida. Desde entonces nos acompaña obsesivamente. Cada vez que nos ponemos en marcha nos extorsiona (como sólo los niños pequeños saben hacerlo) para que suene la canción. Una y otra vez.
Ignoro si finalmente ésta será la música de su infancia o lo será la melodía de una serie de dibujos animados, pero sé que dentro de veinte años (si se da ése tiempo, si se cumplen todos los si) rememoraré estos días que rodean mis cuarenta cuando oiga deslizarse su primera cadencia. No es descabellado que este tiempo de zozobra e incomodidad se vista de las dulces notas de una aria pastoral, sencilla y elegante.
Hace doscientos noventa años Haendel compuso y estreno para el Duque de Chandos la mascarada “Acis and Galatea” e incluyó en ella la deliciosa aria de soprano “As when the dove”. No lo podía saber, pero, a la vez, engarzó las notas de lo que, doscientos noventa años después, sería para Nenna y para mí nuestra “Canción de Sabine”.
