Hace siete noches soñé con la que fue mi casa. No hubo otra sorpresa que la tardanza del cumplimiento de la cita. Era, lógicamente, un sueño esperado. Tampoco su anécdota sobresalió por la originalidad: simplemente vivía en mi casa. El pasillo dorado en la luz del mediodía; las ondas de la cortina de mi habitación urdiendo lentos juegos estroboscópicos con el campanario enmarcado en el balcón; la mesa redonda de caoba de la sala; los libros de la biblioteca, sobre la cómoda antigua, sobre el pequeño óleo del liquen; la música elegida. Ninguna extravagancia onírica. Tal vez el simple hecho de que vivía en mi casa. Tal vez las palabras que estudiaba con fervor casi hermenéutico.
No soy amante de los sueños. No creo que sean la puerta hacia otra vida o que tengan propiedades premonitorias. No les concedo ningún valor filosófico ni estético. Los sueños, conmigo, desaparecen con las legañas y la pasta dentífrica de la mañana (Cortázar lo expresa mucho mejor, pero no puedo acceder a ese libro). Los sueños no son uno de mis temas recurrentes. Por eso me sorprendió seguir recordando, ya con el primer café de la mañana, las palabras que me habían ocupado mientras dormía. Me equivoqué y, justo antes de volver a dormirme tras todo el día, volví a recordarlas. No sé qué soñé la siguiente noche, ni las posteriores. Quizás no volví a soñar, puesto que parte de un sueño se ha enquistado en mi vigilia, puesto que sigo recordándolas. Textualmente. Decían “Nada nos dice adiós. Nada nos deja.” (aunque no debería entrecomillarlas, porque no son una cita).
Poco a poco, en estos días, estas palabras se han ido convirtiendo en una cierta obsesión incomoda para mí. No puedo evitar que se me aparezcan entremezcladas en mis otros pensamientos, que surjan espontáneas y extemporáneas, nítidas, diferenciadas. Me molesta su origen onírico, su aparente autonomía respecto a mi voluntad.
Me perturba, también, su significado en el escenario del sueño en que fueron creadas. Esas habitaciones ya no existen. No, al menos, como las soñé. No como eran. Las cortinas ya no penden del cable de acero, de las paredes no restan ni las sombras de nuestros cuadros, la biblioteca está vacía o repleta de búcaros, no lo sé. Sin embargo, las frases dicen lo que dicen: nada nos abandona. Cabe la posibilidad de que, de alguna manera, su presencia en mi sueño (en ese sueño) no sea gratuita. No creo en los sueños. Sí en la memoria. ¿Debo repetir que somos pasado, el recuerdo de lo que hemos vivido, nuestra memoria? Visto así, en realidad nada nos deja ni nos dice adiós mientras se mantiene en nuestro recuerdo. No caeré en la gazmoñería: no creo que el recuerdo sea una forma de pervivencia. Desgraciadamente perdemos lo que desaparece, a quien muere. Deja de existir. La que fue mi casa no volverá a serlo jamás, aunque retornara a ella en un futuro quimérico. Todos seríamos diferentes. Pero lo que recordamos nos acompaña siempre. Lo sucedido no existe, pero no nos abandona.
Hasta que olvidamos.
E incluso más allá del olvido. Esta noche, hace una hora, he vuelto a soñar ese sueño y esas palabras. Pero esta vez mi yo soñado se ha dirigido al tercer anaquel de la izquierda y ha sacado uno de mis libros. Casi obvio. De aquél a quien obsesionaban los sueños, que amaba a Coleridge, que fue el otro y él, que ya murió, pero para mí siempre es. Me he despertado y he imitado al sueño. He buscado y abierto uno de los pocos libros que me quedan y, tras un breve repaso lo he encontrado. Lo hice en algún momento del pasado, seguro, pero no recuerdo cuándo leí por primera vez el octavo verso del poema “Para una versión del I King”, del libro “La moneda de hierro”, ni lo recordaba a él. No es necesario aclarar que dice (ahora sí en negrita, ahora sí entrecomillado):
“Nada nos dice adiós. Nada nos deja.”
Todo ello no deja de deparar un consuelo.
No soy amante de los sueños. No creo que sean la puerta hacia otra vida o que tengan propiedades premonitorias. No les concedo ningún valor filosófico ni estético. Los sueños, conmigo, desaparecen con las legañas y la pasta dentífrica de la mañana (Cortázar lo expresa mucho mejor, pero no puedo acceder a ese libro). Los sueños no son uno de mis temas recurrentes. Por eso me sorprendió seguir recordando, ya con el primer café de la mañana, las palabras que me habían ocupado mientras dormía. Me equivoqué y, justo antes de volver a dormirme tras todo el día, volví a recordarlas. No sé qué soñé la siguiente noche, ni las posteriores. Quizás no volví a soñar, puesto que parte de un sueño se ha enquistado en mi vigilia, puesto que sigo recordándolas. Textualmente. Decían “Nada nos dice adiós. Nada nos deja.” (aunque no debería entrecomillarlas, porque no son una cita).
Poco a poco, en estos días, estas palabras se han ido convirtiendo en una cierta obsesión incomoda para mí. No puedo evitar que se me aparezcan entremezcladas en mis otros pensamientos, que surjan espontáneas y extemporáneas, nítidas, diferenciadas. Me molesta su origen onírico, su aparente autonomía respecto a mi voluntad.
Me perturba, también, su significado en el escenario del sueño en que fueron creadas. Esas habitaciones ya no existen. No, al menos, como las soñé. No como eran. Las cortinas ya no penden del cable de acero, de las paredes no restan ni las sombras de nuestros cuadros, la biblioteca está vacía o repleta de búcaros, no lo sé. Sin embargo, las frases dicen lo que dicen: nada nos abandona. Cabe la posibilidad de que, de alguna manera, su presencia en mi sueño (en ese sueño) no sea gratuita. No creo en los sueños. Sí en la memoria. ¿Debo repetir que somos pasado, el recuerdo de lo que hemos vivido, nuestra memoria? Visto así, en realidad nada nos deja ni nos dice adiós mientras se mantiene en nuestro recuerdo. No caeré en la gazmoñería: no creo que el recuerdo sea una forma de pervivencia. Desgraciadamente perdemos lo que desaparece, a quien muere. Deja de existir. La que fue mi casa no volverá a serlo jamás, aunque retornara a ella en un futuro quimérico. Todos seríamos diferentes. Pero lo que recordamos nos acompaña siempre. Lo sucedido no existe, pero no nos abandona.
Hasta que olvidamos.
E incluso más allá del olvido. Esta noche, hace una hora, he vuelto a soñar ese sueño y esas palabras. Pero esta vez mi yo soñado se ha dirigido al tercer anaquel de la izquierda y ha sacado uno de mis libros. Casi obvio. De aquél a quien obsesionaban los sueños, que amaba a Coleridge, que fue el otro y él, que ya murió, pero para mí siempre es. Me he despertado y he imitado al sueño. He buscado y abierto uno de los pocos libros que me quedan y, tras un breve repaso lo he encontrado. Lo hice en algún momento del pasado, seguro, pero no recuerdo cuándo leí por primera vez el octavo verso del poema “Para una versión del I King”, del libro “La moneda de hierro”, ni lo recordaba a él. No es necesario aclarar que dice (ahora sí en negrita, ahora sí entrecomillado):
“Nada nos dice adiós. Nada nos deja.”
Todo ello no deja de deparar un consuelo.
