En mi infancia nunca supe hacer el muerto en el mar. Por más que lo intentaba, me era absolutamente imposible mantenerme horizontal, inmóvil sobre la superficie del agua. Ni en los días de calma absoluta. Me asombraba la facilidad con la que Ela echaba la cabeza atrás, se impulsaba suavemente con las caderas, abría los brazos en cruz y hacía emerger los dedos de los pies (con nuestro famoso meñique de familia). Indefectiblemente, la maniobra concluía con Ela buscándome con la mirada y sonriéndome divertida. Justo antes de cerrar los ojos al cielo. Justo antes de transformar la sonrisa, de suavizarla, de dedicársela a sí misma. Y entonces, para mi mayor pasmo, podía permanecer en esa postura todo el tiempo que quisiera.
Yo lo intentaba con una tozudez digna de mejor causa, pero mis pies se negaban a permanecer cerca de la superficie, los brazos parecían tener voluntad propia (y rebelde) y las olas se empeñaban en cubrir rítmica y metódicamente mi cara. Con la edad aprendí pequeños trucos: mover un poco los brazos, alguna pequeña patada para recuperar la horizontal, respirar sólo cuando parecía seguro que no vendría una ola traidora. Pero en nada se parecía mi batalla a la ondulante inmovilidad de Ela, al abandono de su postura, a su evidente comodidad.
Hacer el muerto era una de esas asignaturas pendientes que por nimias y públicas más me injuriaban. Era un agravio íntimo, personal e intransferible. No me consolaba que Ela nunca hubiera aprendido a ir en bicicleta, como ella se encargaba de recordarme cada vez que surgía la cuestión, en un intento tan loable como inútil de consolarme. Mi disgusto iba dirigido a mi propia torpeza no a la de ella.
Luego pasaron los años y aprendí otras muchas cosas y, poco a poco, domeñé la frustración infantil. Apenas una anécdota. Y crecí y, casi sin darme cuenta, fui acumulando obligaciones, tareas pendientes, preocupaciones. Como todos. Y perdí los veranos infinitos en los que los días no tenían nombre ni número, tantos eran los de vacaciones…
Muchos años después Mimianna y yo buscamos refugio en una isla antigua en un mar antiguo. Eran días de atribulaciones. Iniciamos el viaje abrumados por el peso de aquella nuestra cotidianidad de entonces. La misma que sabíamos que nos esperaba a la vuelta de muy pocos días. Establecimos un pacto tácito de silencio, de crear un paréntesis ajeno a la vorágine que nos rodeaba, pero cada cual llevaba su propio bagaje de preocupaciones. Otro pacto suscribimos: buscar lugares recónditos, alejarnos de los circuitos marcados. Conocer otra isla en la isla que todos conocían. Y lo cumplimos.
A los pies del acantilado oculto por el bosque y los engaños de los lugareños, una playa de guijarros ovillada en una pequeña cala redonda. Desierta. Nos miramos y nos convencimos mutuamente en silencio. Cargamos la mínima impedimenta con la que contábamos y nos dispusimos a tomar el escarpado camino de cabras que conducía al mar. El sol nos golpeó contra la pared calcárea. El descenso medroso fue arduo y lento. Finalmente llegamos a nuestro destino. El mar transparente cosquilleaba las piedras lucientes. Sobre nuestras cabezas la lejana corona de roca, el verde profundo de los árboles y el más vasto de los cielos. Nada tardamos en desnudarnos y zambullirnos en el agua helada y acogedora. Pero Mimianna pronto buscó el calor del sol y se tumbó en una gran roca. Yo inicié unas brazadas de espaldas. Lentas. Placenteras.
Quizás el cansancio del descenso. Quizás una sensación extraña (y si ahora… después de tanto). Dejé de nadar. La inercia no fue suficiente para hacerme avanzar mucho más. Los brazos se separaron de mi cuerpo. En mis oídos la cadencia de mi propia respiración, la de los guijarros arrastrados por las olas. Luego el calor en la cara. El acre aroma de los pinos y la sal tirando de la piel. Y ése era el secreto: no hacer nada. Dejarse ir, abandonarse. Sorprendí una sonrisa en mis labios (aquella sonrisa). No necesité abrir los ojos para saber que estaba haciendo el muerto.
No hacer nada. No tener que hacer nada. Ninguna obligación. Apenas respirar. Disfrutar de una manera puramente sensual. Detenerme en ese punto mientras lo deseara, sin que nada me esperase después. Sin esperar nada después. O tal vez sólo Mimianna salada y adormecida bajo el sol.
Alguien definió el paraíso como un lugar sin gente. Yo creo que el paraíso puede ser algo muy parecido a un verdadero dolce far niente.
