miércoles, 30 de julio de 2008

Requiem. Contra la melancolía (2)

Yo dejé de ser joven el jueves 31 de marzo de 1988, cerca de las diez de la noche. Fue en ese momento que comprendí que algún día moriré.

Naturalmente, sabía desde mucho antes que todo el mundo ha de morir tarde o temprano. Pero en mi caso contemplaba tal evento solo como una posibilidad teórica, remota, casi quimérica: a la juventud le es inherente la idea de la propia indestructibilidad. En ese instante, como digo, me di cuenta de que la muerte –mi muerte-, en realidad era una certeza. Algún día dejaría –dejaré- inexorablemente de existir.

Nada tuvo que ver que aquellos días estuviera en la doliente cama de un hospital (no era nada nuevo ni traumático para mí). No fue tampoco la lectura de una profunda frase de cualquier místico castellano la que provocó esa epifanía. Ni el acaecimiento de desgracia alguna. De hecho, he de confesar que el heraldo de la verdad no fue otro que Bruce Willis, quien, desde la pequeña pantalla del televisor hospitalario, dio una réplica manida a Cybill Shepherd en una no menos manida serie americana. No pretendo recordar exactamente las palabras. Recuerdo perfectamente su efecto.

Fue como un golpe en las costillas. Sentí un ahogo físico. Un instante de incredulidad. Un sentimiento de estafa. Sorprendí a mis ojos buscando una salida, como si hubiera caído en una trampa. Y, casi inmediatamente, esa desagradable sensación: un miedo desconocido hasta entonces. Íntimo, suave, latente.

No lo supe, pero aquel jueves inicié mi particular camino contra la melancolía.

Recién nacido, aquel miedo habría de acompañarme durante largo tiempo. La primera etapa. Agazapado tras cualquier referencia a la caducidad, se lanzaba como un escalofrío que me apuraba a desviar el pensamiento, a negar, a olvidar. A decirme sí, pero no todavía, no ahora. Un inacabable y estéril juego de fintas. No quería saber que moriré, consciente de la inutilidad de mi deseo. No quería acordarme. Me desagradaba cualquier manifestación en torno a la muerte en general, porque prefiguraba la mía propia, concreta.

Y yo no quería morir. Nunca.

Me desagradaban, por ejemplo, las Cantigas de Manrique, las Elegías de García Lorca, de Machado o Hernández. Lecturas, todas ellas, que hasta entonces me habían acompañado e incluso consolado (pero solo cuando la muerte era algo ajeno, que pasaba a los otros). Me parecía obsceno ése regodeo en el dolor. Igual me sucedía, o peor, con las misas de Requiem que, hasta aquel momento, había escuchado con deleite. Algunas hasta la saciedad, como la de Mozart. No soportaba el alarde orquestal de la de Verdi su grandilocuencia hueca. Me desquiciaba la aparente (falsa a mis oídos) calma de las misas de difuntos gregorianas.

Fue el rostro de Ophelia flotando leve, ya inútilmente, sobre las aguas del cuadro de Millais el último que me provocó aquella aversión atávica. Era la imagen que ilustraba el disco con el Requiem de Fauré, que me entregó MG (conocida en toda la familia por sus extravagancias a la hora de elegir regalos), por mi cumpleaños. Un cuarto de siglo no se cumple cada día… Me prometí enterrarlo entre los vinilos de recopilaciones veraniegas (años 70) que acumulaban polvo en la discoteca de mis padres.

No sé porque no lo hice. Todavía no entiendo qué me movió a obedecer el consejo de MG. Fíjate en el Pie Iesu. Quizás fue Ophelia. Por no acrecentar la mayor injusticia que cometió Shakespeare. Por no abandonarla en las frías aguas (qué frías parecen, tan quietas, tan transparentes). Unos días después, a solas, dirigí la aguja directamente a la sombra de los surcos del fragmento. Y sonó. La voz límpida sobre un acompañamiento apenas audible de la orquesta. No dolorida. No exacerbada. Lenta, suave. Esperé el latigazo del miedo. No llegó. Mientras, Ophelia pedía descanso.

Descanso.

La muerte como final de todo. Absolutamente. De la propia consciencia. Del mundo. De todo. Nada que temer del descanso. Nada que temer. Una vez llegue, no sabré que ha llegado. No sabré nada. Todo me será ajeno. Hasta el dolor que pueda dejar mi partida. No conoceré ni siquiera el miedo.

Y el miedo a mi propia muerte desapareció.

No anhelo su llegada. Sigo sin querer morir. Pero cuando la muerte llegue quizás me encuentre triste por lo que dejo, por lo que no haré, por morir. Pero no con miedo.

Como siempre, algún tiempo después, descubrí que Borges ya lo había dicho (mejor) en su

“Tríada

El alivio que habrá sentido César en la batalla de Farsalia, al pensar: Hoy es la batalla.
El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: Hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.
El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.”


de “Los Conjurados”, el último libro que publicó antes de morir.

jueves, 24 de julio de 2008

Éstas mis noches

Hay noches en las que Nenna no quiere dormir. Y ése es el verbo, pues es su voluntad (férrea) la que interviene. No importa lo largo y activo que haya sido su día eterno y frenético. No importa lo agotada que llegue a estar. Hay noches que Nenna decide que no quiere dormir. Habitualmente, además, son noches en las que a Mimianna y a mí nos interesa especialmente que se duerma. Aunque solo sea por nuestro propio agotamiento, por acabar nuestro propio día frenético y eterno. Y entonces pide el cuento del pajarito azul obscuro. Y luego agua. Y después el cuento de los pantalones de Peter. Y nos explica que está muy mal decir palabrotas. Canta la canción de la tortuga. Se destapa si queremos que se tape, cambia los pies por la cabeza, tira la almohada, la reclama, pide luz o que cerremos la puerta. Cada maniobra medida en su justo momento, de la duración e intensidad adecuadas para bordear, pero no acabar de rebasar, el límite de nuestra paciencia. Y entonces solo nos queda eso. La paciencia. Sorprende la cantidad de paciencia que puede llegar a atesorar el ser humano si se somete a un entrenamiento adecuado.

Hay noches en que Nenna no puede dormir. Porque le pica el calor. Porque ha soñado con el delfín blanco que no podía nadar y caminaba y tornaba todo blanco y le daba miedo. Porque celebraciones vecinales inundan su habitación de ruidos. O porque tanto es su sueño que le es imposible de conciliar. Y entonces nos toca susurrarle palabras de paz. Mesarle los cabellos muy suavemente. Soplar su nuca.

Las noches de Nenna provocan largas y sesudas consideraciones entre Mimianna y yo. Que si no debemos dejar que llore. Que si debemos dejar que llore. Que si deberíamos aplicar tal método. No, el otro. Que si provocaremos una excesiva dependencia. Que si una neurosis. Y, finalmente, nos queda la sensación de que, definitivamente, no lo estamos haciendo bien.

Y hay noches, como esta noche. “¡Nadna!”, un hilo de voz tranquila atravesando el pasillo. Quedo. Justo lo suficiente para despertarme. Para guiarme entre golpes por la obscuridad todavía desconocida. Hasta su cama. Y un “Abrázame, Nadna” suave, feliz. Porque en esas noches, Nenna quiere y puede dormir, pero sabiéndose querida y haciéndome saber que me quiere. Y se acurruca en mi regazo. Mi mano desproporcionada entre las suyas. Dormida casi de inmediato. Con un suspiro profundo. Y la sé lindísima, con los mechones de cabello rizado desparramados por la almohada. Su nariz atrevida alzada frente al mundo. Los ojos increíbles (los ojos de Mimianna) bajo los párpados sellados por las largas pestañas. La elegancia de sus piernas espigadas.

Y entonces soy yo quien suspira. Profundamente. Y nada importa más que ese momento. Ni el despertador inminente. Ni los métodos, ni las paciencias. Porque sé que, al final de cuentas, nos queremos. Y eso, me parece, asegura que lo estamos haciendo bien.

viernes, 18 de julio de 2008

La canción de Sabine

Harold Bloom mantiene que todo está en Shakespeare. Yo sé que todo está en Bach. Él necesita setecientas treinta y cuatro densas páginas para intentar demostrar la veracidad de su opinión. A mí me basta mi propia arbitrariedad. Y la experiencia.

Ya Michael Maier, en su libro (apasionado de magias y arcanos), “La fuga de Atalanta”, recogió la opinión antigua y pacífica de que la música es, de entre todas las artes humanas, el receptáculo ideal del alma y el vehículo más adecuado para transmitir y moldear sus distintos estados. La música, que es invisible e inaprensible, casa perfectamente con la naturaleza del alma y, por ello, no la importuna ni la violenta. No ocurre lo mismo con otras disciplinas: la pintura, la escultura e, incluso, la literatura exigen del individuo un esfuerzo de comprensión de traducción, que acaba contaminándolo.

Yo, en gran medida, estoy de acuerdo con el viejo alquimista. He leído mucho y muy importantes y presentes me son los libros. Recuerdo cuadros que me han conmovido por su belleza. Puedo repetir diálogos de alguna película. Pero ningún libro (¡ningún libro!), cuadro o película han logrado jamás inculcarse en mis vivencias como lo han hecho algunas músicas. Si releo “Rayuela” (¡Rayuela!) recuerdo la imagen que tengo de mí con dieciséis años. De una manera intelectual. Ajena, casi. El libro lo conocí (profundamente, ubicuamente) entonces, pero no me reencarna en aquel entonces.

Sin embargo, no importa el tiempo que haya transcurrido desde la última vez que escuchamos aquella pieza escogida (o quizás sí importa: mejor si hace mucho que la dejamos de escuchar), las primeras notas nos llevaran a aquella época en que, aunque no lo supiéramos, aquella música fue importante para nosotros. Nos hará revivir, de una manera mucho más íntima, emocional, sincera, nuestro estado de ánimo, nuestra forma de ser, la que era nuestra vida en aquel pasado.

Mi infancia está en las notas del Aria de las Variaciones; una adolescencia en el oboe del Concierto de Albinoni; un amigo perdido en el “Sposa son disprezzata”, de Vivaldi, de Caballé; la última juventud en la tercera nota del bocca chiusa de la Bachiana número 5, de Villalobos, tal y como me la descubrió Fleming.

Se dice que el olfato es el sentido que más vinculado parece estar con la memoria. De igual manera, es la música el arte que contiene la memoria.

Habitualmente es casi imposible saber cuál será la música que vestirá nuestro presente cuando sea recuerdo. Los caminos de la memoria son inescrutables. Eso es lo normal. Sin embargo, en ocasiones el futuro es previsible.

Como ahora que Nenna ha adoptado una canción como propia. Hasta le ha dado nombre: “La canción de Sabine”. Porque Sabine se llamaba la soprano a quién escuchó cantarla por primera vez. Porque se la cantó mirándole a los ojos. Porque es un nombre con poesía. Por azar, “La canción de Sabine” figura entre otras piezas que recopiló Victoria de los Ángeles en un compacto y fue Nenna quién la descubrió en el reproductor del coche pocos días después. Con gran alegría por su parte. Con asombro por la nuestra. Fue pocas semanas antes de nuestra partida. Desde entonces nos acompaña obsesivamente. Cada vez que nos ponemos en marcha nos extorsiona (como sólo los niños pequeños saben hacerlo) para que suene la canción. Una y otra vez.

Ignoro si finalmente ésta será la música de su infancia o lo será la melodía de una serie de dibujos animados, pero sé que dentro de veinte años (si se da ése tiempo, si se cumplen todos los si) rememoraré estos días que rodean mis cuarenta cuando oiga deslizarse su primera cadencia. No es descabellado que este tiempo de zozobra e incomodidad se vista de las dulces notas de una aria pastoral, sencilla y elegante.

Hace doscientos noventa años Haendel compuso y estreno para el Duque de Chandos la mascarada “Acis and Galatea” e incluyó en ella la deliciosa aria de soprano “As when the dove”. No lo podía saber, pero, a la vez, engarzó las notas de lo que, doscientos noventa años después, sería para Nenna y para mí nuestra “Canción de Sabine”.

domingo, 13 de julio de 2008

Happy birthday

“Estas son las mañanitas,
Que cantaba el rey David.
Hoy, por ser el día de tu santo,
Te las cantamos a ti.
Despierta, mi bien,
despierta. Mira,
que ya amaneció,
ya los pajaritos cantan,
la luna ya se meció.”


Flojito al oído justo al despertar. A Mimianna no le gusta. Nenna rompió a llorar cuando se lo canté el otro día (pero podría ser culpa de mis dotes musicales). Un desastre de tradición esta de remedar a Nat King Cole para despertar a tus seres queridos el día de su cumpleaños. Quizás no sea la mejor de las piezas para expresarles la alegría que siento de que nacieran, de que me acompañen por estos pasillos. Seguro que oculta, más que contiene, toda la ternura que siento. No me cabe duda de que existen miles de piezas más bellas y mejores para desearles felicidad ese día-gozne entre edades.

Pero a mí siempre me han cantado esta.

Y la mañana se me hace linda cuando vamos a saludarlos y estamos tan contentos de felicitarlos. E imagino que es ése el día en que nacen todas las flores y los ruiseñores (ay, los ruiseñores) cantan en el bautizo. Y cuando lo murmuro, flojito al oído justo al despertar, no se me ocurre mejor manera de decirles que les quiero.

Así que, Ossip, te guste o no, date por cantado.

viernes, 11 de julio de 2008

Dolce far niente

En mi infancia nunca supe hacer el muerto en el mar. Por más que lo intentaba, me era absolutamente imposible mantenerme horizontal, inmóvil sobre la superficie del agua. Ni en los días de calma absoluta. Me asombraba la facilidad con la que Ela echaba la cabeza atrás, se impulsaba suavemente con las caderas, abría los brazos en cruz y hacía emerger los dedos de los pies (con nuestro famoso meñique de familia). Indefectiblemente, la maniobra concluía con Ela buscándome con la mirada y sonriéndome divertida. Justo antes de cerrar los ojos al cielo. Justo antes de transformar la sonrisa, de suavizarla, de dedicársela a sí misma. Y entonces, para mi mayor pasmo, podía permanecer en esa postura todo el tiempo que quisiera.

Yo lo intentaba con una tozudez digna de mejor causa, pero mis pies se negaban a permanecer cerca de la superficie, los brazos parecían tener voluntad propia (y rebelde) y las olas se empeñaban en cubrir rítmica y metódicamente mi cara. Con la edad aprendí pequeños trucos: mover un poco los brazos, alguna pequeña patada para recuperar la horizontal, respirar sólo cuando parecía seguro que no vendría una ola traidora. Pero en nada se parecía mi batalla a la ondulante inmovilidad de Ela, al abandono de su postura, a su evidente comodidad.

Hacer el muerto era una de esas asignaturas pendientes que por nimias y públicas más me injuriaban. Era un agravio íntimo, personal e intransferible. No me consolaba que Ela nunca hubiera aprendido a ir en bicicleta, como ella se encargaba de recordarme cada vez que surgía la cuestión, en un intento tan loable como inútil de consolarme. Mi disgusto iba dirigido a mi propia torpeza no a la de ella.

Luego pasaron los años y aprendí otras muchas cosas y, poco a poco, domeñé la frustración infantil. Apenas una anécdota. Y crecí y, casi sin darme cuenta, fui acumulando obligaciones, tareas pendientes, preocupaciones. Como todos. Y perdí los veranos infinitos en los que los días no tenían nombre ni número, tantos eran los de vacaciones…

Muchos años después Mimianna y yo buscamos refugio en una isla antigua en un mar antiguo. Eran días de atribulaciones. Iniciamos el viaje abrumados por el peso de aquella nuestra cotidianidad de entonces. La misma que sabíamos que nos esperaba a la vuelta de muy pocos días. Establecimos un pacto tácito de silencio, de crear un paréntesis ajeno a la vorágine que nos rodeaba, pero cada cual llevaba su propio bagaje de preocupaciones. Otro pacto suscribimos: buscar lugares recónditos, alejarnos de los circuitos marcados. Conocer otra isla en la isla que todos conocían. Y lo cumplimos.

A los pies del acantilado oculto por el bosque y los engaños de los lugareños, una playa de guijarros ovillada en una pequeña cala redonda. Desierta. Nos miramos y nos convencimos mutuamente en silencio. Cargamos la mínima impedimenta con la que contábamos y nos dispusimos a tomar el escarpado camino de cabras que conducía al mar. El sol nos golpeó contra la pared calcárea. El descenso medroso fue arduo y lento. Finalmente llegamos a nuestro destino. El mar transparente cosquilleaba las piedras lucientes. Sobre nuestras cabezas la lejana corona de roca, el verde profundo de los árboles y el más vasto de los cielos. Nada tardamos en desnudarnos y zambullirnos en el agua helada y acogedora. Pero Mimianna pronto buscó el calor del sol y se tumbó en una gran roca. Yo inicié unas brazadas de espaldas. Lentas. Placenteras.

Quizás el cansancio del descenso. Quizás una sensación extraña (y si ahora… después de tanto). Dejé de nadar. La inercia no fue suficiente para hacerme avanzar mucho más. Los brazos se separaron de mi cuerpo. En mis oídos la cadencia de mi propia respiración, la de los guijarros arrastrados por las olas. Luego el calor en la cara. El acre aroma de los pinos y la sal tirando de la piel. Y ése era el secreto: no hacer nada. Dejarse ir, abandonarse. Sorprendí una sonrisa en mis labios (aquella sonrisa). No necesité abrir los ojos para saber que estaba haciendo el muerto.

No hacer nada. No tener que hacer nada. Ninguna obligación. Apenas respirar. Disfrutar de una manera puramente sensual. Detenerme en ese punto mientras lo deseara, sin que nada me esperase después. Sin esperar nada después. O tal vez sólo Mimianna salada y adormecida bajo el sol.

Alguien definió el paraíso como un lugar sin gente. Yo creo que el paraíso puede ser algo muy parecido a un verdadero dolce far niente.

sábado, 5 de julio de 2008

El caso del verso soñado

Hace siete noches soñé con la que fue mi casa. No hubo otra sorpresa que la tardanza del cumplimiento de la cita. Era, lógicamente, un sueño esperado. Tampoco su anécdota sobresalió por la originalidad: simplemente vivía en mi casa. El pasillo dorado en la luz del mediodía; las ondas de la cortina de mi habitación urdiendo lentos juegos estroboscópicos con el campanario enmarcado en el balcón; la mesa redonda de caoba de la sala; los libros de la biblioteca, sobre la cómoda antigua, sobre el pequeño óleo del liquen; la música elegida. Ninguna extravagancia onírica. Tal vez el simple hecho de que vivía en mi casa. Tal vez las palabras que estudiaba con fervor casi hermenéutico.

No soy amante de los sueños. No creo que sean la puerta hacia otra vida o que tengan propiedades premonitorias. No les concedo ningún valor filosófico ni estético. Los sueños, conmigo, desaparecen con las legañas y la pasta dentífrica de la mañana (Cortázar lo expresa mucho mejor, pero no puedo acceder a ese libro). Los sueños no son uno de mis temas recurrentes. Por eso me sorprendió seguir recordando, ya con el primer café de la mañana, las palabras que me habían ocupado mientras dormía. Me equivoqué y, justo antes de volver a dormirme tras todo el día, volví a recordarlas. No sé qué soñé la siguiente noche, ni las posteriores. Quizás no volví a soñar, puesto que parte de un sueño se ha enquistado en mi vigilia, puesto que sigo recordándolas. Textualmente. Decían “Nada nos dice adiós. Nada nos deja.” (aunque no debería entrecomillarlas, porque no son una cita).

Poco a poco, en estos días, estas palabras se han ido convirtiendo en una cierta obsesión incomoda para mí. No puedo evitar que se me aparezcan entremezcladas en mis otros pensamientos, que surjan espontáneas y extemporáneas, nítidas, diferenciadas. Me molesta su origen onírico, su aparente autonomía respecto a mi voluntad.

Me perturba, también, su significado en el escenario del sueño en que fueron creadas. Esas habitaciones ya no existen. No, al menos, como las soñé. No como eran. Las cortinas ya no penden del cable de acero, de las paredes no restan ni las sombras de nuestros cuadros, la biblioteca está vacía o repleta de búcaros, no lo sé. Sin embargo, las frases dicen lo que dicen: nada nos abandona. Cabe la posibilidad de que, de alguna manera, su presencia en mi sueño (en ese sueño) no sea gratuita. No creo en los sueños. Sí en la memoria. ¿Debo repetir que somos pasado, el recuerdo de lo que hemos vivido, nuestra memoria? Visto así, en realidad nada nos deja ni nos dice adiós mientras se mantiene en nuestro recuerdo. No caeré en la gazmoñería: no creo que el recuerdo sea una forma de pervivencia. Desgraciadamente perdemos lo que desaparece, a quien muere. Deja de existir. La que fue mi casa no volverá a serlo jamás, aunque retornara a ella en un futuro quimérico. Todos seríamos diferentes. Pero lo que recordamos nos acompaña siempre. Lo sucedido no existe, pero no nos abandona.

Hasta que olvidamos.

E incluso más allá del olvido. Esta noche, hace una hora, he vuelto a soñar ese sueño y esas palabras. Pero esta vez mi yo soñado se ha dirigido al tercer anaquel de la izquierda y ha sacado uno de mis libros. Casi obvio. De aquél a quien obsesionaban los sueños, que amaba a Coleridge, que fue el otro y él, que ya murió, pero para mí siempre es. Me he despertado y he imitado al sueño. He buscado y abierto uno de los pocos libros que me quedan y, tras un breve repaso lo he encontrado. Lo hice en algún momento del pasado, seguro, pero no recuerdo cuándo leí por primera vez el octavo verso del poema “Para una versión del I King”, del libro “La moneda de hierro”, ni lo recordaba a él. No es necesario aclarar que dice (ahora sí en negrita, ahora sí entrecomillado):

“Nada nos dice adiós. Nada nos deja.”

Todo ello no deja de deparar un consuelo.