Ela y Abu no son sus nombres, pero así los llamamos desde hace tres años. Siempre han existido con la asombrosa naturalidad con la que acontece lo normal. Que la mañana suceda a la noche, que el aire que respiramos no nos ahogue o que el vino adopte forma de copa no me sorprende, porque siempre ha sido así. Tampoco puedo imaginar (o sí imaginar, pero no creer) que hubiera podido ser de otra forma. Lo mismo me ocurre con ellos.
Ela y Abu son mis padres.
Y siempre lo han sido. Papá y mamá. Únicamente. O al menos hasta hace tres años. Hasta entonces fueron indisociables el atributo y las personas. Ellos eran simplemente mis padres y nada más (ni nada menos). Obviamente sabía que les habían ocurrido cosas antes de mi nacimiento, incluso antes de conocerse, pero sus recuerdos eran para mí historias que, en realidad, pertenecían a un tiempo mítico e irreal. Sabía que lo que me contaban era cierto, pero como sé que es cierto Napoleón fue vencido en Waterloo o que el sol no se pone en la noche polar. Ese pasado no afectaba a su condición de padres. En nada nos afectaba, por tanto.
Hasta hace tres años. Una tarde como esta en la que escribo. En el sofá de aquella que fue mi casa leí en una recopilación de poesía inglesa:
“(…) Those who were there
When and where
We weren’t (…)”
No recuerdo el autor y no puedo consultar ese libro, pero ésas fueron sus palabras. Lo sé porque, en el balanceo de su cadencia, de alguna manera me hablaron de Ela y Abu.
Ela y Abu. Que antes habían sido mamá y papá. Que antes Nines y Siso. Y que (desde entonces lo sé) seguían siéndolo todo y todo eso lo habían sido desde siempre. Qué sorpresa encontrar a esos desconocidos tan íntimos. Comprender su individualidad. Equipararlos, por fin, a mi propia experiencia. Ellos, como yo, son personas con toda la complejidad que esa naturaleza implica. No sólo (también, pero no sólo) progenitores. Qué sorpresa hallarme en esa injusticia tan prolongada para con ellos.
Desde hace tres años mis padres son mucho más ricos a mis ojos. Sus vivencias, miedos, sus alegrías y proyectos se me hacen tan reales como los míos propios. Sus recuerdos tan importantes como los míos. En nada somos diferentes.
Desde hace tres años, además de a mis padres, les he querido a ellos.
Otro detalle: hace tres años, mientras leía poesía inglesa, mi hija recién nacida dormía su primera siesta en casa.
Ela y Abu son mis padres.
Y siempre lo han sido. Papá y mamá. Únicamente. O al menos hasta hace tres años. Hasta entonces fueron indisociables el atributo y las personas. Ellos eran simplemente mis padres y nada más (ni nada menos). Obviamente sabía que les habían ocurrido cosas antes de mi nacimiento, incluso antes de conocerse, pero sus recuerdos eran para mí historias que, en realidad, pertenecían a un tiempo mítico e irreal. Sabía que lo que me contaban era cierto, pero como sé que es cierto Napoleón fue vencido en Waterloo o que el sol no se pone en la noche polar. Ese pasado no afectaba a su condición de padres. En nada nos afectaba, por tanto.
Hasta hace tres años. Una tarde como esta en la que escribo. En el sofá de aquella que fue mi casa leí en una recopilación de poesía inglesa:
“(…) Those who were there
When and where
We weren’t (…)”
No recuerdo el autor y no puedo consultar ese libro, pero ésas fueron sus palabras. Lo sé porque, en el balanceo de su cadencia, de alguna manera me hablaron de Ela y Abu.
Ela y Abu. Que antes habían sido mamá y papá. Que antes Nines y Siso. Y que (desde entonces lo sé) seguían siéndolo todo y todo eso lo habían sido desde siempre. Qué sorpresa encontrar a esos desconocidos tan íntimos. Comprender su individualidad. Equipararlos, por fin, a mi propia experiencia. Ellos, como yo, son personas con toda la complejidad que esa naturaleza implica. No sólo (también, pero no sólo) progenitores. Qué sorpresa hallarme en esa injusticia tan prolongada para con ellos.
Desde hace tres años mis padres son mucho más ricos a mis ojos. Sus vivencias, miedos, sus alegrías y proyectos se me hacen tan reales como los míos propios. Sus recuerdos tan importantes como los míos. En nada somos diferentes.
Desde hace tres años, además de a mis padres, les he querido a ellos.
Otro detalle: hace tres años, mientras leía poesía inglesa, mi hija recién nacida dormía su primera siesta en casa.
