lunes 2 de junio de 2008

En un punto


Existe, yo lo he visto, un caserón justo en el centro de una de las plazas que más visito. Llaman la atención sus innumerables ventanas tapiadas. Cuentan (pero solo es un rumor) que en él habitó una extensa familia, los Centripetti, de evidente origen italiano.

Dicen (pero no es más que un rumor, en realidad) que eran gentes de buen trato, que construyeron la casa poco a poco, sufriendo penalidades y privaciones, pero con una voluntad inflexible y determinada. Todos los frutos de sus diversas labores, se convertían en mahones, vigas y herramientas para el edificio. Excepto los que se dedicaban a su construcción, vivían dispersos por todo el orbe, reservando cada moneda para la casa. Privándose de lo esencial para acrecentar los recursos de la obra. Míseros. Febriles, se mantenían de la esperanza. Durante generaciones levantaron el caserón.

Nadie recuerda cuándo dieron por concluida la fábrica, cuándo sobrevino un día de silencio, cuándo uno inmóvil. Pero, a partir de ese momento, los Centripetti fueron abandonando sus diversas ocupaciones y se pusieron en marcha. Con la misma determinación con la que habían dedicado sus vidas a construir su casa, hicieron hatillos con sus escasas pertenencias y se dispusieron a atravesar regiones desconocidas, a perderse entre los pasillos iguales, a morir en el empeño. Transcurrieron lustros hasta que, finalmente, realizaron su destino y vieron su voluntad cumplida: todos vivían bajo el mismo techo. Juntos.

Las innumerables ventanas de las innumerables habitaciones se llenaron de vida, de alegría. Cada miembro de la familia se encontraba con parientes que no sabía ni que existían. Se explicaban sus vidas. La experiencia común tan diversa en los detalles. Las reuniones y las fiestas se extendían a lo largo de los días. Por la noche, la fachada se escaqueaba de ventanas iluminadas. Todo era un bullir de vida. La felicidad de hallarse allí donde siempre habían deseado y con los que siempre habían querido transformaba a los familiares. De a poco, dejaron de salir de la casa. Todo lo que anhelaban se hallaba en su interior, ¿Qué necesidad había de mantener contacto con un mundo que tan hostil se había mostrado con ellos?

Nadie recuerda cuándo, pero afirman (aunque lo cierto es que es un rumor) que poco a poco los Centripetti fueron acostumbrándose a acompañarse todos en todo momento. Pocos espacios quedaban fuera de esa transhumancia por el interior de las habitaciones. Tal vez el excusado si la deposición se anunciaba escandalosa (aunque los anuncios gaseosos provocaban una notable hilaridad entre algunos familiares). Dormían todos juntos en los suelos de la habitación en la que les sorprendía el sueño. Poco importaba que fuese la cocina o el desván. Comían olvidando las más elementales reglas de cortesía, arrebatándose el alimento, dejándoselo arrebatar. En esa época comenzaron a tapiar las ventanas innumerables con los materiales de los tabiques interiores que destruían. Pronto su contacto con el exterior desapareció, pero aquellos que pasaban cerca de la casona, en ocasiones, escuchaban dentro la cacofonía de mil gargantas hablando al unísono, de mil pies golpeando el piso, de mil cuerpos en movimiento.

Finalmente la cuestión se consideró de orden público por los vecinos y se comisionó a un reducido grupo para que entrara en el edificio y constatará el estado de sus habitantes. Se fijó el mediodía del siguiente solsticio para tal empresa. Habría sido igual la medianoche, en la obscuridad de la casa tapiada. Tras tres golpes en la aldaba, los próceres traspasaron el portal y se adentraron. Cuentan que contaron (mas únicamente es rumor), horrorizados a la salida, que no encontraron a los Centripetti. O sí: una masa multiforme, una aglomeración bullente en la que aparecían y desaparecían rostros, manos, torsos y que parecía absorber todo el aire en una bocanada monstruosa. Esa masa, exclamaban, se replegaba en sí misma, menguaba a ojos vistas.

Sostienen (pero es un rumor increíble) que los Centripetti sucumbieron a su pulsión y a fuerza de voluntad, redujeron, tanto el espacio que los separaba, tanto se unieron que finalmente anularon las sagradas leyes de la naturaleza y, en castigo, ahora viven todos en un espacio inimaginable, en un punto.

Existe, sin embargo, algo extraño en la casona abandonada. Yo la he visitado. El silencio es abrumador. El aire enrarecido y casi irrespirable. No me atreví a perder de vista el portón de entrada, aunque deseaba intensamente adentrarme en las habitaciones. Porque lo deseaba. No recuerdo cuál era mi apellido.