sábado, 28 de junio de 2008

Una gota de Yeats

Ossip tiene sus cosas. No cualesquiera. Sus aficiones, sus gustos, sus palabras y silencios, algún gesto, le han reportado un cierto aura de singularidad entre quienes lo tratan. Hay quien, en el colmo de la osadía, llega a afirmar que, simple y llanamente, Ossip es rarito.

Ossip, por ejemplo, colecciona tumbas. No cualesquiera, claro está. Sí la de sus escritores preferidos. Las va visitando siempre que tiene una oportunidad. Agotando una lista imaginaria pero precisa, en la que no cabe cualquiera. Entrar en la nómina de ocupantes de tumba visitable no es sencillo. Primero hay que estar muerto. Luego, alguno de los libros (varios en la mayoría de los casos) que escribiste en vida debe conmover el criterio exigente del lector sibarita y connaisseur que es mi amigo. Finalmente tu actual última morada debe radicar no excesivamente lejos (pongamos un radio de tres mil kilómetros) de su actual morada.

Si se cumplen todos estos requisitos y se da la ocasión, Ossip formaliza una visita a la tumba. No acelerada ni casual. Nada de ya que pasamos por aquí. La premeditación ha de ser una de las características de la ceremonia. Y el gasto del tiempo necesario ante el túmulo. No se descarta la declamación in pectore de algún párrafo preferido. Están asegurados el homenaje y el respeto.

No es esta una colección baladí para él. Yo no me atrevería a decir que organiza sus viajes en función de las tumbas que puede visitar, pero seguro que los condiciona. En cualquier caso, puedo afirmar que condicionó uno de los míos.

Irlanda ha sido para mí una querencia. Desde siempre. Durante muchos años me ha atraído lo irlandés. Poco a poco se fue convirtiendo en un territorio mítico. Una especie de tierra prometida hecha de retazos, en la que se iban dando cabida los mas heterogéneos elementos. Mezclados. En ella lo más kitsch. En ella lo desconocido. La Guinness. Las gaitas y las canciones. “The Quiet Man” de Ford, Wayne y O’Hara. Los tréboles. San Patricio y Tír na nÓg. Tara, los celtas, el gaélico. El “Dubliners” de Joyce y el “Diario Irlandés” de Böll. Bastaba que el personaje de una película o un libro fuese irlandés para que contara con todas mis simpatías. El rugby es mi deporte y la selección de Irlanda mi equipo. Sufro, es evidente, una sobredosis de empatía hacia lo irlandés. Reconozco que me provoca una adhesión acrítica e incondicional. Lo sé y no me importa.

Fue Mimianna quien cogió mi mano y un verano ya lejano me llevó finalmente a Irlanda. A la real. A la de las carreteras estrechas y la conducción zurda. La del inglés ininteligible. La del frío en agosto. Fue ella quien me acompañó en el descubrimiento del paraíso. Fue Ossip quien me encomendó una misión en el paraíso. Y fue en el cumplimiento de esa misión que Irlanda se me mostró.

Al final de nuestro largo periplo por la isla, tres días antes del fijado para nuestro regreso, nos llegamos al extremo noroccidental de Irlanda. Bordeamos la Bahía de Donegal y nos adentramos en el condado del mismo nombre. Aunque habíamos disfrutado de buen tiempo hasta ese momento, aquel día se levantó obscuro. El frío desconocido nos obligó a estrenar antes de tiempo las prendas de abrigo que habíamos comprado días antes en Ardara. Al poco de entrar en el condado, cuando enfilábamos hacia el norte, comenzó a llover de forma violenta. A rachas. La carretera se iba estrechando conforme nos alejábamos de la costa y los rastros de población se fueron haciendo cada vez más escasos. Finalmente nos encontramos con un paisaje estremecedor por su belleza. Por su dureza. Nada de suaves colinas tapizadas del verde del césped. Nada de ovejitas blancas contra el azul del océano. Aquí el terreno fracturado y rocoso. En el fondo de los valles agrietados, alargados lagos de aguas negras reflejaban un cielo gris, bajo y plano. La tierra parda cubierta de líquenes. Algún arbusto retorcido al abrigo del granito. Ni un árbol. Y viento. Constante. Sin darnos cuenta, Mimianna y yo fuimos callando. Sólo el zumbido del motor de nuestro pequeño coche de alquiler y el repiquetear de la lluvia sobre el parabrisas. Muy de tanto en tanto una casa al borde del camino en que se había convertido la carretera. Casas achaparradas, de un solo piso bajo, de ventanas pequeñas. E, invariablemente, una mujer a la puerta de la casa, la puerta abierta, mirando en nuestra dirección, alertada de nuestra llegada. Invariablemente un saludo con la mano al pasar. Qué dureza en las facciones, qué curtidas las caras y las manos, qué cansancio en el gesto de bajar la mano y entrar de nuevo en la casa. Comprendí que esa era la Irlanda de la diáspora.

La misión de Ossip nos obligaba, no obstante a regresar hacia el sur. Caía ya la tarde cuando encaramos la Bahía de Sligo. La ciudad y las granjas habían substituido a los asentamientos aislados. Los altos bosques a los líquenes. La lluvia era fina y amable haciendo honor a la opinión de Böll de que es tan injusto llamar mal tiempo a la lluvia de Irlanda como calificar de buen tiempo a un sol abrasador. Buscamos Drumcliff y su camposanto. Dejó de llover mientras aparcamos junto a la tapia. Cogí el grueso tomo de tapas azules que habíamos acarreado durante todo ese tiempo. A pesar del cambio de escenario, el silencio nos seguía acompañando y en silencio enfilamos el corto trecho de gravilla hasta detenernos ante la tumba de Yeats. Allí, mi pie derecho sobre el escalón que circunda el monumento, mis manos proyectadas sobre la lápida, abrí el libro y me dispuse a leer en voz alta el poema que había elegido Ossip. No fue el “Under Ben Bulben” (demasiado obvio para los gustos de Ossip, demasiado largo, incluso redundante en aquel lugar) sino “An Irish Airman foresses his death”. Uno de sus favoritos.

Mientras leía los últimos versos

“I balanced all, brought all to mind,
The years to come seemed waste of breath
A waste of breath the years behind
In balance with this life this dead.”


comenzó a llover de nuevo. Una gota de aquella lluvia irlandesa, destinada a caer sobre la tumba de Yeats, fue a mojar la imagen de las palabras que acababa de pronunciar. Cerré el libro y nos refugiamos en la entrada de un panteón cercano. Después supe que Mimianna me había hecho una foto desde allí.

Deshicimos parte del camino. De nuevo la bahía. El cansancio, el hambre y el frío. El recuerdo de las tierras y las gentes que habíamos visto aquella jornada. La visita al cementerio. Buscábamos el refugio de la casa de B&B que nos acogería esa noche. El pequeño cartel con el nombre buscado señalaba el camino de tierra que se desviaba de la carretera y nos había de llevar allí. Nos adentramos en un bosquecillo de altos árboles. El camino ascendía imperceptiblemente. Tomar un recodo y, entonces, el paraíso. Salir a una pradera enorme, enfilada hacia las bases del Ben Bulben (realmente bajo él). Un poco alejada una casita oscura con todas las ventanas iluminadas, derramando una luz dorada y acogedora sobre la hierba. Y a nuestra espalda, repentino, el sol rojo hundiéndose en el océano, justo en el horizonte afilado dejado por las nubes. Dentro de la casa nos esperaba una familia hospitalaria, el mejor té de nuestra vida y una cama tibia y limpia. Irlanda, desde aquel momento, para mí será siempre Sligo.

Ossip tiene sus cosas. No cualesquiera. Tiene, por ejemplo, un libro con poemas de Yeats y con una gota que tendría que haber sido de Yeats. Yo también tengo las mías.

jueves, 12 de junio de 2008

Those who were

Ela y Abu no son sus nombres, pero así los llamamos desde hace tres años. Siempre han existido con la asombrosa naturalidad con la que acontece lo normal. Que la mañana suceda a la noche, que el aire que respiramos no nos ahogue o que el vino adopte forma de copa no me sorprende, porque siempre ha sido así. Tampoco puedo imaginar (o sí imaginar, pero no creer) que hubiera podido ser de otra forma. Lo mismo me ocurre con ellos.

Ela y Abu son mis padres.

Y siempre lo han sido. Papá y mamá. Únicamente. O al menos hasta hace tres años. Hasta entonces fueron indisociables el atributo y las personas. Ellos eran simplemente mis padres y nada más (ni nada menos). Obviamente sabía que les habían ocurrido cosas antes de mi nacimiento, incluso antes de conocerse, pero sus recuerdos eran para mí historias que, en realidad, pertenecían a un tiempo mítico e irreal. Sabía que lo que me contaban era cierto, pero como sé que es cierto Napoleón fue vencido en Waterloo o que el sol no se pone en la noche polar. Ese pasado no afectaba a su condición de padres. En nada nos afectaba, por tanto.

Hasta hace tres años. Una tarde como esta en la que escribo. En el sofá de aquella que fue mi casa leí en una recopilación de poesía inglesa:

“(…) Those who were there
When and where
We weren’t (…)”


No recuerdo el autor y no puedo consultar ese libro, pero ésas fueron sus palabras. Lo sé porque, en el balanceo de su cadencia, de alguna manera me hablaron de Ela y Abu.

Ela y Abu. Que antes habían sido mamá y papá. Que antes Nines y Siso. Y que (desde entonces lo sé) seguían siéndolo todo y todo eso lo habían sido desde siempre. Qué sorpresa encontrar a esos desconocidos tan íntimos. Comprender su individualidad. Equipararlos, por fin, a mi propia experiencia. Ellos, como yo, son personas con toda la complejidad que esa naturaleza implica. No sólo (también, pero no sólo) progenitores. Qué sorpresa hallarme en esa injusticia tan prolongada para con ellos.

Desde hace tres años mis padres son mucho más ricos a mis ojos. Sus vivencias, miedos, sus alegrías y proyectos se me hacen tan reales como los míos propios. Sus recuerdos tan importantes como los míos. En nada somos diferentes.

Desde hace tres años, además de a mis padres, les he querido a ellos.

Otro detalle: hace tres años, mientras leía poesía inglesa, mi hija recién nacida dormía su primera siesta en casa.

lunes, 2 de junio de 2008

En un punto


Existe, yo lo he visto, un caserón justo en el centro de una de las plazas que más visito. Llaman la atención sus innumerables ventanas tapiadas. Cuentan (pero solo es un rumor) que en él habitó una extensa familia, los Centripetti, de evidente origen italiano.

Dicen (pero no es más que un rumor, en realidad) que eran gentes de buen trato, que construyeron la casa poco a poco, sufriendo penalidades y privaciones, pero con una voluntad inflexible y determinada. Todos los frutos de sus diversas labores, se convertían en mahones, vigas y herramientas para el edificio. Excepto los que se dedicaban a su construcción, vivían dispersos por todo el orbe, reservando cada moneda para la casa. Privándose de lo esencial para acrecentar los recursos de la obra. Míseros. Febriles, se mantenían de la esperanza. Durante generaciones levantaron el caserón.

Nadie recuerda cuándo dieron por concluida la fábrica, cuándo sobrevino un día de silencio, cuándo uno inmóvil. Pero, a partir de ese momento, los Centripetti fueron abandonando sus diversas ocupaciones y se pusieron en marcha. Con la misma determinación con la que habían dedicado sus vidas a construir su casa, hicieron hatillos con sus escasas pertenencias y se dispusieron a atravesar regiones desconocidas, a perderse entre los pasillos iguales, a morir en el empeño. Transcurrieron lustros hasta que, finalmente, realizaron su destino y vieron su voluntad cumplida: todos vivían bajo el mismo techo. Juntos.

Las innumerables ventanas de las innumerables habitaciones se llenaron de vida, de alegría. Cada miembro de la familia se encontraba con parientes que no sabía ni que existían. Se explicaban sus vidas. La experiencia común tan diversa en los detalles. Las reuniones y las fiestas se extendían a lo largo de los días. Por la noche, la fachada se escaqueaba de ventanas iluminadas. Todo era un bullir de vida. La felicidad de hallarse allí donde siempre habían deseado y con los que siempre habían querido transformaba a los familiares. De a poco, dejaron de salir de la casa. Todo lo que anhelaban se hallaba en su interior, ¿Qué necesidad había de mantener contacto con un mundo que tan hostil se había mostrado con ellos?

Nadie recuerda cuándo, pero afirman (aunque lo cierto es que es un rumor) que poco a poco los Centripetti fueron acostumbrándose a acompañarse todos en todo momento. Pocos espacios quedaban fuera de esa transhumancia por el interior de las habitaciones. Tal vez el excusado si la deposición se anunciaba escandalosa (aunque los anuncios gaseosos provocaban una notable hilaridad entre algunos familiares). Dormían todos juntos en los suelos de la habitación en la que les sorprendía el sueño. Poco importaba que fuese la cocina o el desván. Comían olvidando las más elementales reglas de cortesía, arrebatándose el alimento, dejándoselo arrebatar. En esa época comenzaron a tapiar las ventanas innumerables con los materiales de los tabiques interiores que destruían. Pronto su contacto con el exterior desapareció, pero aquellos que pasaban cerca de la casona, en ocasiones, escuchaban dentro la cacofonía de mil gargantas hablando al unísono, de mil pies golpeando el piso, de mil cuerpos en movimiento.

Finalmente la cuestión se consideró de orden público por los vecinos y se comisionó a un reducido grupo para que entrara en el edificio y constatará el estado de sus habitantes. Se fijó el mediodía del siguiente solsticio para tal empresa. Habría sido igual la medianoche, en la obscuridad de la casa tapiada. Tras tres golpes en la aldaba, los próceres traspasaron el portal y se adentraron. Cuentan que contaron (mas únicamente es rumor), horrorizados a la salida, que no encontraron a los Centripetti. O sí: una masa multiforme, una aglomeración bullente en la que aparecían y desaparecían rostros, manos, torsos y que parecía absorber todo el aire en una bocanada monstruosa. Esa masa, exclamaban, se replegaba en sí misma, menguaba a ojos vistas.

Sostienen (pero es un rumor increíble) que los Centripetti sucumbieron a su pulsión y a fuerza de voluntad, redujeron, tanto el espacio que los separaba, tanto se unieron que finalmente anularon las sagradas leyes de la naturaleza y, en castigo, ahora viven todos en un espacio inimaginable, en un punto.

Existe, sin embargo, algo extraño en la casona abandonada. Yo la he visitado. El silencio es abrumador. El aire enrarecido y casi irrespirable. No me atreví a perder de vista el portón de entrada, aunque deseaba intensamente adentrarme en las habitaciones. Porque lo deseaba. No recuerdo cuál era mi apellido.