En las altas escuelas de altos negocios de la que fue mi ciudad refieren la leyenda africana de los trece monos, que, más o menos, es como sigue:
Al nacer, los dioses nos encomiendan el cuidado de trece monos. Es nuestro deber a lo largo de la vida alimentarlos, educarlos, peinarlos, protegerlos… Una tarea ardua, ya que es conocido el temperamento inquieto y libérrimo de los monos. Pero, además, cada tanto debemos comprobar que son trece los monos que cuidamos y no más, ya que estamos rodeados de vecinos, conocidos, compañeros, familiares y demás especies deseosos de desprenderse de sus propios monos y, aprovechando el bullicio general, encasquetarle alguno a quien más cerca tengan. Puede ocurrir –ocurre- que, sin quererlo ni notarlo, en realidad nos estemos haciendo cargo de monos propios y ajenos o que, queriéndolo y notándolo, le hayamos endosado alguno de los nuestros al prójimo. Debemos ser vigilantes de nuestros propios monos, viene a decir la moraleja.
Esta leyenda, que seguramente no conoce ningún africano (que no haya estudiado en altas escuelas de altos negocios), se utiliza como parábola para señalar la necesidad de delimitar correctamente las competencias de cada uno dentro de una organización. Como parábola, también puede aplicarse a cualquier otro campo de nuestra vida.
Pues bien, aplicándolo a esto que nos pasa, afirma Mimianna que este mono no era nuestro.
No tengo yo esa seguridad.
Todo depende de qué mono estemos hablando. No son nuestros, indiscutiblemente, el de la intrusión, el del pesimismo, el de la sobreprotección asfixiante, el del miedo, el encierro, la claustrofobia. A otros pertenecen aunque nos importunen. Lo sabemos y los conocemos.
Pero sí debemos cuidar otros que, al final, son los que realmente nos han embarcado en este viaje: la tarea de repartir nuestro tiempo (siempre tan escaso el tiempo) de manera proporcional a nuestra escala de prioridades. La labor de cuidarnos. La de recuperar la propia estima, retomar las riendas. Creer (de verdad) en nosotros. Saber disfrutar de la felicidad que nos rodea.
Estos son nuestros monos. Ellos el camino y las paredes y las puertas y los pasillos de eso que llamo el laberinto. La vida. Nosotros.
Al nacer, los dioses nos encomiendan el cuidado de trece monos. Es nuestro deber a lo largo de la vida alimentarlos, educarlos, peinarlos, protegerlos… Una tarea ardua, ya que es conocido el temperamento inquieto y libérrimo de los monos. Pero, además, cada tanto debemos comprobar que son trece los monos que cuidamos y no más, ya que estamos rodeados de vecinos, conocidos, compañeros, familiares y demás especies deseosos de desprenderse de sus propios monos y, aprovechando el bullicio general, encasquetarle alguno a quien más cerca tengan. Puede ocurrir –ocurre- que, sin quererlo ni notarlo, en realidad nos estemos haciendo cargo de monos propios y ajenos o que, queriéndolo y notándolo, le hayamos endosado alguno de los nuestros al prójimo. Debemos ser vigilantes de nuestros propios monos, viene a decir la moraleja.
Esta leyenda, que seguramente no conoce ningún africano (que no haya estudiado en altas escuelas de altos negocios), se utiliza como parábola para señalar la necesidad de delimitar correctamente las competencias de cada uno dentro de una organización. Como parábola, también puede aplicarse a cualquier otro campo de nuestra vida.
Pues bien, aplicándolo a esto que nos pasa, afirma Mimianna que este mono no era nuestro.
No tengo yo esa seguridad.
Todo depende de qué mono estemos hablando. No son nuestros, indiscutiblemente, el de la intrusión, el del pesimismo, el de la sobreprotección asfixiante, el del miedo, el encierro, la claustrofobia. A otros pertenecen aunque nos importunen. Lo sabemos y los conocemos.
Pero sí debemos cuidar otros que, al final, son los que realmente nos han embarcado en este viaje: la tarea de repartir nuestro tiempo (siempre tan escaso el tiempo) de manera proporcional a nuestra escala de prioridades. La labor de cuidarnos. La de recuperar la propia estima, retomar las riendas. Creer (de verdad) en nosotros. Saber disfrutar de la felicidad que nos rodea.
Estos son nuestros monos. Ellos el camino y las paredes y las puertas y los pasillos de eso que llamo el laberinto. La vida. Nosotros.
