lunes, 26 de mayo de 2008

El síndrome de Stendhal

Un día de 1817, Marie Henri Beyle, que se hallaba visitando Florencia, como una de las etapas más importantes de su periplo por el norte de Italia, entró en la Basilica di Santa Croce. Súbitamente sufrió un profundo vahído, el sudor heló su rostro y, en plena crisis de ansiedad, se sintió íntimamente abrumado por la inmensa belleza de lo que le rodeaba. No se recuperó hasta que, sentado de nuevo en el exterior, el viento lo reconfortó. Lo sabemos porque así nos lo dejó en su “Rome, Naples et Florence”, el primer libro que firmó con el pseudónimo de Stendhal.

Mimianna y yo conocimos esa sensación. No fue en Florencia. No en el amontonamiento de obras de arte, excelsas todas ellas, pero amontonadas (¡Qué hartazgo de Madonna e Santi!). No en la capital toscana ni esos días, sino en la otra capital del norte y unos días antes.

Recuerdo nuestra llegada al aeropuerto perdido en la obscuridad de la tarde de diciembre. La espera bajo unos fluorescentes crudos. Y esa sensación extraña entre cansada y feliz, que tiñe el inicio de las vacaciones y el final de su viaje inaugural.

El trayecto fantasmagórico en vaporetto, con los cristales absolutamente chorreantes, intentando adivinar formas en el caleidoscopio de luces. Infructuosamente. La parada final en un vasto muelle, saludados por los cabeceos altivos de las proas de cientos de góndolas alineadas. Negras como las aguas. El traqueteo de la enorme maleta sobre las baldosas desiguales. Silencio, obscuridad, frío y soledad.

Y entonces, pasado un gran edificio, a nuestra derecha, Venecia.

Parados en la bocana de la Piazzetta, encarando la Plaza de San Marcos, el Palacio Ducal a la derecha, el Campanile a la izquierda y la Basílica de San Marcos, en escorzo, frente a nosotros. Las luces de Navidad reflejadas en el pavimento brillante de relente. Y absolutamente solos en la temprana hora de la noche. Juro que recuerdo haber escuchado música en ese momento.

Afirma Javier Marías en un capítulo de su libro “Pasiones pasadas” que Venecia es un interior y recuerda una cita de Henry James que escribió que es allí “donde las voces resuenan como en los pasillos de una casa, donde los pasos humanos circulan como si bordearan las esquinas de los muebles y los zapatos no se desgastaran nunca…”. Recomienda, como íntimo conocedor de la ciudad que demuestra ser, que el modo en que debemos relacionarnos con ella debe ser natural, intuitivo y pausado, huyendo de los agobios y prisas del turista.

Petulancias aparte, a nosotros nos sonrió, de nuevo, la fortuna y Venecia nos dedicó cuatro intensos días. Sin prisa pero sin pausa, sin planes ni planos, sentándonos cuando nos podía el cansancio o la conversación, perdiéndonos y encontrando. Sin más compañía que los venecianos (que existen, afortunados) y los grupos de japoneses, tan integrados al entorno que podrían considerarse mobiliario urbano, como las bandadas de palomas. Fueron días, además, en que la felicidad nos había tomado de la mano. Cuatro, ya digo, fueron, en toda nuestra vida, los que estuvimos allí, pero, en realidad sólo (¡sólo!) sirvieron para confirmar lo que ya Venecia me ofreció en aquel primer momento de esplendor, la justicia de mi particular síndrome de Stendhal.

Estoy de acuerdo con Marías en que Venecia es un interior, pero no sólo en el sentido que él lo enuncia. Venecia y otros lugares se pueden apoderar de una parte de cualquiera y, desde ese momento, acompañarlo íntimamente y larvada el resto de sus días. La suma de estos lugares conforma una geografía interior, un país propio. Es ese el territorio de lo que somos: la memoria de nuestro pasado.

A mí, al menos, me ocurre.

viernes, 9 de mayo de 2008

Trece monos

En las altas escuelas de altos negocios de la que fue mi ciudad refieren la leyenda africana de los trece monos, que, más o menos, es como sigue:

Al nacer, los dioses nos encomiendan el cuidado de trece monos. Es nuestro deber a lo largo de la vida alimentarlos, educarlos, peinarlos, protegerlos… Una tarea ardua, ya que es conocido el temperamento inquieto y libérrimo de los monos. Pero, además, cada tanto debemos comprobar que son trece los monos que cuidamos y no más, ya que estamos rodeados de vecinos, conocidos, compañeros, familiares y demás especies deseosos de desprenderse de sus propios monos y, aprovechando el bullicio general, encasquetarle alguno a quien más cerca tengan. Puede ocurrir –ocurre- que, sin quererlo ni notarlo, en realidad nos estemos haciendo cargo de monos propios y ajenos o que, queriéndolo y notándolo, le hayamos endosado alguno de los nuestros al prójimo. Debemos ser vigilantes de nuestros propios monos, viene a decir la moraleja.

Esta leyenda, que seguramente no conoce ningún africano (que no haya estudiado en altas escuelas de altos negocios), se utiliza como parábola para señalar la necesidad de delimitar correctamente las competencias de cada uno dentro de una organización. Como parábola, también puede aplicarse a cualquier otro campo de nuestra vida.

Pues bien, aplicándolo a esto que nos pasa, afirma Mimianna que este mono no era nuestro.

No tengo yo esa seguridad.

Todo depende de qué mono estemos hablando. No son nuestros, indiscutiblemente, el de la intrusión, el del pesimismo, el de la sobreprotección asfixiante, el del miedo, el encierro, la claustrofobia. A otros pertenecen aunque nos importunen. Lo sabemos y los conocemos.

Pero sí debemos cuidar otros que, al final, son los que realmente nos han embarcado en este viaje: la tarea de repartir nuestro tiempo (siempre tan escaso el tiempo) de manera proporcional a nuestra escala de prioridades. La labor de cuidarnos. La de recuperar la propia estima, retomar las riendas. Creer (de verdad) en nosotros. Saber disfrutar de la felicidad que nos rodea.

Estos son nuestros monos. Ellos el camino y las paredes y las puertas y los pasillos de eso que llamo el laberinto. La vida. Nosotros.