Ese silencio en la boca del estómago.
Ese suspiro apenas contenido -apenas exhalado- mientras la jornada se desliza por nuestras pequeñas rutinas. Despertar en nuestra habitación, caminar a obscuras sin pensar en los obstáculos, el ruido del ascensor, el vaivén de las campanas -tan, tan, tan en el mínimo índice de mi hija-, la prensa y la conversación en el quiosco de la esquina, la luz dorada del mediodía desde el balcón.
Cada hecho cotidiano señalado por el tiempo. Señal del tiempo cada costumbre. De su paso, de su porvenir. Cada acto destinado (o así lo creímos) a ser repetido para siempre, marcado repentinamente por una inminente fecha de caducidad. Será este fin de semana el último que pasearemos por las calles que conocemos, que nos conocen. Siete son las noches que nos restan para dormir bajo la protección del cielo raso de nuestra habitación. Ya no volveré a cortar los rosales del patio nunca más.
Sé que habrán otras calles; que mi hija dibujará el mar con su dedito; que no solo rosas, sino azahar, jazmines y glisinas adornarán otro patio. Sé que mayor será el tiempo que nos dedicaremos y mejor nuestra vida. Lo sé, pero todavía no lo siento.
Quizás por eso ese silencio.
