lunes, 28 de abril de 2008

Sefarad

Qué doloroso. Qué vasto.

El desarraigo.

viernes, 18 de abril de 2008

Ese silencio

Ese silencio en la boca del estómago.

Ese suspiro apenas contenido -apenas exhalado- mientras la jornada se desliza por nuestras pequeñas rutinas. Despertar en nuestra habitación, caminar a obscuras sin pensar en los obstáculos, el ruido del ascensor, el vaivén de las campanas -tan, tan, tan en el mínimo índice de mi hija-, la prensa y la conversación en el quiosco de la esquina, la luz dorada del mediodía desde el balcón.

Cada hecho cotidiano señalado por el tiempo. Señal del tiempo cada costumbre. De su paso, de su porvenir. Cada acto destinado (o así lo creímos) a ser repetido para siempre, marcado repentinamente por una inminente fecha de caducidad. Será este fin de semana el último que pasearemos por las calles que conocemos, que nos conocen. Siete son las noches que nos restan para dormir bajo la protección del cielo raso de nuestra habitación. Ya no volveré a cortar los rosales del patio nunca más.

Sé que habrán otras calles; que mi hija dibujará el mar con su dedito; que no solo rosas, sino azahar, jazmines y glisinas adornarán otro patio. Sé que mayor será el tiempo que nos dedicaremos y mejor nuestra vida. Lo sé, pero todavía no lo siento.

Quizás por eso ese silencio.

miércoles, 9 de abril de 2008

Un ejercicio de probabilística aplicada

El otro día encontré varado en un charco imposible (hace meses que no llueve en mi ciudad, literalmente), en medio de una acera transitada, un folio impreso. Con toda seguridad la primera página de un trabajo docente. Nada especialmente atractivo. No sé qué me hizo detenerme e informarme -entre mis zapatos- de que el Capítulo 2 principiaba afirmando que a los surrealistas les interesó sobremanera el tema de los encuentros fortuitos. Apenas la primera frase y seguí mi camino. Contaminado. Otra frase, una cita, se incrustó casi enseguida en mis meninges, como esa tonada pegadiza y odiosa que a veces aflora continuamente de nuestros labios, repetida más allá de la saciedad.
"¿Encontraría a la Maga?"
La primera frase del "Rayuela" de Cortázar. Ese libro. Que comienza precisamente con Oliveira y la Maga deambulando por París, buscándose a ciegas en el marasmo de calles, sin otra indicación que el saber que el otro también busca. Perdidos en su búsqueda. Y en el encuentro. Oliveira extraviado en la búsqueda de una explicación al feliz resultado.
Recuerdo mi adolescencia bañada de Cortázar y, de entre todo Cortázar, de Rayuela. De la búsqueda del lado de allá, inseguro de que hubiese tal lado, inseguro de ser capaz de hallarlo. De ensimismarme en sus elucubraciones como si fueran mías. Aprendiendo -ahora lo sé- a elegirlas o a desecharlas como propias. Mis temas recurrentes.
Y uno, traído de la mano precisamente de la cita que taladraba mi mente. El de la importancia de las coincidencias. De la concurrencia en un mismo punto del espacio y el tiempo de diferentes acontecimientos, cuya presencia u omisión supondrían consecuencias absolutamente dispares. Todo sucede por coincidencia. Por una infinita sucesión de coincidencias. Y lo que no sucede también es a consecuencia de la falta de una sola coincidencia necesaria. Qué frágil es todo lo que sucede, qué cerca está siempre de no suceder.
Yo existo (cualquiera de nosotros, que existimos), entre otros millardos de coincidencias porque mis padres se conocieron y antes los padres de mis padres y antes sus padres y antes... Y fueron concretamente aquellos óvulos los que fueron fecundados por aquello espermatozoides. Conozco (conocemos) a los que amamos porque coincidimos entre los millones de seres humanos que pueblan este mundo en este momento. Todo es coincidencia.
Otro debate estéril es aquél que discute si las coincidencias son fruto del azar o están prefijadas. ¿Qué importancia tiene? ¿Qué posibilidades tenemos de saberlo? Tan inútil como discernir las probabilidades de que un hecho casual ya sucedido aconteciera: si ha ocurrido, las probabilidades han sido de cien sobre cien.
Todo el maldito día pensando en la Maga y aquellos mis temas recurrentes. Todo el maldito día detectando obsesivamente coincidencias en cada nimio acontecimiento. Y precisamente ese día los corredores y salas del laberinto se ordenaron. Los pasillos, todos, se dirigieron al mismo punto: un pequeño balcón desde el que otear más allá del propio laberinto que nos rodea. Hacia aquel otro dédalo que nos espera (ahora ya sí) inminente. Precisamente ese día acontecieron los tres hechos de los que dependían fijar la fecha de nuestra partida. Ya la conocemos.
¡Qué coincidencia!