El pasado cuatro fue un día vertiginoso, especular. Escribí:
Dos días. Uno el presente. Otro, pasado y simultáneo, un viernes soleado, algo ventoso. No sé qué acontecerá hoy. Recuerdo cada momento, casi de una manera cronométrica, de aquel viernes.
Recuerdo la espera en el asiento trasero de un coche ruinoso, riendo la conversación de Ossip. El trayecto tras otro coche casi igual de ruinoso, entre avellanos. Las presentaciones de rigor. La preparación del revoltoso fuego al aire libre y el humo del tabaco negro. Una mesa populosa, el caos de un banquete campestre. El doméstico fuego de un hogar, junto a la mesa. Y las llamas vivas en los ojos negros, tremendos, de Mimianna.
Y Mimianna.
Mimianna asomada al fuego, absorta. Las sombras brillando en su cabello tan largo entonces, la piel dorada al calor del fuego joven. El perfil surgiendo de la obscuridad de la pared lejana, de la melena azabache, con las líneas suavizadas por la luz del fuego reflejada en el jersey de lana blanca, casi un retrato perfecto del tenebrismo barroco. Paradójicamente, todo luz.
Mimianna sin saber que yo la miraba.
Después vino la osadía de jugar con sus cabellos, la conversación, la forzada naturalidad de los gestos y las palabras de un cortejo adolescente. Y, después, muchas otras cosas.
Mi vida.
Hoy el tiempo se me hace patente a cada instante y, sorprendeos, soy feliz por ello. Porque hoy hace exactamente veinte años que nos encontramos Mimianna y yo. Desde hoy, en mí son más los años que su amor me da forma de los que fueron sin ella.
Me sé incapaz de expresar qué importante es este hecho para mí. Qué inmerecido orgullo me llena, qué agradecimiento, qué sorpresa… qué felicidad.
Por una vez -la mejor- los dioses nos han ungido con la suerte necesaria. Debo esforzarme por merecerlo.
