jueves, 20 de marzo de 2008

De amicitia


Uno de esos días en que la primavera ya está por desaparecer o el primer verano acaba de llegársenos -cada año- buscamos un momento para reencontrarnos. Normalmente al aire libre. Sentados en una terraza frente a mi mar o en el banco de un parque, buscamos un sol tibio que nos reconforte si la impaciencia nos ha vencido, o la sombra que nos cobije si hemos sido morosos con nuestra cita. También por norma, son el café y (en otro tiempo) el tabaco quienes nos convocan.

Cuando los llamo –pues soy yo quien decide cuándo y dónde nos reunimos- me reconforta la seguridad de que acudirán y que seguirán siendo los mismos y que en nada me sorprenderán más allá de la sorpresa de que, un año más, su compañía me es tan o más grata de lo que siempre me ha sido.

Cada año, como digo, reabro las páginas cada vez más amarillentas de una pésima edición de “Stalky & Cia.”, de Rudyard Kipling, y dedico una tarde (que el texto no da para más) a acompañar a mis tres amigos adolescentes en sus aventuras por el Devonshire de finales del siglo XIX.

El “Stalky & Cia.” que yo conozco, fue publicado por Kipling en 1899 y lo componen nueve relatos, con retazos autobiográficos. Los ocho primeros narran las andanzas de tres alumnos en un internado inglés de la época. El noveno (prescindible, para mi gusto) explica una reunión de antiguos alumnos de aquel internado dedicada a loar las hazañas del principal protagonista, Stalky, en una campaña militar en la India. Existe, al parecer, un décimo relato hallado tras la muerte de Kipling que, tras una rocambolesca historia, fue publicado el 2004, pero no forma parte de mí.

Sé que la obra no es ninguna maravilla de la literatura. Sé que sus cuentos evocan al Kipling imperial, el denostado. Que el libro es de tapa blanda, el papel sin calidad, con erratas de bulto… ¿Y qué? Conocí a M’Turk, Beetle y Stalky hace mucho tiempo, cuando ellos y yo apenas habíamos dejado de ser fags. Fueron un regalo y cometo el terrible pecado de no recordar de quién, pues le debo agradecimiento. Un regalo envenenado, me pareció entonces. Entonces, cuando, con una generosidad de juventud que he ido perdiendo, me imponía la regla de acabar todo libro que comenzase. A fe que debí esforzarme para cumplirla con el librito que se demoraba en mis manos.

Recuerdo lo difícil que se me hizo, en aquella primera lectura, seguir las tramas de los relatos, no perderme en el dédalo de personajes que aparecían y desaparecían, recordar sus nombres… y entender a los protagonistas.

En aquel entonces yo disfrutaba de un superego freudiano bien lozano. Se me hacía impensable saltarme la más mínima norma de autoridad, de respeto. Justo lo contrario de lo que hacían sin rubor (con indisimulado orgullo, me atrevería a decir) aquel trío, quienes parecían dedicar su vida únicamente a soliviantar a sus profesores, dejar en evidencia a sus compañeros, copiar en los exámenes y despreciar olímpicamente las notas, arrostrando serios castigos por ello. Exactamente mi negativo.

Ahora sé que fueron ellos (no sólo ellos, pero sí ellos) quienes me brindaron una primera semilla, un vislumbre, un atisbo de inconformismo. Fueron ellos quienes me dijeron que era posible, necesario, cuestionar. Poner en duda. Buscar un propio criterio. ¿Realmente merecían respeto unos hombres ruines, malvados y mediocres por el mero hecho de ser profesores? ¿Los compañeros cainitas? ¿Era ilícito saltarse las normas represivas si eran injustas? ¿Debía dejar de hacerse algo por el mero riesgo de un castigo?

Todavía me planteo esas y otras preguntas. Tengo las respuestas teóricas. La teoría siempre es fácil. Me preocupa más su aplicación práctica en mi vida.

“Stalky & Cia.” también habla de brindar respeto a quien se lo merece, quien se hace acreedor.

Y del valor de la amistad.

Unos meses después de mi primera lectura conocí a Ossip y ‘Daam.

viernes, 14 de marzo de 2008

Nel mezzo del camin di nostra vita

El pasado cuatro fue un día vertiginoso, especular. Escribí:

Dos días. Uno el presente. Otro, pasado y simultáneo, un viernes soleado, algo ventoso. No sé qué acontecerá hoy. Recuerdo cada momento, casi de una manera cronométrica, de aquel viernes.

Recuerdo la espera en el asiento trasero de un coche ruinoso, riendo la conversación de Ossip. El trayecto tras otro coche casi igual de ruinoso, entre avellanos. Las presentaciones de rigor. La preparación del revoltoso fuego al aire libre y el humo del tabaco negro. Una mesa populosa, el caos de un banquete campestre. El doméstico fuego de un hogar, junto a la mesa. Y las llamas vivas en los ojos negros, tremendos, de Mimianna.
Y Mimianna.
Mimianna asomada al fuego, absorta. Las sombras brillando en su cabello tan largo entonces, la piel dorada al calor del fuego joven. El perfil surgiendo de la obscuridad de la pared lejana, de la melena azabache, con las líneas suavizadas por la luz del fuego reflejada en el jersey de lana blanca, casi un retrato perfecto del tenebrismo barroco. Paradójicamente, todo luz.
Mimianna sin saber que yo la miraba.
Después vino la osadía de jugar con sus cabellos, la conversación, la forzada naturalidad de los gestos y las palabras de un cortejo adolescente. Y, después, muchas otras cosas.

Mi vida.
Hoy el tiempo se me hace patente a cada instante y, sorprendeos, soy feliz por ello. Porque hoy hace exactamente veinte años que nos encontramos Mimianna y yo. Desde hoy, en mí son más los años que su amor me da forma de los que fueron sin ella.
Me sé incapaz de expresar qué importante es este hecho para mí. Qué inmerecido orgullo me llena, qué agradecimiento, qué sorpresa… qué felicidad.
Por una vez -la mejor- los dioses nos han ungido con la suerte necesaria. Debo esforzarme por merecerlo.