A Mimianna le gusta caminar demorada por los carriles paladeando el exótico perfume de las flores de azahar. Le gustan los buñuelos de cuaresma y nuestra pequeña tradición de Jueves Lardero, que los precede y anuncia. Le gusta el aroma y la caricia de la ropa limpia recién extendida sobre la cama. Las velas y la luna.
A Mimianna le gusta que le acaricie los pies cuando nos reencontramos al final de una jornada sin final, cuando las tareas ya no son urgentes hasta que mañana sea otro día. Y encontrar mi calor en su lado de la cama.
Y el mar. Y el sol. La veréis cerrar los ojos ensimismada en su propia piel, paladeando el calor en cada uno de los poros de su desnudez. La tersa tirantez del salitre. El acompasado devaneo de la brisa preñada del murmullo de las olas, teñida de algas.
Demorar la vista en el azul, el malva, el plomo, el verde lima. Cimbrear el cuello siguiendo la cadencia de las ondas inmóviles. Adivinar la fresca humedad del óleo. Zambullir los ojos en esos nenúfares que no son nenúfares, que son todos los nenúfares.
Y la hora baja del verano, cuando el sol se ha ido y no viene la noche. Su hora violeta. Porque suyo y violeta es ese momento.
A ella le gusta Venecia y París y Salzburg. Y aquel pequeño pueblo de antiguas casas de piedra, junto a ruinas antiguas.
A Mimianna le gustan muchas cosas más.
También le gusto yo. ¿No es sorprendente? ¿No es magnífico?
A Mimianna le gusta que le acaricie los pies cuando nos reencontramos al final de una jornada sin final, cuando las tareas ya no son urgentes hasta que mañana sea otro día. Y encontrar mi calor en su lado de la cama.
Y el mar. Y el sol. La veréis cerrar los ojos ensimismada en su propia piel, paladeando el calor en cada uno de los poros de su desnudez. La tersa tirantez del salitre. El acompasado devaneo de la brisa preñada del murmullo de las olas, teñida de algas.
Demorar la vista en el azul, el malva, el plomo, el verde lima. Cimbrear el cuello siguiendo la cadencia de las ondas inmóviles. Adivinar la fresca humedad del óleo. Zambullir los ojos en esos nenúfares que no son nenúfares, que son todos los nenúfares.
Y la hora baja del verano, cuando el sol se ha ido y no viene la noche. Su hora violeta. Porque suyo y violeta es ese momento.
A ella le gusta Venecia y París y Salzburg. Y aquel pequeño pueblo de antiguas casas de piedra, junto a ruinas antiguas.
A Mimianna le gustan muchas cosas más.
También le gusto yo. ¿No es sorprendente? ¿No es magnífico?
